Tailandia:
la diversidad y el uso comunitario de los bosques versus el monocultivo
y los parques
La ruta que une Trang y Krabi, en
el sur de Tailandia, es un ejemplo de lo que los economistas llaman
desarrollo. Lo que antes era un bosque tropical exuberante se ha
convertido en filas y más filas de palmas aceiteras o árboles de
caucho. Sólo rompen la monotonía, aquí y allá, unas pocas casas
y tiendas rodeadas por un mar de monocultivos de árboles. Al final
de la ruta, granjas camaroneras ocupan el lugar de los manglares,
y sólo una delgada fila de mangles bordeando el río ha escapado
a la destrucción. El monocultivo parece haber ganado la partida
a la rica diversidad de la región.
Enfrentados a las críticas que provoca este modelo, los funcionarios
gubernamentales se apresuran a responder que la diversidad biológica
está protegida en una serie de parques nacionales y reservas que
garantizan la conservación de las especies nativas de flora y fauna.
Sin embargo, muchos habitantes de la zona están descontentos, tanto
con los monocultivos como con las políticas oficiales para la conservación
del bosque, y han formado organizaciones para que esta situación
cambie. Una de estas organizaciones es la “Red de organizaciones
populares para la cordillera de Bantad”, en la cual se han reunido
diversas personas que se enfrentan a problemas similares.
Los problemas empezaron hace unos 30 años, cuando el gobierno comenzó
a establecer diversos tipos de áreas protegidas en los bosques en
los que las comunidades locales habían vivido por siglos, como es
el caso del grupo étnico Sakai. Para poder permanecer en la zona
debían probar que vivían allí antes de que la ley forestal fuera
aprobada. Más aún, sólo se les autorizaría a realizar sus actividades
tradicionales en el bosque si: 1) la zona no era considerada “en
peligro” o “vulnerable” por el gobierno; 2) la pendiente era de
menos de 30%. La aplicación de estas dos condiciones volvía ilegales
casi todas las actividades, dado que cualquier zona puede ser declarada
“vulnerable” o “en peligro”, y que las comunidades locales han usado
siempre todas las alturas de terreno con distintos fines.
Lo que esconde el modelo de conservación mencionado es el papel
histórico que ha cumplido el gobierno en la destrucción del bosque,
al promover tanto el monocultivo como las concesiones forestales.
En el caso del monocultivo, los miembros de la Red de la cordillera
Bantad explican que “el Fondo del Caucho pertenece al gobierno.
Los funcionarios del Fondo vienen a la zona para promover las plantaciones
de caucho. Los agricultores locales reciben fondos para plantar
monocultivos en tierras individuales, por medio de un contrato.
Al principio la gente está contenta, pero luego surgen los problemas.
Antes, tenían huertos integrados de caucho y otras plantas, pero
ahora son monocultivos, y hay deslizamientos de terreno. La gente
pierde sus medios de vida tradicionales. Otra consecuencia es que
aumenta el control gubernamental, de modo que las actividades de
la gente del lugar son declaradas ilegales y sancionadas. La vigilancia
la realizan los guardias forestales, incluso con helicópteros. Hay
muchos juicios contra los pobladores (13 en este momento), y también
multas que van de 100.000 a 5 millones de baths. La comunidad también
debe pagar fianzas para sacar a su gente de la cárcel.”
El gobierno también es responsable de la destrucción del bosque
debida a las concesiones forestales pasadas. Los representantes
de una comunidad miembro de la Red de la cordillera Bantad explicaron
que vinieron con la compañía maderera y luego
se quedaron en la zona. Ahora han establecido un sistema de huertos
integrados tradicionales, donde los árboles de caucho alternan con
frutales, beteles, pimientos, porotos y una larga lista de otras
plantas que cubren sus necesidades. Así, la comunidad está mejorando
un entorno que fue degradado por una concesión forestal otorgada
por el gobierno.
A pesar de la función positiva que están cumpliendo, las comunidades
tienen problemas con el gobierno. Según explican, tienen poca tierra
para la agricultura (de 1 a 5 hectáreas por familia) y usan el bosque
como parte de sus medios de vida. La mayoría viven de lo que producen
sus huertos, complementado con la caza (sin armas de fuego), la
pesca, la recolección de caracoles, hongos, brotes de bambú y otras
actividades similares. Pero, según el gobierno, la mayoría de estas
actividades son ilegales. “En realidad, todo es ilegal”, dicen ellos.
El gobierno trató de reubicarlos, pero no lo aceptaron y se resistieron
de todas las formas posibles. Su lucha es por la seguridad alimentaria,
por el derecho a elegir, por “el derecho de definir nosotros mismos
nuestro futuro”.
Un aspecto que merece ser destacado es la ruta de acceso a la comunidad
mencionada. Uno de los argumentos que usan los gobiernos para abrir
rutas en el bosque es que eso permitirá a la gente estar en contacto
con el mundo exterior. Sin embargo, la mayor parte de esas rutas
se construyen para favorecer a las empresas que quieren acceder
a los recursos naturales (madera, minerales). Por lo tanto, son
lo bastante anchas como para que puedan pasar los grandes camiones
que extraen dichos recursos. En cambio, en el caso de esta comunidad,
la ruta está hecha para la gente, adaptada a la situación local,
donde la mayoría de las familias poseen una motocicleta; por lo
tanto, tiene menos de un metro de ancho y sólo está pavimentada
en las pendientes pronunciadas. La gente puede pasar fácilmente,
pero las empresas no.
Otro proceso interesante que se está desarrollando en la región
es la Red de Agricultura Alternativa. Como el precio de la palma
aceitera y el caucho es alto en este momento, los agricultores locales
ganan mucho con estos cultivos. Al mismo tiempo, los fertilizantes
químicos se han vuelto muy caros por el alto costo del petróleo.
Esto, junto a los problemas de salud y ecológicos del uso de agrotóxicos,
ha llevado a que más agricultores estén dispuestos a adoptar una
agricultura más diversificada y orgánica. Los fertilizantes químicos
están siendo reemplazados por productos orgánicos, y se están introduciendo
muchas otras plantas (para alimento, madera, medicina, fibras) debajo
de los monocultivos. Aunque la producción del cultivo principal
se reduce un poco, esto se ve compensado por el menor costo y por
la gran variedad de otros productos para autoconsumo y comercialización.
También se percibe este método como un seguro contra eventuales
caídas del precio internacional del caucho y el aceite de palma,
como ya sucedió en el pasado, sobre todo en el caso del caucho.
En suma, los habitantes y las comunidades se han organizado para
proteger su medio ambiente, sus medios de vida y sus derechos. El
paquete de monocultivos, agrotóxicos y áreas protegidas contra la
gente propuesto por el gobierno está siendo reemplazado por un sistema
diversificado, de base comunitaria y respetuoso del medio ambiente.
Como dicen los habitantes de la zona, “queremos estar orgullosos
de lo que somos y de lo que hacemos”. Ciertamente, tienen motivos
para estarlo.
Artículo basado en testimonios locales recogidos durante una visita
efectuada por el WRM en julio de 2008.