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Los bosques tropicales han sido habitados durante miles de años por comunidades que hicieron uso de ellos para su sustento en diversas formas, incluso a través de la agricultura. Se trataba de un tipo de producción agrícola que tenía en cuenta las interacciones de los cultivos y era llevada a cabo de forma tal que no suponía la destrucción del bosque sino que convivía con él. Promovieron zonas en que concentraron diversidad de especies útiles para consumo humano, dentro de un escenario diverso, sin socavar las bases biológicas del bosque. Hay estudios que indican que aproximadamente el 12% de los bosques amazónicos son “resultado de un manejo prolongado por parte de poblaciones prehistóricas”. Pero a partir de las intervenciones colonialistas, los países colonizados --el Tercer Mundo-- fueron incorporados al mercado mundial y para ello se introdujo un modelo agrícola que socavó los sistemas indígenas de tenencia de la tierra y manejo de los recursos. Ya fuera en América Latina, África o Asia, la intención común de los colonizadores fue convertir economías previamente autosuficientes en zonas de producción agrícola para la exportación, haciendo hincapié en la “productividad” entendida como el máximo rendimiento de un cultivo principal, contabilizado aisladamente del resto del ecosistema. Se implantaron así la rotación de cultivos con uso de forraje, actividades de cría extensiva de ganado también con escasa diversidad genética y posteriormente una serie de innovaciones tecnológicas que aplicadas a la agricultura llevaron a la fabricación de fertilizantes químicos, maquinaria y motores (ver artículo sobre la Revolución Verde en este mismo número), que profundizaron el modelo productivo. Aún cuando los países fueron conquistando la independencia política, el modelo no cambió, y en términos generales quedaron cautivos de la dependencia comercial y económica de los mercados del Norte, con la complicidad de las elites nacionales en el poder --económico y político-- y la promoción decisiva de organismos internacionales como el Banco Mundial y la FAO. Esa dependencia se ha ido profundizando cada vez más, creando inestabilidad, pobreza y degradación ambiental en los sistemas agrarios de los países del Tercer Mundo. Se ha identificado a la expansión agrícola y ganadera como una de las principales causas de deforestación y degradación de los bosques en varios países del mundo. En el caso de la agricultura, se trata de un factor de deforestación a dos puntas: directo e indirecto. La agricultura o plantación comercial suele ser un negocio agrícola practicado por empresas. A través de un acuerdo de concesión, de la compra de la tierra o de una ocupación informal de la misma, las empresas toman posesión de la tierra con la intención de convertirla a otros usos. En el caso de las zonas tropicales, esta posesión se extiende a los bosques, que son convertidos para la siembra de cultivos comerciales como el azúcar, la palma aceitera, el caucho, el café, el cacao y las frutas tropicales (bananas, cítricos, etc.). En este caso se produce una deforestación directa por parte de las empresas para convertir a los bosques en zonas agrícolas. La superficie de plantaciones de palma aceitera en Indonesia, por ejemplo, ha aumentado de manera extraordinaria en los últimos años, a expensas de los bosques y de los barbechos de matorrales que crecen luego de la agricultura de roza y quema. La experiencia de Indonesia con el aceite de palma se ha repetido en muchos otros países tropicales en los últimos años. Pero la agricultura comercial también produce una deforestación indirecta en la medida que las fincas comerciales ocupan las tierras más fértiles y mejor ubicadas de los valles, desplazando a la creciente población rural que depende de la agricultura para su subsistencia. Sin acceso a las tierras de vocación agrícola de su área inmediata, y en general en el marco de una situación de desempleo, los pequeños agricultores son expulsados y deben emigrar, muchas veces a tierras menos fértiles y productivas o a zonas de bosque. En la década del setenta, las cooperativas de palma aceitera que se instalaron en los valles de la costa