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Pueblos
de los bosques: un rayo de esperanza
El bosque tropical es uno de los ecosistemas
más diversos y al mismo tiempo más amenazados del planeta.
Si bien los gobiernos han coincidido en el diagnóstico, han fracasado
en la aplicación de medidas internacionales y nacionales destinadas
a asegurar su conservación. En ese contexto, es importante subrayar
ciertos temas fundamentales que es necesario asumir seriamente para
hacer posible la conservación de los bosques.
El primero de todos es que los bosques no
están vacíos. Los bosques tropicales han estado habitados
por pueblos indígenas y tradicionales durante miles de años,
mucho antes de la creación de la mayoría de los estados
nacionales modernos. Cada uno de esos pueblos conoce con extrema precisión
los límites del territorio que utiliza, maneja y posee.
En directa vinculación con ese conocimiento,
el segundo tema a resaltar es que los pueblos que habitan los bosques
detentan derechos sobre esos territorios en virtud de haber sido los
primeros que se establecieron en ellos. No obstante, la mayoría
de los gobiernos nacionales no reconocen esos derechos y declaran que
los bosques pertenecen legalmente al estado. Esa injusticia jurídica
--en la mayoría de los casos forjada por el régimen colonial--
prepara el camino para la destrucción de los bosques a través
de concesiones gubernamentales para la explotación a gran escala,
que abarca madereo industrial, minería, extracción de
petróleo, plantaciones y muchas otras actividades destructivas.
El tercer tema es que los pueblos indígenas
son poseedores del conocimiento sobre el bosque. Prueba de esto es que
durante siglos lograron vivir con el bosque y satisfacer todas sus necesidades
materiales y espirituales a través de un manejo experto. Las
causas de la mayoría de las prácticas destructivas modernas
generalmente se encuentran en las presiones externas sobre los bosques
resultado de políticas gubernamentales, más que de los
propios pueblos que habitan el bosque.
El cuarto tema y tal vez el más importante,
relativo al futuro de los bosques, es que los pueblos que los habitan
son los más directamente interesados en su conservación,
porque los bosques no solamente aseguran su sustento sino que son parte
integral de su forma de vida, donde el respeto por la naturaleza está
en el corazón de su cultura. No son meras "partes interesadas"
sino "titulares de derechos" y en calidad de tales son quienes
están más dispuestos (y capacitados) para proteger sus
recursos en el largo plazo.
Los pueblos que habitan el bosque constituyen,
pues, un rayo de esperanza para el futuro de los bosques. Tienen los
derechos y el conocimiento y su supervivencia física y cultural
depende de asegurar su conservación. En muchos casos, los pueblos
que habitan el bosque adaptan su conocimiento a una situación
cambiante, ideando y aplicando alternativas para lograr formas de vida
sustentables y equitativas, apartadas del discurso oficial y ya carente
de significado del "desarrollo sustentable", que gobiernos
y transnacionales han vaciado del contenido que inicialmente tenía.
Sin embargo, el rayo de esperanza que representan
estos pueblos todavía no es lo suficientemente fuerte y necesita
apoyo de todas las organizaciones que trabajan por los derechos humanos
y la conservación del bosque. En la medida que constituyen la
principal oposición "en el terreno" a la destrucción
de los bosques, los pueblos que habitan el bosque son una base para
la creación de alianzas mundiales de personas dispuestas a apoyar
su lucha. Pero ese apoyo no debe ser visto en el sentido de que "los
asistimos", sino como un esfuerzo de colaboración para asegurar
la continuación de las formas de vida presentes y futuras de
todos los habitantes de la Tierra.
La Cumbre de Johannesburgo es una oportunidad
para que los gobiernos renueven su compromiso con la conservación
de los bosques. La forma de demostrar su voluntad política sería
reconocer explícitamente los derechos territoriales de los pueblos
indígenas y otros pueblos tradicionales del bosque, y comprometerse
a incorporar esto a su legislación nacional. Sería el
primer paso en la dirección correcta, porque crearía las
condiciones básicas necesarias para hacer posible la conservación
de los bosques. ¿Los gobiernos finalmente harán lo que
es necesario hacer y permitirán que brille este rayo de esperanza?
