Brasil:
por quién y por qué luchan las mujeres, también
en el 8 de marzo
¿Qué
es la felicidad? Podríamos tener muchas respuestas y podríamos
incluso considerar que ser feliz es un asunto estrictamente personal.
Sin embargo, por lo menos dos aspectos de la felicidad son universales:
todas y todos la queremos y difícilmente alguien podría
declararse feliz si tuviera hambre, frío, falta de casa o
falta de acceso al conocimiento construido y acumulado por la humanidad.
¿Cómo
estamos en términos de 'coeficiente de felicidad'? Desde
el punto de vista de ser mujer, muy mal. Desde el punto de vista
de ser campesinas y trabajadoras, muy mal. Desde el punto de vista
de ser madres, mal.
Mal ¿por
qué?
Dentro del hogar,
las tareas domésticas todavía son consideradas "tareas
femeninas", donde los hombres que dicen ya haber superado el
machismo "ayudan", pero no toman esas tareas como suyas.
Los atributos comúnmente asignados al sexo femenino son usados
para destratar y minimizar a personas, por ejemplo, como en algunos
refranes de hinchas de fútbol. Ser "mujercita"
es ser nada, es ser un esclavo, es ser un objeto.
Ser madre no es
solamente "padecer en el paraíso". Muy pocos lugares
de trabajo, escuelas y espacios públicos y privados ponen
a disposición centros infantiles para que las madres puedan
estar efectivamente en las actividades, sean cuales sean. Al buscar
trabajo, la pregunta: "¿tienes hijos?" puede
ser el comienzo del rechazo. En general, el individualismo tan cultivado
en la modernidad no reconoce a los niños como responsabilidad
colectiva, como personas cuyo bienestar debe interesar a todos y
todas. Los hijos son responsabilidad únicamente de sus madres.
Como trabajadoras
todavía recibimos menos que los hombres por el mismo trabajo
fuera del hogar. Muchos jefes y patrones consideran a las trabajadoras
también como objetos sexuales. Y como campesinas, sufrimos
directamente los impactos del avance del capitalismo en el campo,
en la forma de actuación de las empresas transnacionales
del agronegocio.
Además de
todo eso, somos golpeadas y violentadas diariamente, y, lo que es
más triste todavía, con un alto índice de violencia
practicada por padres, maridos, hijos, tíos, abuelos...,
o sea, una violencia nacida dentro de la familia.
Volvamos a la cuestión
de las campesinas. Podría parecer que es un curso "natural"
del desarrollo humano la desaparición de oficios, como ocurrió
en la Revolución Industrial; por lo tanto, la desaparición
de las campesinas también sería "natural",
ya que la "modernidad" avanza para el campo. También
podría parecer que la población que vive en las ciudades
no tiene nada que ver con lo que ocurre en el campo, como con la
violencia de las empresas del agronegocio contra las campesinas
y campesinos.
Considerando lo
que comemos, podemos ver dos opciones en las ciudades: comida "industrializada"
y comida "natural". Por comida industrializada nos referimos
a las redes de "fast-food" y alimentos prontos nacidos
de Bunge y otras empresas. Por comida natural estamos hablando de
leche, granos, frutas, legumbres, etc., cuya producción está
atendida entre un 60 y un 80% por campesinos y campesinas.
Los efectos de
ambas opciones alimentarias ya están bastante en evidencia.
Altos índices de obesidad, cáncer, suicidios, depresión
y una amplia variedad de enfermedades por dietas tipo McDonald.
Nunca oímos hablar de alguien que se haya enfermado por comer
alimentos saludables producidos por los campesinos.
Por lo tanto, la
tarea de producir la alimentación, imprescindible para la
felicidad de cualquier persona, no puede ser un negocio, y en toda
la historia de la humanidad las campesinas fueron protagonistas
en garantizar la alimentación de todos y todas.
El negocio de empresas
transnacionales como Monsanto, Syngenta, Nestlé, Bayer, Cargill,
Dupont, Basf, no es producir comida, es producir ganancias. En ese
camino de siempre buscar ganancias, van intentando exterminar a
los campesinos. Y las primeras afectadas son las mujeres campesinas.