norte de Honduras implicaron el desplazamiento de miles de pequeños agricultores y criadores de ganado hacia las empinadas laderas boscosas y los terrenos de aluvión, que deforestaron para instalar sus fincas y campos de pastoreo. Lo trágico es que la mayor parte de esas tierras no son aptas para la agricultura o el pastoreo a largo plazo pues una vez que la cubierta forestal ha sido eliminada, el área queda expuesta a la erosión y a la pérdida de minerales y nutrientes y el resultado es un suelo empobrecido. Es por eso que la agricultura de supervivencia practicada en el bosque tropical recurre al sistema migratorio de “roza y quema”, pues quemar la vegetación aporta nutrientes al suelo por un tiempo, si bien después se cambia de zona para dejar que el bosque se restablezca plenamente. Además de los impactos ambientales negativos que son comunes a todas las formas de deforestación, la agricultura comercial trae aparejada una serie de problemas relacionados con el uso de productos químicos como fertilizantes, plaguicidas y herbicidas que inciden en el deterioro de la salud de los trabajadores y la contaminación de los cultivos, los suelos y las aguas subterráneas. En las plantaciones de banano, por ejemplo, los plaguicidas se utilizan en las plantas y en el suelo para matar los animales que son plaga para el cultivo. Pero también matan otros animales y deterioran la salud del ecosistema. Las plantaciones de banano también utilizan diques de riego y tubos subterráneos para el transporte de agua, alterando el equilibrio hidrológico de la tierra. Una vez que un cultivo producido en sistema intensivo en una zona de bosque es abandonado, puede pasar mucho tiempo, incluso siglos, antes de que el bosque pueda volver a crecer, si es que lo hace. En un modelo similar al de la agricultura comercial, la ganadería se ha desarrollado como una producción de tipo industrial, centrada en una reducida diversidad genética, con destino a la exportación a los mercados de los países industrializados, para la producción de hamburguesas en las cadenas de comida rápida y de productos cárnicos congelados. La expansión de la cría de ganado ha sido promovida también por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, así como por incentivos fiscales y ha estado íntimamente vinculada a la concentración de la tierra. Los hacendados ocupan grandes extensiones de zonas de bosque y ellos mismos los talan o bien compran las “mejoras” (áreas deforestadas) llevadas a cabo por los pequeños agricultores. En el pasado, los ganaderos prefirieron las tierras de las zonas de bosque seco por la simplicidad de su manejo para la cría de ganado y pastizales, pero posteriormente se produjo la tala intensiva del bosque tropical húmedo, tanto en América del Sur como en América Central. La destrucción ecológica causada por los programas ganaderos es de largo plazo y a menudo irreversible. Se agotan rápidamente los nutrientes de la tierra, que además es invadida por malezas tóxicas. En pocos años la tierra está tan degradada que debe ser abandonada. Artículo basado en información
obtenida de: “A Brief History of Agriculture”, http://www.planetaorganico.com.br/enhistor.htm
; “Asuntos forestales. Deforestación: Bosques Tropicales
en Disminución”, http://www.rcfa-cfan.org/spanish/s.issues.12-5.html
; Throwing a Monkey Wrench into the Industrial Farm Machine”,
Eco-Logical, http://www.grinningplanet.com/2004/04-06/industrial-agriculture-1-article.htm
; “Saving What Remains”, http://www.mongabay.com/1002.htm
; “Rainforest Destruction. Causes, Effects & False Solutions”,
World Rainforest Movement, 1999. - La Revolución Verde: de cultivos para alimentar a cultivos para dominar En 1944 la Fundación Rockefeller financió la introducción de una serie de tecnologías a la producción agrícola de México, a partir de lo cual se creó un modelo de producción agrícola denominado “Revolución Verde”, que tiene como categoría central el concepto de “variedades de alto rendimiento”, desarrolladas en el marco de monocultivos apoyados por un paquete tecnológico que incluye la mecanización, el riego, la fertilización química y el uso de venenos para el combate de plagas. