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Número
73 - Agosto 2003
ENFOCADO EN: AREAS PROTEGIDAS Y COMUNIDADES LOCALES |
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AFRICA
LUCHAS LOCALES Y NOTICIAS - Africa: impactos de áreas protegidas sobre poblaciones indígenas Existe actualmente abundante documentación que atestigua cómo las comunidades indígenas sufren una grave discriminación en las sociedades en que habitan, que son explotados por otros sectores y que sus derechos a los recursos de los que dependen para asegurar su subsistencia no tienen casi protección. Muchos de esos grupos también viven en zonas donde las organizaciones conservacionistas locales, nacionales e internacionales tienen fuertes intereses. En el Congreso Mundial de la Conservación de 1992 se establecieron nuevos principios en materia de conservación para los proyectos de afectan a las comunidades indígenas, sentando así normas y directrices de aplicación a ser promovidas por la Comisión Mundial sobre Areas Protegidas, el WWF y la UICN. Algunos conceptos básicos contenidos en esos principios son: - El reconocimiento de "los
derechos de las poblaciones indígenas a sus tierras y territorios
y recursos naturales, así como la función que cumplen
en su gestión, utilización y conservación",
y "el papel y los intereses colectivos de las poblaciones indígenas"; La organización Forest Peoples Project (FPP) está llegando al final de casi tres años de trabajo en colaboración para documentar el impacto de las zonas de conservación sobre las vidas de las poblaciones indígenas de siete países africanos. El trabajo culmina una serie de proyectos de colaboración que el FPP ha llevado a cabo en América Latina y Asia desde 1997. En Africa, el FPP apoyó a grupos locales para elaborar nueve estudios de caso a partir de consultas a las comunidades de los siguientes pueblos: Batwa del Bosque Nyungwe y del Parque Nacional Volcanoes, en Ruanda, de los Parques Nacionales de Mgahinga y Bwindi en Uganda, y de los alrededores del Parque Nacional Kahuzi-Biega en la República Democrática del Congo; Maasai de los alrededores de la Autoridad de Conservación de Ngorongoro, en Tanzania; Ogiek del Bosque Mau, en Kenya; Khomani San del Parque Transfronterizo de Kgalagadi (ex Parque Nacional de Kalahari Gemsbok) en Sudáfrica; Bagyeli del Parque Nacional Campo Ma’an, en Camerún; y Baka de la Reserva de Dja y de los Parques Nacionales Boumba Bek y Lobéké, en Camerún. Las autoridades encargadas de la conservación en esos países también brindaron información y participaron en reuniones regionales del proyecto, y después de la conferencia de Kigali en 2001, organizada por CAURWA --la ONG Twa de Ruanda-- y el FPP, varias autoridades de las zonas de los estudios de caso se reunieron con representantes indígenas para discutir políticas relativas a los parques. En la mayoría de los casos, lo hacían por primera vez. Uno de los resultados más preocupantes del trabajo inicial de nuestros socios fue que los principios ampliamente aceptados de la Comisión Mundial sobre Areas Protegidas no se están aplicando en ninguno de los casos. El incumplimiento de esas normas internacionales por parte de las organizaciones encargadas de la conservación ha provocado graves impactos en las comunidades indígenas, algunos de los cuales son: - expulsiones forzadas de sus
tierras, sin compensación alguna; "Usted me habla de los parques, y todo lo que yo sé es que las autoridades y los soldados vinieron desde muy lejos para expulsarnos con sus armas, y nos dijeron que nunca más volviéramos a los volcanes, donde tenemos prohibido cazar y juntar miel, agua y leña". (Twa, Ruanda). La reclamación persistente de las comunidades indígenas en casi todos los casos apunta a la falta de consulta sobre los planes de conservación. En la mayoría de los casos sus problemas tenían que ver con la falta de reconocimiento del acceso que tenían tradicionalmente y de los derechos de uso dentro de tierras que ahora estaban demarcadas como áreas protegidas. "Cuando estaban delimitando el parque nadie vino a consultarnos a nosotros, los Bagyeli. Tal vez fueron a hablar con los Bantu, pero yo no sé nada de eso. Ellos no nos conocen." (Bagyeli, en el sudoeste de Camerún). Los planes de gestión de la conservación en tierras de las que las poblaciones