Donde avanza el
agronegocio, retrocede el campesinado. Los pocos puestos de trabajo
que permanecen, son ocupados por hombres mal pagados y muy explotados;
para las mujeres, las alternativas son: migrar para las ciudades,
quedarse en el hogar totalmente dependientes, o prostituirse.
Para toda la sociedad
eso significa menos trabajo, menos comida, menos viviendas y más
violencia. ¿Qué felicidad puede construir ese modelo,
si incluso el orgullo de saber y poder producir el alimento y la
identidad campesina, heredada y perfeccionada por cada generación,
pueden ser robados por las empresas del agronegocio?
Cuando una empresa
patenta una semilla, que es un patrimonio de los pueblos y debe
estar al servicio de la humanidad, está robando los saberes
construidos históricamente por los campesinos y campesinas.
En varias regiones
del Brasil, las empresas de celulosa están expandiendo sus
desiertos verdes de eucaliptos. En Bahia, en Espírito Santo,
en Maranhão, en Rio Grande do Sul, Stora Enso, Votorantin/Fíbria,
Suzano, van arrancando pueblos indígenas, descendientes de
esclavos, campesinos y campesinas de sus tierras e instalando sus
ejércitos clonados, bajo la forma de eucaliptos y bajo la
forma de soldados.
Nosotras, las campesinas,
nativas, negras, del Movimiento Sin Tierra y de Via Campesina, nos
lanzamos contra el proyecto de muerte de las empresas transnacionales.
En este 8 de marzo reafirmamos nuestra lucha, porque el 8 de marzo
es un día de rosas, sin dejar de ser un día de continuar
la lucha, de derrumbar los eucaliptos y el hambre que representan.
Anunciamos en nuestro
manifiesto que “¡no queremos solamente comida,
queremos alimentos saludables, queremos soberanía alimentaria!”
En Brasil, según una investigación de la Universidad
Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), 80% de las personas sin acceso
a renta son mujeres. El cambio de esa situación pasa por
la construcción de la soberanía alimentaria.
¿Qué
es la Soberanía Alimentaria? Es que el pueblo -mujeres, hombres,
jóvenes, ancianas y ancianos- decida lo que quiere en su
alimentación, y es tener la capacidad de producir y consumir
alimentos saludables, en la cantidad necesaria y de acuerdo con
su cultura. La soberanía alimentaria implica una transformación
cultural, donde están contempladas nuevas relaciones entre
las personas.
Algunos intentan
descalificar nuestras luchas llamándonos delincuentes, ignorantes,
nos comparan a los destructores de máquinas que actuaron
cuando la sangre de las trabajadoras y trabajadores textiles comenzó
a ser derramada durante la Revolución Industrial.
¿Cuál
es nuestro delito? ¿Cortar eucaliptos para producir alimentos?
¿Impedir el robo del patrimonio colectivo, como son las semillas,
rechazando las semillas transgénicas patentadas? ¿Proponer
la construcción de una sociedad con pan, con agua, con aire,
educación, para todas y todos? ¿En eso consisten el
delito y la ignorancia?
Para construir
soberanía alimentaria precisamos combatir el agronegocio
y el avance del desierto verde de eucaliptos. La soberanía
alimentaria es la base de la felicidad de un pueblo, pues implica
alimentos abundantes, saludables y accesibles, y nuevas relaciones
entre las personas y entre las personas y el medio ambiente.
Hombres, tengan
en cuenta que una mujer que convive, que lucha al lado de un hombre
que se declara machista, es como un esclavo conviviendo con alguien
que se declara esclavista. ¿Qué relación de
igualdad y respeto puede existir en una situación así?
Cuando luchamos
por una nueva sociedad, con soberanía alimentaria, luchamos
por nuestra felicidad, personal y colectiva. En el Día Internacional
de la Mujer Trabajadora continuamos luchando por alimentos, pero
no queremos solamente comida, queremos soberanía alimentaria,
queremos ser felices en nuestra vida en el campo.
Por Janaina Stronzake,
MST de Rio Grande do Sul, correo electrónico: terrajana@gmail.com