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, la FAO expandió esas tecnologías a todo el mundo anunciando que la ciencia de la Revolución Verde constituía una receta “milagrosa” para la prosperidad, para resolver el hambre del mundo y para lograr la paz. La aplicación de ese modelo tuvo (y continúa teniendo) una enorme incidencia en el aumento de las tasas de deforestación, por la sustitución de áreas de bosques por monocultivos industriales a gran escala. Además, la Revolución Verde no sólo no resolvió, sino que aumentó el problema del hambre en el mundo, contribuyendo a la pérdida de medios de vida de las comunidades rurales y a su expulsión hacia la áreas urbanas. La inmensa mayoría de los actuales barrios marginales de las ciudades del Sur son el resultado directo de la aplicación de ese modelo. Los ejemplos abundan. La región del Punjab, en la India, fue en su momento publicitada como el caso modelo de la Revolución Verde. No obstante, veinte años después, los resultados fueron otros. En lugar de ser una tierra de prosperidad, el Punjab quedó con suelos erosionados, cultivos infestados por plagas y agricultores endeudados y descontentos. En lugar de paz, el Punjab ha heredado conflictos y violencia. La introducción de las semillas “milagrosas” se basó en una medida del rendimiento que ignora el contexto que rodea a los sistemas de cultivo. La relación simbiótica entre suelo, agua, animales de granja y plantas, propia de la agricultura indígena y tradicional, en la Revolución Verde se transforma en la interacción de los insumos: las semillas híbridas (y en la actualidad crecientemente transgénicas), el riego y los agroquímicos (fertilizantes, plaguicidas, herbicidas). En la evaluación de los rendimientos no se toman en cuenta las interacciones entre ese “paquete” y los sistemas del suelo y del agua, es decir, sus nocivos impactos ambientales. En realidad, el rasgo característico de las semillas de la Revolución Verde es que tienen una muy buena respuesta a ciertos insumos externos como fertilizantes y riego, pero en caso de que éstos les falten, su rendimiento es peor que las variedades tradicionales. Por otra parte, la estrategia de aumentar la producción de un único componente agrícola se hace a costa de disminuir otros componentes y aumentar los insumos externos, por lo que el “alto rendimiento” puede dejar de serlo si se lo considera a nivel del sistema. En ese sentido, la medida del rendimiento está restringida al aspecto comercial de los cultivos y sacrifica los otros usos de la planta. Así, el aumento de la producción comercial de los cultivos se logró a costa de disminuir biomasa para los animales y el suelo y de disminuir la productividad del ecosistema debido al uso excesivo de los recursos. La Revolución Verde creó el marco para el ingreso del sector comercial en la agricultura, al establecer la dependencia de semillas híbridas –la base de un mercado privado de semillas- de reducida diversidad genética. Siglos de innovación campesina fueron abandonados. Con la Revolución Verde, el capitalismo occidental penetró en lo más hondo de la producción agrícola, y la diversidad tradicional fue reemplazada por una agricultura a gran escala de cultivos comerciales, orientada a la exportación y sustentada en un sistema de grandes bancos que la financian, empresas de semillas y de agroquímicos, intermediarios y organismos multilaterales que propiciaron el modelo. No solamente se pierde biodiversidad local --se calcula que en los últimos 100 años hubo una pérdida del 75% de la diversidad genética agrícola-- sino también prácticas agrícolas de autosuficiencia. A su vez, los pequeños y medianos agricultores quedan cautivos del endeudamiento para comprar insumos externos, así como de mercados sobre los que no tienen control alguno. En el mundo “globalizado”, la agricultura perdió su esencia de producir alimentos y se convirtió en una fábrica más de mercancías para el juego de los mercados, cuyos resortes están en manos de los grandes capitales y con los cuales dominan al mundo. Pero en el mundo de los humanos, la agricultura sigue siendo otra cosa. En el sentir de los indígenas zapotecos de Oaxaca, México: “Cuando se siembra el maíz, se echan cuatro granos por golpe, porque uno es para los animales silvestres, otro es para los que les gusta lo ajeno, otro para los días de fiesta y otro más para consumo familiar; los criterios de rendimiento, eficiencia y productividad occidentales son ajenos a la cultura zapoteca. El maíz no es un negocio, es el alimento que permite la supervivencia, que nos sustenta y nos alegra, por eso antes de plantarlo lo bendecimos para pedir una buena cosecha para todos”. Artículo basado en información
