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Número
81 - Abril 2004 |
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COMPARTIENDO EXPERIENCIAS LOCALES - Chile: conservación privada y comunidades En pocos años, la conservación privada ha alcanzado casi el millón de hectáreas en el sur de Chile, lo que sobrepasa la superficie de bosque con tenencia regularizada por parte de comunidades y lo hace comparable a la anterior expansión de las empresas forestales plantadoras de pinos y eucaliptos que hoy en día superan los 2 millones de hectáreas. Sorpresivamente, como un fenómeno explosivo liderado por empresarios y organizaciones provenientes principalmente de Estados Unidos, la sociedad chilena ha visto surgir un movimiento de conservación privada de tierras que ha contagiado a grandes empresarios nacionales y también a otros grupos de la sociedad chilena. En los alrededores de estas tierras recientemente adquiridas para la conservación, las comunidades observan a sus nuevos vecinos sin saber qué esperar. Las anteriores oleadas de cambios en la tenencia de la tierra los mueven a una razonable desconfianza. Los desafíos para los recién llegados a los bosques incluyen superar la categoría de enclaves o fortalezas de conservación en que se constituyeron las áreas silvestres protegidas establecidas por el Estado de Chile. Arduo ha tenido que ser el camino de la Corporación Nacional Forestal, el servicio forestal chileno, para intentar cambiar su imagen frente a las comunidades vecinas. Es que ellos han reconocido que los parques nacionales no son viables si tienen a las comunidades vecinas como enemigos o marginadas de los planes de conservación. Más allá de los parques, desde el punto de la conservación a escala de paisaje que promueven las organizaciones internacionales, no es viable un conjunto de áreas protegidas como islas en un mar que comparten plantaciones forestales y comunidades con bosques degradados. La conservación sin gente ha demostrado no ser sustentable, señala un informe encargado por WWF acerca de manejo comunitario de bosques. Esta es una realidad en amplias zonas de bosques habitados del sur de Chile y no constituye para nada una excepción en el contexto de América Latina. Los beneficios deben trascender los límites de las áreas protegidas, fue el lema del reciente Congreso Mundial del Parques realizado en Sudáfrica. Se debe asegurar que las comunidades locales e indígenas estén activamente involucradas en la planificación, implementación y manejo de las áreas protegidas, compartiendo los beneficios generados por estas últimas Ahora, esto parece estar claro, pero ¿como implementarlo, con qué mecanismos se puede lograr que la conservación beneficie efectivamente a las comunidades que dependen de los bosques y qué incentivos pueden resultar eficaces para estimular a las comunidades a sumarse a los esfuerzos de conservación? Probablemente las fórmulas únicas y simplistas no sean la solución; un problema complejo como este suele tener muchas soluciones. El camino para encontrarlas pasa por informar y fortalecer a las comunidades y sus organizaciones, generando las condiciones para el establecimiento de negociaciones reales, tanto a un nivel local como a nivel nacional, involucrando a los representantes de las comunidades, a los impulsores de la conservación privada y a los gobiernos. El apoyo a las comunidades en estos procesos de negociación no puede ser realizado desde la perspectiva del mito del "buen salvaje" defendiendo el rol conservacionista intrínseco de los habitantes del bosque, sino más bien desde la perspectiva del respaldo a las organizaciones en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y de las comunidades locales, así como de su papel esencial en la implementación de estrategias de conservación. Un punto de especial atención en el proceso debe ser las diferentes percepciones de la conservación desde el punto de vista de las comunidades y desde el punto de vista de los conservacionistas privados. Probablemente, para los habitantes de los bosques y de las zonas de bosques, la conservación aparezca difícil de disociar del uso sostenible, que se materializa en el manejo forestal comunitario. ¿Dónde debieran encontrarse la conservación privada con el manejo forestal comunitario? En los paisajes de conservación en los cuales se respeten los derechos de las comunidades y estas últimas compartan los beneficios generados por los bosques. Por: Rodrigo Catalán
