Un
reclamo a la COP9: biodiversidad con la gente
y para la gente
Hoy el mundo --el mundo
de la gente-- asiste desvalido a una crisis mundial por la súbita
alza de los precios de los alimentos, que, como todos los desastres,
afecta más gravemente a los sectores más vulnerables, a las economías
más dependientes, a los países más empobrecidos.
Se han señalado múltiples
factores que coadyuvan a esta crisis: el aumento del precio de los
fertilizantes, intensas sequías en regiones claves, aumento de la
demanda de países con economías en expansión --como India y China.
Y sobre todo, que las tierras agrícolas se
destinan cada vez más a la producción de agrocombustibles. En efecto,
de la producción mundial de granos, menos de la mitad se destina
a consumo humano; la diferencia tiene como destino la alimentación
animal y cada vez más la producción de combustible.
La economía global dominante
va desmantelando los sistemas alimentarios nacionales y provoca
que los cultivos para alimento dejen de estar al servicio de la
gente, al igual que la naturaleza toda. En una patética parodia
del rey Midas, el predominante modelo neoliberal y globalizante
convierte todo lo que toca en mercancía, negocio, especulación y
lucro. Para ello ha debido desviar el carácter diverso de la naturaleza,
apadrinando todos los tipos de monocultivos posibles: los agrícolas,
los forestales, los de la mente. Ha contado con algunas herramientas:
el modelo agrícola industrial y exportador de la “Revolución Verde”
iniciado en la década de 1960 y la liberalización del comercio vía
las “recetas” y políticas impuestas por el Banco Mundial, el FMI,
la Organización Mundial de Comercio y últimamente los Tratados Bilaterales
de Libre Comercio.
Las esferas tecnocráticas,
donde suelen definirse los destinos de la gente, también reproducen
el modelo y pierden total contacto con la realidad. Un ejemplo es
la FAO, que con su definición de las plantaciones industriales de
monocultivos de árboles como “bosques” –la cual es tomada por el
Convenio sobre la Diversidad Biológica-- ignora por completo el
concepto de ecosistema. Las poblaciones locales que han sufrido
los impactos de las plantaciones, en cambio, perciben claramente
la diferencia que se refleja en las diversas definiciones que les
dan en distintas partes del mundo, de acuerdo con la experiencia
que han tenido con las mismas.
En un país como Tailandia,
donde la agricultura es una actividad de vital importancia para
la población campesina, definen al eucalipto como el “árbol egoísta”,
porque no solo no permite que se desarrollen cultivos bajo los árboles,
sino que además se apropia del agua necesaria para el cultivo de
arroz.
En Chile, las grandes
plantaciones de pinos fueron instaladas en territorio Mapuche durante
la dictadura de Pinochet. No resulta por tanto extraño que se las
defina como “milicos plantados”, porque son verdes, están en líneas
y ¡avanzan!
En el Valle del Cauca
en Colombia, la gente local llama a las plantaciones de pinos los
“bosques del silencio”. Ello se debe a que las plantaciones están
desprovistas de toda forma de vida más allá de los árboles. El silencio
es por tanto total.
En Brasil, la gente denomina
“desiertos verdes”a las plantaciones de eucaliptos y lo mismo ocurre
en Sudáfrica, tanto con eucaliptos como con pinos. Sin embargo,
en este segundo país esta definición ha sido cuestionada con el
argumento de que en unos pocos metros cuadrados de desierto ¡hay
más vida que en una plantación entera!
Por otro lado, también
en Sudáfrica hay gente que prefiere definir a las plantaciones como
“cáncer verde”, expresión que refleja el avance incontenible de
las plantaciones, que van destruyendo el agua, el suelo, la flora,
la fauna y los medios de vida de la gente, eventualmente matando
todo ... tal como lo hace el cáncer.
En el estado de Sarawak
en Malasia, la gente local sostiene que las plantaciones de eucaliptos
y palma aceitera son mucho peores que el madereo industrial. El
argumento es que las empresas madereras ingresan al bosque, cortan
los mejores árboles y se van llevándose la madera. En cambio las
empresas plantadoras cortan los mejores árboles, queman el resto,
plantan sus árboles y ¡se quedan!
En Ecuador, hay comunidades
que, no por casualidad, llaman “eucas” a los eucaliptos. La razón
es muy sencilla: “eucaliptos” contiene el
diminutivo simpático “ito”, que estos árboles no se merecen por
ser tan malvados.
