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Cambio Climático
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Convención
sobre Cambio Climático:
EditorialesArboles, bosques y clima en Buenos Aires La Conferencia de las Partes (COP4) de la Convención Marco sobre Cambio Climático se reunirá durante las dos primeras semanas de noviembre en Buenos Aires. La mayor parte de la discusión se centrará en el papel de los bosques como sumideros de carbono, al tiempo que muchas de las negociaciones habrán de incluir acuerdos entre países del Norte y del Sur sobre cómo comercializar emisiones y sumideros: nosotros emitimos, ustedes ponen los sumideros. En tanto el mundo entero está
expectante de que la COP4 aporte soluciones al calentamiento global,
el hecho es que muchos gobiernos del Norte -y en especial aquellos
de los países donde se registran las mayores emisiones- procurarán
comercializar la mayor parte de sus emisiones, en lugar de limitarlas
en la fuente. Por otro lado, muchos gobiernos del Sur estarán
deseosos de vender sus sumideros al mejor precio posible. Si todo
ésto no fuera trágico, resultaría hasta cómico:
la humanidad está enfrentada a una grave amenaza y mientras
tanto los gobiernos juegan con cifras y dinero en lugar de implementar
reales soluciones. Las negociaciones en torno al cambio climático toman la definición de bosques dada por la FAO, según la cual un bosque es "un ecosistema con un mínimo de un 10 por ciento de cubierta de copas de árboles y/o bambú, generalmente asociado a una flora y fauna silvestre, condiciones de suelos naturales, sin estar sujetos a prácticas agrícolas". El término "bosque" es luego subdividido, de acuerdo con su origen, en dos categorías: bosques naturales y bosques plantados. Los primeros serían una "subserie de bosques compuestos de especies forestales, conocidas como autóctonas de la zona", mientras que los bosques plantados se subdividen a su vez en: a) "establecidos artificialmente por forestación de tierras donde antes no había bosques que se recuerde" y b) "establecidos artificialmente por forestación de tierras que antes eran boscosas; repoblación que lleva consigo la sustitución de las especies autóctonas por especies o variedades genéticas nuevas o esencialmente diferentes". Por sorprendente que pueda parecer, esta definición ha permanecido básicamente incontestada hasta ahora. Cualquier lego puede darse cuenta que una plantación no es un bosque. Sin embargo, los "expertos" confunden ambos conceptos y definen como "bosque" toda área cubierta de árboles. El único caso en que una plantación podría ser denominada bosque es aquél en que un área originalmente cubierta de bosques es replantada con las especies de árboles y arbustos nativos del lugar. Sin embargo, ¡esta categoría está explícitamente excluida de la definición de bosques plantados! Desde nuestro punto de vista, las plantaciones forestales tienen sólo una cosa en común con los bosques: están llenas de árboles. No obstante, ambos son esencialmente diferentes. Un bosque es un sistema complejo, autoregenerado, que comprende suelo, agua, microclima, energía y una amplia variedad de plantas y animales en relación mutua. Una plantación comercial, en cambio, es un área cultivada cuya estructura y especies fueron simplificadas drásticamente para producir unos pocos productos, sea madera, leña, resinas, aceites o frutos. Una plantación de árboles, a diferencia de un bosque, tiende a tener un estrecho rango de especies y edades y requiere una amplia y continua intervención humana. Las plantaciones están mucho más próximas a un cultivo agrícola industrial que a un bosque -en el sentido usual del término- o a un cultivo tradicional. Las plantaciones, que consisten en miles o incluso millones de árboles de la misma especie, cultivados por su rápido crecimiento, uniformidad y alto rendimiento de materia prima, e implantados en rodales coetáneos, requieren de intensiva preparación de suelo, fertilización, establecimiento con espaciamiento regular, selección de plantines, desmalezado mecanizado o mediante herbicidas, uso de pesticidas, raleo, cosecha mecánica y, en algunos casos, raleos. La anterior no es una discusión ociosa o meramente académica. Aceptar la definición de la FAO implica aceptar las plantaciones como un sustituto de los bosques y, por tanto, aceptar que, siendo "bosques", tienen un papel positivo que cumplir desde el punto de vista social y ambiental. Esto es completamente falso. Existe amplia documentación en el sentido que los monocultivos forestales con fines industriales tienen un efecto negativo para la gente y el ambiente en diferentes países, e incluso que en muchos casos han sido una importante causa de deforestación. Por lo tanto reclamamos que la FAO -y quienes aceptan sus definiciones- denomine a los "bosques naturales" simplemente bosques (primarios y secundarios) y que a los "bosques plantados" los llame plantaciones. Una segunda confusión importante es la que existe entre lo que son reservorios y lo que son sumideros de