, correo electrónico: catalan@terra.cl
- Colombia: un ejemplo de manejo del bosque por la comunidad Los pueblos Uitoto de la región de Araracuara, en el Curso Medio del río Caquetá, presentan algunas características socioculturales comunes entre las que se destacan el sistema de producción basado en utilizar tres espacios de manera sostenible, como es el monte (selva), el río y la chagra (claro abierto en la selva para el policultivo). Ese sistema se establece a partir de la organización del conocimiento heredado de generación en generación, por miles de años, sobre la estructura del monte, intercalado con la utilización de diferentes unidades de paisaje, la siembra de gran diversidad de especies y técnicas propias de uso del suelo. El establecimiento de la chagra culmina después de un recorrido de cinco etapas, en las cuales se manifiesta todo el conocimiento del agricultor indígena en cuanto a la selva que lo rodea. Estas etapas en su orden son: 1. Elección de suelo
según lo que va a sembrar. El sistema de producción y utilización del bosque se compone de áreas con cultivos transitorios generalmente menores de 2 o 3 años, conocidas como chagras, y de áreas de rastrojo, que se encuentran en etapa de regeneración. La comunidad tiene una producción de subsistencia y autoconsumo, basada principalmente en el cultivo tradicional, la caza, pesca y recolección de frutas en el monte. Este sistema se caracteriza por la presencia de una gran diversidad de especies y variedades que de forma escalonada se van estableciendo en el ecosistema. El resultado es una permanente disponibilidad de alimentos y materiales para otros usos. "Uno siembra la yuca en toda la chagra (yuca dulce, brava y manicuera); la manicuera [se refiere al tipo de yuca con la que se prepara una bebida ligeramente dulce que tiene ese nombre] en lo bajo, la dulce en el centro por los animales, la de rallar en las orillas para arrancarlas rápido. Después vienen las hortalizas, batatas, fríjol, ñame, mafafa y dale dale. Se siembra donde más se quemó la tierra y hay ceniza. La coca se debe sembrar por surcos, en la parte alta y se transplanta a los 3 años. Por aparte se siembra la piña. Uno organiza siempre el trabajo, debe comenzar de abajo, nunca de la loma hacia acá, abajo quedaría canangucho [un tipo de palma, Mauritia flexuosa], que no va a secar las fuentes de agua; a continuación viene tabaco en la parte húmeda y ahí mismo también está la manicuera; en el medio quedaría uva, el guacure y los demás frutales, arriba en la orilla no tiene ningún problema, en la loma vaya y siembre chontaduro" (Testimonio de Iris Andoque). El manejo de la selva es regulado por el calendario ecológico propio, ajustado a los ciclos anuales, las fases lunares y los cambios ambientales, entre los que se destacan los climáticos e hidrológicos, y en el cual es visible la capacidad de observación que poseen todos los indígenas. El bosque o monte es un espacio que se podría definir culturalmente como centro de asentamiento, experimentación, aprendizaje, transformación y adaptación de los pueblos étnicos que habitan la región. "Desde un principio todas las cosas fueron creadas y ordenadas por un padre creador, reproducidas y armonizadas por la madre naturaleza y administradas por las personas humanas. El creador nos entregó la palabra de cómo cuidarla y administrarla para que no haya desequilibrio" (Testimonio de Hernando Castro). Según la visión indígena, el bosque se origina a partir del aire, nubes, agua y árbol-yerba que conlleva al conocimiento tradicional del mundo uitoto, un oriente, un occidente y un abajo (sur), un arriba (norte); dimensiones que requieren espacios como el bosque y el río para su definición. "De acuerdo a los principios de cada grupo étnico viene la realidad, el origen tiene un solo