indígenas dependen, casi siempre han ido acompañados de restricciones a los cazadores, recolectores y pastores indígenas, sin su consentimiento, restringiéndoles el uso de zonas a las que tradicionalmente han tenido acceso y en las que han ejercido sus derechos de utilización. Esto ha ocurrido aún cuando es bien sabido que eran los primeros habitantes de la zona, lo cual tradicionalmente en Africa es el principal criterio para asegurar derechos consuetudinarios a largo plazo sobre los recursos naturales. Cuando las organizaciones conservacionistas han realizado "consultas a la comunidad" acerca de los planes, generalmente ha sido en forma de grandes reuniones para introducir y discutir nuevas normas. Generalmente son foros en los cuales se tiende a desconocer los intereses de los grupos marginados, y las comunidades indígenas suelen estar mal informadas sobre los procesos en juego. La falta de servicios de traducción y de documentación previa en un lenguaje accesible, generalmente los pone en clara desventaja en la mayoría de las discusiones que se llevan a cabo, y especialmente teniendo en cuenta las altas tasas de analfabetismo que suele haber en esos grupos. A medida que se aproxima el Congreso Mundial de Parques, en setiembre, las organizaciones conservacionistas que trabajan en Africa están analizando más cuidadosamente cómo pueden abordar las cuestiones relativas a la comunidad "que trascienden los límites" (en alusión a la consigna del Congreso), a la vez que echan el ojo a nuevas fuentes de financiación de donantes que querrán saber de qué forma sus fondos apoyarán las formas de vida de los pueblos Y la utilización sustentable de los recursos naturales Y la protección de la biodiversidad. Existe una creciente retórica sobre la necesidad de fomentar "asociaciones" ("partnerships") nuevas a nivel local (por ejemplo en la Cuenca del Congo), con el objetivo de promover proyectos de conservación más eficientes y sustentables, aunque hasta el momento no hay mecanismos que permitan consultar a las comunidades locales sobre sus planes. Algunas medidas recientes de ciertas organizaciones conservacionistas para enfatizar su "orientación hacia la comunidad" pueden ser simplemente una postura que les permita tener buenas relaciones públicas durante una conferencia de alto destaque internacional enfocada en este tema. Sin embargo, el discurso que las acompaña provoca expectativas entre ONGs y comunidades acerca de cómo resolverán cuestiones prácticas sobre los derechos de las poblaciones indígenas que están dentro y en los alrededores de proyectos de áreas protegidas, donde vive gran parte de esas poblaciones, y cómo esos proyectos generarán beneficios a cambio de la pérdida de derechos. Esto es particularmente importante para las comunidades marginadas que dependen de las áreas protegidas para su subsistencia, especialmente para las que son cazadoras, recolectoras y pastoras. Esos grupos a menudo tienen reclamaciones territoriales previas de mucho peso en las tierras que se planea destinar a la conservación. "Su pregunta: le encontramos una respuesta. El bosque: los hombres de Dobi Dobi (conservacionistas) querrían entrar al bosque. Este hombre (un Baka), se crió en el bosque. Ellos (los Dobi Dobi) deberían venir a él y traerle algo, para que les dé permiso a entrar en el bosque. Si no le dan dinero, entonces él no les dará permiso para entrar al bosque que está detrás de su casa, porque ese bosque es para él". (Baka, sudeste de Camerún). Los representantes indígenas de todos los países que participan en este proyecto estarán presentes en las discusiones del Congreso Mundial de Parques en Durban (Sudáfrica), junto con otros representantes de comunidades indígenas de todo el mundo. Esta es por lo tanto una gran oportunidad para las organizaciones conservacionistas que deseen reafirmar su compromiso con la aplicación de las Directrices de la Comisión Mundial sobre Areas Protegidas relativas a los pueblos indígenas, y al Convenio sobre la Diversidad Biológica. De no hacerlo, y de no explicar en detalle los cambios prácticos que harán a sus programas de conservación para abordar el tema de los derechos indígenas y sus aspiraciones, les resultará cada vez más difícil convencer a las comunidades de que los organismos de conservación podrán generarles