carbono. Un bosque maduro es un reservorio de carbono. El volumen de carbono que toma de la atmósfera a través de la fotosíntesis está en equilibrio con las emisiones del mismo. La cantidad de carbono que este bosque contiene es básicamente la misma todo el tiempo. Si es destruido, el carbón almacenado será liberado -tarde o temprano- a la atmósfera, contribuyendo de ese modo al efecto invernadero. Los bosques que han sido cortados y se regeneran pueden ser muy eficientes en la captura de carbono (tanto los árboles como el sotobosque) y por lo tanto, a las otras igualmente importantes funciones que cumplen, puede agregárseles la de sumideros de carbono. A medida que los árboles van creciendo, van tomando carbono en cantidades mayores a las que emiten, de modo que tienen un balance neto positivo respecto de la cantidad de dióxido de carbono (el principal gas de efecto invernadero) en la atmósfera. Por otra parte, las plantaciones forestales -que han sido propagandeadas como los principales sumideros de carbono- tienen todavía que demostrar que son tales. En términos generales, cualquier área cubierta de plantaciones, en ausencia de pruebas en contrario, debería ser considerada una fuente neta de carbono y no un sumidero. En muchos casos, estas plantaciones han sustituido a los bosques primarios o secundarios, lo que ha determinado que los volúmenes de carbono liberados sean mayores a los que la plantación en crecimiento podría capturar, incluso en el largo plazo. Hay además una segunda cuestión crucial: ¿estas plantaciones serán cosechadas o no? De darse la primera hipótesis serían, en el mejor de los casos, tan sólo sumideros temporarios: el carbono es almacenado hasta la cosecha para luego ser liberado en pocos años (en algunos casos incluso en meses) cuando el papel u otros productos provenientes de las plantaciones son destruidos. En el caso de que los árboles no fueran cosechados, las plantaciones estarían ocupando millones y millones de hectáreas que podrían estar dedicadas a propósitos mucho más provechosos, como la producción de alimentos. Hay finalmente otro tema vinculado con los cambios que una plantación forestal introduce en el ambiente local. La conversión de humedales en plantaciones puede, por ejemplo, provocar la liberación de importantes cantidades de dióxido de carbono directamente desde el suelo. O sea que existen muchas incertitudes en relación con la suposición de que las plantaciones son, en todo lugar, sumideros de carbono por un lapso mayor que el período temprano de rápido crecimiento, dado que pueden no serlo siquiera en ese período. Esta suposición de "sentido común" debe ser respaldada con investigaciones antes de que las plantaciones sean aceptadas sin más como sumideros de carbono. La distinción entre reservorios y sumideros de carbono no es tampoco una cuestión tan sólo teórica. La conservación de un bosque no puede ser considerada una medida para mitigar el calentamiento global, sino una acción para evitar que este problema se agrave. En este sentido puede establecerse una analogía entre un bosque y un depósito de petróleo bajo tierra. Si el petróleo permanece allí, la actual situación no mejorará, sino que no se agravará. Por lo tanto, la conservación de los bosques debería ser visualizada como una necesidad a los fines de evitar mayores problemas. Por otro lado, es cierto que el crecimiento de los bosques secundarios puede tener un efecto beneficioso. Sin embargo, hasta ahora, los gobiernos y los "expertos" han puesto énfasis en las plantaciones (y no en los bosques secundarios) como una de las principales soluciones para el calentamiento global. Ello está vinculado con la polémica antes mencionada respecto de la definición de qué es un bosque, así como con la discusión que cuestiona el enfoque reduccionista en relación con los bosques. En relación con el cambio climático, los bosques son vistos exclusivamente como depósitos de carbono; a nivel forestal, éstos son asimilados a madera para la industria; la agricultura los ve como un obstáculo para los cultivos; para la industria farmacéutica son una fuente potencial de plantas medicinales. Estos enfoques, considerados aisladamente uno de otro, están errados. Los bosques contienen en si todas estas funciones potenciales, pero sólo si son vistos como un todo y no como partes divisibles. Cuando, por el contrario, son visualizados y tratados como si cumplieran sólo una función, se generan impactos negativos para la sociedad y el ambiente a nivel local. Es obvio que un enfoque de
este tipo es el que está implícito en el siguiente argumento,
promovido por algunos "expertos": dado que los bosques primarios
no son más que reservorios -y no sumideros- de carbono, entonces
tendría sentido cortarlos, convertirlos en bienes durables
(de modo que el carbono permanezca en la madera que constituye dichos
"bienes durables" hasta tanto sean destruidos) y plantar
en su lugar monocultivos forestales de rápido crecimiento (los
cuales supuestamente habrán de tomar carbono extra de la atmósfera).
