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NUESTRA
OPINIÓN
-
Mujeres empoderadas: luchas sociales y conciencia de género
A nadie cabe duda
que estamos inmersas e inmersos en un largo y en ocasiones
resistido proceso de toma de conciencia de las relaciones
sociales de género que, en términos generales,
han colocado históricamente a la mujer en situación
de desigualdad y subordinación.
La lucha de la mujer,
una lucha libertaria desde su condición de sector
excluido, es, en esencia, un reclamo social de cambio
en las relaciones y estructuras sociales que, en la mayoría
de las sociedades, a través de los sistemas políticos,
legales, culturales, religiosos y familiares han restringido
el rol de la mujer al ámbito privado y familiar.
Es, en definitiva, un reclamo de justicia social.
En el mundo occidental
es posible ubicar antiguas raíces en la figura
de la francesa Olympe de Gouges, dramaturga y activista
política, que en 1791 fue autora de la "Declaración
de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, en
clara contrapartida a los "Derechos del Hombre y
el Ciudadano". El artículo 10 de su
declaración establece que “la mujer tiene
el derecho de subir al cadalso; debe tener también
igualmente el de subir a la Tribuna”, significando
con ello que si la mujer tiene el derecho a ser ejecutada,
también debería tener el derecho a hablar.
En el siglo XX el
tema de género adquiere mayor visibilidad en tanto
es tomado por organismos y procesos internacionales, siendo
instrumental la Plataforma de Acción de la IV Conferencia
Mundial de las Mujeres de Beijing, en 1995, que aboga
por la participación plena de la mujer en el ejercicio
del poder en la esfera pública.
Desde entonces, progresivamente,
documentos, conferencias y procesos internacionales han
ido reconociendo formalmente el derecho de la mujer a
participar de manera igualitaria con el hombre en los
ámbitos de poder y toma de decisiones. Sin embargo,
ese reconocimiento formal no se acompasa con los datos
de las estadísticas, que revelan una subrepresentación
de la mujer con respecto al hombre en los espacios decisorios.
En otros ámbitos,
y especialmente en países del sur, las luchas sociales
ante la imposición de modelos productivos que implican
la destrucción de bienes comunales como el agua,
la tierra, el territorio, la soberanía y hasta
la propia cultura, han encontrado a las mujeres a la par
de los hombres, y en ocasiones en la vanguardia. Esas
mujeres que comienzan a librar batallas generalmente no
para sí sino en función de los hijos, la
familia, la comunidad, crecen en el camino, adquieren
protagonismo, se empoderan y terminan transitando el cambio
individual y la acción colectiva propia, que deviene
en acción política pues intenta incidir
en las decisiones públicas.
Son avances construidos
sobre el dolor, el coraje y la esperanza de muchas vidas
anónimas de mujeres como las del manglar de Ecuador
en defensa de su soberanía alimentaria ante el
avance destructivo de las granjas camaroneras; las campesinas
del MST de Brasil defendiendo la producción campesina,
desplazada por las plantaciones industriales de eucaliptos;
las mujeres de Idheze, en Nigeria, que cerraron instalaciones
petroleras de la empresa Nigeria Agip Oil Company, cansadas
de que ni siquiera indemnizaran a la comunidad por la
contaminación sufrida durante años; las
mujeres del histórico Movimiento Chipko, en el
Himalaya de la India, abrazadas a los árboles de
sus bosques para defenderlos de los madereros. Mujeres
que resisten el avance de los monocultivos de árboles,
mujeres contra la minería, contra las represas,
contra el petróleo. Contra la destrucción,
porque luchan por la vida.
Y esas conciencias
engendran otras conciencias, que son escalones para salir
ya sea de la invisibilidad o de la opresión lisa
y llana. La mujer ya no quiere ser mediatizada por el
hombre. Un colectivo de mujeres Mapuche denuncia “La
invisibilidad, negación y exclusión del
Estado chileno hacia las mujeres mapuche, que no cuenta
con programas que involucren la situación ni nuestro
modo de vida”. Pero a su vez reacciona y acusa que
eso “también se traslada a gran parte del
mismo Movimiento Mapuche”. Habla de la “invisibilidad”
de las mujeres mapuche a pesar de que han estado “a
la par con los hombres, gestando el movimiento, luchando
por la consecución de los derechos como integrantes
de la sociedad y sobre todo como mujeres”. (1)
Las Mapuche son claras
y enérgicas en sus reclamos: “La reivindicación
por los derechos, la justicia, la equidad y el respeto
que se exige empieza por casa. Se habla de reconstruir
la ‘patria’ Mapuche y ¿quién
dice que debe ser patria, que significa lo que es del
pater/padre? El seno de nuestra existencia es la Mapu
Ñuke, la madre tierra, nuestra MATRIA”.
Al igual que sus hermanas
Mapuche, mujeres de todo el mundo incorporan sus reivindicaciones
propias a las luchas colectivas y se pronuncian cada vez
con mayor fuerza, haciéndose dueñas de su
lugar en el mundo, de sus vidas.
Raquel Núñez
World Rainforest Movement
(1) “La matria
mapuche”, http://www.mapuche-nation.org/espanol/html/articulos/art-77.htm
inicio
ECOLOGÍA
Y GÉNERO: POR EL CAMINO DE LA EMANCIPACIÓN
-
Conexiones entre las corrientes ecologistas y de género
Las mujeres suelen
tener un papel crucial en los conflictos ambientales referentes
a las actividades petroleras, mineras y madereras, la
cría de camarones y las plantaciones de árboles.
Son mujeres valientes que no vacilan en desafiar el poder
político, los tiranos locales y la violencia armada
para proteger los recursos naturales de los que dependen
ellas y sus familias. De este modo, protegen su cultura,
su estilo de vida, sus sitios sagrados, sus medios de
subsistencia y demás. Si bien se trata de un fenómeno
muy generalizado, ha sido poco estudiado, y lo mismo sucede
con respecto a la emancipación que dichas mujeres
pueden lograr a través de su lucha. Este artículo
pasa revista a las diversas corrientes ecologistas existentes
y a su conexión con las de género, con el
fin de exponer los diversos enfoques políticos
del papel de la mujer en las luchas ambientales.
Las corrientes ecologistas
pueden defender diferentes valores, que van de los más
conservadores (por ejemplo, la conservación de
parques nacionales a expensas del bienestar de poblaciones
indígenas) a los más progresistas, en los
cuales los problemas ecológicos y la equidad social
están intrínsecamente ligados, como es el
caso de las movilizaciones socioambientales referentes
a las actividades extractivas (minería, explotación
maderera o petrolera) o productivas (cría de camarones,
plantaciones). Para comprender esas diferentes posiciones
en el ámbito político, Martínez-Alier
(2002) propuso organizarlas en tres corrientes ecologistas
generales, como se verá a continuación.
Por nuestra parte, veremos además cómo se
articulan dichas corrientes con los temas de género.
En primer lugar, Martínez-Alier
identifica el “culto a la naturaleza silvestre”,
que promueve la conservación de una naturaleza
intacta, libre de toda intervención humana, y suele
estar basado en la biología conservacionista. Su
contrapartida feminista sería el esencialismo,
que no cuestiona los papeles atribuidos a cada sexo porque
los hombres y las mujeres son psicológicamente
diferentes debido a sus características biológicas.
La emancipación de las mujeres o, mejor dicho,
su realización, se logra por medio de la valorización
de las tareas, características y valores tradicionalmente
asociados a su sexo. En ambos casos, la idea es reservar
espacio y/o cuerpos a las diversas actividades, de forma
dualista y complementaria, por ejemplo a la industria
y la conservación (sin cuestionar el crecimiento
económico), o a las mujeres y los hombres (sin
cuestionar las relaciones entre los sexos). Los especialistas
“esencialistas” han aplicado el enfoque de
la mítica “naturaleza intacta” a las
relaciones de las mujeres con la naturaleza, con el argumento
de que, por razones biológicas, las mujeres están
más cerca de ella que los hombres. Esto provocó
la aparición de una primera ramificación
ecofeminista (Diamond y Orenstein, 1990; Plant, 1989),
más tarde atacada por otros especialistas que defendían
un ecofeminismo materialista (Mellor, 1997).
En segundo lugar,
la corriente ecologista de la “eco-eficiencia”
busca volver compatibles el crecimiento económico
y la conservación del ambiente, por medio de cambios
técnicos y de políticas económicas
que “internalicen” las “externalidades
negativas” del mercado. Hoy en día, ésta
es la corriente dominante y su base académica suele
estar en la economía ambiental. Aparece en nociones
tales como “modernización ecológica”,
“tecnologías limpias”, “contabilidad
verde”. Está dominada por el optimismo tecnológico,
y considera que el crecimiento económico es una
forma de aumentar la “sostenibilidad”, como
dice el Banco Mundial. Esta corriente tiende cada vez
más a integrar la dimensión de género
en sus análisis, pero de un modo similar al del
enfoque del costo ambiental: como una variable que se
debe internalizar. Su contrapartida en los estudios sobre
género se manifiesta a través de cambios
institucionales y políticos que permitan a las
mujeres tener acceso a oportunidades y profesiones tradicionalmente
masculinas, gracias a medidas de discriminación
positiva. Las cuestiones de igualdad y empoderamiento
de las mujeres son tratadas, en general, desde la perspectiva
de que las mujeres se pondrán a la altura de los
hombres gracias a su inserción en la economía
de mercado (trabajo remunerado, acceso al crédito
y a la propiedad, educación). Las normas a alcanzar
suelen estar determinadas por el modelo masculino occidental,
de acuerdo con la ideología dominante en materia
de desarrollo, que requiere que las sociedades no occidentales
se pongan a la altura de los países industrializados
insertándose rápidamente en los mercados
mundiales.
En tercer lugar, tenemos
la corriente que Martínez-Alier llamó “ecologismo
de los pobres”, también llamada movimiento
de “justicia ambiental” o “ecología
de la liberación” (Peet y Watts, 1996). Esta
corriente va en contra de los impactos negativos del crecimiento
económico y, de manera más general, de la
distribución desigual de los beneficios económicos
y los impactos socioambientales de la industrialización.
Se manifiesta a través de los conflictos socioambientales
contra la extracción industrial de recursos naturales
(actividades petroleras, mineras y madereras) o la producción
industrial de recursos biológicos (plantación
de árboles, cría de camarones). Dichos conflictos
denuncian y atacan el acceso a los recursos y servicios
naturales, la contaminación y demás impactos
ambientales que se derivan de la desigualdad en materia
de propiedad, de poder y de ingresos. Los protagonistas
de esos conflictos son, por un lado, el estado y/o las
empresas privadas; por otro lado, las poblaciones empobrecidas,
rurales o urbanas, constituidas por campesinos, indígenas
o asalariados, que reclaman justicia social. Esta corriente
suele pasar desapercibida, porque cuestiona el discurso
dominante sobre la economía, pero también
porque la categoría de “los pobres”
es algo imprecisa. Dicha categoría comprende: 1)
a las poblaciones urbanas desfavorecidas, más o
menos integradas al sistema de mercado pero incapaces
de obtener en él un nivel de vida apropiado; 2)
los grupos indígenas no integrados al mercado y
considerados “pobres” a pesar de que muchos
no lo son, pues se adaptan a las riquezas naturales de
su entorno sin menoscabarlas; 3) las poblaciones rurales
empobrecidas por el sistema de mercado, que luchan por
proteger los ecosistemas de los cuales dependen. Obviamente,
no todos los pobres son ecologistas, pero en muchos conflictos
ambientales están a favor de la conservación
de los recursos naturales debido a sus propias necesidades
de subsistencia o para proteger su salud. No todos hablan
un lenguaje unificado; en general, no se trata del lenguaje
de la ecología occidental ni del de la economía
convencional: las poblaciones locales hablan más
bien de la defensa de los derechos humanos, de los imperativos
de subsistencia, de la necesidad de seguridad alimentaria,
de la defensa de la identidad cultural y de los derechos
territoriales, del respeto hacia lo sagrado. Sin embargo,
adoptan cada vez más el lenguaje de los ambientalistas
occidentales por razones estratégicas (comunicación,
visibilidad, protección), porque encaja bien en
sus reivindicaciones y porque existe una globalización
de los problemas ambientales. Es interesante notar que
los movimientos socio-ambientales que logran notoriedad
internacional son los que han combinado una identidad
cultural específica (en cuanto a derechos territoriales,
medios de vida, espiritualidad) con elementos del ambientalismo
occidental (conservación de ecosistemas, diversidad
biológica). Tal es el caso, por ejemplo, del bien
conocido movimiento de los Seringueiros de Brasil (asociado
a la figura de Chico Mendes), del movimiento Chipko en
la India, del Movimiento Cinturón Verde en Kenya
(asociado a la figura de Wangari Maathai), pero también
de muchos otros movimientos como Fundecol, de Ecuador,
que lucha contra la cría de camarones, etc.
