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LUCHAS LOCALES Y NOTICIAS Indonesia: el proyecto de fábrica de celulosa de UFS amenaza los bosques y las comunidades aledañas La industria indonesa de celulosa y papel está imponiendo actualmente una gran presión sobre los bosques. En este contexto se planea construir en la provincia de Kalimantán del Sur una enorme fábrica de celulosa y chips de madera de 1.200 millones de dólares. El proyecto pertenece a la empresa “United Fiber System” (UFS), perteneciente, entre otros, a inversores suecos. La nueva fábrica de celulosa empeoraría aún más la destrucción actual de los bosques de Indonesia, y agravaría los problemas asociados tanto a escala local como nacional. Actualmente, la industria de la celulosa se alimenta principalmente de los bosques tropicales y de la tala ilegal. Entre el 75% y el 80% de la madera utilizada en la industria de la celulosa en Indonesia proviene de los bosques, e informes recientes efectuados por organismos internacionales de investigación y financiadores internacionales indican que la mayoría de la madera extraída de los bosques indonesios (cerca del 73%) es producto de la tala ilegal. Mientras no se elimine la deforestación y la tala ilegal asociada provocadas por la industria de la celulosa, cualquier inversión en una nueva fábrica de celulosa no haría más que agravar los problemas estructurales de la deforestación. Todas las grandes fábricas de celulosa en Indonesia han causado ya sea problemas sociales importantes, contaminación o deforestación, y en la mayoría de los casos, las tres cosas juntas. Las investigaciones indican que la proyectada fábrica de celulosa en Kalimantán del Sur no sería la excepción. Solamente dentro del área de concesión de la UFS, 73.000 hectáreas de bosques correrían grave riesgo, y la fábrica de chips de madera pondría en riesgo otras 40.000 hectáreas de valiosos valles boscosos. Como lo admite la UFS, para un futuro cercano proyecta una ampliación de la capacidad de producción de las instalaciones que la haría llegar a 1.200 millones de toneladas de celulosa por año, lo cual seguramente implicaría la destrucción de más bosques aún. Por otro lado, la evaluación de impacto ambiental (EIA) de la UFS, que se filtró al público pese a los esfuerzos de la compañía por mantenerla en secreto, concluye que sería de esperar una pérdida total de la vida acuática en la zona de la fábrica de celulosa, cuya consecuencia sería la pérdida del sustento para cientos de personas que viven de la pesca tradicional. A su vez, la EIA de la empresa prevé un incremento regional masivo de las enfermedades respiratorias agudas, las enfermedades de la piel y la malaria. La construcción del puerto de aguas profundas para la fábrica de chips de madera destruirá preciosos bosques de manglares --de los que quedan pocos--, y dañará considerablemente la vida acuática de la zona. La red de ONGs indonesas CAPPA, una alianza comunitaria de militancia contra la industria papelera, evaluó la situación de cuatro pueblos pesqueros, entre ellos los que viven de la cría de camarones y cuyas zonas de pesca serán probablemente afectadas por los desechos de la fábrica proyectada. Las zonas de cría de camarones utilizadas por las comunidades locales están a tan solo 400 metros del sitio previsto para la fábrica. Además, según la información obtenida por CAPPA, este sitio está ubicado sobre un cementerio ancestral y en la fase inicial de adquisición de tierras para la fábrica ya se han generado conflictos con la comunidad. La fábrica de celulosa y chips de madera proyectada no contribuye al desarrollo sostenible de Borneo indonesio sino que, por el contrario, contribuye a generalizar la deforestación y a degradar aún más la naturaleza y las condiciones de la vida humana en la región. Artículo basado en información
obtenida de: “Environmental organisations oppose the building
of the new pulp mill in Indonesia”, Finnish Association for
Nature Conservation, Friends of the Earth y Finnish ECA Reform Campaign,
http://www.vientiluotto.net/Epretxt.html#070604;
carta a James D. Wolfensohn sobre la garantía de OMGI para
la fábrica de celulosa de 1.200 millones de dólares
prevista por la United Fiber System Pulp Mill en Kalimantán
del Sur, WALHI, https://www.mpi.org.au/kampanye/hutan/strukturisasi/lamp_sp_wksel_150304/;