obtenida de: “The violence of the Green Revolution”, Vandana
Shiva, 1991; “Intellectual Property Rights: Ultimate control of
agricultural R&D in Asia”, GRAIN, http://www.grain.org/briefings/?id=35
; “El día en que muera el sol”, Silvia Ribeiro, Biodiversidad,
sustento y culturas, Nº 3º, julio de 2004. - La colonización y el papel de la agricultura en pocas palabras A partir del siglo XV, el progreso tecnológico le permitió a Europa tomar una enorme delantera en el trazado del mapa mundial, con la invasión del continente americano, la aniquilación casi total de la población indígena y la apropiación absoluta del poder político y económico. La economía de América se reestructuró y orientó según los requerimientos de Europa. Se sustituyó una agricultura diversa por un sistema de grandes plantaciones para producir azúcar, algodón y tabaco para el mercado europeo, bajo un sistema de monocultivo que en general, tras su utilización reiterada, resultó prejudicial para los suelos y dejó a los países vulnerables a enfermedades vegetales que se extendieron por todos los cultivos. Se degradó o perdió la diversidad biológica y agrícola local y se talaron los bosques. Las plantaciones americanas se basaron en la explotación de esclavos africanos que convirtieron a África en un anexo de América, con la función de suministrarle mano de obra esclava. Unos cien millones de africanos fueron cazados en forma salvaje con este objetivo. En el siglo XIX, la agricultura de monocultivo en gran escala que había sido introducida en América también fue impuesta en África por los europeos, sobre los mismas bases: proporcionar materias primas a bajo costo a los mercados europeos. Caña de azúcar, tabaco, algodón, té, arroz y café eran algunos de los principales productos que se cultivaban en las colonias, que paradójicamente tuvieron que comenzar a importar alimentos porque los cultivos comerciales ocupaban generalmente la mayoría de la tierra cultivable disponible, en algunos casos hasta el 80 por ciento. La caña de azúcar requería una cantidad importante de mano de obra (originalmente esclavos). Plantada como monocultivo, rápidamente agotó los suelos. Hacia 1700, Brasil era la principal zona de producción de azúcar del mundo, y la mayor parte de las islas del Caribe se convirtieron en grandes plantaciones de caña de azúcar. El tabaco se producía originalmente en fincas pequeñas, y posteriormente en plantaciones de gran tamaño con mano de obra esclava. También el algodón fue una material prima clave para la Revolución Industrial, que originalmente se centró en la industrial textil, especialmente en los productos de algodón. La mayor parte del algodón se producía en plantaciones. Al igual que el azúcar y el tabaco, agotó rápidamente los suelos. El té como cultivo comercial llegó a dominar las economías del sudeste asiático. En India se talaron los bosques para establecer plantaciones de té en las colinas de la provincia de Assam. Antes de que se estableciera el control europeo el arroz había sido cultivado durante siglos por los campesinos del sudeste asiático para su propio consumo o para comerciarlo en los mercados locales. Gran Bretaña anexó Birmania en 1852 y estableció extensos arrozales para exportar arroz a Gran Bretaña (la superficie ocupada por el cultivo de arroz se multiplicó por 20 entre 1855 y 1920). También la apertura del canal de Suez en 1869 facilitó el transporte de productos agrícolas desde Asia. Francia ocupó Indochina en 1861 y realizó transformaciones similares. Tanto en Birmania como en Indochina, las grandes plantaciones expulsaron a los pequeños propietarios de tierras y dejaron a los aparceros en un estado de endeudamiento permanente. El café es nativo de África, pero fue producido por primera vez como