Guha (2000) resume
así la diferencia entre el “culto a la naturaleza
silvestre” y el “ecologismo de los pobres”:
“Mientras que los ecologistas del Norte han prestado
profunda atención a los derechos de las especies
vegetales y animales maltratadas o en peligro de extinción,
los ecologistas del Sur han estado en general más
atentos a los derechos de los miembros menos afortunados
de su propia especie”. El fundamento académico
de esta corriente estaría en la antropología
ecológica, la agroecología, la ecología
política y, a veces, la economía ecológica.
La contrapartida feminista
de esta corriente podría ser llamada “ecofeminismo
de los pobres” o “ecología de la liberación
feminista”. En muchos conflictos ambientales las
mujeres tienen un papel clave, como en el caso de los
movimientos antes mencionados. La división sexual
del trabajo, del poder y del derecho de acceso a los recursos
naturales, que implica responsabilidades, conocimientos
y campos de acción específicos, hace que
hombres y mujeres perciban de modo diferente la explotación
industrial. Al movilizarse para preservar los ecosistemas,
las poblaciones de mujeres empobrecidas actúan
en nuevos ámbitos, emprenden nuevas actividades
y cuestionan la identificación y las relaciones
de género en el seno de su propia sociedad. Más
aún, en algunos casos intentan conectarse con el
sistema de mercado a través de sus propias redes
de organizaciones. Esta emancipación avanza de
abajo hacia arriba. Los sectores académicos que
fundamentan estos movimientos y analizan cómo las
relaciones entre los sexos se estructuran y son estructuradas
por la gestión, las políticas y los cambios
ambientales son el ambientalismo feminista (Agarwal, 1992),
la ecología política feminista (Rocheleau
et al., 1996), el ecofeminismo socialista o materialista
(Mellor, 1997; Merchant, 1992), la economía política
ecofeminista (Mellor, 2006) y la economía ecológica
feminista (Perkins y Kuiper, 2005; Perkins, 2007; O’Hara,
2009). Mientras los dos primeros desarrollan un enfoque
basado en estudios de caso, los dos siguientes se interesan
más por la filosofía de la teoría
económica. Por su parte, el último tiende
a integrar ambos enfoques incorporándoles elementos
de economía ecológica, tales como el tiempo,
las economías locales, la evaluación y la
sostenibilidad.
El papel de las mujeres
en los conflictos ambientales suele no ser bien conocido.
A veces las mujeres son las instigadoras, a veces dirigen
y organizan la lucha, a veces interactúan con los
hombres en los conflictos, a veces enfrentan a los hombres
a través del conflicto y a veces son los hombres
quienes lideran la lucha mientras que las mujeres son
el eje del movimiento. Agarval (2001) propuso la siguiente
tabla para analizar los diferentes roles que pueden cumplir
las mujeres:
Tabla
1. Tipología de participación
Forma o nivel de participación |
Rasgos
característicos |
| Participación
nominal |
Es
miembro del grupo. |
| Participación
pasiva |
Se
le informa de las decisiones ex post facto,
o asiste a las reuniones y escucha durante la
toma de decisiones, sin dar su opinión. |
| Participación
consultiva |
Se
le pide opinión sobre temas específicos,
sin garantía de que esto influya en las
decisiones. |
| Participación
activa específica |
Se
le pide que emprenda tareas específicas
(o se ofrece voluntariamente para realizarlas). |
| Participación
activa |
Expresa
opiniones, solicitadas o no, o toma iniciativas
de otro tipo. |
| Participación
interactiva (emancipadora) |
Tiene
voz e influencia en las decisiones del grupo. |
El papel de las mujeres
en los conflictos ambientales tiene el potencial de corregir
el desequilibrio de costos y beneficios del “desarrollo”
de origen corporativo, así como para poner en jaque
la supremacía masculina a nivel local. Cuando las
mujeres toman parte en la lucha, ya sea dirigiéndola,
organizándola o participando activamente en las
decisiones, suelen redefinir su posición social
dentro de su propia cultura y desafiar al mismo tiempo
la economía global.
Sandra Veuthey,
correo electrónico: sandra_veuthey@hotmail.com
Bibliografía
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lessons from India". Feminist Studies 18: 119–158.
Agarwal, B. 2001. "Participation Exclusion, Community
Forestry, and Gender: An Analysis for South Asia and a
Conceptual Framework". World Development 29(10):
1623-1648.
Diamond, I., Orenstein, G.F. (Eds.), 1990. Reweaving the
World. Sierra Club Books, San Francisco.
Guha, R., 2000. Environmentalism: A Global History. Longman,
Nueva York.
Martínez-Alier, J., 2002. The Environmentalism
of the Poor: A Study of Ecological Conflicts and Valuation.
Edward Elgar, Cheltenham.
Mellor, M., 1997. Feminism and Ecology. University Press,
Nueva York.
Mellor, M., 2006. "Ecofeminist political economy".
International Journal of Green Economy 1: 139–150.
O'Hara, S., 2009. Feminist ecological economics: theory
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Global Justice. Pluto Press, Nueva York, pp. 152–175.
Peet, R., Watts, M., 1996. Liberation Ecologies. Routledge,
London.
Perkins, E., Kuiper, E., 2005. "Exploration: feminist
ecological economics". Feminist Economics 11: 107–150.
Perkins, E., 2007. "Feminist ecological economics
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Plant, J., 1989. Healing the Wounds: The Promise of Ecofeminism.
Green Print, Londres.
Rocheleau, D., Thomas-Slayter, B., Wangari, E., 1996.
Feminist Political Ecology: Global Issues and Local Experiences.
Routledge, Nueva York
inicio
MUJERES HACIENDO CAMINO AL ANDAR
- La soberanía alimentaria
en las manos de las mujeres del ecosistema manglar
Esta historia está
cultivada con los pensamientos, las experiencias, los
sueños, las palabras y las manos de mujeres recolectoras
de concha de la provincia de Esmeraldas, ubicada al norte
de Ecuador.
Las condiciones de
vida allí son difíciles: el acceso a las
comunidades generalmente es duro; existen escuelas en
algunos lados, pero muchas veces los profesores y profesoras
se desaniman y se van. Para que los muchachos y
muchachas estudien, los padres y madres tienen que hacer
esfuerzos grandes y mandarlos fuera. El agua no es buena
para consumirla y los alimentos escasean cada vez más.
Con la llegada de
las piscinas camaroneras se fueron los manglares, las
fincas también se fueron. Ni los muertos respetaron,
pues invadieron hasta los cementerios. La gente se va
buscando mejorar su vida, pero regresa siempre porque
lo que aprendieron es a recolectar, a pescar y a sembrar
alimentos.
Iniciamos esta reflexión
con muchísima felicidad. Hace tiempo que estamos
luchando por la defensa del ecosistema manglar, venimos
conversando sobre cómo perdemos la comida, el trabajo,
las tierras. Hasta la dignidad quieren quitarnos. Estamos
atrapadas entre la destrucción de los bosques primarios
y las piscinas camaroneras, y ahora también entre
las plantaciones de eucalipto y de palma africana, que
avanzan amenazándonos con desaparecernos.
Nos sentamos a conversar
entre aproximadamente noventa mujeres que todos los días
comparten la jornada de recolección de concha entre
las raíces de los manglares. Juntas abrimos otra
puerta más para avanzar en este camino. Rosa, Jacinta,
Delfida, Uberlisa, Fátima, Gladys, Digna, Reverside,
Anita, Nelly, Albita, Lucety, Ismelda, Nancy, Danny, Daila,
Mercedes, María, Andrea, Estefanía, Santa,
Lourdes, Marianeli, Flora, Herlinda, Tasiana, Rita, Ramona,
Marieta, Carmen, Pastora, Ninfa, son mujeres con las que
llevamos casi veinte años de lucha por la defensa
del ecosistema manglar, desde la década de los
80, cuando las piscinas de cría y cultivo de camarón
empezaron a invadir los manglares. Tenemos años
luchando, “pero no estamos cansadas”.
Al calor de un plato
de comida tradicional, al cobijo de la inteligencia y
la alegría picaresca de las mujeres esmeraldeñas
recolectoras de concha, labramos esta historia para compartirla
con otras mujeres, con otras luchas, con otras esperanzas
… y en esta fiesta metieron cuchara también
Don Garci, Goyo, Cocoa, Edgar, Pirre, La Mona, Fifo, Maximo
y Alfredo.
“Como
una pesadilla de la que hay que despertar”
“Un día
nos despertamos y era como un mal sueño, como una
pesadilla. Unos con máquinas, otros con machetes,
todos destruyendo los bosques de mangle; luego el fuego
terminaba de acabar con toditito. Grandes letreros
se colocaban. ‘Propiedad privada. No pase’
y unas calaveras aparecían, también, pintadas
en los letreros”. Luego ya guardias armados
y con perros impedían el paso a las mujeres recolectoras
de concha hacia los pocos espacios de manglar que sobrevivían.
Los guardias las insultaban, las perseguían con
perros y amenazaban de muerte.
Así empezó
la historia de destrucción en el cantón
Muisne, al sur de la provincia de Esmeraldas. Esto era
a finales de los años 80. Para entonces la
acuacultura industrial del camarón ya venía
destruyendo el ecosistema manglar y las fincas campesinas
desde la provincia de El Oro.
Al principio la población
creyó en las ofertas de los empresarios: “Venían
como en época de campaña política,
prometían hasta el cielo. En los primeros años
parecía que se venía la bonanza. Todas y
todos salíamos a recolectar larvas de camarón
y a pescar las camaronas ovadas para entregarlas a la
industria. Pero pronto se acabó todo y aquí
estamos, cruzadas de brazos sin tener nada”.
La gente de las comunidades nunca se imaginó
que en pocos años su vida estaría tan afectada.
“Con la recolección
de la concha, mi madre parió y crió diez
hijas. Todas estudiamos hasta el colegio y nunca faltó
en la casa. No con lujos, pero había de todo a
la hora de comer: diversos tipos de cangrejo como el guariche,
el tasquero, la mapara; también animal de monte,
gallina de campo, y concha, almeja, mejillón, pescado.