Un economista diría que ésta es una solución
en la que todos salen ganando. Sin embargo, los bosques no sólo
son reservorios de carbono. De hecho cumplen una serie de funciones
desde el punto de vista ambiental y social, irreemplazables por cualquier
plantación. La situación es en realidad entonces una
en la que muchos salen perdiendo: las comunidades locales, las cuencas,
la flora y fauna locales, la producción agrícola, etc. Tanto desde una perspectiva social como ambiental (incluyendo el tema cambio climático, pero no limitándose a él) apoyamos calurosamente la conservación de los bosques, tanto de los primarios como de los secundarios. Con la misma fuerza nos oponemos a la conversión de los bosques, las tierras forestales y las praderas en monocultivos forestales -supuestamente "sumideros de carbono"- que implican un solo (dudoso y no probado) impacto positivo (la captura de dióxido de carbono), acompañado de toda una serie de impactos negativos para los medios de vida de la gente y su ambiente. La COP4 debería entonces centrarse en la parte de la ecuación relativa a las emisiones: limitación del uso de combustibles fósiles, incluyendo el tan propagandeado gas natural. Esto implicaría compromisos reales de reducción de emisiones por parte de los países del Norte. En cuanto a la otra parte de la ecuación -la referida a los reservorios- la próxima Conferencia de las Partes debería apoyar otros procesos internacionales en curso, que apuntan a la conservación de los bosques. Respecto de los sumideros, debería suministrar incentivos sólo para la regeneración de los bosques secundarios en todos los países del mundo -y no sólo en el Sur- con participación de aquellas comunidades locales que aspiren a tener una oportunidad real de recuperar sus bosques. Y poner donde corresponde la absurda idea de cubrir millones de hectáreas de tierras fértiles con "sumideros de carbono" bajo forma de plantaciones forestales: en el tacho de basura. (Boletín de octubre, 1998)
Bosques de América Latina: es tiempo de cambios La reunión de la Convención de Cambio Climático celebrada recientemente en Argentina es una buena oportunidad para poner de relieve el tema de los bosques y las plantaciones forestales en América Latina. Es por ello que hemos destacado ese tema en esta edición del Boletín, incluyendo algunos ejemplos representativos de los problemas y las luchas que se están dando en nuestra región. El doble discurso de los gobiernos está ejemplificado -aunque no exclusivamente- por Brasil. En tanto aboga por la protección de los bosques en los foros internacionales, sus políticas y acciones a nivel interno siguen provocando ulteriores pérdidas de bosques. La migración hacia los bosques, la sustitución de bosques por agricultura y ganadería, los incendios forestales, la construcción de represas hidroeléctricas y el madereo ilegal, que el propio gobierno ha promovido, siguen sin disminuir. Su discurso a nivel internacional pertenece a una realidad virtual, que poco tiene en común con lo que está pasando realmente a nivel de terreno. Las plantaciones forestales a gran escala -una de las soluciones más preciadas por los tecnócratas para enfrentar el cambio climático- están recibiendo una creciente oposición por parte de las poblaciones locales afectadas por sus impactos sociales y ambientales, así como por parte de la mayoría de las ONGs ambientalistas. Las luchas contra este modelo están multiplicándose desde México hasta Argentina, pero los gobiernos parecen sordos y mudos frente a esta oposición. "Estamos mejorando el ambiente" dicen; "estamos plantando bosques y contrarrestando el efecto invernadero" agregan. Los impactos sobre la gente, el agua, los suelos, la biodiversidad son rápidamente descartados, como datos no comprobados científicamente. Apoyados por instituciones multilaterales de desarrollo, agencias de ayuda bilateral, consultoras y proveedores de maquinaria del Norte, los gobiernos de América Latina subsidian en grado creciente a las transnacionales de la madera con dinero de los contribuyentes -tanto del Norte como del Sur- para así aumentar el área de monocultivos forestales con especies de rápido crecimiento. En la mayor parte de los casos, esta política provoca la sustitución de ecosistemas forestales por plantaciones (transformándose así en causa directa de la deforestación). En otros países, especialmente aquellos localizados en las áreas templadas, como es el caso de Uruguay y algunas zonas de la Argentina, las plantaciones sustituyen a las praderas, lo que implica la completa destrucción del ecosistema nativo de pradera. Los proyectos de "desarrollo" promovidos por los gobiernos, terminan por provocar ulterior deforestación y degradación de los bosques. La mayoría de las veces el único cambio visible ha sido incluir la palabra "sustentable" en el mismo tipo de proyectos que en el pasado han demostrado ser negativos para los bosques. Las