principio, pero la tradición ya depende de las etnias, clanes; es diferente, la tradición trae el manejo más que todo del suelo, la parte ecológica depende de la tradición de la etnia, el origen es uno solo tanto para los animales como para el hombre, naturalmente la madre naturaleza orienta, administra y cuida la parte de conocimiento, la parte humana eso es lo que se orienta acá" (Testimonio Aurelio Suárez). Para el indígena todo está interrelacionado, todo tiene un origen, una historia y un manejo que debe conocerse y practicarse. Los animales y las plantas están relacionados íntimamente pues uno proviene del otro, lo que los convierte en complementarios, relación imposible de romper porque se estaría atentando contra el equilibrio vital que permite que el ambiente funcione adecuadamente y no vengan enfermedades. La capacidad de los grupos indígenas de la región de conseguir su sustento alimenticio de un trozo de selva trasformado, en el que han aprendido a manipular y a aprovechar semillas, suelos y condiciones ambientales, es una prueba más de que su conocimiento milenario es muy rico y útil en el ámbito de uso del bosque de manera sostenible. La visión indígena de uso temporal del terreno permite que durante mucho tiempo después de instalada la chagra, aun en el bosque maduro, se encuentren algunas especies frutales u otra especie que demuestre el manejo escalonado que tienen los habitantes de su entorno. La diversidad está condicionada a las especies con más significado y ventajas, pero aun así son numerosas las variedades de frutales que se pueden encontrar en los rastrojos de una familia indígena. Esto los convierte en agricultores con un amplio conocimiento y una muy considerable experiencia agrícola. Las diferentes especies son sembradas año tras año con el fin de conseguir un abanico de plantas en diferentes estados de crecimiento; además intervienen sobre los procesos de regeneración, lo que los hace unos agricultores enriquecedores del bosque. La presencia de frutales en el bosque en regeneración no es al azar, el reemplazo de su equivalente silvestre es una característica típica dada por la necesidad de una reciprocidad con la naturaleza de la que se espera un buen rendimiento. "Cuando uno va a hacer chagra, pide permiso, es como un convenio. En el monte hay uva de monte, calmo de monte, guamo, chontaduro de monte que es el coco espinoso, estos frutales son de los animales. Uno dice, yo voy a tumbar y luego reemplazo todo lo que tumbe por frutales domesticados; si tumbé laurel silvestre siembro laurel, si tumbé palmas siembro canangucho o chontaduro. Entonces, cuando estos frutales crezcan en los rastrojos, se comparte con los animales" (Testimonio Hernán Moreno). La elección de las semillas, la técnica de siembra y la distribución de los árboles en el campo de cultivo son el aporte del agricultor indígena para que estas especies se conviertan en un recurso útil a la familia y sean el medio por el cual se enriquece un bosque después de que ha sido fabricado de nuevo. "Dentro de la cosmovisión indígena se ve de manera integral la relación hombre naturaleza; el territorio es nuestra madre, somos hijos de ella y por lo tanto la cuidamos con la palabra, herencia de nuestros antepasados y alimento para el conocimiento, crecimiento y desarrollo de la vida en armonía con la naturaleza. La recuperación del saber tradicional de los mayores en cuanto a la utilización de los recursos naturales y llevarlos a diferentes diseños, es lo que los mayores dicen: hacer amanecer la palabra" (Testimonio Hernando Castro). Extractado y adaptado de: “Conocimiento
y manejo del bosque a través de las chagras y los rastrojos.
Visión desde los Uitotos, Medio río Caquetá (Amazonia
colombiana)”, Hernando Castro Suárez, indígena Uitoto
habitante de la comunidad “El Guacamayo” de Aracuara, y
Sandra Giovanna Galán Rodríguez, estudiante de Ecología,
Pontificia Universidad Javeriana, publicado en Revista Semillas, agosto
de 2003, correo electrónico: Semil@attglobal.net
, http://www.semillas.org.co/articulos.htm?x=24046&cmd%5B172%5D=c-1-20 |
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