El plátano antes abundaba más. En esos años
había porque todos tenían sus pequeñas
finquitas. Se cultivaba en los patios de las casas, también,
y en las eras había todo lo que es hierbitas: la
chillangua, orégano grande, orégano chiquito,
chirarán, cebollita, menta e palo. Se comía
la pepa e pan, la chonta, la chontilla…de todo
abundaba. Ahora una familia conchera vive bien pobremente,
las camaroneras ocupan los manglares y ocupan las tierras
que eran de nuestro abuelos. Muchas fincas se perdieron.”
Las mujeres recolectoras
de concha del cantón Muisne cuentan que la parroquia
Bolívar, en el sur del cantón, antes era
más amplia, tenía árboles de mango,
de aguacate, de naranja, de guayaba, de limón,
de mandarina, tenía palmeras de coco. En
cada patio de las casas estaban las “chacras”;
allí se encontraba maíz, habichuelas, frijoles,
yuca, camote, zagú, tomate, ají dulce, ají
picante, camote yema de huevo, camote morado y papa camote.
Cuentan la mujeres que apenas se bajaba al patio ya tenía
a la mano todo el aliño: cebolla blanca, cebolla
ajo, cebolla totora. Había también plantas
aromáticas: alivia dolor, poleo, saragoza, limoncillo,
menta. El mismo paisaje describen las mujeres de Bunche
y de Daule.
Sabemos cómo
se va deteriorando la vida de los compañeros pescadores,
de los cangrejeros, de los carboneros, porque todos somos
uno mismo: nosotras, los compañeros, los manglares.
Los cuentos, las leyendas, los bailes, los cantos ya casi
no están.
Antiguamente existían
grandes bailaderos, en grandes salones. Al son de la guitarra
el pueblo festejaba sus fiestas. En esta parte era muy
sonada la guitarra. El pueblo negro llegó
al cantón Muisne con sus tambores, con sus arrullos
y alabados por los años 40, y se fusionaron con
las costumbres y la cultura del pueblo manabita (pobladores
de la provincia de Manabí). Todos y todas van al
manglar y en él han hecho su vida.
“Pero lo que
yo siempre digo es que lo más importante es nuestra
lucha política. Esa no tiene que desmayar nunca,
más bien tiene que crecer. Lo más importante
es recuperar nuestra empresa natural, nuestro ecosistema
manglar. Allí nadie nos pide documentos, nadie
nos pone límite de edad, nos recibe con humildad.
Todo lo demás es complementario. No permitiremos
que se legalice a la industria camaronera, porque si el
gobierno le entrega las tierras, ahí sí
se harán más soberbios y nos querrán
humillar”. Así se expresa Andrea, 24
años, madre de tres hijos varones y con toda la
fuerza de la mujer conchera de la provincia de Esmeraldas.
Dicen las mujeres
recolectoras de concha del cantón Muisne que a
pesar de que el dolor de ver la destrucción del
ecosistema manglar era profundo y aunque la impotencia
se apoderaba de ellas, pues la rapidez con que se destruía
el ecosistema las rebasaba, su pensamiento las desafiaba
a encontrar algún camino. Afortunadamente estaban
juntas; existían organizaciones comunitarias, pues
para entonces el cantón Muisne aprendía
de la historia de la Organización Campesina de
Muisne Esmeraldas (OCAME), una fuerte organización
inspirada desde la iglesia de los pobres.
Hoy la propuesta es
recuperar el ecosistema manglar y junto con él
recuperar todo lo que se ha perdido, porque hasta la cultura
van quitando. Cuando se reforesta el manglar, ya
junto viene la concha, ya aparecen los tasqueros, los
churos, las chorgas, los cangrejos. También
viene el trabajo en comunidad, porque solas no se puede,
y siempre nuestras comunidades se han caracterizado por
la solidaridad, la reciprocidad. Las familias sobreviven
porque entre todos se sostienen: abuelos y abuelas, hijos
e hijas, nietos y nietas, tíos y tías, papá
y mamá y “el que esté de paso”,
todos y todas aportan, no solo con dinero sino con el
trabajo, con la compañía, con el buen consejo.
Y eso hay que mantenerlo.
Lo que está
todavía “bajito” es el trabajo con
la producción de las fincas y en las eras, aunque
se ha empezado. Pero hay que ponerle fuerza porque
es como un cuerpo incompleto, como si faltaran las manos
o tal vez el corazón. Se están haciendo
ferias de los productos del manglar y de las fincas; las
llamamos Ferias de Soberanía Alimentaria. De lo
que se trata es de comercializar lo que se produce, que
es propio de nuestra tierra, que no tiene productos químicos.
También se están sacando productos del manglar,
pero con el mensaje de que la concha debe ser grande,
la de 4,5 cm. que ya está buena para vender; la
pequeñita tiene que devolverse al manglar a terminar
de crecer. También con el cangrejo queremos
hacer lo mismo, comercializar cangrejo grande, cuidar
la cangreja “huevona”, cuidar las madres,
que son las reproductoras.
“Es que nosotras
consideramos al ecosistema manglar como nuestra madre,
y así lo hemos aprendido todos. Allí está
la vida, el ecosistema manglar es una maternidad, es una
industria natural que Dios nos ha heredado, para que no
seamos pobres.”
Largas jornadas de
reflexión, felices encuentros entre comunidades,
reforestación de bosque de mangle, van construyendo
un proceso político de resistencia, de disputa
de territorio que es finalmente una disputa de poder.
Por el colectivo de
mujeres de la Reserva Ecológico Cayapas Mataje,
al norte de la provincia de Esmeraldas, y el Refugio de
Vida Silvestre del Estuario de Manglares Muisne Cojimies,
al sur de la provincia de Esmeradas. Enviado por Marianeli
Torres, CCONDEM, Ecuador, correo electrónico: marianeli@ccondem.org.ec
inicio
-
Nigeria: mujeres que sufren la maldición del petróleo
La riqueza petrolera
natural del Delta del Níger se ha transformado
en una dolorosa maldición.
Las comunidades deben
lidiar constantemente con las consecuencias de los derrames
de petróleo, la quema de gas y otras amenazas que
surgen de las actividades de exploración no controladas
de las empresas petroleras internacionales. Muchas mujeres
de estas comunidades de subsistencia cargan con la agobiante
tarea de cuidar de sus familias protegiéndolas
de la contaminación más aguda. Los casos
de cáncer, infertilidad, leucemia, bronquitis,
asma, muerte al nacer, bebés con deformaciones
y otros problemas relacionados con la contaminación
tienen una inusitada frecuencia en esta región.
Desde Ikarama hasta Akaraolu e Imiringi, hay mujeres heridas
y agonizantes.
Como dijo una granjera,
Marthy Berebo, “Si me desnudara ante usted, vería
el daño que esta contaminación le ha causado
a mi cuerpo. Sufro de horribles dolores en todo mi cuerpo.”
Ikarama, una comunidad
predominantemente pesquera y agrícola con una población
de 10.000 personas, también figura entre las comunidades
más contaminadas del Delta del Níger. Ubicada
a lo largo del arroyo Taylor, Ikarama es la sede de Nigeria
Agip Oil Company (NAOC) y de Shell Petroleum Development
Company (SPCD). Las tuberías de Shell que unen
los estados de Delta, Bayelsa y Rivers pasan todas a través
de Ikarama. Okordia Manifold, empresa perteneciente a
Shell, también se encuentra en Ikarama. Se supone
que al albergar grandes empresas multinacionales como
Shell, las comunidades florecen. Pero en Ikarama sucede
lo contrario ya que se encuentra en un profundo y oscuro
pozo de pobreza. Las calles aún no han sido pavimentadas
como lo prometió la empresa, mientras la vida de
las personas empeora, con sus medios de vida destruidos
por los frecuentes derrames de petróleo.
Alili Ziah es viuda
y con siete hijos. Antes podía mantenerlos con
la pesca, pero ahora que el agua está contaminada
su familia se ve obligada a depender de la caridad de
otras personas. “Donde quiera que ponga trampas,
cuando las voy a inspeccionar están cubiertas de
petróleo crudo,” comentó. Al igual
que Ikarama, Imiringi ha albergado varios sitios de quema
de gas de Shell desde 1972. Los efectos que estas fogatas
tóxicas tienen sobre la salud de las personas,
son enormes. Quienes viven cerca se quejan de erupciones
cutáneas, irritación de los ojos y otras
complicaciones. La contaminación es bastante probable
ya que las mujeres habitualmente secan su alimento básico,
el kpopko garri, cerca de estos sitios de quema de gas.
La salud reproductiva de las mujeres también se
vio afectada, como lo demuestra el creciente número
de casos de infertilidad y malformaciones congénitas.
El petróleo
es el elemento vital de Nigeria desde fines de los años
1950, cuando Shell abrió con éxito su primer
pozo en el Estado de Bayelsa, en 1956. El ochenta por
ciento de la riqueza del país consiste en kilómetros
de tuberías y 400 kilómetros de oleoductos.
Cuenta con 349 perforaciones. Cuando alcanzó su
pico productivo, Shell produjo un millón de barriles
de crudo diarios. Hay posibilidades de que la cifra aumente
una vez más.
Pero las empresas
petroleras tienen muy poco para mostrar en lo que respecta
a su contribución para el desarrollo de las comunidades.
De hecho, simplemente las han sumido en más pobreza
y enfermedades al contaminar la tierra, el agua y el aire
de manera descontrolada. Sólo en el Delta del Níger
hay más de un centenar de sitios de combustión
de gases. Dados los enormes capitales involucrados en
esta industria, no es sorprendente que haya conflictos
que cuestan la vida a más de 1.000 personas por
año.
De las empresas petroleras
que operan en el Delta del Níger, Shell ha sido
la de mayor notoriedad por las violaciones de los derechos
humanos que han cometido las fuerzas de seguridad por
ella contratadas. Shell entrega armas y paga el equipamiento
y el personal de seguridad del gobierno, siempre dispuesto
a sofocar cualquier intento de levantamiento y a violar
los derechos humanos. En todos estos casos, las mujeres
son las principales víctimas, como viudas y madres.
Ellas han sido los pilares de las familias y sobre sus
hombros recaen mucho dolor y penurias.
Muchas mujeres aún
tienen cicatrices y viven con sus cuerpos deformados como
consecuencia de los operativos militares que, pagados
por Shell, avanzaron sobre las comunidades con tanques
de guerra y armas, disparando y matando a cientos de personas,
incluso mujeres y niños, arrasando aldeas enteras
y mutilando a miles de personas, en los tiempos en que
Saro-Wiwa despertó la conciencia de la nación
y de la comunidad internacional sobre la injusticia ambiental
en Ogoniland.
Promise Yibari Maapie
quedó con su brazo izquierdo permanentemente atrofiado
como consecuencia de un disparo. Su hija Joy también
recibió disparos en las piernas. “Los soldados
trajeron dolor, pena y hambre a mi vida,” dijo a
un periodista. Luego del infame genocidio de los Ogoni
hubo varios casos más, incluyendo la masacre de
Odi de 1999, donde ciudades enteras fueron arrasadas.
Fue un ataque de las tropas del gobierno en represalia
por el asesinato de algunos militares por parte de los
militantes. A mediados de 2009, hubo masacres y bombardeos
en varias aldeas del reino Gbaramatu, en el Delta del
Níger. Durante el proceso, varias mujeres fueron
desplazadas, heridas o asesinadas. Hubo informes sobre
mujeres que dieron a luz en bosques y arroyos mientras
escapaban del ataque militar. Como es habitual, también
hubo denuncias de violaciones por parte de los soldados.
