El etanol extraído de árboles: un remedio
peor que la enfermedad
El etanol es un biocombustible
que se obtiene principalmente del maíz o la caña de azúcar. Se lo
promociona con entusiasmo como un combustible alternativo que puede
incorporarse a la gasolina común o quemarse directamente en motores
especiales de combustión “multiflex”.
Ahora, en la actual carrera
por los agrocombustibles, la idea de utilizar árboles para producir
etanol se presenta como la mejor solución. Sus defensores sostienen
que el “treethanol” (del inglés tree: árbol) tiene el potencial
de ser mucho más eficiente en materia de energía que otros cultivos,
como el maíz o la caña de azúcar. El departamento de Energía de
Estados Unidos calcula que el balance energético (la relación entre
la energía producida por una cantidad dada de etanol y la energía
necesaria para producirla) del etanol obtenido del maíz representa
1,3; en otras palabras, el etanol produce 30% más de energía que
la necesaria para su producción. En el caso del etanol obtenido
de la caña de azúcar en Brasil, el balance energético es de 8,3,
según la Agencia Internacional de Energía. Pero en el caso del etanol
obtenido de los árboles, que contienen gran cantidad de celulosa,
se afirma que el balance energético asciende a 16, al menos en teoría.
En la práctica, la producción de etanol “celulósico” resulta mucho
más difícil y cara que la producción procedente de otros cultivos.
Pero los investigadores de las grandes compañías compiten por desarrollar
formas rápidas y económicas de convertir en astillas, fermentar,
destilar y refinar la madera.
El interés por el etanol
celulósico crece a medida que se aprecian los inconvenientes de
la producción de etanol a partir del maíz y la caña de azúcar. Estos
últimos son importantes cultivos de alimentos, y a medida que aumenta
la producción de etanol en el mundo, la mayor demanda sube los precios
de productos como el pienso para el ganado, las bebidas cola y las
galletas. El precio del maíz subió 70% entre septiembre de 2006
y enero de 2007, hasta alcanzar su mayor nivel en una década. El
presidente mexicano Felipe Calderón llegó a ponerle un tope al precio
de las tortillas de maíz en enero, ya que el rápido crecimiento
de la industria del etanol en Estados Unidos hizo que se dispararan
los precios.
Aquí es donde aparecen
los árboles. Los defensores del etanol obtenido de árboles argumentan
que los árboles crecen todo el año y contienen muchos más hidratos
de carbono (los precursores químicos del etanol) que los cultivos
de alimentos. El etanol es consecuencia de la fermentación de azúcares,
motivo por el cual se puede extraer con tanta sencillez y eficacia
de la caña de azúcar. La extracción de etanol del maíz es un poco
más complicada: la harina producida de los granos molidos se mezcla
con agua y se agregan encimas para transformar los hidratos de carbono
del maíz en azúcares, que luego pueden fermentarse para producir
etanol. Sin embargo, la producción de etanol a partir de materia
prima celulósica es aun más compleja ya que implica separar las
duras y sinuosas cadenas de celulosa y hemicelulosa de la pared
celular de las plantas para liberar los azúcares. Esto se puede
lograr mediante un cóctel de cinco o seis enzimas. Estas enzimas
existen, pero son caras.
Sin embargo, los entusiastas
del etanol procedente del árbol ven que hay mucho dinero para ganar
y procuran hallar soluciones. En primer lugar, buscan enzimas más
baratas y eficientes. Dos grandes productores de enzimas industriales
(Genencor, una firma de Estados Unidos, y Novozymes, de Dinamarca)
trabajan para reducir el costo de las enzimas celulasas, que pueden
separar la celulosa, a menos de $0,10 por galón de etanol. Por su
parte, Diversa está desarrollando enzimas capaces de separar la
hemicelulosa. Un método es el de “manipular la estructura” de las
enzimas existentes (o sea, la manipulación genética de las enzimas)
para lograr una mayor eficiencia. Otro método es el de la “bioexploración”
(o sea, la biopiratería), que implica buscar enzimas naturales en
lugares poco comunes, como los estómagos de las termitas que comen
madera.
Para que el negocio sea
aun más redituable -- y para empeorar las cosas --, una segunda
“solución” (probablemente complementaria) es la creación de árboles
nuevos. Un equipo dirigido por el biólogo Vincent Chiang, de la
Universidad Estatal de Carolina del Norte, investiga la producción
de etanol a partir de árboles genéticamente modificados, con fondos
del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
El equipo intentará lograr
árboles de crecimiento más rápido con menos contenido de lignina
y más celulosa para que crezcan más rápidamente y también produzcan
más etanol. En Estados Unidos se están probando árboles transgénicos
de este tipo. El Dr. Chiang y su equipo también buscan formas de
manipular los genes que determinan la estructura
de las hemicelulosas del árbol que contienen azúcar, para lograr
una mayor eficiencia de los procesos de separación y fermentación.
Lo que estos investigadores
de alta tecnología ni siquiera toman en cuenta (como suele ocurrir)
son los costos ambientales y sociales que generaría la expansión
a gran escala de las plantaciones de árboles genéticamente modificados
para producir combustibles: la sustitución de cultivos de alimentos
por cultivos para combustibles (en este mundo donde millones de
personas padecen desnutrición), el desplazamiento y el empobrecimiento
de las comunidades locales (y la represión relacionada), las consecuencias
para el agua, los ecosistemas, la tierra. Estos impactos casi seguramente
recaerán en gran parte sobre las comunidades del Sur, donde se instalarían
la mayoría de esas plantaciones. Al mismo tiempo, también se ignoran
las graves amenazas ambientales que implica la manipulación genética
de los árboles (ver Boletín Nº 88 de WRM) y las enzimas.
Quienes promocionan el
etanol obtenido de árboles y otros agrocombustibles no han respondido
aún un sencillo interrogante: ¿la solución de un problema (cambio
climático) podrá considerarse solución si genera graves problemas
para otros problemas de igual importancia? Los cultivos destinados
a agrocombustibles y las plantaciones de árboles para etanol a gran
escala provocarán pérdida de biodiversidad, falta de agua, degradación
de la tierra, empobrecimiento, desnutrición, violaciones de los
derechos humanos, para nombrar solo las consecuencias más evidentes.
Nuestra respuesta a la pregunta es que ésta es una solución inaceptable
que es necesario resistir.
Fuente utilizada: “Energy:
Could new techniques for producing ethanol make old-fashioned trees
the biofuel of the future?”, Derek Bacon, marzo de 2007, The Economist
Newspaper, enviado por STOP Genetically Engineered Trees Campaign,
e-mail: info@stopgetrees.org,
http://www.stopgetrees.org