carta conjunta de ONGs internacionales a las empresas austriacas implicadas
en el proyecto de fábrica de celulosa, divulgada por Daniel
Hausknost, Amigos de la Tierra Austria, correo electrónico:
daniel.hausknost@global2000.at Malasia: el MTCC certifica concesiones madereras sin tener en cuenta los derechos y la voluntad de los Penan Hace más de veinte años
que los Penan luchan en Sarawak por sus derechos a las tierras y los
bosques, no solamente con barricadas para cortar las rutas que se
usan para el madereo sino también con la reclamación
legal de sus Derechos Consuetudinarios Nativos ante la justicia. A
pesar de la permanente resistencia al madereo y a las plantaciones
en su tierra nativa, el gobierno de Sarawak y sus concesionarios --empresas
madereras y de plantaciones-- siguen sin respetar los derechos de
los Penan sobre su tierra. Puesto que la Unión Europea está discutiendo actualmente la aceptación del MTCC y la fundación holandesa Keurhout ya lo ha aceptado (para la madera procedente de Malasia peninsular) en tanto madera de origen “legal”, las ONG europeas Bruno Manser Fonds, Fundación por los Bosques Tropicales Noruega y FERN consideraron que se debía informar a los gobiernos con urgencia que el MTCC estaba ignorando los derechos de los pueblos indígenas y exhortarlos a no aceptar al MTCC como prueba de sustentabilidad o legalidad. Por consiguiente, dichas organizaciones han emitido la siguiente declaración, que ha circulado entre las ONG para recoger adhesiones, exhortando a gobiernos e industria a no aceptar el sistema de certificación del MTCC en función de su falta de consideración por los derechos de los pueblos indígenas: “Las organizaciones no gubernamentales que suscribimos, exhortamos a la Unión Europea, los gobiernos europeos y la industria europea de la madera a no aceptar el Sistema de certificación de la madera de Malasia del MTCC como garantía de manejo forestal legal o sustentable, pues el MTCC no respeta los derechos de los pueblos indígenas. Nos preocupa especialmente la reciente certificación de una Unidad de Manejo Forestal en Sarawak, que constituye una flagrante falta de respeto a los derechos de los Penan. Las ONG que suscribimos apoyamos el reclamo de las comunidades Penan a revocar de manera inmediata este certificado. El Consejo para la certificación de la madera de Malasia (MTCC) se enorgullece de garantizar el origen legal y sustentable de los productos madereros comercializados en virtud de su sistema de certificación. Sin embargo, el MTCC ha recibido críticas de las ONG de Malasia por haber violado los derechos de los pueblos indígenas durante años. La reciente certificación de Samling Bhd., que es a la vez la primera empresa privada y la primera Unidad de Manejo Forestal que se certifican en Sarawak, confirma esta falta de respeto hacia las comunidades por parte del MTCC de la peor forma: una de las zonas boscosas más disputadas de Sarawak fue certificada sin haber consultado a todas las comunidades Penan afectadas. La Unidad de Manejo Forestal de
Sela'an-Linau, que hace poco se certificó para Samling, está
en una región de Sarawak llamada Ulu Baram. Grandes partes
de esta Unidad se sitúan en una zona sobre la cual los Penan
alegan tener Derechos Consuetudinarios Nativos, por lo que en 1998
presentaron este caso a la justicia. El caso sigue pendiente en la
Suprema Corte de Sarawak. Al certificar esta zona, el MTCC viola sus
propias normas de certificación, según las cuales “la
tenencia y los derechos de uso a largo plazo de la tierra y los recursos
forestales deberán definirse, documentarse y establecerse legalmente
en forma clara”. La comunidad de ONGs no está de acuerdo con las evaluaciones realizadas por Estados miembros de la UE, como el Reino Unido y Dinamarca, y por la industria maderera, como la asociación holandesa Keurhout, que han considerado que el MTCC es una garantía de legalidad. En términos de los derechos de los pueblos indígenas, la certificación de la concesión de Sela'an - Linau, Sarawak, otorgada a Samling es completamente inaceptable y constituye otra prueba de que en la “sustentabilidad” y la “legalidad” del MTCC no están incluidos los derechos básicos de la población indígena afectada. Exhortamos a los ministerios responsables y a la industria de la madera a reconsiderar el Sistema de certificación de la madera de Malasia del MTCC a la luz de estas nuevas pruebas. [Siguen firmas]” Por más información