Las mujeres son las
principales víctimas de la tragedia del Delta del
Níger. Además de lidiar con la combustión
de gas y los derrames de petróleo, viven sus vidas
al límite. Cuando las oxidadas tuberías
que transportan el crudo se rompen, dañan las tierras
cultivables, los bosques, ríos y arroyos. Decenas
de personas también mueren, como en octubre de
1998, cuando la explosión de una tubería
de petróleo calcinó a unas 2.000 personas
en la ciudad de Jesse, Ethiope Occidental, un Área
de Gobierno Local del estado del Delta. Lo que es aún
peor es que las intervenciones del gobierno no existen
y cuando existen, son tardías o están mal
organizadas. Aparte de esto, las construcciones de los
enormes proyectos de perforación contaminan y alteran
los cursos de agua de las comunidades, privando a los
residentes de acceso a la misma. Los impactos son sentidos
principalmente por las mujeres. Además de ser agricultoras,
también proveen comida y agua a sus familias.
A pesar de la tragedia
que cargan sobre sus cuerpos, las mujeres han quedado
sin voz en muchas comunidades. En la mayoría de
los casos, para que las mujeres puedan participar en las
asambleas consultivas de la ciudad, donde se discuten
asuntos que afectan a la comunidad, es necesaria la intervención
especial de organizaciones de la sociedad civil (OSC).
Los hombres insisten siempre en que los temas a discutir
son demasiado serios para ellas. En muchos casos, las
mujeres no pueden reclamar la propiedad de tierras. Las
tierras agrícolas habitualmente pertenecen a los
padres y esposos. El divorcio o la muerte de sus esposos
pueden significar el fin de su estadía en esas
tierras. Así, los desastres ambientales constituyen
una doble tragedia para ellas.
No obstante, en algunas
comunidades las mujeres se están organizando, intentando
desatar los malévolos nudos de costumbres retrógradas
y tomar en sus manos el control de su destino.
Extraído y
adaptado de: “When Blessing Becomes a Curse in the
Niger Delta”, Betty Abah, para Women in Action,
una publicación del grupo de mujeres de ISIS International
en Filipinas, publicado en febrero de 2010 (edición
titulada: Women in a Weary World: Climate Change and Women
in the Global South). Este artículo puede leerse
en línea con fotografías en http://www.wrm.org.uy/boletin/152/Nigeria.html
Abah es Punto Focal de Género de la organización
Environmental Rights Action/Amigos de la Tierra Nigeria.
Correo electrónico: betty@eraction.org
/ bettyabah@yahoo.co.uk
El documento completo puede leerse en: http://www.isiswomen.org/index.php?option=com_content&view=frontpage&Itemid=28
inicio
-
Papúa Nueva Guinea: mujeres en plantaciones de
palma se asocian y fortalecen
A fines de 2008, WRM y Amigos de la Tierra Papúa
Nueva Guinea/CELCOR organizaron conjuntamente un taller
con mujeres de dicho país. El taller trabajó
sobre las plantaciones de palma aceitera que se están
promoviendo principalmente para alimentar el mercado europeo
con aceite de palma (utilizado en productos como cosméticos,
jabón, aceite vegetal y alimentos), así
como para producir agrocombustibles.
En ese país
donde la mayor parte de la población de 5 millones
de personas aún vive en la zona rural y depende
de la agricultura de subsistencia para su sustento, la
producción de palma aceitera para exportación
está aumentando a expensas de los medios de vida
tradicionales.
El taller reunió
a mujeres de distintas provincias y les permitió
expresar sus preocupaciones acerca de la expansión
de las plantaciones de palma aceitera: posible escasez
de tierras debido a dicha expansión, contaminación
de los ríos y arroyos así como de los suelos
y el aire, resultado del uso de agrotóxicos en
las plantaciones.
Sin embargo, fueron
más allá y trataron también temas
de género, dando elementos para comprender los
impactos que las plantaciones de palma aceitera tienen
sobre ellas en su condición de mujeres. Se refirieron
al control masculino sobre las mujeres a través
del creciente control de los hombres sobre los ingresos
provenientes de la producción de palma aceitera,
a las restricciones de acceso de las mujeres a las huertas
como consecuencia de la transformación de las tierras
de cultivo tradicionales en plantaciones de palma aceitera,
a los trastornos sociales que representa el aumento del
alcoholismo y de la violencia doméstica.
La reunión
sirvió como catalizador para la necesidad de las
mujeres de organizarse, y uno de los resultados del taller
fue un plan para crear una asociación de mujeres
en el marco de la campaña sobre temas relativos
a la palma aceitera. En noviembre de 2009 se creó
la asociación Mujeres en la Asociación de
Palma Aceitera (WOPA, por su sigla en inglés),
que en este año 2010 se encuentra en proceso de
inscripción ante la Administración para
la Promoción de Inversiones.
La Asociación
se formó con el objetivo de:
•
“Exponer los impactos de la industria de la palma
aceitera de Papúa Nueva Guinea sobre mujeres y
niños, generando conciencia y movilización
en la comunidad.
•
Hacer campaña por un cambio en las políticas
de gobierno y en las prácticas de gestión
de las empresas de palma aceitera que impactan sobre el
medio ambiente y sobre el bienestar económico y
social de mujeres y niños.
•
Hacer campaña y ejercer presión para defender
los derechos de mujeres y niños contra las privaciones
y violencia a las que las somete la industria.
•
Unir a las mujeres afectadas para crear una base sólida
y formar una red de mujeres para trabajar en temas que
afectan a mujeres y niños.
•
Actuar como un organismo, una voz o un catalizador para
las mujeres afectadas por la palma aceitera.
•
Hacer campaña y presionar para que se defienda,
se preserve y se maneje el medio ambiente y los medios
de vida de manera sustentable.”
La creación
de WOPA es importante para difundir los problemas de las
mujeres en la industria de la palma aceitera de PNG, que
en general no se consideran y son dejados de lado por
las políticas de las empresas o por ciertas normas
constitucionales del país. La iniciativa WOPA es
un alivio para las mujeres que están trabajando
en silencio sobre los problemas de la palma aceitera que
afectan sus medios de vida.
Hay muchos desafíos
por delante para las mujeres organizadas en WOPA. Sin
embargo, es un paso importante en el proceso de empoderamiento
para exigir que se respeten sus derechos y, como ellas
reclaman, “para que el medio ambiente y las formas
de vida y sustento de la comunidad sean defendidos, preservados
y manejados de manera sustentable”.
Adaptado del artículo
"Women in Oil Palm Association (WOPA)" enviado
por George Laume, Amigos de la Tierra Papúa Nueva
Guinea-CELCOR, correo electrónico: glaume@celcor.org.pg.
El artículo completo puede verse en: http://www.wrm.org.uy/countries/PapuaNG/WOPA.pdf
inicio
-
Brasil: mujeres afectadas por represas - cambios en el
modo de vida
La construcción
de centrales hidroeléctricas en Brasil está
marcada por la falta de respeto al medio ambiente y a
la sociedad, y principalmente, por la falta de respeto
a las comunidades afectadas, que ven cómo sus modos
de vida se modifican radicalmente y cómo se anulan
en nombre del “desarrollo de la sociedad capitalista”.
En Brasil ya se construyeron más de 2.000 represas
que expulsaron a más de 1 millón de personas
de sus tierras. Hay proyectos del gobierno federal que
prevén la construcción de otras 1.443 represas
en los próximos 20 años; son obras que traen
aparejada la falsa promesa de generación
de empleos y desarrollo, de respeto a la naturaleza, de
energía más barata para el pueblo y de garantizar
el derecho de las familias a ser indemnizadas. Sin
embargo, lo que hemos vivido hasta ahora es el control
de las represas en manos de las multinacionales, la generación
de pocos empleos, la energía más cara para
los trabajadores y la falta de pago de indemnizaciones.
Es decir, hay una
dictadura instalada contra el pueblo que vive a orillas
de los ríos. Y no son sólo impactos concretos
y materiales, como la inundación de bosques, ciudades,
escuelas, casas, sino también impactos no materiales
y afectivos; porque con la pérdida del vínculo
espacial también se pierden, entre otros,
los vínculos familiares, la vivencia con la comunidad
y la referencia del entorno- pérdidas que atacan
directamente al “sentimiento”, causando graves
daños a la salud e al bienestar de las poblaciones
afectadas.
Cambios de
costumbres e inferencias económicas
No podemos atribuir
a los proyectos hidroeléctricos toda la responsabilidad
por la desigualdad en las relaciones de género,
pero sí sabemos que modifican las condiciones preexistentes
y que tienden a agravarlas. La sociedad capitalista y
patriarcal se refuerza con el accionar de las empresas
en iniciativas locales (donde la represa está siendo
o fue construida) y estructurales del modelo capitalista.
Al anunciar la construcción
de las centrales se desatan diferentes reacciones de conducta
entre mujeres y hombres. En la mayor parte de los casos,
se constata que las mujeres tienen fuerte resistencia
a salir del territorio y no logran asimilar la posibilidad
de cambios en su espacio. Por su parte, algunos hombres
se convencen más fácilmente y ven la posibilidad
de obtener una compensación financiera al salir
del lugar. Uno de los factores que justifica esto es que,
históricamente, los hombres se vinculan a las actividades
que generan o mueven recursos financieros (dinero), mientras
que las mujeres no.
Al residir en áreas
rurales, la mayoría de las mujeres afectadas por
las represas mantienen una estrecha relación con
la tierra. Usan los recursos de la naturaleza principalmente
para la alimentación, pero también usan
otros bienes destinados al consumo de la familia, como
infusiones, leña para cocinar y como fuente de
calor, etc. En este sentido, las mujeres son las principales
víctimas de la degradación ambiental, lo
que resulta en pérdidas inconmensurables para las
comunidades que dependen de la naturaleza para su sustento.
Esto se comprueba
por el dato de que el 70% de las familias afectadas por
represas en Brasil no recibió indemnización
y en los pocos casos de reconocimiento de derechos, la
nueva superficie es mucho menor que la anterior. De este
modo, las mujeres pierden su espacio de producción
campesina y de autonomía. Pierden su huerto o jardín,
el área de producción variada de alimentos
(árboles frutales, hierbas medicinales y animales
domésticos), el área de experimentación
y conservación de semillas, de complementación
de sus ingresos y de enriquecimiento de la dieta nutricional
de las familias- espacios donde las mujeres determinaban
qué iban a plantar, como iban a hacerlo, qué
semillas iban a cultivar, etc.
Tal cambio no implica
solamente la pérdida del espacio de poder y decisión
de la mujer, sino el aumento de su dependencia económica
en relación al mercado y a la farmacia, por ejemplo.
En las comunidades que antes de la represa mantenían
la relación con la naturaleza como un factor fundamental
para la continuidad de su modo de vida, en el nuevo contexto,
las mujeres son las más perjudicadas y tienden
a sufrir tales impactos negativos con mayor intensidad.
El proceso de vaciamiento
de las comunidades que se quedaron y no fueron afectadas
por la inundación del lago, tiene como consecuencia
la pérdida de los lazos familiares, de las relaciones
con el entorno y el vaciamiento de los espacios de encuentro
comunitario, como la iglesia. A medida que las comunidades
se vacían, escasea el servicio de transporte público,
se cierran escuelas rurales y sistemas locales de salud.
Es posible, entonces, imaginar el impacto sobre
la vida de las mujeres, ya que recae sobre ellas el cuidado
de la familia, de los niños, personas mayores,
portadores de necesidades especiales, etc. Con la escasez,
y muchas veces la suspensión, de los servicios
públicos de transporte la movilidad de las mujeres,
y potencialmente el acceso a empleos, estudios y diversión,
se hace más difícil.