beneficios a cambio de la pérdida de su base de sustento. La sustentabilidad a largo plazo de muchas áreas protegidas de Africa Central pende de un hilo. El FPP continua su trabajo en países del Africa central en apoyo a las comunidades indígenas del bosque, para proteger sus derechos y formas de vida y sustento. La mayoría de esos grupos tienen un pasado de cazadores y recolectores, y muchos todavía dependen del bosque para cubrir gran parte o todas sus necesidades de subsistencia. Sin embargo, pocos de ellos son considerados como partes interesadas válidas por parte de los proyectos de conservación de los ecosistemas de bosque, cuyos administradores generalmente no los consultan acerca de los planes de conservación en las tierras y los recursos que controlan. "Si no haces recolección, no puedes tener jabón, si no pescas, entonces no puedes comer sal, si no tienen una superficie para plantar, tienes que salir a comprar la comida, pero no podemos comprarla (si tienen ropas como éstas, no puedes ir a comprar comida). Tú ves cómo estoy vestido. Y ahora estoy solo – porque ya no puedo hacer más nada – porque quieren impedirme que utilice el bosque". (Baka, sudeste de Camerún). El objetivo del FPP es promover un diálogo constructivo y más igualitario entre las comunidades del bosque y los organismos de conservación, y crear nuevos modelos de trabajo conjunto, basados en el reconocimiento de los derechos de las poblaciones locales. Este proyecto ha permitido que se inicien varios de esos procesos, pero todavía subsisten importantes factores que impiden la ejecución de las Directrices de la Comisión Mundial sobre Areas Protegidas. Varían desde la falta de consideración de la necesidad de la participación local de las comunidades indígenas, hasta su persecución injusta por guardias de los parques; falta de consulta por parte de las autoridades conservacionistas y falta de fondos para un trabajo "social", inventarios biológicos, investigaciones de caza comercial de la fauna del bosque, y que se destinan a desarrollo de infraestructura paramilitar local. Además de las zonas protegidas estrictas, muchos proyectos de conservación aseguran también la "protección" de zonas circundantes utilizando fondos destinados a programas "orientados a la comunidad", vinculados a esquemas de ordenamiento territorial más regulados, con "zonas de caza comunitaria", etc. Una minoría de esos programas han dado participación a algunos de los grupos locales dominantes en discusiones sobre la administración de esas áreas. Sin embargo, en los casos en que esos procesos se dan, en Africa Central, desde Camerún hasta Ruanda, casi siempre se han ignorado las opiniones de los Twa, Baka, Bagyeli, Bakola, Mbendjelle, Ba’Aka, Mbuji y otras poblaciones indígenas del bosque. Los derechos de esas comunidades, y con ellos su forma de vida y sustento, están bajo una presión creciente; en algunos contextos se han eliminado casi totalmente los derechos territoriales de las comunidades indígenas y han sido expulsadas de sus zonas ancestrales, y para sobrevivir se han visto obligadas a recurrir a la mendicidad o a trabajar para otros por muy escasa o ninguna remuneración. Muchas comunidades indígenas enfrentan una pobreza cada vez más profunda y una creciente inestabilidad para procurarse el sustento, a medida que los proyectos de conservación se establecen en sus zonas. Este año en Durban, conjuntamente con una serie de propuestas de acciones dirigidas a establecer normas de conservación, se llegará a numerosos acuerdos sobre financiación dirigida a la conservación, lo cual ayudará a guiar el rumbo de la conservación en la próxima década. Si la gente se va a constituir en el nuevo centro de interés de la conservación, entonces los proyectos de conservación deberán abordar la realidad de las vidas y derechos de los pueblos, especialmente si pueden llegar a sufrir impactos negativos graves a consecuencia de los parques o reservas. El desarrollo de mecanismos nuevos para asegurar que se tomen en cuenta las opiniones y los derechos de los pueblos indígenas durante la planificación del proyecto constituye un primer paso esencial para que esto empiece a ocurrir. Por: John Nelson, Forest Peoples Programme, correo electrónico: johnnelson@blueyonder.co.uk , sitio web: http://www.forestpeoples.org (El libro "Indigenous peoples and protected areas in Africa: from principles to practices", con las lecciones extraídas de este proyecto, está disponible en ingles y francés en el FPP. En setiembre también se dispondrá de un video conteniendo opiniones de las comunidades, en formato MPEG-CD, ejecutable en la mayoría de los PCs. Tanto el libro como el CD estarán a disposición de los delegados presentes en Durban.) - Africa: pueblos tribales pagan alto precio por protección de la vida silvestre El oleoducto Chad-Camerún de la Exxon se extiende a lo largo de 1.000 kilómetros de tierras áridas y bosques ecuatoriales hasta la costa africana. Al llegar al oeste de Camerún corre adyacente a una antigua reserva de vida silvestre donde durante siglos miles de "pigmeos" indígenas Bagyeli han dependido del bosque para cazar y obtener medicinas. Como "compensación" por posibles perturbaciones, el Banco Mundial, el gobierno holandés y el grupo internacional de conservación Tropenbos se unieron en 1999 para crear el gigantesco parque nacional Campo Ma'an. El objetivo declarado era proteger el bosque, mitigar la pobreza y permitir la investigación científica. Pero un nuevo libro, "From Principles to Practice" (De los principios a la práctica), que documenta nueve esfuerzos de conservación importantes en seis países de Africa central, afirma que el proyecto de Campo Ma'an es un desastre que amenaza con destruir el patrimonio cultural y el conocimiento de los Bagyeli y empobrecer todavía más a ese pueblo. Los Bagyeli, afirma el libro, actualmente tienen prohibido el ingreso a una zona de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque que ha sido reservado para la investigación científica y tampoco pueden cazar ni extraer ningún tipo de producto en un área aun más extensa de 4.000 kilómetros cuadrados. Con menos animales para cazar y reducido su acceso a las plantas medicinales, muchos indígenas se han convertido en agricultores sedentarios, totalmente contra su voluntad. El libro se basa en un estudio de dos años realizado por el Forest Peoples Programme (FPP), un grupo internacional de defensa de los derechos humanos, sobre varios de los proyectos de conservación más ambiciosos de Africa. No cabe duda que los Bagyeli han sido ignorados por los conservacionistas. "Resulta claro que ... la única preocupación ha sido el progreso científico, sin ninguna otra consideración. Sin duda es un noble objetivo, pero los pobladores que están pagando ahora el precio, especialmente los pigmeos, no son los beneficiarios de ese, 'grandioso' trabajo, afirma el libro. Varios miles de miembros de la tribu Bambuti Ba'twa solían vivir en los bosques ecuatoriales bajos al oeste de la frontera ruandesa, en la República Democrática del Congo. En la década de 1970, sus tierras fueron designadas como reserva zoológica y de bosque, y posteriormente como parque nacional para proteger a los gorilas; como consecuencia, los pigmeos fueron desalojados en nombre de la conservación. Actualmente el parque está lleno de mineros que extraen la mena metálica de coltan, y los gorilas, al igual que los babuinos, los puercoespines, los jabalíes y los monos, son matados sistemáticamente. "La vida era buena y saludable, pero nos hemos convertido en mendigos, ladrones y merodeadores," señaló un jefe Bambuti en el informe. "Esto nos ha sido impuesto por la creación del parque nacional". La conservación, a cargo de los gobiernos o de grupos internacionales, ha empeorado en forma inconmensurable las vidas de los pueblos indígenas en toda Africa, firma el FPP. Sus investigadores locales han descubierto expulsiones forzadas, falta de conciencia o de respeto hacia los derechos de los pueblos indígenas, violaciones de los derechos humanos y destrucción progresiva de las formas de sustento en Kenya, Ruanda, Uganda, Sudáfrica, Camerún y Tanzania. "Se estima que hasta la fecha en Africa, aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados de bosques, sabanas, pastizales y tierras de cultivo han sido redefinidos como áreas protegidas. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, se han negado los derechos de los pueblos indígenas a poseer, controlar y manejar esas áreas", señala Marcus Colchester, director del FPP. "Nadie sabe cuántas personas han sido desplazadas por estas áreas protegidas y se ha hecho poco para reducir el sufrimiento y la pobreza resultantes", afirma. Colchester afirma que la conservación internacional, financiada por entidades mundiales como el Banco Mundial y la Unión Europea, y por donaciones de afiliados a los grupos de conservación, se mostrado renuente a aceptar que los pueblos indígenas tengan cualquier tipo de rol en la protección de la naturaleza. Los pueblos que viven en los bosques han sido tradicionalmente considerados como una amenaza para animales y vegetales, y han sido tratados en forma abominable, señala el investigador. Y sin embargo nunca ha existido tanta protección a los pueblos de los bosques en todo el mundo como ahora. Se han logrado importantes avances en las leyes internacionales en cuanto a la definición de los derechos de los pueblos indígenas; la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), exhortó hace más de treinta años, a los gobiernos y entidades de conservación a respetar los derechos de los pueblos indígenas, y la comunidad conservacionista, dirigida por el WWF, ha elaborado principios y pautas para conciliar los derechos indígenas y las iniciativas científicas. Asimismo, acuerdos mundiales como el Convenio sobre Diversidad Biológica imponen ahora a los gobiernos la obligación de proteger a los pueblos indígenas. Según señala el FPP, la realidad es que prácticamente ninguno de esos nuevos principios han llegado a ser aplicados en la práctica en Africa, Sudamérica o el sudeste asiático, donde los pueblos indígenas son permanentemente marginados. Los grupos de conservación, argumenta el FPP, a menudo se escudan tras la fuerte renuencia de los países a conceder derechos sobre la tierra, y existe una creciente desconfianza entre los grupos que trabajan por la protección de los bosques y los que trabajan para proteger a los pobladores locales. "Los conservacionistas creen que su trabajo es proteger la naturaleza", señala Dorothy Jackson, coordinadora del programa Africa del FPP. "Existe un fuerte sentimiento de que la vida silvestre y la gente no son compatibles. Claro que reconocen el aspecto social de su trabajo, pero dicen que es injusto hacer recaer la responsabilidad sobre ellos. La propia legislación nacional a menudo ignora los derechos de los pueblos y los conservacionistas argumentan que es tarea del estado definir las áreas y proteger a los pueblos". Los conservacionistas, que tienden a tener dinero e influencia sobre los gobiernos, podrían presionar muchísimo más para proteger a los pobladores, afirma Jackson. Uno de los ejemplos más preocupantes de Africa es el Parque Nacional de los Volcanes en Ruanda, donde el Diane Fossey Gorilla Fund, el programa International Gorilla Conservation y una organización gubernamental ruandesa trabajan con donaciones internacionales para realizar investigaciones científicas sobre los gorilas y promover el turismo ecológico. El parque nacional, que fuera establecido en 1924, y que actualmente tiene apenas un tercio de su tamaño original, atrae a miles de turistas occidentales por año, todos ellos dispuestos a pagar 160 libras esterlinas (unos 200 dólares) para estar menos de una hora con los gorilas. En 1974, la tribu de pigmeos Ba'twa que habitaba la zona fue desalojada y se le prohibió cazar, cortar árboles, extraer piedras, introducir vegetales nuevos o amenazar de cualquier otra forma a los animales o al ecosistema. La mayoría vive ahora en la miseria en los límites del parque, sin trabajo ni alimento, sin recibir nada de las ganancias que genera el turismo y sin ayuda de los grupos de conservación. "Sus poblados están cubiertos por desechos humanos", afirma Kalimba Zephyrin, autor del estudio de caso de Ruanda para el FPP. "No tienen platos, ni tenedores, ni camas. Una vivienda de 2 metros cuadrados puede llegar a alojar entre cinco y ocho personas, la mayoría de ellos niños y huérfanos, pobremente vestidos o incluso desnudos. Casi el 70% de los pobladores viven de la mendicidad y ni siquiera se les permite ingresar al parque donde solían cazar". "Es mejor morir que vivir así", afirmó un jefe Ba'twa. Después de la Cumbre de Río de 1992, muchos países se lanzaron a crear parques nacionales y áreas de conservación, en particular a medida que nuevos fondos internacionales estuvieron disponibles a través del Fondo para el Medio Ambiente