sírvase consultar el informe sobre la concesión del
MTCC en: http://www.bmf.ch/en/pdf/selaan-linau-report.pdf Sri Lanka: los Wanniyala-Aetto hacen uso de su derecho a regresar a su bosque Los Wanniyala-Aetto (“seres de la selva”) son el pueblo indígena de Sri Lanka; apacibles cazadores y recolectores que han vivido en una relación sustentable con el medio ambiente de su bosque tropical por los pasados dieciocho mil años. Después de haber sobrevivido a 2.500 años de colonización de su isla, primero por emigrantes cingaleses y luego por tamiles provenientes de la India, a cinco siglos de colonización portuguesa, holandesa y británica y a dos guerras mundiales, los Wanniyala-Aetto fueron desalojados de lo que quedaba de sus bosques ancestrales por el gobierno de Sri Lanka. Sri Lanka logró su independencia en 1948, y el nuevo gobierno emprendió la reorganización del país. En 1955, con fondos del Banco Mundial, comenzó la construcción de la represa Gal Oya, que inundó las mejores tierras de caza y recolección de los Wanniyala-Aetto, donde estaban los mejores sitios para recolectar miel y sus cuevas favoritas. La mayor parte de la población fue reubicada en aldeas de readaptación, en zonas agrícolas. Pero su “guardián del saber” y portavoz, Uru Warige Tissahamy, condujo a mucha de su gente a internarse en lo profundo del bosque. En 1977, el Banco Mundial otorgó al gobierno los fondos necesarios para la construcción de un enorme proyecto hidroeléctrico y de irrigación que afectaría al mayor sistema fluvial del país, el Mahaweli Ganga. El agua del río fue desviada para producir energía hidroeléctrica y para alimentar reservorios y canales de irrigación. Se realizaron actividades de madereo en grandes superficies del bosque tropical, y se hizo tala rasa en 11.000 hectáreas de los últimos territorios de caza de los Wanniyala-Aetto. Miles de colonos cingaleses y tamiles se instalaron en la zona. Luego, el 10 de noviembre de 1983, a medianoche, el gobierno desalojó a los Wanniyala-Aetto de la última porción de su bosque natal, declarando que esa era la cuenca hidrográfica que alimentaría tres nuevos reservorios financiados con asistencia oficial para el desarrollo de varios organismos extranjeros financieros, entre ellos la USAID. Dichos reservorios se crearon con la finalidad de disponer del agua necesaria para el riego de los arrozales ubicados en los límites del bosque, destinados a la producción intensiva de arroz en el marco de la llamada “revolución verde”. El área de bosques que quedó entre estos reservorios fue designada por el gobierno como Parque Nacional de Maduru Oya, el cual fue creado en el marco de la Estrategia Mundial para la Conservación (en inglés WCS), manejada conjuntamente por WWF Internacional (Fondo Mundial para la Naturaleza), IUCN (Unión Mundial por la Conservación de la Naturaleza) y PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente). Los Wanniyala-Aetto fueron forzados a reinstalarse en tres distritos diferentes, lo cual dividió su comunidad y destruyó la estructura social fuertemente integrada de la que siempre dependieron. Estas áreas de reinstalación se encuentran fuera del bosque, en zonas de arrozales totalmente desconocidas para ellos e inadecuadas para su agricultura itinerante, la cual se han visto imposibilitados de realizar. Por otro lado, les cuesta mucho cultivar suficiente alimento en las diminutas parcelas que les asignaron. La caza y la recolección en la selva también les están vedadas. En la actualidad, algunos hombres tienen permiso para cazar en una pequeña zona del parque, pero los que no lo tienen se arriesgan a ser multados o encarcelados si se les sorprende cazando. En los últimos años tres cazadores, todos ellos con permisos, murieron por los disparos recibidos por parte de guardaparques. Actualmente solo quedan 2,500 indígenas Wanniyala-Aetto. Su antigua cultura, sus tradiciones espirituales, su conocimiento médico etnobotánico y su pericia en el manejo ecológico de la fauna y la flora del bosque tropical están a punto de perderse para siempre. A pesar de haber sido reubicados, no han perdido el recuerdo