|
|
EEUU: eucalipto, la maleza más grande Ted Williams, autor de un excelente artículo sobre los impactos de los monocultivos de pino en el Sur de los Estados Unidos ("False Forests", Mother Jones magazine, http://bsd.mojones.com/mother_jones/MJ00/false_forests.html ), acaba de publicar un artículo igualmente excelente enfocado en los eucaliptos ("America’s Largest Weed"). A continuación traducimos algunos extractos de su reciente artículo: Si cuando usted sale de los bosques de California huele como un caramelo para la tos, es porque 100 de las 600 especies de eucaliptos que hay en el mundo crecen allí. Ninguna es nativa. Fueron importadas de Australia durante la segunda mitad del siglo XIX, mientras nosotros vendíamos nuestras secoyas (Sequoia) a los australianos. Llamaban a los eucaliptos "árboles milagrosos" porque crecían velozmente en los matorrales costeros y en las grandes áreas taladas de los bosques de secoya. Se plantaron eucaliptos con distintos grados de éxito en los Estados Unidos, pero donde prosperaron mejor fue en California. En 1876 Ellwood Cooper plantó 50.000 plántulas en su rancho cerca de Santa Bárbara. Tres años más tarde medían más de 10 metros y 32 años después tenían una altura mayor a los 50 metros. El "blue gum" (Eucalyptus globulus) el eucalipto importado más popular, fue por primera vez plantado en 1853. Ya en los años 1870 era una característica dominante de los paisajes de la costa y el centro californiano. A medida que continuaron propagándose, sus raíces sedientas bloquearon desagües, rompieron veredas, dañaron cimientos y alimentaron incendios. De las muchas especies de eucalipto que evolucionaron con el fuego, ninguna es más incendiaria que el globulus. Los bomberos los llaman "árboles de gasolina". El fuego no mata a los globulus. Al contrario, dependen del fuego para abrir sus frutos y eliminar la competencia. Y promueven el fuego con su aceite combustible, su abundante hojarasca y sus largas tiras de corteza que cuelgan y que están diseñadas para llevar el fuego a la copa. El eucalipto globulus no se quema sencillamente, sino que explota, enviando teas y semillas a decenas de metros en todas las direcciones. Vivir a lado de uno de estos árboles es como vivir al lado de una fábrica de fuegos artificiales, cuyos empleados son todos fumadores empedernidos. ¿Cuáles son los costos de este encaprichamiento de los Estados Unidos con el eucalipto? Más importante aún: ¿hemos aprendido algo de ello? Mi búsqueda de respuestas me llevó a Bolinas, California (con 1.500 habitantes), a una hora al norte de San Francisco, al final de una carretera por las montañas que se desliza a lo largo de promontorios pelados llenos de niebla. Una mañana clara de octubre, Geoff Geupel, director del programa terrestre del Observatorio de Aves de Point Reyes (PRBO), me condujo por un campo de pastoreo, bajando hacia Jack’s Creek, en la Costa Nacional de Point Reyes. Al este y al oeste se elevaban a gran altura los eucaliptos globulus, sus hojas largas y con aspecto de cuero colgando hacia el piso, los troncos de color marrón claro --en algunos puntos casi blancos-- daban la sensación de haber estado coqueteado con un descortezador. Entre las arboledas de eucaliptos, en el lecho seco de la cañada, crecen algunos de los últimos matorrales costeros de Marin County, una profusión de plantas que pertenecen aquí y que son todos cruciales para la vida silvestre. El matorral tenía su propia belleza, gris y apagada, una belleza que generalmente pasa desapercibida para el público. Los matorrales costeros nunca tuvieron a una Joyce Kilmer que escribiera versos melosos acerca de ellos. Los árboles no pertenecen a este corredor ribereño ni tampoco a las colinas circundantes, y tampoco en realidad a la mayoría de los ecosistemas terrestres de la tierra. Cuando los Boy Scouts empezaron a bombardear Marin County con plántulas de árboles, Ansel Adams ayudó a ahuyentarlos, declarando: "no se me ocurre una tarea de tan mal gusto como la de plantar árboles en un área naturalmente desprovista de los mismos y de imponer una interpretación de belleza natural en un gran paisaje cargado de belleza y asombro y con la excelencia de la eternidad". Geupel me señaló las formas agitadas, fugaces de los pájaros y me hizo notar las vocalizaciones, la mayoría extrañas para mis oídos yankees. El aire estaba lleno de sonidos de la más diversa índole, provenientes de incontables especies de aves presentes en el entorno. En la arboleda de eucaliptos, hacia el oeste, nos encontramos con un silencio total, una escena de "La Belle Dame Sans Merci" de Keats, donde "el junco del lago está marchito y los pájaros no cantan". Supongo que, de cierta forma, los eucaliptos eran bellos, pero su belleza me pareció fría y de otro mundo, la belleza de un hada con cuerpo hueco montando de costado en el caballo del caballero, antes de sorberse su juventud. Los árboles foráneos se habían bebido la cañada. Cuando los troncos de los eucaliptus se mueven con el viento, sus sinuosas raíces arrancan enormes pedazos de tierra que se deslizan hacia el canal. A un cuarto de milla hacia el mar literalmente se vierten en una playa donde sus carcasas blanqueadas yacen desparramadas por doquier. Los arboles cimbran sobre un acantillado empinado y luego caen, llevándose más tierra con ellos. Las únicas plantas nativas que encontramos en la arboleda eran de raíces de poca profundidad. Introduje mi mano en la hojarasca de los eucaliptos y no llegué al fondo. En California la hojarasca puede tener hasta un metro de profundidad, porque los microbios e insectos que se alimentan de ella están en Australia. Las plantas nativas que logran salir de la hojarasca frecuentemente mueren envenenadas, ya que como defensa natural contra la competencia, los eucaliptos emiten su propio herbicida, creando lo que los botánicos llaman "la desolación del eucalipto". El artículo completo en inglés está disponible en: http://magazine.audubon.org/incite/incite0201.html Fuente: Boletín Nº 54 del WRM, enero de 2002 |
Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales
Maldonado 1858
11200 Montevideo - Uruguay
tel: 598 2 413 2989 / fax: 598 2 410 0985
wrm@wrm.org.uy