Mundial del Banco Mundial (US$ 600 millones), y de la Unión Europea (UE). Camerún tiene como objetivo la conservación del 30% de todo su territorio nacional. Este compromiso es bienvenido por los conservacionistas preocupados por el madereo desenfrenado, pero la fiebre por proteger los árboles provoca gran temor a muchas comunidades. A principios de los años 1990, la UE solicitó a la UICN su colaboración para crear una red regional de áreas protegidas en Africa central para promover la conservación. Esto llevó a la creación de la reserva de vida silvestre Dja, en tierras que habían sido hogar de la tribu nómade Baka en el sur de Camerún. Cuando un equipo de investigadores de Camerún viajó el año pasado a la reserva, informaron la existencia de una profunda confusión en el bosque. Varios poblados Baka en el centro de la reserva habían sido desalojados, y los pobladores no sabían si podían o no ingresar en el bosque, ni si podían cazar. "De allí venimos. Es nuestro bosque", afirmó Nkoumto Emmanuel, habitante de uno de los poblados afectados. "Debemos entrar en el bosque a buscar frutos, enredaderas, carne de animales y otros productos, porque allí el bosque es muy rico". Samuel Nguiffo, autor del estudio sobre la reserva de Dja, señaló: "El proyecto de conservación marcó el inicio de una ruptura de la forma de vida de los Baka. Algunos creyeron que todo tipo de caza estaba prohibida, otros dijeron que estaba prohibido el acceso a la reserva. Los pobladores se quejaron de que no fueron consultados y de que ni siquiera se les informó que su poblado estaba dentro de la reserva". Nguiffo detectó una profunda desconfianza mutua entre los Baka y los conservacionistas. "La contradicción entre desarrollo y conservación -entre la visión que tiene el mundo de los proyectos de conservación y la que tienen los pueblos indígenas- es evidente, y parece muy poco probable que se resuelva a corto plazo, debido a la enorme brecha de incomprensión que los separa. Por un lado está el sueño de las organizaciones de conservación de preservar las especies, y por el otro el de las comunidades indígenas cuyas formas de vida están inextricablemente ligadas al bosque", señaló Nguiffo. A veces, sin embargo, ninguno de los dos sueños se hace realidad. Cuando en 1955 el gobierno colonial británico obligó a los pastores Maasai de Tanzania a entregar las ricas tierras del Serengeti, se les prometió agua, tierras de pastoreo, servicios veterinarios, servicios de salud y mucho más si se trasladaban a las tierras altas vecinas, en particular al cráter Ngorongoro y a la reserva de bosque de las tierras altas de norte. Las promesas nunca se cumplieron y la vida de los Maasai en la recientemente creada área de conservación de Ngorongoro, según un equipo de investigadores del FPP que visitó las comunidades en 2001, "está en ruinas". Los investigadores descubrieron que la mayor parte de los sistemas de suministro de agua del área de conservación habían dejado de funcionar o habían sido tomados por hoteles turísticos, que los Maasai no recibían ningún beneficio de las enormes sumas generadas por la vida silvestre y la conservación, y que se estaba generando una gran desconfianza entre los dos grupos. Los investigadores también detectaron que la conservación de plantas y animales estaba en un estado lamentable. "La cantidad de especies silvestres se ha reducido drásticamente en comparación con la época previa a la fundación del área de conservación. La vegetación natural no está en buen estado. Sospechamos que esto es resultado de que los conservacionistas no están tomando en cuenta los métodos de conservación indígenas practicados por los Maasai." Por John Vidal. "Ousted of Africa. The parks were created to protect the African wilderness. But the tribal peoples are paying a high price." The Guardian, 21 de agosto de 2003. "From Principles to Practice" ha sido publicado por el Forest Peoples Programme, correo electrónico: info@fppwrm.gn.apc.org - República del Congo: simios sufren las consecuencias de la alianza entre madereros y conservacionistas Para fines de este siglo, los parientes más cercanos del género humano, los grandes simios africanos, habrán desaparecido en su estado silvestre. Las presiones combinadas de la pérdida de hábitat y la caza de animales para su consumo los están