de su tierra. “Yo nací en el bosque. Mis ancestros vienen de aquí. Somos los seres del bosque, y quiero vivir y morir aquí. Y aunque renaciera como una mosca o una hormiga, estaría feliz de saber que volvería a vivir aquí, en el bosque” (Uru Warige Tissahamy, 97 años, anciano Wanniyala-Aetto “guardián del saber”). Es por eso que, más de veinte años después de haber sido expulsados, cien indígenas Wanniyala-Aetto han hecho uso del derecho legal de regresar a su propia tierra. Los guardaparques han amenazado con llevar ante los tribunales a aquéllos que regresen al parque, en un intento de obligarles a marcharse una vez más. Desde diversas organizaciones se exhorta a apoyar al pueblo Wanniyala-Aetto, y proponen escribir a la presidenta de Sri Lanka pidiendo a su Gobierno que permita inmediatamente a los Wanniyala-Aetto que así lo deseen regresar a su tierra, cazar para su consumo personal y recolectar frutos del bosque dentro del parque, sin temor a su posterior expulsión, acoso o violencia. (Dirigir la carta a: Her Excellency the President of Sri Lanka, Mrs. Chandrika Bandaranaike-Kumaratunga, Presidential Office, Colombo 1, Sri Lanka, Fax: +94 112 4333 46) Artículo basado en información
obtenida de: “Los wanniyala-aetto regresan a la selva”,
21 de octubre de 2005, http://www.survival.es/news.php?id=1114;
“The Wanniyala-Aetto”, Global Vision, http://www.global-vision.org/srilanka/ En una reciente
explosión de “entusiasmo ambiental” estimulado
por generosos ofrecimientos financieros del Fondo para el Medio Ambiente
Mundial (conocido también como GEF por su sigla en inglés),
el gobierno de Tailandia ha estado creando parques nacionales tan
rápido como el Real Departamento de Bosques consigue ponerlos
en el mapa. Hace diez años era difícil encontrar un
parque en Tailandia y, puesto que los pocos que había eran
“parques de papel” sin marcar, pocos tailandeses sabían
que existían. Ahora hay 114 parques terrestres y 24 parques
marinos en el mapa. Casi 25.000 kilómetros cuadrados, en su
mayoría ocupados por tribus montañesas y pescadoras,
han pasado a ser administrados por el departamento forestal en tanto
zonas protegidas.
De las seis tribus que se encuentran en los exuberantes confines montañosos del lejano norte de Tailandia, la de los Karen es la más populosa. Khon Noi, matriarca de una remota aldea de montaña, vestida con las ropas sueltas de colores brillantes que la identifican, se acurruca frente al fuego de su hogar. Su aldea se compone de 65 familias que han vivido en el mismo extenso valle desde hace más de 200 años. Khon Noi masca hojas de betel y escupe el jugo rojo en el fuego mientras habla suavemente entre sus dientes renegridos. “El gobierno no tiene idea de quién soy yo”, dice. “Solamente saben el nombre de una sola persona del pueblo, el “jefe” que designaron para que nos represente en las negociaciones con el gobierno. Estuvieron aquí la semana pasada, con sus uniformes militares, para decirnos que ya no podemos practicar la agricultura rotativa en este valle. Si se enteraran de que alguien está hablando mal de ellos, regresarían para hacernos salir de aquí”. “Un día aparecieron hombres uniformados como de la nada, mostrando sus armas”, recuerda Kohn Noi, “ diciéndonos que ahora vivíamos en un parque nacional. Eso fue lo primero que supimos. Nos confiscaron nuestras propias armas... no más caza, no más trampas para animales y no más ‘roza y quema’. Así llaman ellos a nuestra agricultura. Nosotros la llamamos rotación de cultivos y hace más de 200 años que venimos practicándola en este valle. Pronto nos veremos obligados a vender arroz para comprar las legumbres y hortalizas que ya no nos permiten plantar aquí. Podemos vivir sin la caza porque criamos pollos, cerdos y búfalos, pero la agricultura rotativa es nuestra forma de vida”. En noviembre de 2004 se realizó el Congreso Mundial sobre la Conservación en Bangkok, al que concurrieron 6.000 conservacionistas. Tanto en esa conferencia como en todas partes, los grandes de la conservación han negado tener algo que ver con los desalojos; al mismo tiempo generan ríos de material propagandístico sobre su cariño por los pueblos indígenas y las estrechas relaciones que los unen con ellos. En los últimos años el apoyo financiero internacional a la conservación se ha extendido