Sudáfrica:
impactos diferenciados de las plantaciones de árboles sobre las
mujeres
La historia de
la industria de las plantaciones en Sudáfrica puede compararse con
el desarrollo de las plantaciones en otras partes del Sur: en Brasil,
Aracruz Celulose creció bajo una dictadura militar; el boom de la
celulosa de Indonesia fue planeado y puesto a andar durante el régimen
de Suharto; Camboya, Tailandia y Chile son otros ejemplos de cómo
la opresión del Estado beneficia a las empresas de la celulosa y
las plantaciones.
En Sudáfrica,
la fase inicial afectó las tierras controladas por el Estado, de
donde se desalojó a las comunidades, que fueron reubicadas en otras
zonas tribales, decreto gubernamental mediante. La década de 1980
fue testigo de una ola de nuevas plantaciones encabezada por empresas
de celulosa entre las que se destacan Sappi y Mondi. Todo esto ocurrió
principalmente en tierras pertenecientes a agricultores blancos.
Los costos, sobre todo los salarios y el acceso a la tierra, se
mantenían bajos en forma artificial; gracias a esto y al generoso
subsidio del gobierno en la época, la industria plantadora
local creció hasta convertirse en una importante exportadora de
madera y productos derivados de la madera.
Sin embargo,
la calidad de vida de las comunidades locales no ha mejorado con
la industria de las plantaciones. Los llamados “acuerdos para empoderar
a la población de color” (“empowerment deals”) y oportunidades de
negocios para las comunidades no se difundieron ampliamente, con
lo que se convirtieron en fuente de diferenciación y división social.
Además, la invasión de las plantaciones madereras industriales ha
tenido impactos ambientales que incluyen la destrucción irreversible
de praderas y la reducción de la cantidad y la calidad del agua,
lo que en la típica vida rural comunitaria es difícil de separar
de los asuntos sociales, culturales, económicos y políticos.
Todavía peor
situadas en esta situación adversa, las mujeres sufren los impactos
diferenciados de varias actividades del sector de las plantaciones
madereras industriales que las afectan. Muchos factores resultan
en una mayor presión de las plantaciones sobre las mujeres. Estos
factores deben interpretarse en el contexto de la división del trabajo
de hombres y mujeres definida histórica y culturalmente en una sociedad
patriarcal complicada por las políticas económicas coloniales. La
vida familiar rural es patriarcal y la autoridad del jefe es indiscutida.
El cabeza de familia tomará usualmente las decisiones importantes.
El papel de la mujer en estas economías se complica con su falta
de participación en otras esferas de la vida. En gran medida, se
considera a la mujer más reproductiva que productiva.
Como trabajadoras,
productoras de madera o residentes dentro o cerca de una plantación,
las mujeres se ven afectadas por la industria de la madera. Salarios
diferenciados y la capacidad (o falta de ella) de acceder a empleos
calificados o mejor pagos afectan a aquellas mujeres que trabajan.
Las productoras de madera se ven afectadas por su capacidad de lograr
acceder a tierras apropiadas para garantizar la rentabilidad y de
quedarse con los ingresos obtenidos con la venta de la madera o
decidir en forma independiente qué hacer con ellos. En teoría, y
a menudo también en la práctica, cultivar árboles brinda una salida
económica a las mujeres del medio rural que no tienen ninguna otra
oportunidad, siempre y cuando tengan acceso a un poco de tierra
adecuada. Sin embargo, muchos lotes forestales pertenecen contractualmente
a hombres aunque son mujeres quienes los trabajan. Según cómo funcionen
los acuerdos contractuales, los aspectos laborales tienen el potencial
de hacer ganar dinero a los hombres mientras las mujeres hacen el
trabajo. Muy rara vez este dinero beneficia a las mujeres, niños
y niñas que trabajan, pues los hombres consideran que el hecho de
que permanezcan en su propiedad es de por sí una paga.
Los problemas
relativos a la residencia dentro o cerca de las plantaciones tienen
que ver con la seguridad. Las plantaciones cercanas a las viviendas
de estas personas han aumentado los problemas de seguridad; hay
violaciones y los ladrones esconden su botín en las plantaciones:
“Como padres de niñas, las plantaciones nos preocupan mucho. Siempre
hay hombres extraños vagando por ahí y se han denunciado muchos
delitos sexuales. Por eso las niñas ya no pueden ir a buscar agua
o leña. Además, los ladrones se esconden en las plantaciones y ocultan
allí las cosas robadas. Cuando la policía descubre esas cosas vienen
y nos acosan allanando nuestras casas al estilo apartheid. Aquí
no estamos seguros con estas plantaciones”, señaló una mujer local.