cultivo comercial en Ceilán a fines del siglo XVII, y posteriormente en Java. Después de un brote de plaga del café en la década de 1870, la producción del sudeste asiático disminuyó. Brasil pasó al frente y se convirtió en el principal proveedor del mundo. Dado que las plantaciones de café agotan el suelo con mucha rapidez, en el siglo XIX se abrieron nuevas fincas a medida que los ferrocarriles penetraban cada vez más en los bosques. La independencia de los estados americanos y posteriormente de los africanos no trajo aparejado un cambio de la estructura económica y social. Los modelos agrícolas, comerciales y de propiedad de la tierra establecidos durante el período colonial se mantuvieron. La diversificación resultó difícil, por lo que las colonias recientemente independizadas intentaron simplemente producir más de los mismos cultivos comerciales que venían produciendo hasta entonces. Esto tuvo como consecuencia un aumento de la dependencia de esos mismos productos y una respuesta general de buscar incluso más productos para exportar a cambio de divisas. Las elites locales recién surgidas también ayudaron a mantener la dependencia comercial, que en general se reforzó con los tratados económicos y financieros con las antiguas potencies coloniales y /o sus sucesores. En las primeras etapas del imperialismo occidental, Asia no necesitaba nada de lo que Europa ofrecía. Las potencies europeas podían participar solo como intermediarios de los artículos comúnmente comercializados en los mercados asiáticos de ese entonces. Sin embargo, el colonialismo europeo transformó el paisaje del sudeste asiático y las vidas y formas de sustento de sus pueblos al controlar, cercar y fragmentar la región en formas totalmente nuevas y foráneas, menoscabando su identidad común. Entre 1870 y los primeros años del siglo XX, el colonialismo europeo creó un sistema de estados totalmente nuevo en el sudeste asiático. Desde principios del siglo XVIII en adelante, la producción y el comercio de café de la Compañía Holandesa para las Indias Orientales atestó las colinas del oeste de Java con árboles de café importados y luego se llevó lo producido para venderlo en Europa. En forma similar, desde fines del siglo XVIII y durante casi cien años, los españoles trataron de establecer en Filipinas el monopolio de la producción y comercialización de tabaco en ciertas zonas de Luzón. A partir de la década de 1830, los holandeses obligaron a millones de campesinos javaneses a plantar enormes extensiones de café, azúcar, índigo y otros productos tropicales para su exportación y venta en Europa. El modelo productivo de monocultivo orientado a la exportación impuesto por el sistema colonial --tanto en el pasado como en el presente-- se ha sostenido a expensas de los pueblos y los ecosistemas, en especial los bosques. Aquellas culturas que habían vivido en estrecho contacto con la naturaleza crearon una relación bastante equilibrada con su medio ambiente, que podría ser una referencia a seguir. Pero primero la antigua y después la nueva colonización abrieron una brecha que hizo que el mundo entero entrara en el callejón sin salida en que actualmente se encuentra. Artículo basado en información
obtenida de: “The Third World”, http://www.yorku.ca/bwall/nats1840/lecturesx4/4x11thirdworld.pdf
; “Reinventing a Region: Southeast Asia and the Colonial Experience”,
Robert Elson, http://www.palgrave.com/pdfs/1403934762.pdf
- El modelo de “desarrollo” en el vértice de la deforestación La agricultura y la ganadería son causas directas de deforestación. Pero es necesario mirar en profundidad y ver qué las impulsan, quiénes se benefician, cómo surgen. Podría decirse que se trata de un proceso en embudo. En la periferia se ubica lo más visible, la desaparición del bosque como consecuencia de esas actividades. Ahondando, se identifican una serie de políticas y programas que las promueven, así como los actores que las aplican y se benefician de ello, incluso actores de deforestación que no necesariamente son beneficiarios sino más bien víctimas de dichas políticas. Finalmente, en el vértice del embudo se ubica el origen del proceso: un modelo de desarrollo de índole industrialista, sustentado en estructuras