mucho más allá de los individuos y las fundaciones familiares que iniciaron el movimiento y ahora incluye fundaciones muy grandes como Ford, MacArthur y Gordon y Betty Moore, así como el Banco Mundial, su Fondo para el Medio Ambiente Mundial, gobiernos extranjeros, USAID, una cantidad de bancos bilaterales y multilaterales y empresas transnacionales. En la década de 1990 el movimiento internacional por la conservación recibió casi US$ 300 millones de USAID, que había llegado a considerarlo un aditamento vital a la prosperidad económica. Las cinco mayores organizaciones conservacionistas, entre las que se cuentan Conservation International (CI), The Nature Conservancy (TNC) y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), absorbieron más del 70% de ese desembolso. Las comunidades indígenas no recibieron nada. La Fundación Moore suscribió un singular compromiso a diez años por el que otorga casi US$ 280 millones, la mayor financiación relacionada con el medio ambiente de la historia, a una sola organización, Conservation International. Y en los últimos años todas las grandes ONG internacionales se han tornado cada vez más empresariales, tanto en su orientación como en su filiación. The Nature Conservancy puede jactarse ahora de tener casi 2.000 patrocinadores empresariales, en tanto Conservation International ha recibido cerca de US$ 9 millones de sus 250 “socios” empresariales. Con ese tipo de incentivo financiero y político, además de filiales en casi todos los países del mundo, millones de miembros leales y presupuestos de nueve cifras, CI, WWF y TNC han iniciado una presión mundial de enorme expansión para aumentar la cantidad de las llamadas zonas protegidas: parques, reservas, refugios para la vida silvestre y corredores creados para preservar la diversidad biológica. En 1962 había cerca de 1.000 zonas protegidas en todo el mundo. Hoy son 108.000, y el número crece cada día. La superficie total de tierra, considerando el mundo entero, que hoy está bajo protección conservacionista se duplicó desde 1990, cuando la Comisión Mundial de Parques se fijó el objetivo de proteger el 10% de la superficie del planeta. El objetivo fue superado y hoy más del 12% de toda la tierra está “protegida”, es decir una superfice total de más de 2.800 millones de hectáreas. Cada vez son más los conservacionistas que parecen preguntarse cómo es posible que, luego de haber separado una masa de tierra “protegida” del tamaño del África, la biodiversidad mundial siga disminuyendo. ¿Es posible que algo ande muy mal en este plan, sobre todo luego de que el Convenio sobre Diversidad Biológica documentó el insólito hecho de que en África, donde se han creado tantos parques y reservas naturales y donde las expulsiones de los indígenas alcanzan su grado máximo, el 90% de la biodiversidad se encuentra fuera de las zonas protegidas? Las soluciones de mercado propuestas por grupos de interés, que tal vez se hayan aplicado con las mejores intenciones sociales y ambientales, han tenido los mismos lamentables resultados, apenas discernibles detrás de una densa cortina de humo de diestra promoción. En prácticamente todos los casos se hace entrar a los indígenas a la economía monetaria sin que tengan los medios de participar en ella plenamente. Ligados por contrato serán eternamente guardaparques (nunca guardianes), porteros, camareros, recolectores o, si consiguen aprender alguna lengua europea, guías ecoturísticos. En este modelo, la “conservación” cada vez se acerca más al “desarrollo”, mientras las comunidades nativas son asimiladas a los estratos más bajos de las culturas nacionales. No debería sorprender, entonces, que los pueblos tribales consideren a los conservacionistas como apenas otro colonizador más: una extensión de las mortíferas fuerzas de la hegemonía económica y cultural. Si lo que queremos es preservar la biodiversidad en los rincones más alejados del planeta, lugares en muchos casos aún ocupados por indígenas que viven de forma ecológicamente sustentable, la historia nos demuestra que lo más tonto que podemos hacer es echarlos de allí. Adaptado de “Conservation Refugees”,
por Mark Dowie, The Orion Society, noviembre/diciembre de 2005,
http://www.oriononline.org/pages/om/05-6om/Dowie.html
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