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Costa
de Marfil: el bosque sagrado, el área protegida de la comunidad
La aldea de Zaïpobly está situada
en el sudoeste de Costa de Marfil, en la periferia oeste del Parque
Nacional de Taï. Este parque abarca una superficie de 454.000 hectáreas
y es el mayor vestigio del bosque tropical húmedo original de
África del Oeste. Ha sido clasificado Reserva de Biosfera en
1978 por UNESCO y sitio de patrimonio natural mundial en 1982 a causa
de su riqueza específica extraordinaria y de las numerosas especies
endémicas que lo habitan. A principios del siglo pasado era una
zona uniformemente boscosa, pero los sistemas de cultivo agrícola
introducidos con posterioridad y la sobreexplotación del bosque
lo redujeron actualmente a islotes de bosques.
En su gran mayoría, esos relictos
de bosques han sobrevivido por su carácter de sagrados. Un bosque
sagrado es un sitio venerado y reservado a la expresión cultural
de una comunidad. El acceso al mismo y su gestión están
reglamentados por los poderes tradicionales.
El bosque sagrado de Zaïpobly se ubica
en la periferia oeste del Parque Nacional de Taï, tiene una superficie
de 12,30 hectáreas, y es accesible a todos sin restricción,
pero los vegetales y animales gozan de una protección muy estricta.
Este bosque está muy ligado a la vida de la aldea de Zaïpobly,
en el límite sur del bosque. Para los habitantes de la aldea,
el bosque cumple numerosas funciones: les sirve de protección,
los provee de plantas medicinales y alimentarias, es lugar de conservación
de la fauna y de la flora, crea un microclima húmedo favorable
a la realización de actividades rurales en los barbechos circundantes,
constituye un lugar de reuniones de gran importancia sociocultural y
sirve de último testimonio viviente de lo que es un verdadero
bosque para las generaciones futuras.
Los principales actores de la sociedad de
la aldea con relación a la conservación del bosque sagrado
son:
* la sociedad de los Kwi, en su origen una
institución jurisdiccional y policial, pero últimamente
más esto último, como consecuencia de la desintegración
de las estructuras tradicionales, la introducción de nuevas religiones
y el cambio de mentalidad,
* las autoridades tradicionales, depositarias del saber,
* la población de base, de la cual depende el éxito del
sistema.
An la sociedad de los Kwi le compete la administración
cotidiana del bosque; y ejerce además una disuasión sicológica
sobre la población. Las autoridades tradicionales son la prolongación
de los ancestros fundadores y a ellas les corresponde la decisión
de sacralizar un sitio. Son las responsables últimas y garantía
moral del sitio sagrado.
El empobrecimiento de la sociedad, la progresiva
erosión del suelo, la introducción de otros modelos de
pensamiento y de producción, así como de religiones monoteístas
(islámica y cristiana) que se oponen a las prácticas de
ritos tradicionales, juzgados satánicos y demoníacos,
han contribuido a debilitar a los bosques sagrados y son por tanto factores
que amenazan su existencia, ya que el establecimiento y la protección
de los bosques sagrados se basan principalmente en las creencias culturales
y religiosas locales.
Se ha demostrado que los sistemas de la cultura
africana tradicional, lejos de constituir un obstáculo a la protección
del ambiente, son la mejor garantía de protección de los
ecosistemas y de la conservación de la biodiversidad. Y esta
experiencia es la muestra de que los espacios sagrados pueden constituir
las verdaderas reservas de la diversidad biológica del continente
africano. Es por eso que numerosos africanos son conscientes de la importancia
de salvaguardar y revalorizar el saber cultural de las comunidades,
que muestra que África sabe organizarse para cuidar lo que le
es preciado.
En tiempos en que la globalización
todo lo engulle y convierte en mercancía, es propicio mirar estos
ejemplos en los que la biodiversidad, el bosque, es visto en una dimensión
más amplia que sus meros componentes. Esto permite establecer
una vinculación que sería saludable que cada sociedad
reeditara, desde su historia y su cultura.
Fuente:
Boletín Nº 60 del WRM, julio
de 2002
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