La crisis energética y una mala solución
En 1972, un estudio
del Masachussets Institute of Technology (MIT) sobre las tendencias
crecientes de consumo puso en alerta a los políticos y científicos
de todo el mundo. El trabajo, denominado “Los límites del crecimiento”,
fue encomendado por un grupo internacional de científicos, investigadores
e industriales - conocidos luego como el Club de Roma - y se convirtió
en un clásico para el análisis de la relación entre producción y
ambiente.
Durante toda
la década de 1970 y buena parte de la de 1980, varias teorías y
estudios procuraron analizar el problema de los límites que la naturaleza
impone al modelo de desarrollo. En 1990, los fuertes impulsos neoliberales
borraron buena parte de aquellos esfuerzos, y la idea de un crecimiento
ilimitado basado en los avances tecnológicos se impuso abrumadoramente
en los medios políticos y académicos de todo el mundo.
Sin embargo,
ya en el siglo XXI pareciera que el tema energético se perfila como
otro recordatorio más de aquellos viejos anuncios que afirmaban
que en la vida todo tiene un límite.
Fuentes y
usos de energía
Las fuentes de
energía se dividen en renovables y no renovables. La energía solar,
la eólica (de los vientos), la geotérmica (que aprovecha el calor
del interior de la Tierra), la biomasa de las plantas y la energía
hidráulica (del agua) son fuentes renovables de energía virtualmente
inagotables, unas por la inmensa cantidad de energía que contienen
y otras porque son capaces de regenerarse por medios naturales.
Las energías no renovables, una vez consumidas en su totalidad,
no pueden reponerse a corto o mediano plazo; tal es el caso de los
combustibles fósiles (que se formaron a lo largo de millones de
años por la acción del calor del interior de la tierra y la presión
de las rocas y el suelo en los restos de plantas y animales muertos)
y los combustibles nucleares.
Con la industrialización
surge el carbón y más tarde (desde finales del siglo XIX) el petróleo
y el gas. La mayor parte del consumo energético mundial se alimenta
de alguna de las tres fuentes no renovables que suman dióxido de
carbono a la atmósfera: petróleo, gas natural y carbón mineral.
Hoy, el 80% del petróleo que se consume en el mundo proviene de
pozos descubiertos en la década de 1970, que están llegando a su
techo de extracción diaria. El consumo de petróleo pasó de 2.753
millones de barriles en 1973 a 3.767 millones en 2004. La extracción
diaria de petróleo es del orden de los 75 millones de barriles,
y se espera una demanda creciente de 2% anual para los próximos
años, por lo que en 2020 se necesitarán unos 100 millones de barriles
diarios. Esto genera la urgencia de realizar nuevas prospecciones
y descubrimientos de reservas, pues las actuales ya no pueden aumentar
su capacidad de extracción.
Existen grandes
diferencias en el uso de energía en países ricos y pobres. A pesar
de que el consumo de energía fósil en los países del tercer mundo
crece a ritmos superiores, su participación en el consumo mundial
ha venido decreciendo. Para 2025, según la Agencia Internacional
de Energía, el 82% de la población del planeta consumirá el 45%
de la energía, mientras que en los países
industrializados el 14% de la población consumirá el 43%.
El porcentaje
de energía consumido en Estados Unidos se ubica en un 25% del consumo
mundial para un 4,6% de la población mundial, mientras que en India
el consumo es de un 3,1% para el 16,6% de la población mundial.
Puesto de otra manera, un ciudadano norteamericano consume en promedio
cincuenta veces más energía fósil que un
habitante de la India.
El uso desmedido
de combustibles fósiles ha alimentado un crecimiento económico insustentable.
Desde la publicación de “Los límites del crecimiento” hasta ahora
el aumento del consumo energético – y la necesidad de aumentar su
oferta – estuvo sostenida con el argumento del crecimiento económico
para superar la pobreza de las grandes mayorías de la población.
Desde entonces hasta ahora, hemos vivido en una escalera de crecimiento
continuo – salvando algunos años – donde el crecimiento del consumo
energético no se ha visto correspondido con un mejoramiento en la
misma medida de los sectores populares.
Por otro lado,
la visión que asocia mecánicamente el crecimiento del intercambio
y el consumo de energía con el “desarrollo”, pasa por alto algunos
problemas clave, entre ellos que la importación de energía aumenta
la dependencia de un país; la exportación de energía tiene una incidencia
fuerte en la balanza de pagos, pero también convierte al país productor
en sumamente vulnerable ante cambios en las economías importadoras;
el uso, la explotación y la transformación de la energía siempre
tienen impactos ambientales que no se contabilizan en la balanza
de pagos.