Un último ejemplo, que
de alguna manera resume todas las definiciones anteriores, proviene
del estado de Espirito Santo en Brasil, donde las plantaciones de
eucaliptos fueron definidas como “bosques muertos, que matan todo”.
Toda esas definiciones
son reflejo de que bien saben las comunidades rurales lo que significa
la biodiversidad, porque ella ha sido sustento de sus formas de
vida: desde la diversidad agrícola, atesorada y transmitida milenariamente,
hasta los bosques, que han sido otro espacio de soberanía alimentaria
para quienes los habitan y dependen de ellos.
Los monocultivos arrasan
no solamente con la diversidad de las semillas locales sino también
con el conocimiento que las acompaña, la identidad cultural que
procreó, la soberanía alimentaria que les aseguró. Los dueños de
los monocultivos –crecientemente las grandes trasnacionales del
agronegocio-- se adueñan de la tierra, las semillas y el destino
de los alimentos y la gente.
Pero no les alcanza, quieren
profundizar aún más su poder con la manipulación transgénica, para
hacer plantaciones de árboles a la medida de sus negocios. Los árboles
transgénicos asoman amenazadoramente sus copas verdes desde los
tubos de ensayo de poderosos laboratorios emparentados con Universidades
famosas y no tanto, y liados a grupos empresariales interesados
en las distintas puntas del negocio: biotecnología, industria automotriz,
industria de celulosa y papel, industria energética, industria química,
por citar algunas. Pretenden hacer monocultivos de árboles transgénicos,
¡y aún así seguir llamándolos bosques!
En este marco, el Convenio
sobre la Diversidad Biológica (CDB) tiene una gran responsabilidad
entre manos: definir si la biodiversidad estará al servicio de las
empresas o al servicio de la gente.
La próxima COP 9
deberá resolver varios temas pendientes, entre ellos agrocombustibles,
árboles transgénicos y diversidad forestal, en torno a los cuales
no ha habido consensos, por lo cual los textos
propuestos están llenos de corchetes (*). Parafraseando a Helena
Paul, de Econexus ....la biodiversidad misma está entre corchetes.
En árboles transgénicos
el CDB tendrá que definir entre moratoria, principio de precaución
o ninguna restricción. La propuesta de moratoria fue presentada
por algunos delegados ante el CDB en 2006, impulsada por diversas
organizaciones sociales. En esa oportunidad se decidió que el CDB
produciría un informe sobre “los posibles impactos ambientales,
culturales y socioeconómicos de los árboles genéticamente modificados”,
el cual presentó en febrero en la 13ª reunión del SBSTTA. En el
mismo se señalaba que muchos científicos ponen “énfasis en que debe
aplicarse el principio de precaución al considerar el uso de árboles
genéticamente modificados”. Pero algunos países tratan de debilitar
esa salvaguardia, impulsando otra redacción que la deja entre corchetes.
En agrocombustibles, a
pesar de las reconocidas y contundentes evidencias de los impactos
ambientales y sociales negativos de su producción en gran escala,
el CDB se maneja entre dos aguas, reconociendo los impactos negativos
pero hablando de los positivos, y no es categórica en cuanto a oponerse
a su expansión a gran escala.
En términos generales,
resulta alarmante que el CDB abra sus puertas a las empresas, responsables
de modelos productivos, de comercialización y consumo causantes
de tanta destrucción y que hoy pueden, impunemente, formar parte
de delegaciones nacionales.
Para proteger la biodiversidad,
el CDB debería, en cambio, apoyar decididamente a los sistemas de
manejo comunitario del bosque y a los sistemas agrícolas tradicionales,
que exitosamente la aprovecharon y conservaron.
Tal como se reclama en
la carta abierta a la
CDB a la que están adhiriendo numerosas organizaciones sociales
(http://www.wrm.org.uy/actores/CBD/Carta_abierta_CBD.html),
esto excluye la expansión de los monocultivos a gran escala y exige
que:
- los monocultivos de
árboles sean excluidos de la definición de bosques
- se suprima todo tipo
de apoyo político, técnico y financiero a los monocultivos para
agrocombustibles debido a su impacto directo en la biodiversidad
y la soberanía alimentaria
- se prohíba la liberación
de árboles transgénicos y el uso de la tecnología “terminator”
Sólo así se podrá pensar
en una biodiversidad para y con la gente.
(*)
Los textos sobre los que no hay consenso permanecen entre corchetes
para su próxima discusión.