Estas poblaciones
fueron expropiadas no solo en el sentido jurídico.
Estas personas que viven de los ríos, perdieron
sus condiciones materiales de trabajo y fueron desarraigadas,
transplantadas geográfica y culturalmente, expropiadas
de un saber y de una sintonía con el medio físico,
su entorno, con valores “abstractos” pero
de gran importancia sentimental y principalmente referencial,
que nunca serán reconstruidos ni pueden ser medidos
en dinero.
Relaciones
afectivas y la salud de la mujer
El empobrecimiento
y el trauma con la ruptura social de las comunidades tienen
un efecto más grave sobre las mujeres, principalmente
en cuanto a sus relaciones afectivas y de salud. En algunos
casos, el empobrecimiento, generado por el desplazamiento
forzado de las personas y la violenta llegada de estas
obras enormes, aumenta la falta de entendimiento, la desestructuración
familiar, el abandono de las familias y la migración
masculina para las áreas urbanas, elevando el número
de casas lideradas por mujeres, que pasan a enfrentar
solas toda la responsabilidad de la crianza de los hijos.
El aumento de la violencia doméstica, como consecuencia
del alcoholismo, es otro efecto agravado por la desestructuración
de las familias y el empobrecimiento.
En relación
con la salud, es común que la administración
de la casa y el bienestar de la familia sea responsabilidad
de la mujer. Ella es quien controla lo que hay y lo que
falta, y visualiza la necesidad de “economizar”
los recursos disponibles para asegurar su existencia por
más tiempo. Eso se refleja en la situación
nutricional, a pesar del hecho de que los modelos culturales,
en las diferentes regiones del país, reproducen
la desigualdad entre géneros cuando se trata de
la distribución del alimento en el interior de
las familias. En algunos estudios, se constató
que era recurrente la distribución desigual de
los alimentos entre hombres y mujeres en la familia, especialmente
en situaciones de mayor escasez, como ocurre tras la llegada
de las represas. “A las mujeres y niñas se
les atribuye una porción menor o se les excluyen
algunos alimentos considerados más “fuertes”
(la carne, por ejemplo), ya que su trabajo se considera
“liviano” y exige “menos reposición
de energía”.
También en
relación con la salud de las mujeres, la llegada
de trabajadores de otras regiones y estados para la construcción
de las represas y la consecuente urbanización de
la región son otros factores que pueden aumentar
el nivel de enfermedades de transmisión sexual,
especialmente el SIDA. Además, se da el aumento
de casos de embarazo de adolescentes, que inmediatamente
son abandonadas porque tras la construcción de
la represa, los jóvenes buscan trabajo en otro
lugar.
Como si no fueran
suficientes tales relaciones “ocasionales”,
una de las estrategias usadas por las empresas es la contratación
de jóvenes para que seduzcan a las chicas y así
se acercan a las familias con la finalidad de convencerlos
para que salgan pacíficamente de la comunidad y
para que no participen de las actividades propuestas por
la organización de los afectados por las represas.
Se constata también la instalación de “negocios
de prostitución”, popularmente conocidos
como “zonas”, en las proximidades de las instalaciones
de las represas o de los alojamientos de los trabajadores.
Esta estrategia de las empresas tiene el objetivo de “entretener”
a los obreros, que están lejos de sus familias
hace bastante tiempo. En algunos casos, se da la mercantilización
del cuerpo de las mujeres con la venta de adolescentes
para la prostitución, lo que puede llegar a influir
y a facilitar el tráfico internacional de mujeres.
Los hechos anteriormente
señalados son apenas algunas de las pérdidas
que sufren las mujeres como consecuencia de la construcción
de represas. Son innumerables las consecuencias que afectan
a las mujeres y nuestro objetivo es ponerlo en discusión
enfatizando las problemáticas que afectan directamente
a las mujeres que fueron dejadas en el olvido a lo largo
del tiempo haciendo casi invisibles las cuestiones de
género. Es posible que también haya muchas
otras cuestiones abiertas a la discusión y tomadas
para el análisis y la profundización, para
el reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos
en el proceso de transformación social.
Por Movimento dos
Atingidos por Barragens – Brasil, enviado por el
Setor de Comunicação – MAB,
correo electrónico: imprensa@mabnacional.org.br,
www.mabnacional.org.br
inicio
-
Una herencia nada brillante: las mujeres comienzan a organizarse
contra la minería de oro en Tailandia
Los exuberantes arrozales
verdes, los cultivos de vegetales, las montañas
boscosas y las tranquilas aldeas del distrito de Wangsaphung
de la provincia de Loei, al nordeste de Tailandia, podrían
ser un oasis de tranquilidad rural, con aire puro para
respirar, frutas y vegetales frescos para comer y agua
potable para beber. Desde las tierras altas de la montaña
hasta las zonas bajas a lo largo del río Mekong
y sus afluentes, las tierras fértiles proveen cosechas
zafrales de nueces de macadamia, bananas, frutos de lichi
y de longan, mangos, maracuyás, tamarindos, granos
de café, soja, maíz, arroz, sésamo
y caucho. En el pasado se desarrollaba alguna actividad
de búsqueda de oro en pequeña escala a lo
largo del lecho de los ríos, ya que el área
es rica en minerales, en especial oro, cobre y hierro.
Sin embargo, hoy en día, la tierra y el agua de
las que dependió el pueblo Isaan por generaciones
se ha contaminado con cianuro, arsénico y otros
metales pesados. El origen de la contaminación
es una mina de oro abierta recientemente, operada por
una empresa tailandesa de origen australiano, Tongah Harbour
S.A.
En 1996, el Departamento
de Recursos Minerales de Tailandia comenzó un proceso
para aprobar el otorgamiento de permisos para la búsqueda
de oro en Wangsaphung, solicitados por Tungkam Ltd. (TKL),
una subsidiaria de Tongah Harbour que cuenta con apoyo
financiero australiano y alemán. El Ministerio
de Industria tailandés otorgó en 2003 la
autorización final para el arrendamiento de un
área de aproximadamente dos kilómetros cuadrados,
por un período de veinticinco años. En setiembre
de 2006, TKL comenzó sus operaciones en la primera
mina de oro a cielo abierto, en la cima de una montaña
que había sido designada como zona de conservación
por el gobierno tailandés. Hasta la fecha se han
abierto sólo dos sitios, que cubren un total de
dos kilómetros cuadrados, así como una planta
in situ para la cianuración y el tratamiento del
oro con carbono. Desde principios de 2009 TKL ha presentado
más de cien solicitudes de permisos de minería
y espera la aprobación del gobierno tailandés.
Los residentes de
la zona no estaban al tanto de los permisos de minería,
hasta que llegó la maquinaria de TKL. Si bien la
empresa afirmó que había dado los pasos
necesarios para consultar a la comunidad, no hay documentación
disponible que aclare dónde se realizaron las consultas,
quién participó o qué se discutió.
Los lugareños afirman que estas reuniones no fueron
anunciadas públicamente y que la compañía
eligió ella misma a las pocas personas que participaron.
Según activistas
locales, el público no tiene acceso a los acuerdos
realizados entre la empresa y el gobierno ni al certificado
de concesión minera que indicaría el tipo
de actividad minera y el período de duración
de dicha actividad en las tierras que rodean sus campos.
Además, no fue sino en 2008 que se divulgó
alguna información acerca de las evaluaciones de
impacto ambiental (EIA) obligatorias por ley. Estos estudios
fueron realizados discretamente por dos firmas australianas,
junto con una empresa tailandesa y la facultad tailandesa
de la Universidad de Khon Kaen, sin aporte ni participación
alguna de los aldeanos.
Si bien Tungkam afirma
estar comprometida con la “buena gestión
ambiental”, los residentes locales informan que
algunos de los efectos más devastadores de la mina
se relacionan con la pérdida de fuentes de agua
potable. El sitio de la mina ha interferido con la ruta
de un manantial natural que originalmente traía
agua dulce y prístina desde la montaña,
a través de Wangsaphung. Como medida de mitigación,
la compañía desvió el curso del agua
para que corriera rodeando la periferia de la mina. Los
residentes alegan que el agua del manantial se contaminó
no sólo por los relaves sino también por
la eliminación inadecuada de desperdicios sólidos
en el lugar. Desde 2006, en numerosas ocasiones se han
observado enormes cantidades de peces envenenados flotando
en los arroyos de la zona. Con altos niveles de cianuro
y metales pesados, este arroyo desemboca directamente
en el río Loei, un afluente del transfronterizo
río Mekong. Además, los residentes señalan
que el agua contaminada de la mina baja desde la montaña
durante los monzones, y les preocupa que los metales pesados
se filtren hasta las aguas subterráneas. Mientras
tanto, en la estación seca, el polvo de la mina
vuela a través de zonas habitadas, aumentando las
enfermedades respiratorias entre la población local.
Por primera vez en
la historia, los agricultores están informando
sobre una grave escasez de agua que deja los arrozales
en seco y parches de suelo agrietado. Con el tanque de
relaves adyacente a sus campos, la mayoría de los
residentes están preocupados al no saber qué
grado de contaminación tienen las frutas, los vegetales
y el arroz que aún intentan cultivar. Dado el nivel
de contaminación y acidificación del agua
de lluvia, los lugareños ya no pueden contar con
recolectar agua potable naturalmente. Por el contrario,
han tenido que comenzar a comprar agua, agregando una
carga más a los ya ajustados presupuestos familiares.
Reconociendo la necesidad
de aumentar sus ingresos para poder solventar la compra
de agua y comida, algunas mujeres están viajando
con más frecuencia a la capital provincial para
conseguir trabajos temporales durante el día. Los
residentes han terminado por perder la capacidad de conservar
sus métodos de soberanía alimentaria y sus
medios de vida autosuficientes, mientras que les han usurpado
sus derechos al alimento, al agua y a la salud. Como responsables
de la cocina, la limpieza y la provisión de agua
para beber, así como de otras necesidades diarias,
las mujeres declaran que, a raíz de este problema,
se ven sometidas a mayor presión para la realización
de sus tareas domésticas.
Durante los últimos
dos años, los lugareños comenzaron a informar
sobre sarpullidos, problemas respiratorios, severas irritaciones
oculares, dolores de cabeza crónicos, mareos y
sensación de debilidad en las piernas. Además,
las explosiones regulares y frecuentes en la mina no sólo
agrietan las estructuras de las casas y rompen los vidrios
de las ventanas, sino que también provocan palpitaciones
en los ancianos y casos de angustia crónica en
los niños.
Luego de trabajar
en sus campos y arrozales, mujeres y hombres sufren irritaciones
de la piel que, luego de pelarse, terminan transformándose
en lesiones ulcerosas. Los hombres que trabajan en la
mina han sufrido problemas de salud preocupantes, como
enfermedades de la piel, graves problemas oculares y pulmonares,
insomnio y trastornos neurológicos. Mientras tanto,
las mujeres informan que luego de lavar la ropa utilizada
en la mina y los campos sufren de irritaciones en sus
brazos y manos, dificultades respiratorias y dolor en
los ojos. Los análisis de sangre realizados a los
niños dan evidencia sólida de altos niveles
de cianuro y contaminantes metálicos pesados. Un
informe realizado por funcionarios del gobierno tailandés
y publicado en febrero de 2009 advirtió a los residentes
que eviten tomar el agua del lugar o utilizarla para cocinar,
debido a los altos niveles de cianuro, arsénico,
cadmio y manganeso detectados en ella.
