Género,
militarismo y cambio climático
A medida que las manifestaciones del
cambio climático se hacen cada vez más apremiantes, se intensifica
la guerra para ver quién logra formular sus causas, efectos y
soluciones. En todos los ámbitos, populares y políticos, una de
las cuestiones políticas clave de nuestra época será cuáles voces
se harán oír y cuáles no. En la esfera de la política internacional
hoy el género brilla por su ausencia en los debates sobre cambio
climático. De hecho, en los dos principales acuerdos internacionales
sobre calentamiento global, la Convención Marco de la ONU sobre
el Cambio Climático y el Protocolo de Kyoto, faltan las palabras
“mujeres” y “género”. A esta invisibilidad del género se
oponen tanto el saber como la defensa feministas recientes, señalando
en particular la importancia de dar una dimensión de género al
análisis de la vulnerabilidad y la adaptación al calentamientot
global.
El trabajo feminista sobre la vulnerabilidad
se basa en investigaciones previas sobre los factores que hacen
que determinadas poblaciones corran más riesgos en las catástrofes
naturales como inundaciones y sequías, condiciones meteorológicas
extremas que podrían volverse más frecuentes a consecuencia del
calentamiento global. Por ejemplo, en aquellos sitios donde las
mujeres tienen menor acceso a alimentos y salud que los hombres,
ya empiezan con una desventaja al enfrentarse a catástrofes naturales
y presiones ambientales. Puesto que son las principales encargadas
de cuidar a niños y ancianos, posiblemente tengan menor movilidad.
Las restricciones culturales a la movilidad de la mujer pueden
agravar el problema. En el ciclón de Bangladesh de 1991 murieron
muchas más mujeres que hombres porque las advertencias tempranas
aparecían en espacios públicos donde la entrada de las mujeres
está prohibida y las mujeres no se decidían a dejar sus hogares
por temor a que fuera impropio.
Más que confiar en generalizaciones
amplias, la teoría y la práctica feministas han identificado cartas
de riesgos sensibles al género, donde las mujeres pueden marcar
sus puntos vulnerables en términos de los cultivos que plantan,
los recursos que controlan o no, su acceso al riego, a los mercados,
a la información, etc. En este sentido, el análisis de género
es una herramienta para explorar diversos contextos y lograr soluciones
efectivas en lo local, en lugar de buscar una comprensión única
de la vulnerabilidad.
Hasta ahora, gran parte de la literatura
sobre género y vulnerabilidad al cambio climático se ha centrado
en mujeres del medio rural del Sur global a pesar de que en pocas
décadas la mayor parte de la población del mundo vivirá en ciudades.
El huracán Katrina ilustra el hecho de que el Norte tampoco es
inmune a las condiciones climáticas extremas, y el grado de vulnerabilidad
de las personas de Nueva Orleáns se correlacionó estrechamente
con [los factores] género, pobreza, raza, edad, clase y las intersecciones
entre éstos. Puesto que es probable que en los años venideros
aumenten los riesgos asociados con el cambio climático, una cartografía
y una recolección de información de los riesgos que tengan en
cuenta el género constituirían herramientas útiles para las comunidades
tanto rurales como urbanas del mundo entero.
También queda mucho por hacer para que
los sistemas de alarma temprana tengan más en cuenta las cuestiones
de género. Según Maureen Fordham, de la red Gender and Disaster
Network, este campo está dominado más que nada por expertos del
sexo masculino y tradicionalmente se hace énfasis en enfoques
científicos y técnicos ('duros') para identificar los peligros
y solucionar los problemas, sin prestar mucha atención a la importancia
de las redes de mujeres y otros grupos de ciudadanos en la creación
de sistemas de alarma informales. La esfera de la gestión de la
catástrofe también está dominada por hombres, y a menudo la respuesta
al desastre deja de lado las necesidades de las mujeres en materia
de información y servicios.