llevando a la extinción. Salvo que se reduzcan pronto estas presiones, parece haber pocas esperanzas de que las poblaciones cada vez menores de gorilas de montaña que habitan en los bosques, gorilas de tierras bajas, chimpancés y bonobos puedan mantenerse por mucho tiempo más. Los pueblos africanos que habitan en los bosques han vivido cerca de esos animales, los han cazado y han comido su carne durante miles de años. En las religiones y sistemas culturales de estos pueblos, los simios son considerados seres poderosos y, según muchos habitantes de la cuenca del Congo, parte de ese poder se transmite a quienes comen su carne. La carne de animales silvestres, incluso la de simios salvajes, es por lo tanto sumamente apreciada y hace mucho tiempo que se comercia a nivel local. Sin embargo, desde la década de 1950, este comercio ha aumentado en forma exponencial. La gran disponibilidad de escopetas y balas de plomo de grueso calibre, el aumento de las poblaciones urbanas, las nuevas carreteras y vehículos, el transporte fluvial, y por sobre todo, la penetración en los bosques para actividades de tala, han intensificado las presiones de caza sobre la fauna silvestre, en especial los simios. Contrabandeada en los camiones de las empresas madereras y en las barcazas que transportan madera, en congeladores e incluso en aeroplanos, la carne de animales silvestres viaja ahora cientos e incluso miles de kilómetros desde el bosque hasta el mercado donde se vende a precios significativamente más altos que la carne culturalmente menos preciada de animales como la vaca, el pollo o el cerdo. Se han creado asociaciones poderosas, a menudo conectadas con políticos y funcionarios gubernamentales, que controlan y se benefician de este lucrativo negocio, dejando a las poblaciones rurales marginadas y a los cazadores aislados atrapados en redes de relación patrón-cliente, y tentándolas a robar, a cambio de ganancias a corto plazo, los animales de sus bosques -bosques en los cuales ya no se reconocen sus derechos y que están siendo implacablemente saqueados, a menudo por compañías madereras de propiedad europea. El madereo, actividad que raramente es legal y casi nunca es sustentable, es una de las causas principales de la intensificación del comercio de carne de animales silvestres. Las carreteras construidas para las actividades de tala permiten también la comunicación con zonas previamente aisladas. Los campamentos madereros traen consigo nuevos trabajadores y la posibilidad de obtener ingresos en dinero en efectivo en las zonas de bosques, creando una demanda mucho mayor de carne de animales silvestres. Las redes madereras vinculan los bosques con mercados nuevos y distantes para la carne de animales silvestres además de la madera. La respuesta principal de los conservacionistas a esta amenaza ha sido establecer áreas protegidas, en las que esperan conservar pequeños bolsones de hábitat inalterados, hogar para algunas de las últimas poblaciones de esos animales. Para asegurar esas áreas, las entidades de conservación han debido trabajar en estrecho vínculo con los madereros locales, las comunidades vecinas y otros grupos. Se han visto obligadas a adaptar sus propios programas a los planes de desarrollo y a las estructuras de poder dominantes, en ocasiones haciendo compromisos e incluso forjando alianzas con socios incómodos. En la República del Congo, uno de los proyectos de conservación mas conocidos es el Parque Nacional Nouabale-Ndoki, apoyado por la Wildlife Conservation Society (WCS) de Nueva York. El Parque, ubicado en el extremo norte del país en la frontera con Camerún y la República Central Africana, se extiende hasta el pueblo cercano de Ouesso. Este importante pueblo maderero está ubicado justo río arriba de la base de una compañía de propiedad alemana, la Congolaise Industrielle des Bois (CIB) que emplea alrededor de 1.200 personas y tiene concesiones forestales que abarcan una superficie tres veces mayor que el Parque. Aproximadamente un cuarto de millón de metros cúbicos de madera se extraen cada año de la concesión -equivalente a la carga de un camión gigante de madera cada 15 minutos durante una jornada laboral. Este auge industrial ha traído a la zona alrededor de 16.000 personas en calidad de trabajadores, dependientes e industrias de servicio, las