La policía
y los guardias de seguridad armados han trabajado con
Tungkam para vigilar el sitio de la mina y la comunidad,
informando sobre todos quienes acceden a la mina y a sus
alrededores. En general, los lugareños están
demasiado intimidados para hablar públicamente
sobre los impactos de la mina y, como resultado de ello,
las voces de los defensores de la justicia social y ambiental
permanecen calladas. La falta de oportunidades para participar
en la toma de decisiones que afectan el futuro de su tierra
y sus medios de supervivencia, así como el hecho
de acallar el desacuerdo, sólo puede entenderse
como una grave violación de los derechos políticos
y sociales garantizados por la legislación nacional
e internacional.
Inicialmente, los
residentes locales estaban contrariados por la falta de
comunicación, consulta y apertura de Tungkam respecto
a sus planes para las tierras ancestrales de los Isaan.
En 2006, cuando los documentos relativos a los permisos
de la mina llegaron a manos de un biólogo local,
la información fue divulgada entre la comunidad.
Desde entonces, un pequeño equipo de residentes
preocupados – en su mayoría mujeres –
formó una comisión especial que ha organizado
reuniones comunitarias para discutir los impactos de la
mina de oro sobre el agua, el suelo, los vegetales, la
calidad del aire y la salud de las personas. Organizaron
foros públicos y discusiones abiertas, exposiciones
de fotografías y talleres. Según los miembros
de la comisión, son en general las mujeres –
y en particular las de las nuevas generaciones –
quienes participan en las discusiones sobre los impactos
de las minas y las estrategias para cambiar su situación.
En noviembre de 2006, se realizó en Wangsaphung
un intercambio de activistas de Birmania, Camboya, Indonesia
y Filipinas, como parte de una movilización internacional
contra la minería de oro comercial a gran escala.
Según las lugareñas, luego de esta primera
exposición internacional se reforzaron las medidas
de seguridad en el sitio de la mina. Desde entonces, quienes
intentan investigar las operaciones de Tungkam están
siendo sometidos a severas tácticas intimidatorias.
A lo largo de 2008,
los residentes locales ayudaron a documentar los impactos
del envenenamiento con cianuro sobre la salud. Luego procedieron
a presentar demandas ante las comisiones nacionales de
derechos humanos y salud. Un informe publicado por la
Comisión de Derechos Humanos exhortó a Tungkam
a limpiar las áreas contaminadas. Sin embargo,
a pesar de que la comisión validó las preocupaciones
de la comunidad y condenó las operaciones de la
empresa, no se tomó ninguna medida de reparación.
Por el contrario, Tungkam comenzó a publicitar
su compromiso con la “ética corporativa positiva”,
y patrocina fiestas escolares, torneos deportivos y becas
de estudio para los jóvenes. Para los aldeanos
de Wangsaphung, estas iniciativas son poco honestas, y
tienden a restar importancia a sus graves preocupaciones
sobre la herencia duradera del envenenamiento con cianuro
y arsénico.
A fines de 2009, la
comisión comunitaria de Wangsaphung intentaba detener
los planes de expansión de la planta de procesamiento
y cianuración del oro. Se organizaron protestas
frente a la oficina del gobierno distrital para reclamar
que se hicieran públicos los documentos sobre los
planes de expansión. Otras redes sociales planean
realizar nuevas manifestaciones. Simultáneamente,
las mujeres están organizando cooperativas de tejedoras
y de producción de alimentos que les permita mantener
el sentido de identidad, seguir principios ecológicos
y practicar el autoabastecimiento. Este trabajo preliminar
pretende formar una base de solidaridad colectiva desde
donde lanzar una campaña para exigir la prohibición
de toda nueva mina y el cierre de ésta en tierras
de los Isaan.
Por Tanya Roberts-Davis
junto con la Red Tailandesa de Comunidades Afectadas por
la Minería/Grupo de Estudio sobre EcoCultura, correo
electrónico:
troberts@alumni.upeace.org
inicio
-
Las mujeres y el cambio climático, las más
afectadas y las menos escuchadas
En un estudio publicado
recientemente en Alemania sobre Clima y Desarrollo podemos
encontrar las siguientes afirmaciones: “La pobreza
afecta a mucha, demasiada gente – y afecta a los
hombres y a las mujeres en forma diferenciada y en número
diferente. La mayoría de los pobres son mujeres,
como ha mostrado la investigación y esto está
vinculado con el hecho de que en la gran mayoría
de los países las mujeres y las jóvenes
sufren discriminación legal y social. Las mujeres
tienen menos acceso a la educación y a la salud
que los hombres, y no tienen las mismas oportunidades
económicas.
Hay buenas razones
para creer que uno de los resultados de esta discriminación
social y política de las mujeres es que ellas también
son afectadas por el cambio climático en forma
diferenciada, una circunstancia que exacerba la pobreza
y los riesgos que ellas corren”. (1)
Una de las buenas
razones para creer que esto es cierto está dada
por el hecho de que la mayoría de las personas
afectadas por los peores desastres climáticos ocurridos
en los últimos años son pobres y mujeres
en su gran mayoría. En Indonesia, por ejemplo,
durante el tsunami se ahogaron mucho más mujeres
que hombres por diferentes razones: porque no sabían
nadar, porque se quedaron a cuidar a sus niños
hasta último momento, porque quedaron encerradas,
porque se enteraron demasiado tarde, porque sus vestidos
largos no les permitieron movilizarse rápidamente,
porque sus reservas nutritivas eran escasas y no les permitieron
hacer los esfuerzos necesarios para salvarse, etc.
En un artículo
sobre “Mujeres y Cambio Climático”,
Kellie Tranter, una abogada australiana, describe algunas
de las causas de muerte como las mencionadas arriba y
demuestra que en los desastres denominados “naturales”
han muerto más mujeres que hombres: el 90% de las
140.000 víctimas que murieron en el ciclón
que impactó Bangladesh en 1991 fueron mujeres,
más mujeres que hombres murieron en la ola de calor
que azotó Europa en el 2003 y en el tsunami en
Indonesia en el 2006 murieron 3 a 4 mujeres por cada hombre.(2)
Testimonios relevados
durante el año 2009 en un estudio que se realizó
con mujeres de Alemania, Bolivia y Tanzania, (3) dan cuenta
que las mujeres se ven recargadas en sus actividades cotidianas
por efecto del cambio climático. Un ejemplo de
ello ocurre en el departamento de Oruro en Bolivia. “En
épocas con olas de calor se secan las fuentes de
agua y el agua restante se vuelve cada vez más
salada y por ello cada vez menos potable. Fuertes vientos
se llevan la tierra suelta y la secan. Además hay
nuevas especies de parásitos. Grandes daños
causa una especie de piojo que ataca la raíz de
la alfalfa y que mata así la planta forrajera”.
Además el cambio de temperaturas ha hecho que cultivos
que antes crecían con facilidad ahora ya no crecen
y tanto las continuas heladas como las lluvias les ocasionan
pérdidas. También disminuye el ganado,
por la falta de pasturas, y porque ha aparecido una “nueva
y agresiva especie de mosquito que ataca tanto a seres
humanos como a los animales. En síntesis, el cambio
climático hace la ya penosa vida laboral de las
bolivianas todavía más dura”.
Historias muy similares
cuentan las mujeres de Dodoma, Tanzania. Las sequías
continuas obligan a las mujeres “a recorrer un camino
cada vez más largo para conseguir agua y a veces
se ven obligadas a comprarla … las cosechas han
decrecido en forma catastrófica. Esto causa una
preocupante escasez de alimentos en todo el pueblo”…
Las mujeres deben utilizar diversas estrategias para sobrevivir.
Gladis, por ejemplo, cuenta que “como ya no podemos
contar con los ingresos de la agricultura … me
dedico también a la horticultura y a la cría
de cerdos y gallinas. Además, coso maletines de
colegio… fabrico cerveza local y hago trabajos
ocasionales”. Pero ellas también reclaman
no ser las únicas que se sacrifiquen. Exigen que
el gobierno evite la continua tala de árboles y
la quema de bosques que empeoran el suministro de agua
y el clima a la vez que demandan que los países
industrializados cambien su estilo de vida.
Las mujeres no pueden
continuar siendo víctimas y deben tener protagonismo
a la hora de elaborar políticas relacionadas con
el cambio climático. Si bien han obtenido algunos
reconocimientos formales, éstos no se ven reflejados
en las propuestas ni en las estructuras de la Convención
de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.
Por un lado, gran
parte de las políticas propuestas como (falsas)
soluciones para el clima agravarán aún más
las situaciones descritas arriba. Por ejemplo, la promoción
de cultivos a gran escala para ser usados como combustibles
y los monocultivos de árboles como supuestos sumideros
de carbono han demostrado tener impactos negativos sobre
los bosques, suelos, el agua y también sobre las
mujeres.
Por otro lado, las
mujeres tienen serias dificultades para ser tenidas en
cuenta inclusive dentro de la propia estructura de la
Convención, contrariando sus propios enunciados.
En diciembre de 2007, en Bali, líderes internacionales
declararon por primera vez que los “temas de género
son pertinentes en las políticas relacionadas con
el clima”. En 2009, la Convención dio reconocimiento
formal a la participación de grupos de mujer y
género. Sin embargo, recientemente, el secretario
General de Naciones Unidas Ban Ki- moon anunció
la creación de un grupo “de alto nivel”
encargado nada menos que de conseguir los fondos para
hacer frente a los impactos negativos del cambio climático
en los países más pobres y desarrollar una
economía que no esté basada en el uso de
combustibles fósiles. (4) Son 19 miembros. Todos
hombres. En sus manos puede estar el destino de la humanidad.
(5)
Los enunciados de
“equidad de género” deben reflejarse
en los hechos. Ya no queda tiempo. Las mujeres, a la vez
que son las que más sufren los efectos del cambio
climático son también fundamentales a la
hora de encontrar soluciones. Resolver las desigualdades
de género es cuestión tanto de justicia
como de supervivencia.
(1)
Tomado de “Climate Change Adaptation from a Gender
Perspective, A cross-cutting analysis of development-policy
instruments” de Birte Rodenberg para DIE Research
Project “Climate Change and Development“,
Bonn 2009
(2) Publicado en Mirada
Global.com http://www.miradaglobal.com/
(3) Tomado de “Fortalecer
a las mujeres. ¡Cambiar el clima!”, organización
VEN
(4) Tomado del artículo
en inglés de Elizabeth Becker y Suzanne Ehlers
“Why are women being left out of climate decision-making?”
http://www.grist.org/article/2010-03-08-why-are-women-being-left-out-of-climate-decision-making-u.n/
(5) Información
adicional en el comunicado de prensa de Género
y Cambio Climático, Mujeres por la Justicia climática,
disponible en inglés en: http://www.gendercc.net
inicio
- Las invisibles mujeres y hombres
que resisten contra la destrucción de su territorio
en el Norte del Gran Chaco
Vivir no debe por
qué ser una lucha contra poderes asesinos. La vida
de las mujeres y los hombres Ayoreo de los grupos aislados
(sin contacto con nuestra civilización) no era
una lucha, era vida en y con los territorios, como durante
siglos. Hoy sin embargo, y a pesar suyo, su vida se vuelve
un resistir, un aguantar – y un tener que luchar
– desde que otro mundo vino a invadir y a sobreponerse
al suyo...
¿No es esa
también nuestra historia, estemos donde estemos?
¿De vernos presos, enredados y atascados en situaciones
de resistencia y de aguante, cuando nuestro interés
simplemente era el de estar tranquilos, de sentir felicidad,
de vivir?