Dado que los acuerdos internacionales
sobre cambio climático ignoran casi por completo las cuestiones
de género, no sorprende que se haya prestado tan poca atención
al hecho de que estos mismos acuerdos puedan tener resultados
discriminados por género. En su crítica a la posición del Protocolo
de Kyoto sobre el comercio del carbono, Larry Lohmann, de la organización
británica The Corner House, señala que del Protocolo resultan
sistemas de contabilidad del carbono que marginan los aportes
de fuentes no empresariales, no estatales y no calificadas en
relación con la estabilidad climática y están creando nuevas formas
excluyentes de derechos de propiedad. Prefieren proyectos de captura
de carbono a gran escala, que pueden tener consecuencias negativas
tanto en lo ambiental como en lo social. Por ejemplo, en Minas
Gerais, Brasil, la empresa Plantar S.A. ha solicitado fondos de
carbono para la expansión de sus monocultivos de eucalipto. Estas
plantaciones, además de ocupar tierras fiscales que deberían corresponder
a los campesinos pobres, disminuyen el abastecimiento de agua
y reducen la biodiversidad en alto grado.
Es probable que ese tipo de plantaciones
tengan varios efectos discriminatorios para la mujer. Por ejemplo,
las mujeres no podrán acceder a las plantaciones para recoger
leña y los pocos empleos que generarán, como por ejemplo guardias
forestales, serán para los hombres. Puesto que en muchos lugares
las mujeres dependen de las plantas silvestres tanto para la alimentación
como para la domesticación de semillas, la pérdida de la biodiversidad
podría disminuir su capacidad de sustento. Tampoco es probable
que estas plantaciones resuelvan las necesidades energéticas a
largo plazo de las mujeres pobres. Según Margaret Skutsch, de
la red Gender and Climate Change Network, el Mecanismo para el
Desarrollo Limpio del Protocolo de Kyoto efectivamente ha cerrado
la puerta a las soluciones no empresariales y a pequeña escala
tales como los sistemas que promueven el control local de los
bosques existentes y el mejoramiento de su capacidad de captar
carbono y producir leña en forma sustentable.
En general se han hecho pocos esfuerzos
por analizar la forma en que las relaciones de género afectan
las causales del cambio climático. Por ejemplo, en el Norte, que
carga con la mayor responsabilidad por el calentamiento global,
el sector del transporte es una de las principales fuentes de
gases de efecto invernadero. Con la posible excepción de EEUU,
es menos probable que las mujeres del Norte tengan auto y más
probable que utilicen el transporte público. Además, en Europa
los autos conducidos por mujeres tienden a ser más pequeños y
más eficientes energéticamente porque no se los considera un símbolo
de categoría social. Este último punto subraya la necesidad de
observar las dimensiones de género de los deseos del consumidor
en tanto afectan la utilización de la energía. La publicidad es
muy discriminatoria; en los avisos de automóviles de EEUU, por
ejemplo, el típico conductor de vehículos deportivos utilitarios
o camionetas es un hombre, solo o con sus amigos, que sale a conquistar
la naturaleza hostil. Si aparecen mujeres son siempre atractivas
y hermosas, para añadir un elemento de “sex appeal”. Así las nociones
de masculinidad y femineidad se despliegan estratégicamente para
crear y sustentar una cultura dilapidadora y sedienta de combustible,
desde la promoción de vehículos todo terreno como “juguetes para
muchachos” a la cruza civil-militar del Hummer (propagandeada
como la "camioneta todo terreno de estirpe militar")
como poderoso símbolo de la hombría estadounidense.
Dar al cambio climático una dimensión
de género exige también observar de cerca la delgada línea entre
las inquietudes justificadas sobre las amenazas planteadas por
el calentamiento global y el despliegue estratégico de discursos
alarmistas para generar apoyo al Protocolo de Kyoto y también
servir otros objetivos más problemáticos. Aquí hay que observar
muy bien los discursos discriminatorios implícitos y explícitos
que refuerzan las percepciones negativas para con las mujeres
y los pobres.
Un buen ejemplo es el intento de incriminar
a las mujeres en relación con la amenaza demográfica. Las predicciones
apocalípticas de un crecimiento demográfico que exceda la capacidad
locativa del planeta son populares desde hace mucho tiempo en
círculos ambientalistas del Norte, en especial en EEUU, donde
existe una relación de larga data entre el grupo de presión por
el control de la población y el movimiento ambientalista más corriente.
Quienes pretenden que la culpa del calentamiento global pase del
consumo y los patrones de producción del Norte a los pobres del
Sur se sirven a menudo de argumentos demográficos alarmistas.