El cambio
climático resultante del uso excesivo de combustibles fósiles
Las Naciones
Unidas advierten que estamos en el mayor proceso de extinción de
la vida en el planeta desde la desaparición de los dinosaurios hace
65 millones de años. El cambio climático, en cuya base está el brusco
aumento de la temperatura media de la superficie terrestre, ha sido
identificado como una de las causas principales de este proceso.
A su vez, el cambio climático tiene directa relación con el acelerado
aumento de las emisiones de dióxido de carbono y de otros gases
de efecto invernadero, consecuencia de los actuales modelos de desarrollo
–producción y consumo– que fomentan una utilización excesiva de
combustibles fósiles así como de modelos de utilización de la tierra
inapropiados (ver Boletín Nº 76 del WRM).
La respuesta
de la comunidad internacional a la amenaza del cambio climático
se ha dado a través de la Convención Marco de las Naciones Unidas
sobre el Cambio Climático, aprobada en mayo de 1992, cuyo objetivo
declarado es que las concentraciones en la atmósfera de los gases
de efecto invernadero resultantes de las actividades humanas se
estabilicen en un nivel que no suponga un riesgo para el sistema
climático. En 1997, el Protocolo de Kyoto fijó obligaciones de reducción
irrisorias que afectan básicamente a los países industrializados.
Hasta ahora esos países no han demostrado
estar dispuestos a cambiar el modelo de consumo energético.
Como respuesta
a los compromisos de reducción de emisiones de carbono, la Unión
Europea y Estados Unidos buscan “soluciones” que no les implique
asumir el costo de cambiar radicalmente sus formas insustentables
e insostenibles de producción, comercialización y consumo, basadas
en el derroche energético. La forma de vida de un pequeño sector
del planeta ha puesto a la humanidad entera ante el riesgo de una
crisis planetaria.
Es
en este contexto que entran en escena los biocombustibles
Por biocombustibles
se entiende los combustibles derivados de biomasa –organismos recientemente
vivos o sus desechos metabólicos. Pueden obtenerse, pues, de aceites
extraídos de plantas, del estiércol de vaca, de la madera
de los árboles, entre otros. En este boletín nos enfocaremos en
los biocombustibles derivados de cultivos agrícolas, que incluyen
la biomasa que se quema directamente, el biodiesel obtenido a partir
de plantas oleaginosas, y el etanol producido a partir de la fermentación
de los azúcares que se encuentran en productos vegetales como los
cereales, la caña de azúcar, la remolacha, el maíz, la cebada o
el trigo.
Los aceites vegetales
pueden utilizarse como combustibles ya sea en forma pura o mezclados
con gasolina. También pueden ser convertidos a biodiesel por un
proceso que utiliza alcohol y un álcali fuerte para hacer una mezcla
más volátil, a partir del aceite obtenido de una variedad de plantas.
La Unión Europea
y los Estados Unidos aprobaron políticas que promueven la rápida
expansión de biocombustibles. Esto ha motivado la creación de un
enorme mercado en los países tropicales del Sur en los que se están
convirtiendo millones de hectáreas a monocultivos bioenergéticos
para alimentar los automóviles europeos y estadounidenses. Y todo
esto sin estudiar ni discutir los impactos que tendrá esta expansión
en el planeta. Pero los efectos sobre los bosques de América Latina
y Asia y sobre sus pueblos ya se están haciendo sentir.
Frente a la actual
crisis energética, o crisis del cambio climático, que es la otra
cara de la misma moneda, los políticos y tecnócratas no han demostrado
tener la voluntad de adoptar medidas enérgicas para resolverla.
En ese vacío y parálisis en gran medida sustentados por los grandes
intereses empresariales, se promueven soluciones falsas y peligrosas,
como el creciente entusiasmo por los biocombustibles, que agravan
los problemas socioeconómicos, técnicos y ambientales que urge someter
a escrutinio y debate público.
Artículo basado
en: “Energía en Sudamérica: una interconexión que no integra”, Gerardo
Honty, Ceuta, Nueva Sociedad 204,
http://www.nuso.org/upload/articulos/3369_1.pdf; “Biocombustibles
Renovables y sustentables”, Gerardo Honty, Peripecias Nº 18,
www.peripecias.com; “¿Es posible el desarrollo sostenible?”,
Guillermo Villegas Arenas, Mario Hernán López Becerra , Universidad
de Caldas,
http://lunazul.ucaldas.edu.co/index.php?option=com_content&task=view&id=180&Itemid=180);
“Which energy?”, 2006, ISS, Energy Report, Mae-Wan Ho, Peter Bunyard,
Peter Saunders, Elizabeth Bravo, Rhea Gala; “Biofuels: Renewable
Energy or Environmental Disaster in the Making?”, Almuth Ernsting,
Biofuelwatch,
http://www.biofuelwatch.org.uk/background.php