Las mujeres y los
hombres indígenas Ayoreo de los seis o siete grupos
que viven “en aislamiento voluntario”, una
condición y denominación que no han buscado
sino que es el resultado de un proceso de exterminio y
arrinconamiento, hoy son una ínfima pero significativa
minoría humana. Antes, los pueblos indígenas
que poblaban toda nuestra América, cada uno con
su mundo diverso, eran mayoría, y los minoritarios
y “aislados” eran los primeros colonizadores
e invasores.
Hoy, los grupos aislados
Ayoreo continúan su vivir en los bosques del norte
del Gran Chaco: caminando y recorriendo sus territorios
grupales, de lugar en lugar, y, al hacerlo, encuentran
la vida y dan vida a cada rincón de su rica y variada
geografía, la que nosotros con ojos de externos
a la vida del monte muchas veces percibimos como una mera
extensión boscosa uniforme e invariable en la planicie
chaqueña. Nuestro lenguaje vuelto economicista
tiende a describir ese su andar nómada como un
asegurar “recursos” para vivir: el agua, tan
preciada en el Chaco bastante seco, los animales que cazan
y comen, las frutas que crecen en el monte. Pero ellas
y ellos no tienen esa mirada que solo ve lo útil
y lo define todo desde la escasez: los bosques chaqueños
no son pobres, sino ricos, el vivir de los que “aún”
viven en estos bosques no es un sobrevivir y luchar. No
lo era. Mientras, para nosotros occidentales de las sociedades
“modernas”, ya nos resulta impensable una
vida que no esté sometida a la presión de
lo económico, al tener que “ganarse la vida”
luchando. Para muchas y muchos de nosotros, es la única
manera de vivir que nos queda, y es la que consume todas
nuestras energías.
Sin embargo, la gente
del monte que llamamos aislados no necesita “ganarse
la vida”. La tienen ganada cuando nacen, y vuelven
a encontrarla y a la vez recrearla con cada paso y cada
día. Su mundo en el que viven no es su enemigo
como lo es el nuestro para nosotros. Su mundo - lo llaman
‘eami’ que significa monte (bosque), y también
significa mundo – los contiene, los alberga y los
cobija. Es un mundo con el que viven en comunicación,
ese es su vivir, y que a la vez vive con esa comunicación:
lo sienten, lo miran, lo reconocen, pronuncian sus nombres.
Lo respetan, temen sus fuerzas inmensas, y saben cuidarse
de las mismas. Saben que hay una manera de convivir con
el mundo que es el “cómo hay que vivir”,
el “buen vivir”, y si se logra vivir así,
sin molestar al mundo, apenas comunicándose con
el mismo y con lo que a uno le toca, se mantiene un equilibrio
sagrado que es lo que sostuvo a este planeta durante un
tiempo largo, antes de nuestra era, como fruto de muchos
equilibrios guardados cuidadosamente por mujeres y hombres
de muchos mundos. El mundo Ayoreo es solo uno de ellos...
La verdad que no sabemos
bien cómo están de veras, ahora mismo. De
su vida de antes y de siempre, sabemos a través
de los testimonios recogidos de aquellos que fueron arrancados
a su mundo a la fuerza, por misioneros, y que llegaron
a contarnos sus vidas. Pero con los grupos aún
ahora aislados nadie tiene contacto. Solo podemos discernir
y recoger – como frutos del monte - las señales
de su vida y su andar, e interpretarlas a la luz de nuestro
conocimiento y nuestra intuición. Más al
extremo norte y noroeste del Chaco viven grupos aislados
más cobijados por montes aún continuos y
extensos; también con más y más desmontes
en la cercanía, pero aún hay cierta tranquilidad.
No así en el sur, más cerca de los pueblos
y las ciudades nuestras del Chaco Central. Allí
hay mujeres y hombres aislados que escuchan y reciben
ya cada día el mensaje de la destrucción
de los bosques y de su lisa y llana desaparición.
Y su andar de cada día ya está marcado por
la misma. Muchos de sus lugares ya se volvieron “no-
lugares”. Puntos del planeta que perdieron su cara
y su nombre, desaparecidos que no volverán, y que
en el mundo Ayoreo “dejaron de ser”. En cambio,
desde el nuestro, reciben nuevos nombres, los lugares
Ayoreo muertos se vuelven lugares de nuestro mapa, (¿un
mapa de la muerte?), conectados por nuestros caminos,
determinados por nuestras obras, productivos según
nuestra definición, clasificados según su
grado de utilidad para nosotros; algunos se vuelven estancias
ganaderas, otros, futuras plantaciones de soja (si Monsanto
logra la anunciada hazaña de la semilla resistente
a la sequía).
Mientras, esos grupos
Ayoreo aislados más expuestos, viven y caminan
entre estancias y empresas ganaderas, siempre invisibles,
pero ya no tienen a dónde ir para no escuchar el
ruido día y noche de las topadoras que echan más
monte cercano, o el de los camiones en cualquiera de los
muchos caminos que impusieron el artificio de la cuadrícula
a su mapa.
¿Saben las
mujeres Ayoreo aisladas, y los hombres, contra qué
están luchando? Hace un tiempo, dejaron en los
bordes de su mundo plumas y señales chamánicas
con el fin de detener la desaparición del mundo,
pero en vano. Deben percibir que lo que tienen en frente
son poderes más fuertes que los de su mundo, fuerzas
que hablan otros idiomas. Y deben empezar a dudar de sus
propias fuerzas, a sentirse amenazados y debilitados.
Esta época
del año, los meses de febrero y marzo, es la época
del ají del monte, y son ellas, las mujeres Ayoreo
que recorren el monte para recogerlo. Este año,
estas mujeres lo harán con más temor, con
muchas más precauciones, con el crujir incesante
de las máquinas presente. Habrá menos ají.
No habrá el ají de algunos de los lugares
porque ya no existen. Al igual que el ají, también
el caraguatá pertenece al mundo de la mujeres,
son ellas las que lo recolectan para convertir sus fibras
en el hilo para los bolsos y tejidos, sus escritos cotidianos
en los que entretejen vivencias, creencias, esperanzas
y sueños.
Las mujeres recolectoras
están amenazadas, al igual que los frutos que buscan,
al igual que los hombres cazadores que están amenazados
como los animales que cazan. Con ello, la fuerza independiente,
diversa y única de su mundo está en peligro.
La deforestación,
palabra que en lo escrito aquí, en este texto,
suena tan abstracta y que sin embargo en el Norte del
Chaco es tan implacablemente concreta, la deforestación
destruye de a poco la vida y equilibrio del mundo Ayoreo
también. Destruye libertad y autonomía,
vida que no depende de dinero ni de supermercado. Vida
auto sostenida, y sustentable.
Luchar no siempre
es guerrear y atacar. A veces es un florecer silencioso,
invisible y pacífico. Las mujeres - y los hombres-
de los grupos aislados luchan contra la deforestación.
Lo hacen con su estar allí y aferrarse a su vida,
inseparable de la de sus territorios. A veces luchar es
simplemente estar y persistir, es valorarse y hacerse
fuerte, y reconocer y estar consciente de la propia riqueza.
Benno Glauser (Iniciativa
Amotocodie, Chaco Paraguayo), correo electrónico:
bennoglauser@gmail.com
inicio
-
Mujeres Garo de Bangladesh: la vida de un pueblo del bosque
sin bosque
Sicilia Snal (25)
es una mujer Garo de la aldea Sataria, ubicada en el bosque
de shorea de planicie [árbol Shorea robusta,
sal] de Modhupur. Es una parcela de bosque de apenas
25.000 hectáreas y, sin embargo, es el tercero
entre los más grandes de Bangladesh, un país
que tiene uno de los niveles de cobertura forestal per
cápita más bajos del mundo. Rutinariamente,
Sicilia debe recorrer el bosque cercano para recolectar
leña. Este es un derecho tradicional del que tanto
ella como los demás aldeanos han gozado siempre.
Hoy en día
este bosque nativo histórico ha perdido todo excepto
su nombre. Se redujo a menos del diez por ciento de su
tamaño original. Esto ha convertido en un desafío
la vida de los Garos que aún intentan aferrarse
al bosque. Muchos fueron asesinados, torturados, encarcelados
bajo falsas acusaciones; las mujeres fueron violadas y
obligadas a emigrar a las ciudades para transformarse
en trabajadoras industriales, esteticistas, empleadas
domésticas, etc.
Contando con poca
educación formal en su remota aldea, Sicilia complementa
los ingresos de su familia trabajando como jornalera.
Una carga adicional sobre ella es que en los bosques donde
recolectaba madera para combustible sólo quedan
meros arbustos.
Su vida cambió
drásticamente el 21 de agosto de 2006. Temprano
en la mañana de ese día fue a recolectar
madera como de costumbre. En su camino de regreso a casa,
ella y otra mujer Garo bajaron su carga para descansar
por un momento. De repente, para su gran sorpresa, un
guardia forestal les disparó por detrás
con un arma. Sicilia fue herida. Más de cien perdigones
entraron en su cuerpo; algunos penetraron en la vesícula
biliar y los riñones. Cayó inconsciente.
En una escuela de medicina de la aldea más cercana
[Mymensingh] le practicaron cirugía y le extirparon
la vesícula.
Quedaron algunos perdigones
en sus riñones que sólo pudieron ser extraídos
luego que diera a luz a su tercer hijo. Con un centenar
de perdigones en su espalda y sus manos, ya no puede hacer
ningún trabajo pesado. Como en otros casos, ella
no obtuvo justicia en la corte. Su caso se agrega a otros
miles de casos que siguen pendientes en el tribunal local.
Bihen Nokrek (35)
de Joynagachha, otra aldea del bosque, fue muerto a balazos
por guardias del Departamento Forestal (DF) en la madrugada
del 10 de abril de 1996. Una comisión judicial
investigadora compuesta por una sola persona - un magistrado
de la corte local - sólo produjo un informe final
que, según una fuente del Departamento, decía
que los disparos [que mataron a Bihen] habían sido
justificados. Bihen Nokrek dejó una esposa y seis
hijos que languidecen en la pobreza y en la inseguridad.
En 1992, Renu Nekola,
una mujer Garo de la aldea Kakraguni, ubicada en la misma
zona, pasó más de un mes y medio en prisión
por “dañar los bosques”. Según
Nekola, fue arrestada mientras recolectaba leña,
el 12 de diciembre de 1991. Nekola, con una pequeña
hacha en mano, fue apresada y acusada de cortar un árbol
en pie. El magistrado de una corte local la condenó
a un mes de prisión, pero cuando recibió
el veredicto conforme a la ley forestal ya hacía
un mes y veintitrés días que estaba presa.
Sicilia Snal, Bihen Nokrek y Renu Nekola son descendientes
de una tribu Garo matrilineal, que se estableció
en este bosque siglos atrás. Dicha tribu hizo un
largo viaje desde el Tíbet. La mayoría de
los Garo vive en el estado indio de Meghalaya. Hubo un
tiempo en que el bosque era denso y lleno de vida. La
gente cultivaba de todo. Por siglos practicaron el cultivo
de tala y quema también en las tierras altas, conocidas
localmente como Chala.
En la sociedad matrilineal
Garo, las mujeres tienen propiedades, hacen todo, pueden
elegir marido con independencia y se las ve en todas partes
haciendo todo tipo de trabajo pesado, en los campos y
los hogares, con total libertad, en marcado contraste
con las mujeres de la sociedad musulmana mayoritaria.
Mientras en la sociedad musulmana las mujeres están
sometidas a diversas restricciones, las mujeres Garo son
iguales a los hombres. Fuman tabaco y beben con sus hombres.