El bosque tropical es uno de los ecosistemas
más diversos y al mismo tiempo más amenazados del planeta.
Si bien los gobiernos han coincidido en el diagnóstico, han fracasado
en la aplicación de medidas internacionales y nacionales destinadas
a asegurar su conservación. En ese contexto, es importante subrayar
ciertos temas fundamentales que es necesario asumir seriamente para
hacer posible la conservación de los bosques.
El primero de todos es que los bosques no
están vacíos. Los bosques tropicales han estado habitados
por pueblos indígenas y tradicionales durante miles de años,
mucho antes de la creación de la mayoría de los estados
nacionales modernos. Cada uno de esos pueblos conoce con extrema precisión
los límites del territorio que utiliza, maneja y posee.
En directa vinculación con ese conocimiento,
el segundo tema a resaltar es que los pueblos que habitan los bosques
detentan derechos sobre esos territorios en virtud de haber sido los
primeros que se establecieron en ellos. No obstante, la mayoría
de los gobiernos nacionales no reconocen esos derechos y declaran que
los bosques pertenecen legalmente al estado. Esa injusticia jurídica
--en la mayoría de los casos forjada por el régimen colonial--
prepara el camino para la destrucción de los bosques a través
de concesiones gubernamentales para la explotación a gran escala,
que abarca madereo industrial, minería, extracción de
petróleo, plantaciones y muchas otras actividades destructivas.
El tercer tema es que los pueblos indígenas
son poseedores del conocimiento sobre el bosque. Prueba de esto es que
durante siglos lograron vivir con el bosque y satisfacer todas sus necesidades
materiales y espirituales a través de un manejo experto. Las
causas de la mayoría de las prácticas destructivas modernas
generalmente se encuentran en las presiones externas sobre los bosques
resultado de políticas gubernamentales, más que de los
propios pueblos que habitan el bosque.
El cuarto tema y tal vez el más importante,
relativo al futuro de los bosques, es que los pueblos que los habitan
son los más directamente interesados en su conservación,
porque los bosques no solamente aseguran su sustento sino que son parte
integral de su forma de vida, donde el respeto por la naturaleza está
en el corazón de su cultura. No son meras "partes interesadas"
sino "titulares de derechos" y en calidad de tales son quienes
están más dispuestos (y capacitados) para proteger sus
recursos en el largo plazo.
Los pueblos que habitan el bosque constituyen,
pues, un rayo de esperanza para el futuro de los bosques. Tienen los
derechos y el conocimiento y su supervivencia física y cultural
depende de asegurar su conservación. En muchos casos, los pueblos
que habitan el bosque adaptan su conocimiento a una situación
cambiante, ideando y aplicando alternativas para lograr formas de vida
sustentables y equitativas, apartadas del discurso oficial y ya carente
de significado del "desarrollo sustentable", que gobiernos
y transnacionales han vaciado del contenido que inicialmente tenía.
Sin embargo, el rayo de esperanza que representan
estos pueblos todavía no es lo suficientemente fuerte y necesita
apoyo de todas las organizaciones que trabajan por los derechos humanos
y la conservación del bosque. En la medida que constituyen la
principal oposición "en el terreno" a la destrucción
de los bosques, los pueblos que habitan el bosque son una base para
la creación de alianzas mundiales de personas dispuestas a apoyar
su lucha. Pero ese apoyo no debe ser visto en el sentido de que "los
asistimos", sino como un esfuerzo de colaboración para asegurar
la continuación de las formas de vida presentes y futuras de
todos los habitantes de la Tierra.
La Cumbre de Johannesburgo es una oportunidad
para que los gobiernos renueven su compromiso con la conservación
de los bosques. La forma de demostrar su voluntad política sería
reconocer explícitamente los derechos territoriales de los pueblos
indígenas y otros pueblos tradicionales del bosque, y comprometerse
a incorporar esto a su legislación nacional. Sería el
primer paso en la dirección correcta, porque crearía las
condiciones básicas necesarias para hacer posible la conservación
de los bosques. ¿Los gobiernos finalmente harán lo que
es necesario hacer y permitirán que brille este rayo de esperanza?
Fuente:
Boletín Nº 61 del WRM, agosto
de 2002
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