Por ejemplo, el profesor Chris Rapley,
director de la British Antarctic Survey, apareció hace poco en
los titulares de la prensa británica cuando declaró que sin una
reducción significativa de la población había pocas esperanzas
de combatir efectivamente el cambio climático. El
mensaje implícito es que hay que controlar la fertilidad de las
mujeres. Tal forma de razonar contribuyó en el pasado a
la instrumentación de medidas draconianas de control de la natalidad
profundamente nocivas para la salud y los derechos de las mujeres.
El alarmismo demográfico aparece también
en las imágenes de olas hambrientas de refugiados del calentamiento
global desembarcando en nuestras costas, como en el estudio encargado
por el Pentágono en 2003 que describe la hipótesis de un cambio
climático abrupto, donde la reducción de la capacidad locativa
en zonas superpobladas provoca cada vez más guerras, enfermedad,
hambre y finalmente migración hacia el Norte. Este tipo de narrativa
amenazadora incorpora a las mujeres a un retrato amenazador general
de los pobres del Tercer Mundo y refuerza la autoridad de las
agencias nacionales de seguridad por sobre las iniciativas civiles
para combatir el cambio climático.
Una forma de oponerse a tales maniobras
militares es concentrarse en la forma en que los mismos
militares tienen un papel significativo, si bien no tenido en
cuenta, en el calentamiento global. El Departamento de Defensa
es el principal consumidor de combustible en EEUU y da cuenta
del 1,8% del total del combustible para transporte de la nación.
No es poca contribución al calentamiento global, dado que EEUU
es el mayor emisor de gases de efecto invernadero. En todos los
demás lugares los militares consumen cantidades desproporcionadas
de energía; se calcula que los militares de todo el mundo usan
en conjunto la misma cantidad de productos del petróleo que Japón,
una de las mayores economías del mundo. En el caso de EEUU, la
ironía es que actualmente los militares están usando enormes cantidades
de combustible para alimentar una guerra en Irak que se está peleando,
al menos en parte, para garantizar el futuro control estadounidense
de las reservas de petróleo.
Echar un vistazo, con el género en mente,
tanto al militarismo como al cambio climático plantea varias preguntas
interrelacionadas. Desde el punto de vista del género, ¿cuál es
la política para establecer prioridades estratégicas y presupuestales?
¿De qué forma las ideologías de masculinidad y las redes de hombres
poderosos modelan las políticas de defensa, protegen a los militares
de la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles y las
emisiones de gases de efecto invernadero y determinan que gastar
en defensa convencional es una prioridad mucho más importante
que invertir en energías y tecnologías limpias?
¿De qué modo la cultura militar masculina
repercute sobre las elecciones de los consumidores, mediante productos
como la camioneta Hummer, y sustentan formas de vida dilapiladoras
de energía?
¿De qué modo un estado de guerra socava
las libertades democráticas, expulsa a las mujeres de la vida
pública y reduce el espacio para un debate participativo sobre
la manera de encarar el calentamiento global?
¿De qué forma el militarismo multiplica
o intensifica la vulnerabilidad de la mujer al cambio climático?
En el caso de catástrofes naturales inducidas por el calentamiento
global, por ejemplo, ¿aumentará el riesgo de violencia sexual
si los gobiernos confían en las instituciones militares para brindar
ayuda y mantener el orden?
Por el lado más positivo, ¿cómo pueden
los movimientos de mujeres por la paz y el medio ambiente contribuir
a una visión más amplia de la justicia climática y soluciones
más practicables que reduzcan las emisiones al tiempo que aumenten
los ingresos y el poder de las mujeres y los hombres pobres?
Estas son apenas algunas de las preguntas
que tenemos que plantearnos si queremos provocar una transformación
en el escenario del cambio climático formando una oposición feminista
y a favor de la justicia social.
Por Betsy Hartmann,
ZNet Commentary, 10 de abril de 2006
--
Betsy Hartmann es la directora del Programa sobre Población y
Desarrollo del Hampshire College en Amherst, Massachussets. Junto
con Joni Seager es coautora de la reciente publicación “Mainstreaming
Gender in Environmental Assessment and Early Warning” (PNUMA,
2005) y coeditora, con Banu Subramaniam y Charles Zerner, de “Making
Threats: Biofears and Environmental Anxieties” (Rowman and Littlefield,
2005).