Colombia:
comunidades eliminan plantaciones de palma de aceite para recuperar
su territorio
Invitados por la organización
Justicia y Paz, un conjunto de observadores internacionales tuvimos
la oportunidad de visitar una zona de Colombia (Curvaradó) donde
las comunidades locales sufrieron un proceso violento de expulsión
hace unos diez años y ahora están retornando a sus territorios.
Cabe aclarar que decir
que “sufrieron un proceso violento de expulsión” no refleja todo
el horror de las acciones llevadas a cabo por grupos de asesinos
paramilitares con el apoyo de las Fuerzas Armadas colombianas. A
través de asesinatos, torturas, desapariciones, destrucción y quema
de viviendas, bombardeos, la represión logró su objetivo: la expulsión
de todas las comunidades (en particular afrocolombianas y mestizas)
de la región.
Diez años después, en
una demostración de valentía –en medio de amenazas permanentes-
la gente comienza lentamente a retornar a sus hogares destruidos
y se encuentra con que sus tierras y bosques –en los que han habitado
por más de 120 años- están ahora ocupados por miles de hectáreas
de monocultivos de palma aceitera y que sus “propietarios” son los
mismos paramilitares responsables de las masacres que les empujaron
a la migración. “Cuando volvimos, estaba todo sembrado de palma”,
comenta indignado un poblador.
La indignación logra superar
al miedo y los legítimos propietarios se lanzan a recuperar su territorio
ocupado por palmas haciendo lo único que se puede hacer: eliminarlas.
“Hay que tumbar la palma, que es lo que nos está molestando”, dice
un retornado. En algunos casos las cortan con motosierras, en otros
las arrancan de raíz y a la mayoría les cortan todas las hojas y
el brote terminal (las “desmochan”). El trabajo es agotador, dado
que las palmas ya cuentan con troncos muy gruesos y sus hojas esconden
peligrosas espinas que provocan hinchazones e infecciones. A eso
se suma el peligro de las culebras ponzoñosas y las avispas que
atacan al momento menos pensado. Unas 20 personas apenas logran
eliminar dos hectáreas de palma por día. Al momento de la visita
se calculaba que se llevaban unas 40 hectáreas recuperadas, que
ya estaban comenzando a ser sembradas con cultivos alimenticios.
Es
que en el Curvaradó no se interpreta la palma como vida o como posibilidad
de vida. “De qué vida se habla, cuando se habla de biocombustibles
derivados de la palma. Aquí la palma es desolación verde, es destrucción
humana, es muerte de toda la vida”. En esta región, la mayoría de
las 50 mil hectáreas del Territorio Colectivo eran selva virgen,
con más de 25 ciénagas. Los pobladores dicen: “nos han explotado
las maderas que teníamos, las ciénagas han sido canalizadas y secadas,
los animales no tienen alimento, las aves se han ido por falta de
fruta”.
Al preguntárseles acerca
de sus planes futuros, responden que buscan producir alimentos “sembrando
lo de antes”. También quieren “recuperar los bosques y comenzar
a sembrar algunos árboles”, así como “que los ríos recuperen su
agua y que vuelva el pescado”. Quieren organizar “zonas de biodiversidad
para recuperar las especies que se han perdido, los peces y la caza”,
buscando “atraer a esas especies”.
En un recorrido por la
zona, llegamos al poblado de Andalucía. El poblado ya no existe.
Todo fue destruido por los paramilitares. El fundador del poblado
nos lleva a lo que una vez fue su casa, de la que solo queda el
piso de cemento. También visitamos el cementerio, del que solo existe
la mitad, ya que los “para-palmicultores” cometieron el ultraje
de hacer una zanja de drenaje por el medio del mismo y sembraron
con palmas la otra mitad del cementerio.
La vida no es fácil para
los retornados, ya que las amenazas se hacen sentir por parte de
los llamados “desmovilizados” (paramilitares que supuestamente abandonaron
las armas), que toman registros fotográficos y de video de todos,
que recorren la zona en motocicletas y que hacen sentir su presencia.
Uno de ellos, apodado “El Chupa”, dice en tono amenazante: “ese
corte de la palma, se les va a cobrar por otro lado y les va a salir
muy caro; así como cortan por pedazos les va a pasar”. Al mismo
tiempo que corren rumores de que las “Águilas Negras” (un grupo
paramilitar) se dirige hacia la zona, se observa a conocidos paramilitares
desplazarse hacia arriba y hacia abajo por las zonas de corte.
Los “para-palmicultores”
buscan generar conflictos entre la gente. Por un lado, instigan
contra los retornados a los trabajadores contratados para realizar
tareas en las plantaciones –muchos de los cuales con un pasado paramilitar-
diciéndoles que les están quitando su trabajo. Es así que desde
los camiones -donde unos 60 trabajadores son transportados por la
empresa como ganado- parten insultos o burlas a quienes están cortando
las palmas. “Mochen la palma, siembren coca, que nosotros venimos
a recoger”, gritan desde el camión.
Por otro lado, están trayendo
gente de otras regiones –tanto ex paramilitares como campesinos-
para que ocupen tierras pertenecientes a las comunidades retornadas,
bajo el absurdo rótulo de “familias guardabosques” (el único “bosque”
que se pretende proteger son las plantaciones de palma). La vieja
táctica de la división.
También los militares
juegan su papel y en el puesto militar sobre un puente le hacen
muchas preguntas a la gente, incluyendo la de “¿Quién les está pagando
para que corten la palma?” Dada su pasada participación directa
en la represión de las comunidades, su presencia genera temor en
los retornados.
Tampoco los “gringos”
(o sea, todos los no colombianos que apoyamos a estas comunidades)
estamos libres de amenazas y es así que como por arte de magia aparecen
letreros que dicen “fuera los gringos” y “muerte a los gringos”.
Pero a pesar de todo,
las comunidades siguen adelante en la recuperación de su territorio.
Al salir, uno de ellos nos dice: “Pido que le hagan conocer la verdad
al mundo”. A eso apunta el presente artículo, que al mismo tiempo
pretende ser un homenaje al heroísmo de esta gente y una condena
al gobierno colombiano, responsable de esta situación. En pocos
lugares del mundo la palma aceitera está tan manchada de sangre
como en el Curvaradó y la única forma de comenzar a reparar los
atropellos cometidos es que el gobierno reconozca legalmente los
derechos de estas comunidades a sus tierras. Mientras no lo haga,
merecerá que se le siga condenando.
Por Ricardo Carrere, en
base a observaciones y entrevistas realizadas durante la visita
al Curvaradó entre el 9 y el 11 de agosto de 2007.
Más información (con fotos) en:
http://www.wrm.org.uy/paises/Colombia.html#info