que prácticamente han sobrepasado la escasa población anterior de "pigmeos" BaBenjelle y los vecinos Bantúes. Alimentar a esta población ha sido un problema para la compañía y hay evidencias --si no actuales, al menos en el pasado-- de que se alentaba a las cuadrillas de madereo de la CIB a cazar animales silvestres dentro de la concesión. Videos documentales y posteriores investigaciones han involucrado también a camiones de la CIB en el transporte de chimpancés y otros animales silvestres por las carreteras madereras que llevan a la costa de Camerún. La WCS tiene conocimiento desde hace mucho tiempo del impacto de la CIB sobre la fauna silvestre y su participación en la extracción de carne de animales silvestres, pero ha hecho poco para difundir esta información. En 1995, la WCS y un equipo de asesores de la UICN incluso firmaron conjuntamente con la CIB un protocolo en que se repudiaban los "ataques injustificados" contra la CIB, es decir la evidencia que mostraban los videos documentales. Para contrarrestar las críticas a sus conducta, la CIB --que se ha mostrado renuente a someter sus actividades de explotación forestal a la investigación de procesos de certificación independientes como el FSC-- ha podido vanagloriarse de sus estrechas relaciones con la WCS: "He abierto mi concesión a la investigación… para estudios de explotación forestal y de fauna", declara el dueño de la CIB, Hinrich Stoll, "mi compañía está trabajando en estrecho contacto con el parque nacional congolés, Nouabale Ndoki, gestionado por el Sr. JM Fay de la Wildlife Conservation Society (WCS) -la organización ecológica no gubernamental más antigua del mundo". Estas acusaciones se explican en detalle en un impresionante libro de reciente aparición "Eating Apes", escrito por Dale Peterson. Peterson admite que desde entonces la WCS ha iniciado un proyecto conjunto con la CIB para limitar el comercio de carne de animales silvestres en la zona que rodea al parque, pero argumenta que estas asociaciones entre madereros y conservacionistas, que se apoyan en las infraestructuras de las compañías madereras para lograr el acceso a sus parques, perpetúan la principal amenaza que acosa a los bosques de Africa. Al ofrecer a los madereros una fachada ecológica, los conservacionistas están legitimando la destrucción de los bosques y en consecuencia aumentando la presión sobre la fauna silvestre y las comunidades locales. Desde que la CIB firmó su Protocolo ha logrado más que duplicar el tamaño de su concesión y Stoll ha sido invitado a integrar el prestigioso Foro de Jefes Ejecutivos del Banco Mundial, que apunta a promover nuevas asociaciones entre las principales industrias forestales y los peces gordos de la conservación. Hay más información en este interesante libro, que conmociona y provoca. También es, evidentemente, la crónica de una búsqueda personal de la esencia sagrada de la naturaleza, escrito por un ambientalista cuidadoso, compasivo y comprometido. Dale Peterson tuvo su momento de epifanía cuando escuchó reír a los simios del bosques. Desde entonces ha estado convencido de que los simios tienen conciencia, tienen mente, una "existencia mental legítima". El que se determinara que comparten aproximadamente el 98% del material genético con los seres humanos, añade, desde su punto de vista, peso científico a su convicción de que, por mucho que podamos respetar el derecho de otras sociedades a sus propias formas de vida, la matanza de simios es inmoral. También puede ser muy imprudente. Peterson se ha tomado el trabajo de reunir toda la información disponible sobre los orígenes y la diseminación del VIH/SIDA y demuestra en forma convincente que los dos tipos de virus VIH ingresaron a las poblaciones humanas a través de la matanza de simios y monos y el consumo de su carne. "Eating Apes" es un libro importante que desafiará a muchas personas a volver a pensar cuál es su lugar en el mundo. Por: Marcus Colchester, Forest
Peoples Programme revisión de ‘Eating Apes’ de Dale
Peterson, University of California Press, Berkeley, 290pp, 16 láminas
a color, ISBN 0-520 -23090-6. £17.95; ver también http://www.greatapeproject.org
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Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales
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