No se enojan mucho si algunos incluso cometen adulterio.
Las ofensas pueden ser resueltas pacíficamente
a cambio de unos pocos puercos que toda la aldea consume
en un ambiente de fiesta. Se trata de un pueblo hermoso,
con una hermosa mentalidad, que crece en el bosque. Esta
imagen no se repite en la mayoría de las aldeas
bengalíes.
Estos hijos de los
bosques, que una vez vivieron una vida pacífica
en las aldeas forestales, hoy están expuestos al
mundo exterior debido a la rápida desaparición
del bosque. En los últimos tiempos, la causa principal
de la dramática pérdida de bosques nativos
en Modhupur y en otros lugares, es el monocultivo de árboles
exóticos como el eucalipto y la acacia, financiado
por el Banco Asiático de Desarrollo (BAD) y el
Banco Mundial. Dichas plantaciones de rotación
corta tienen efectos graves y multiplicadores. Últimamente,
algunos forasteros han iniciado plantaciones comerciales
de enorme escala, de bananas y ananás, entre otras
cosas.
Sin los bosques, la
vida de las mujeres Garo en particular se ha vuelto dura
y riesgosa. La madera para combustible y los alimentos,
que las mujeres siempre recolectaron en el bosque, se
han vuelto escasos. Todavía van al bosque, que
ha quedado reducido a un mero monte bajo, pero deben enfrentarse
a “pistoleros y pistolas”. Los guardias armados
del Departamento Forestal, los militares a veces, los
grupos de bandidos del bosque y los comerciantes de fuera
– todos juntos – causan dificultades insuperables
para las mujeres Garo en particular. Sicilia Snal y Renu
Nekola son sólo dos de miles de mujeres que enfrentan
disparos, violaciones y otros tipos de acoso en su vida
cotidiana en los bosques.
La grave deforestación,
las plantaciones y la invasión de forasteros en
las aldeas del bosque obligan a las mujeres Garo a emigrar
a las ciudades. Un hecho sorprendente sobre las mujeres
Garo en la capital Dhaka es que si uno visita cualquier
salón de belleza [femenino], verá chicas
Garo trabajando tranquilas y sonrientes. También
se las encuentra en centros de fisioterapia. Son las que
cuentan con mayor confianza de los extranjeros para trabajar
en sus casas como empleadas domésticas. Unos pocos
miles de chicas y mujeres Garo, desarraigadas de su tierra
y su bosque, hacen una diferencia llamativa en la capital.
Son mujeres excepcionales con valores muy diferentes.
Los tipos de trabajo que “contaminan” a otras
mujeres de sociedades patriarcales no provocan “contaminación”
alguna en ellas. Su psique las iguala verdaderamente a
los hombres. Por eso, donde sea que estén, ellas
son las hacedoras del cambio.
Las mujeres Garo llevan
de vuelta a sus aldeas los ingresos que logran en la ciudad.
El bosque ha desaparecido de los alrededores de la mayoría
de sus pueblos, pero ellas permanecen firmes y enseñan
a las personas de otras sociedades las lecciones que necesitan
aprender. Sonríen frente a cualquier contratiempo
que enfrenten. No tienen títulos de propiedad sobre
la tierra donde construyen sus casas en la aldea, pero
son quienes guardan las semillas del bosque. Llegado el
caso, si estuviera en sus manos, el bosque podría
volver a florecer.
Philip Gain, Society
for Environment and Human Development (SEHD), Bangladesh,
correo electrónico: sehd@citech.net.
inicio
-
Brasil: por quién y por qué luchan las mujeres,
también en el 8 de marzo
¿Qué
es la felicidad? Podríamos tener muchas respuestas
y podríamos incluso considerar que ser feliz es
un asunto estrictamente personal. Sin embargo, por lo
menos dos aspectos de la felicidad son universales: todas
y todos la queremos y difícilmente alguien podría
declararse feliz si tuviera hambre, frío, falta
de casa o falta de acceso al conocimiento construido y
acumulado por la humanidad.
¿Cómo
estamos en términos de 'coeficiente de felicidad'?
Desde el punto de vista de ser mujer, muy mal. Desde el
punto de vista de ser campesinas y trabajadoras, muy mal.
Desde el punto de vista de ser madres, mal.
Mal ¿por qué?
Dentro del hogar,
las tareas domésticas todavía son consideradas
"tareas femeninas", donde los hombres que dicen
ya haber superado el machismo "ayudan", pero
no toman esas tareas como suyas. Los atributos comúnmente
asignados al sexo femenino son usados para destratar y
minimizar a personas, por ejemplo, como en algunos refranes
de hinchas de fútbol. Ser "mujercita"
es ser nada, es ser un esclavo, es ser un objeto.
Ser madre no es solamente
"padecer en el paraíso". Muy pocos lugares
de trabajo, escuelas y espacios públicos y privados
ponen a disposición centros infantiles para que
las madres puedan estar efectivamente en las actividades,
sean cuales sean. Al buscar trabajo, la pregunta:
"¿tienes hijos?" puede ser el comienzo
del rechazo. En general, el individualismo tan cultivado
en la modernidad no reconoce a los niños como responsabilidad
colectiva, como personas cuyo bienestar debe interesar
a todos y todas. Los hijos son responsabilidad únicamente
de sus madres.
Como trabajadoras
todavía recibimos menos que los hombres por el
mismo trabajo fuera del hogar. Muchos jefes y patrones
consideran a las trabajadoras también como objetos
sexuales. Y como campesinas, sufrimos directamente los
impactos del avance del capitalismo en el campo, en la
forma de actuación de las empresas transnacionales
del agronegocio.
Además de todo
eso, somos golpeadas y violentadas diariamente, y, lo
que es más triste todavía, con un alto índice
de violencia practicada por padres, maridos, hijos, tíos,
abuelos..., o sea, una violencia nacida dentro de la familia.
Volvamos a la cuestión
de las campesinas. Podría parecer que es un curso
"natural" del desarrollo humano la desaparición
de oficios, como ocurrió en la Revolución
Industrial; por lo tanto, la desaparición de las
campesinas también sería "natural",
ya que la "modernidad" avanza para el campo.
También podría parecer que la población
que vive en las ciudades no tiene nada que ver con lo
que ocurre en el campo, como con la violencia de las empresas
del agronegocio contra las campesinas y campesinos.
Considerando lo que
comemos, podemos ver dos opciones en las ciudades: comida
"industrializada" y comida "natural".
Por comida industrializada nos referimos a las redes de
"fast-food" y alimentos prontos nacidos de Bunge
y otras empresas. Por comida natural estamos hablando
de leche, granos, frutas, legumbres, etc., cuya producción
está atendida entre un 60 y un 80% por campesinos
y campesinas.
Los efectos de ambas
opciones alimentarias ya están bastante en evidencia.
Altos índices de obesidad, cáncer, suicidios,
depresión y una amplia variedad de enfermedades
por dietas tipo McDonald. Nunca oímos hablar de
alguien que se haya enfermado por comer alimentos saludables
producidos por los campesinos.
Por lo tanto, la tarea
de producir la alimentación, imprescindible para
la felicidad de cualquier persona, no puede ser un negocio,
y en toda la historia de la humanidad las campesinas fueron
protagonistas en garantizar la alimentación de
todos y todas.
El negocio de empresas
transnacionales como Monsanto, Syngenta, Nestlé,
Bayer, Cargill, Dupont, Basf, no es producir comida, es
producir ganancias. En ese camino de siempre buscar ganancias,
van intentando exterminar a los campesinos. Y las primeras
afectadas son las mujeres campesinas.
Donde avanza el agronegocio,
retrocede el campesinado. Los pocos puestos de trabajo
que permanecen, son ocupados por hombres mal pagados y
muy explotados; para las mujeres, las alternativas son:
migrar para las ciudades, quedarse en el hogar totalmente
dependientes, o prostituirse.
Para toda la sociedad
eso significa menos trabajo, menos comida, menos viviendas
y más violencia. ¿Qué felicidad puede
construir ese modelo, si incluso el orgullo de saber y
poder producir el alimento y la identidad campesina, heredada
y perfeccionada por cada generación, pueden ser
robados por las empresas del agronegocio?
Cuando una empresa
patenta una semilla, que es un patrimonio de los pueblos
y debe estar al servicio de la humanidad, está
robando los saberes construidos históricamente
por los campesinos y campesinas.
En varias regiones
del Brasil, las empresas de celulosa están expandiendo
sus desiertos verdes de eucaliptos. En Bahia, en Espírito
Santo, en Maranhão, en Rio Grande do Sul, Stora
Enso, Votorantin/Fíbria, Suzano, van arrancando
pueblos indígenas, descendientes de esclavos, campesinos
y campesinas de sus tierras e instalando sus ejércitos
clonados, bajo la forma de eucaliptos y bajo la forma
de soldados.
Nosotras, las campesinas,
nativas, negras, del Movimiento Sin Tierra y de Via Campesina,
nos lanzamos contra el proyecto de muerte de las empresas
transnacionales. En este 8 de marzo reafirmamos nuestra
lucha, porque el 8 de marzo es un día de rosas,
sin dejar de ser un día de continuar la lucha,
de derrumbar los eucaliptos y el hambre que representan.
Anunciamos en nuestro
manifiesto que “¡no queremos solamente
comida, queremos alimentos saludables, queremos soberanía
alimentaria!” En Brasil, según una
investigación de la Universidad Federal de Rio
de Janeiro (UFRJ), 80% de las personas sin acceso a renta
son mujeres. El cambio de esa situación pasa por
la construcción de la soberanía alimentaria.
¿Qué
es la Soberanía Alimentaria? Es que el pueblo -mujeres,
hombres, jóvenes, ancianas y ancianos- decida lo
que quiere en su alimentación, y es tener la capacidad
de producir y consumir alimentos saludables, en la cantidad
necesaria y de acuerdo con su cultura. La soberanía
alimentaria implica una transformación cultural,
donde están contempladas nuevas relaciones entre
las personas.
Algunos intentan descalificar
nuestras luchas llamándonos delincuentes, ignorantes,
nos comparan a los destructores de máquinas que
actuaron cuando la sangre de las trabajadoras y trabajadores
textiles comenzó a ser derramada durante la Revolución
Industrial.
¿Cuál
es nuestro delito? ¿Cortar eucaliptos para producir
alimentos? ¿Impedir el robo del patrimonio colectivo,
como son las semillas, rechazando las semillas transgénicas
patentadas? ¿Proponer la construcción
de una sociedad con pan, con agua, con aire, educación,
para todas y todos? ¿En eso consisten el delito
y la ignorancia?
Para construir soberanía
alimentaria precisamos combatir el agronegocio y el avance
del desierto verde de eucaliptos. La soberanía
alimentaria es la base de la felicidad de un pueblo, pues
implica alimentos abundantes, saludables y accesibles,
y nuevas relaciones entre las personas y entre las personas
y el medio ambiente.
Hombres, tengan en
cuenta que una mujer que convive, que lucha al lado de
un hombre que se declara machista, es como un esclavo
conviviendo con alguien que se declara esclavista. ¿Qué
relación de igualdad y respeto puede existir en
una situación así?
Cuando luchamos por
una nueva sociedad, con soberanía alimentaria,
luchamos por nuestra felicidad, personal y colectiva.
En el Día Internacional de la Mujer Trabajadora
continuamos luchando por alimentos, pero no queremos solamente
comida, queremos soberanía alimentaria, queremos
ser felices en nuestra vida en el campo.
Por Janaina Stronzake,
MST de Rio Grande do Sul, correo electrónico: terrajana@gmail.com
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