selvas de Guyana y Surinam, por ejemplo -que se incluyen entre las mejor preservadas del continente- están siendo destruidas por companías mineras y madereras extranjeras, mediante concesiones otorgadas por sus respectivos gobiernos, sin la correspondiente aprobación y con la oposición de los pueblos indígenas y otras comunidades locales que luchan por la preservación de esos bosques. Continúa en la región la destrucción de los manglares -también apoyada por los gobiernos- a manos de la industria camaronera, con el fin de aumentar las exportaciones que permitan al país obtener divisas para pagar los préstamos concedidos por las instituciones internacionales de crédito. A las poblaciones locales, cuya vida material depende en gran medida de los productos obtenidos de los manglares, se les prohibe el acceso a los mismos y lo único que reciben es un ecosistema completamente degradado cuando las granjas camaroneras son abandonadas. La extracción de petróleo y la creciente explotación de gas están siendo promovidas en América Latina, tanto a nivel gubernamental como por parte de instituciones multilaterales. Ello implica la destrucción de los bosques y de los medios de vida de la gente, además de contaminación del agua y del aire y pérdida de biodiversidad. Las comunidades locales se están oponiendo a esta actividad y existen ya numerosos casos de luchas para frenarla. Entre ellos deseamos destacar la exitosa acción de los indígenas Cofanes en el Ecuador (ver articulo al respecto en esta edición), quienes recientemente clausuraron un pozo petrolero ubicado en su territorio. La deforestación está agravando las consecuencias de los desastres naturales. La tragedia que recientemente afectó a Honduras y Nicaragua con el paso del huracán Mitch, pudo haber sido mucho menor si no hubieran desaparecido los bosques por acción de la tala. Los gigantescos deslizamientos de barro y las mortales inundaciones fueron el resultado de años de deforestación. El aclareo de tierras forestales en la región es siempre resultado directo o indirecto de las políticas gubernamentales y no -como ellos intentan mostrarlo- consecuencia de la ignorancia y la pobreza. Injustas políticas de tenencia de tierras, la promoción de la talarrasa y la eliminación de los bosques para dar lugar a actividades "más productivas", orientadas a la exportación, así como otras medidas que conducen a la deforestación, son el resultado del "desarrollo" que los gobiernos impulsan. La apertura de carreteras, ahora reconocida como una de las más importantes causas subyacentes de la deforestación, sigue siendo promovida tanto por los gobiernos como por las agencias multilaterales. En Ecuador, por ejemplo, una vasta zona de bosque primario, perteneciente a los indígenas Chachi, será pronto afectada por un nuevo tendido carretero que unirá la región con el sur de Colombia y con otras provincias ecuatorianas. Incluso en aquellos casos en que los gobiernos parecen finalmente haber decidido proteger los bosques, creando reservas, ellos mismos rompen sus propias reglas toda vez que la política económica decide que la economía viene primero que la conservación. Tal es el caso de la lucha de un conjunto de comunidades locales en Venezuela, que están luchando por proteger la reserva forestal de Imataca. La misma está siendo destruída por el gobierno para exportar electricidad al Brasil y para producir energía barata para las compañías mineras, que habrán de completar la obra de aniquilamiento del bosque. Los pueblos indígenas
están bregando en América Latina para que sus territorios
sean oficialmente reconocidos, lo que sería un paso fundamental
para asegurar la conservación de los bosques. Su lucha ha conseguido
exitos importantes en casos específicos, pero casi siempre
en el marco de una falta de voluntad política oficial y con
frecuencia debiendo afrontar una violenta oposición por parte
de intereses económicos locales y transnacionales. En este contexto existen, sin embargo, signos positivos. Tanto a nivel de países como a nivel internacional, cada vez son más quienes realmente se dan cuenta de la vital necesidad de proteger los bosques y están haciendo algo para apoyar los derechos de los pueblos que en ellos habitan y de ellos dependen, como forma de alcanzar dicho propósito. A nivel local, más y más comunidades se están poniendo de pie para defender sus derechos y sus bosques. Si bien el discurso oficial está claramente divorciado de sus acciones, el propio hecho de que los gobiernos hayan adoptado ese discurso señala claramente que la situación es propicia para inaugurar un tiempo de cambios. (Boletín de noviembre, 1998)