Las mujeres dividen
su tiempo entre múltiples actividades y las responsabilidades productivas
(alimento, disponibilidad de agua y energía para uso doméstico)
compiten con las reproductivas (alumbramiento, cuidado y crianza
de criaturas). El advenimiento de las plantaciones industriales
de árboles en estas comunidades rurales complica el trabajo de nutrición
y cuidado realizado por las mujeres. “Como mujer, mi mayor problema
es la comida. No estábamos acostumbrados a comprar alimentos en
los comercios porque donde vivíamos teníamos campos de porotos y
maíz. Había incluso campos para los cultivos del año siguiente.
Podíamos rotar los campos cómodamente porque había tierra suficiente.
Comprábamos máquinas para moler nuestro propio maíz. Jamás comprábamos
harina de maíz. Esas son algunas de las cosas que nos recuerdan
de dónde venimos”.
La industria
de la madera ha sido calificada con justicia de “principal ladrona
de agua”. La cuestión del agua y las plantaciones madereras es muy
importante en un país como Sudáfrica, donde el agua es escasa y
también muy importante para las comunidades rurales a quienes se
adjudicó esas tierras por no considerárselas suficientemente buenas
para la agricultura y el asentamiento de los europeos. En la provincia
de KwaZulu-Natal, las sedientas plantaciones madereras se sitúan
a menudo arriba, en las zonas de acumulación de agua, en detrimento
de los usuarios de aguas abajo. En ciertas zonas de comunidades
rurales la pérdida de aguas superficiales tiene graves implicaciones
negativas para la capacidad de supervivencia de la gente. Las plantaciones
hacen desaparecer fuentes, lagunas y pequeños cursos de agua, lo
que obliga a la gente a mudarse a zonas marginales ecológicamente
sensibles en busca de agua para sus animales y huertas. Además,
cuando el agua escasea son las mujeres que tienen que caminar más
para encontrarla. Son las mujeres que tienen que levantarse mucho
más temprano para traer el agua para la casa.
Una mujer mayor
de Sabokwe, la señora Ziqubu, expresó: “El asunto es que competimos
con estas plantaciones por el agua. Gastan un montón de agua. Me
acuerdo de cuando llegamos aquí en 1996, el arroyo cerca de nuestro
jardín corría continuamente porque los eucaliptos no estaban. Este
terreno que va desde aquí hasta la ruta era pradera. La empresa
temía que plantáramos nuestros cultivos y construyéramos nuestras
casas en ese terreno, por eso rápidamente lo llenaron de árboles.
Desde entonces, el agua escasea. Esta tierra, que antes teníamos
que drenar porque era pantanosa, se ha vuelto seca. Para regar los
cultivos hacíamos pozos muy poco profundos. Ahora tenemos que cavar
más hondo y traemos el agua de muy lejos. El agua para beber también
se ha vuelto escasa. También tenemos que traer agua para nuestro
ganado, aves y cabras, además del agua para el consumo doméstico.
Esto hace que el trabajo de las mujeres sea todavía más duro. Tenemos
una huerta cooperativa manejada por mujeres de esta comunidad que
cercamos gracias a la ayuda del Departamento de Agricultura, pero
nos enfrentamos con grandes problemas a la hora del riego. Traemos
el agua en baldes sobre la cabeza, pero el proyecto de huerta incluye
a mujeres muy mayores. Esta no es forma de vivir y trabajar. El
problema del agua es tan crucial como el propio acceso a la tierra.
Se pueden obtener tierras, pero sin agua se puede hacer muy poco
con ellas. Así que aquí estamos, en el medio de un desierto creado
por la industria de las plantaciones. Pensar que ni siquiera ayudan
a perforar pozos, construir molinos o usar otras tecnologías para
obtener agua. Por eso dije antes que somos nosotras las que tenemos
que pagar los costos de los impactos de esta industria desconsiderada”.
Extraído y adaptado
de: A Study of the Social and Economic Impacts of Industrial Tree
Plantations in the KwaZulu-Natal Province of South Africa, John
Blessing Karumbidza, WRM, diciembre de 2005
http://www.wrm.org.uy/countries/SouthAfrica/book.pdf