Mecanismos "astutos" no son la solución para el cambio climático Todo el mundo está de acuerdo en que la humanidad se ve hoy en día enfrentada a varias amenazas, entre ellas el efecto invernadero. También existe acuerdo respecto de las principales causas que lo provocan, vale decir, el uso de combustibles fósiles y la deforestación. Los acuerdos internacionales adoptados para enfrentar estas dos causas han sido hasta ahora por lo menos inadecuados. El consumo de combustibles fósiles sigue creciendo al tiempo que la tasa de deforestación no ha disminuido. El interés económico de las cada vez más poderosas corporaciones es aún más fuerte que el instinto de sobrevivencia de la humanidad. Lo que es más, movidas por el interés económico, estas empresas continúan buscando activamente nuevos nichos para hacer dinero y parecen haber encontrado una mina de oro en el propio desastre, de lo que es un claro ejemplo el "mercado de emisiones de carbono". La idea es sencilla: tú emites CO2, nosotros lo almacenamos y te cobramos por el servicio. ¿Cómo lo almacenamos? Muy sencillo: mediante la plantación de árboles. Pero acá se acaba la sencillez. Si se permite que esta idea de "mercado de carbono" prospere, habrá millones de hectáreas de tierras en el mundo cubiertas de plantaciones destinadas a sumideros de carbono. Ello conlleva una serie de consecuencias de las que mencionaremos tan sólo algunas. En primer término,
en un mundo donde el número de seres humanos que padecen hambre
va en aumento y suma ya millones, esa tierra no estará disponible
para la producción de alimentos. Segundo, muchas comunidades
locales serán expulsadas de sus territorios, en tanto sus medios
de subsistencia serán sustituidos por plantaciones forestales
que ni siquiera podrán ser cortadas, incrementándose
de ese modo el número de hambrientos. En tercer lugar, muchos
bosques serán destruidos para dar lugar a lucrativas plantaciones
como sumideros de carbono, aumentando de ese modo el volumen de CO2
atmosférico y su contribución al efecto invernadero,
bajo el supuesto de que las nuevas plantaciones habrán de equilibrar
la ecuación. Así todavía más gente se
verá privada de sus medios de vida. Como cuarto aspecto, los
bosques -que constituyen enormes reservorios de carbono- sufrirán
una creciente destrucción, tanto por las actividades que normalmente
los afectan, como por la presión adicional sobre las comunidades
desplazadas por las plantaciones y otros proyectos de "desarrollo".
Por último, que todo esto habrá de servir exclusivamente
a los propósitos de quienes se benefician de la actual economía
dependiente de los combustibles fósiles. En lugar de promover mecanismos de este tipo, los gobiernos y las corporaciones deberían brindar su apoyo a los esfuerzos de las comunidades locales que están luchando -contra gobiernos y corporaciones- para defender sus bosques. Estos deberían generar las condiciones para hacer posible la conservación de los bosques, en lugar de hacer exactamente lo contrario, como hasta ahora. Se debería -por lo menos- empezar por cumplir los numerosos acuerdos internacionales pertinentes, que han sido alegremente firmados pero nunca implementados. Mientras tanto, el destino de los bosques del mundo depende del éxito de las luchas que llevan adelante innumerables comunidades indígenas, tradicionales y locales. A ellas expresamos todo nuestro apoyo. (Boletín de octubre, 1999)
Algo huele mal en los sumideros Como casi todos sabemos la Tierra se está calentando y una de las principales causas del cambio climático es el uso de combustibles fósiles. Bajo presión, en el Protocolo de Kioto los países industrializados -que son los mayores responsables del actual estado de cosas- asumieron mínimos compromisos para reducir sus emisiones provenientes de la combustión de combustibles fósiles. Sin embargo, algunos de los países más contaminantes están tratando de encontrar la forma de eludir tales compromisos, apelando a potenciales resquicios existentes en ese Protocolo, que podrían permitirles plantar millones de hectáreas de árboles en el Sur en lugar de limitar sus emisiones en la fuente. En parte para evaluar la validez científica de ese enfoque, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) designó un panel para elaborar un Informe Especial sobre Uso del Suelo, Cambios en el Uso del Suelo y Forestación. El mismo, publicado en mayo pasado, ha desilusionado a muchos activistas, pues otorgó un sello "científico" a la aprobación de un mercado de carbono que generaría ganancias para un reducido número de empresas y consultoras -mayormente del Norte- permitiría a los países industrializados seguir emitiendo carbono a la atmósfera, impactaría negativamente sobre la gente y el ambiente en el Sur, a la vez que sería inútil a efectos de desacelerar el cambio climático. ¿Cómo pudo el IPCC producir un informe de estas características? ¿Por qué los científicos no hicieron bien su trabajo? Posiblemente la respuesta sea muy compleja, ya que involucra presiones provenientes de sectores de sus propios pares, la influencia política de los EE.UU., ambiciones personales y el hecho de que, de los cientos de autores y comentaristas del informe tan sólo unos pocos eran cientistas sociales o gente experimentada en la realidad política a nivel de base. Pero una de las razones que explica la falla del informe es, lamentablemente, muy simple: algunos de sus autores (y de las empresas para las que trabajan) habrán de beneficiarse económicamente de las conclusiones que extrajeron. He aquí algunos ejemplos: Sandra Brown, de los EE.UU. ha sido Coordinadora y Autora Principal del Capítulo 5 ("Actividades en base a Proyectos") y del Resumen para Formuladores de Políticas que contiene el informe. La Sra. Brown es Oficial de Programa de Winrock International, una ONG con sede en Arlington, Virginia, que acepta contratos de fuentes "públicas y privadas". Winrock provee servicios técnicos de monitoreo del carbono en los bosques a agencias gubernamentales, tales como la Iniciativa de los EE.UU. sobre Implementación Conjunta, y a una amplia gama de organizaciones del sector privado y no gubernamentales. Pedro Moura Costa, otro de los importantes autores del Capítulo 5, es ejecutivo de la compañía británica Ecosecurities, firma consultora que opera en EE.UU., Brasil, Australia y los Países Bajos. La misma "se especializa en la generación de Créditos de Reducción de Emisiones" y espera obtener grandes beneficios a partir de su participación en actividades de forestación para secuestro de carbono. Gareth Philips, del Reino Unido, otro de los Autores Principales del Capítulo 5, trabaja para la Societé Génerale de Surveillance (SGS) Forestry de Ginebra, que se dedica al diseño, monitoreo y certificación de proyectos forestales para secuestro del carbono, incluyendo la cuantificación del carbono absorbido. SGS certifica las Emisiones Certificadas Comercializables ofrecidas por Costa Rica y espera expandir su actividad a otras áreas de la forestación como sumideros de carbono. El Sr. Philips y SGS tienen por lo tanto intereses creados al aducir que la cuantificación de los efectos climáticos de este tipo de forestación tiene algún sentido. Richard Tipper, del Reino Unido, también autor del Capítulo 5, es miembro del staff del Edinburgh Centre for Carbon Management, con sede en Edimburgo, una consultora que gana dinero con el diseño, la evaluación y el monitoreo de este tipo de proyectos. ECCM trabaja en estrecha relación con Future Forests, la cual tiene contratos de forestación para secuestro de carbono con Mazda, Avis, BT y otras compañías. El personal de ECCM también ha estado implicado en un proyecto forestal financiado en parte por la Federation Internationale de l'Automobile en México. Ubicado sobre tierras altas ocupadas por los Maya Tojolobal y tierras bajas donde viven comunidades Maya Tzeltal, este proyecto se propone "neutralizar" 5.000 toneladas de carbono emitidas anualmente por las carreras de Fórmula Uno a un costo de 38.000 libras esterlinas al año. Mark Trexler, de los EE.UU., Editor Revisor del mismo capítulo, es director de Trexler & Associates, una firma que ha hecho mucho dinero -y que podría por ganar muchos millones de dólares más- con la promoción y el monitoreo de proyectos de secuestro de carbono y otros de "mitigación climática". Peter Hill, de EE.UU., uno de los Autores Principales del Capítulo 4 ("Actividades Adicionales inducidas por el Hombre" - Artículo 3.4"), trabaja en Monsanto. Monsanto tiene una larga trayectoria en materia de organismos genéticamente modificados, lo que incluye potencialmente organismos manipulados para almacenar carbono de manera más eficiente. Esta empresa es otra de las que espera obtener pingües ganancias a partir de las conclusiones optimistas a las que llega el informe del IPCC acerca de la utilidad de proyectos relacionados al uso del suelo y a la forestación para mitigar el cambio climático. Estos y muchos otros autores y editores del Informe Especial sobre Uso del Suelo, Cambios en el Uso del Suelo y Forestación tienen intereses creados en sacar conclusiones no realistas e injustificadamente optimistas acerca de la posibilidad de compensar las emisiones con árboles. Por lo tanto, deberían haber sido automáticamente descalificados para formar parte de un panel intergubernamental encargado de investigar de manera imparcial acerca de la factibilidad y beneficios de tales proyectos de "secuestro de carbono". Tal como están las cosas, este informe debe ser archivado debido al claro conflicto de intereses de muchos de sus autores y se debe promover la elaboración de un nuevo informe que esté libre de toda sospecha de corrupción intelectual. Ya es oficial: algo huele mal en esto de los sumideros de carbono. (Boletín de junio, 2000) La Conferencia de las Partes de la Convención Marco sobre Cambio Climático --precedida por una reunión de sus Cuerpos Subsidiarios en el mes de setiembre en Lyon-- tendrá lugar en la Haya en noviembre próximo. El críptico lenguaje utilizado en las negociaciones sobre el clima --y los objetivos todavía más oscuros de muchos gobiernos y empresas-- hacen necesario traducir lo que está siendo negociado utilizando conceptos comprensibles, para así facilitar la tan necesaria participación pública en este debate. A fin de contribuir con este propósito hemos dedicado el presente número del Boletín del WRM enteramente a este tema, de vital importancia para la humanidad en su conjunto. La solución al calentamiento global --que está sucediendo ahora mismo y siendo sufrido por millones de personas en todo el mundo-- es en teoría muy sencilla: reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero, en especial de dióxido de carbono. ¿De dónde provienen las emisiones de este gas? La mayoría proviene del uso de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), cuyo carbono estaba almacenado en forma segura bajo la superficie de la Tierra. La extracción de enormes y crecientes volúmenes de combustibles fósiles está en el meollo de la crisis del clima. Existen otras fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero, entre las cuales la deforestación --por la que se libera el carbono retenido en la biomasa de los bosques-- la que también debe ser abordada. Pero por lejos el uso de combustibles fósiles constituye la causa más importante. La forma de reducir el uso de combustibles fósiles es reemplazarlos lo antes posible por fuentes de energía ambientalmente adecuadas. Tal solución es técnicamente viable, pero fuerzas muy poderosas --como la industria petrolera-- y un número de gobiernos de los países industrializados se oponen a este enfoque, sosteniendo que resultaría demasiado caro. Empero, dado que la opinión pública está cada vez más preocupada por el cambio climático, esas mismas fuerzas y gobiernos tienen que dar al mundo un mensaje positivo para demostrar que están ocupándose del problema. En 1997, los gobiernos de los países industrializados finalmente se comprometieron a reducir las emisiones en el Protocolo de Kioto de la Convención sobre Cambio Climático. Pero simultáneamente inventaron el denominado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) a fin de evitar cumplir esos incluso insuficientes compromisos. En tanto los expertos realizan encuentros y hablan de mecanismos cuyo propósito es básicamente eludir esos compromisos, hay organizaciones y comunidades que están implementando reales mecanismos para abordar el uso excesivo de combustibles fósiles. Entre ellas deseamos destacar la lucha de los pueblos indígenas que se oponen a la prospección y extracción petrolera en sus territorios. En el contexto del cambio climático, éste constituye el perfecto ejemplo de Mecanismo de Desarrollo Limpio: la opción cero petróleo. Sin embargo, los intereses empresariales implicados en las negociaciones sobre el clima y sus expertos permanecen ciegos a esas realidades y están, en cambio, inventando astutos esquemas para evitar tomar el toro por los cuernos. Entre los esquemas más astutos está el de la creación del "mercado del carbono", que comprende el uso de bosques y plantaciones forestales como sumideros de carbono. Más allá de cuan absurdos estos astutos esquemas puedan llegar a ser, parecen estar recibiendo un creciente apoyo por parte de una serie de actores que tiene mucho para ganar si los mismos son aprobados en la próxima Conferencia de las Partes. Muchos gobiernos están también apoyando esta iniciativa de comercio de carbono a través de sumideros. Para algunos gobiernos del Norte es ésta una manera fácil y barata de no tener que cumplir con los compromisos relacionados con disminuir las emisiones. Por su parte, algunos gobiernos del Sur lo ven como una forma de ganar algún dinero al contado por la venta de sus servicios de basureros de carbono. Sin embargo, los gobiernos del Sur tendrían mucho más para ganar si exigieran al Norte que se hiciera responsable de la "deuda de carbono" acumulada, la que por lejos excede la deuda convencional del Sur. En resumen, la sociedad tiene un papel de suma importancia que cumplir, presionando a los gobiernos para inducirlos a cambiar el actual rumbo que han emprendido. La Convención sobre Cambio Climático parece haberse olvidado de que su tarea es asegurar que las futuras generaciones habrán de heredar un planeta vivible. Y la gente puede hacerla entrar en razones señalándole que es ahora cuando deben acordarse e implementarse verdaderas soluciones. Que la Convención no es un mercado para comercializar créditos de carbono sino un foro para abordar un problema muy real. Que el futuro de la humanidad no es negociable. (Boletín de agosto, 2000)
Cambio Climático: la lección de Lyon Delegados gubernamentales de todo el mundo se reunieron este mes en Lyon, Francia, en una Conferencia Preparatoria previa a la Conferencia de las Partes de la Convención sobre Cambio Climático a realizarse en noviembre próximo en La Haya, Holanda. Lo único bueno que puede decirse acerca del encuentro de Lyon es que los delegados trabajaron muy duro y hasta tarde en la noche, y que algunos de ellos --lamentablemente demasiado pocos-- realmente trataron de hacer algo en relación con el cambio climático. Sin embargo, el encuentro estuvo caracterizado en general por el chantaje, las presiones, el mercadeo, el soborno y el comercio entre las diferentes élites allí presentes. La mayor parte del tiempo se estuvo discutiendo acerca de cuestiones de dinero para programas que en verdad poca o ninguna relevancia tienen para el clima. Uno de los temas de los que más se habló fue sobre algo llamado "Mecanismo de Desarrollo Limpio" (MDL). A través de este esquema (entre otras cosas) los países industrializados podrían "compensar" sus emisiones utilizando "sumideros de carbono" en el Sur --tales como plantaciones forestales, bosques y cambios en el uso del suelo-- permitiéndoles de esta manera mantener e incluso incrementar las emisiones de combustibles fósiles, que son la causa primera del cambio climático. Los diplomáticos y tecnócratas presentes prestaron poca atención a los comprobados impactos negativos que proyectos forestales del tipo de los contemplados en el MDL ya han tenido sobre la gente y el ambiente. Afortunadamente, esta falsa "solución" para el clima todavía no ha sido aprobada por la Conferencia de las Partes. Sin embargo, las negociaciones preliminares en Lyon dejan poco espacio para ser optimistas. Algunas de las delegaciones concurrentes se centraron en el chantaje ("No firmaremos el Protocolo de Kioto al menos que se incluya un gran volumen de sumideros de carbono"), acompañado de presiones abiertas o solapadas ("Pueden discrepar con nuestros planteos, pero en ese caso ...). Los EE.UU. y Japón sobresalieron en ese sentido. Otras procuraron comercializar la capacidad de sus países como "sumideros de carbono" a cambio de dinero. Algunos delegados de América Latina se destacaron en esta tarea. Un tercer grupo --que incluía muchos de los delegados europeos-- intentaron mostrar su compromiso con la reducción de emisiones acordada en Kioto, pero dejaron la puerta abierta para proyectos forestales a ser aprobados en el próximo acuerdo de La Haya. Por su parte, el reducido grupo de países que se oponen frontalmente a la inclusión de los sumideros de carbono en el Protocolo de Kioto poco pudo hacer más que intentar hallar la manera de evitar lo peor de entre las propuestas sobre la mesa. Desafortunadamente, estos fueron los puntos destacados del encuentro. Casi no hubo discusión sobre los temas reales: igualdad de derechos sobre la atmósfera, disminución del uso de combustibles fósiles, en especial en el Norte, fuentes alternativas de energía, eficiencia y conservación energéticas. Si verdaderamente los gobiernos hubieran deseado abordar el cambio climático, se habrían centrado en cómo lograr una drástica reducción de las emisiones de combustibles fósiles mediante la activa promoción de fuentes de energía limpias, renovables y de bajo impacto. El Norte y el Sur podrían haber comenzado a compartir las investigaciones y la experiencia que ambos tienen en relación con el uso de energía de bajo impacto y habrían considerado mecanismos para asegurar el efectivo intercambio de conocimiento relevante, tecnología y experiencia política, tanto Sur-Norte como Norte-Sur. Estos deberían haber sido los temas centrales en discusión en el marco del "Mecanismo de Desarrollo Limpio". Pero los gobiernos presentes optaron por otra cosa. Del encuentro de Lyon puede extraerse una lección: a menos que los pueblos ejerzan presión sobre sus gobiernos, los negociadores sobre el clima no harán nada para prevenir el inminente desastre climático a nivel mundial. Los movimientos populares deben tener el coraje de no creer en lo que la mayoría de los tecnócratas de los gobiernos, los institutos de investigación e incluso de las ONGs les están diciendo, vale decir, que el cambio climático es un tema reservado solamente a "expertos". Deben entender que ésta no es una cuestión técnica, sino de poder, y que el escenario en el que se juega es político, por lo que todos estamos igualmente habilitados a participar. Deben tener bien claro que el tema es básicamente muy sencillo y tiene una solución igualmente simple, que todo el mundo puede entender: reemplazar los combustibles fósiles por fuentes de energía alternativas y no perjudiciales para el ambiente. No se llegará a una solución para el cambio climático plantando millones de hectáreas de pino y eucalipto, lo que sólo agregará más problemas a los ya existentes. Si los dejamos actuar por
si solos, los delegados oficiales nos conducirán a todos al
desastre. Estos deben ser presionados --tanto desde fuera como desde
dentro de sus grandes salones de reunión-- a actuar de manera
más sobria y responsable. Esta es la lección de Lyon.
(Boletín de setiembre, 2000) |
Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales
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