desiguales en que la concentración de riqueza por un lado provoca la pobreza por el otro y cuya filosofía es la de relacionarse con el mundo --y la naturaleza-- con una mirada estrictamente comercial. Ya hemos hablado de las manifestaciones más visibles de la deforestación por la expansión agrícola y ganadera (ver el artículo “La agricultura y la ganadería de la deforestación” en este mismo número). En cuanto a las políticas que resultan un incentivo para el sector se identifican, a escala nacional, una serie de medidas gubernamentales tales como créditos subvencionados (a una tasa de interés más baja que la comercial), tasas reducidas de impuestos sobre la renta e impuestos comerciales, exención de pago de impuestos a la importación de maquinaria agroindustrial, investigación y actividades de extensión rural desde el Estado, que han actuado como poderosos factores de legitimación y consolidación del modo industrial de producción agraria. El problema de la tenencia de la tierra se cuenta también como una de las causas subyacentes de la deforestación. Los procesos han sido diferentes en las distintas regiones del mundo, pero en todos el rasgo común ha sido que las tierras que tradicionalmente estaban en manos de comunidades --indígenas o campesinas-- son entregadas a agentes comerciales nacionales o extranjeros. Entre las diversas situaciones de problemas con la tenencia de la tierra vinculadas a la agricultura y a la deforestación es posible identificar dos principales: * cuando la situación de desconocimiento de los derechos de la comunidad sobre sus territorios se da en el propio bosque. Esto en general implica la expulsión de las comunidades que habitan el bosque para permitir el ingreso de agentes externos que inician el proceso de deforestación en la medida que lo incorporan al circuito de producción intensiva destinada a la exportación. Este ha sido en general un proceso característico de Asia y en cierta medida de África. * cuando dicha situación de desconocimiento de los derechos sobre la tierra se da en zonas externas al bosque. Este proceso determina la migración -espontánea o auspiciada por el gobierno- hacia el bosque, con el consiguiente proceso de deforestación. En el caso de América Latina, por ejemplo, los gobiernos se han servido de los bosques como una especie de “válvula de escape” para la presión sobre la tierra y su consiguiente problema social y económico. Es así que algunos planes de colonización han ofrecido el acceso libre a tierras de bosques, muchas veces acompañados de proyectos de construcción vial con fondos de la banca multilateral (aumentando la deuda externa) para abrir y “desarrollar” los bosques. En otros casos, como parte de proyectos de “desarrollo”, se han aplicado programas de colonización que implican que para acceder a los derechos de tenencia los colonos deben “limpiar” la tierra, lo que implica talar el bosque. En este caso, la deforestación termina considerándose como una “mejora” del suelo y una expresión de la voluntad de los ocupantes de “mejorar” su propiedad. Este mismo proceso se repite, si bien en otra situación, con la ganadería. América Central es una de las regiones mejor conocidas en las que la expansión de la cría de ganado ha causado una deforestación severa. La ganadería ha formado parte de la cultura de las áreas rurales de América Central desde la época de la colonización española. En manos de grandes terratenientes, la ganadería se concentró en los suelos fértiles de los valles de las tierras altas de los istmos y a lo largo de la Costa del Pacífico. Con la apertura de los mercados estadounidenses para la carne vacuna barata y el mejoramiento de la infraestructura local en la segunda mitad del siglo XX, los ganaderos ampliaron sus operaciones incursionando en los bosques tropicales húmedos de la Costa Norte. Muchos tomaron posesión de grandes extensiones de bosques y contrataron trabajadores para talarlos con motosierras y quemas. Sin embargo, un método más común de adquirir nuevos pastizales era el de comprar las “mejoras” que los agricultores de roza y quema habían efectuado en tierras sin título. Estas denominadas “mejoras” no eran más que unas pocas áreas de bosque que los agricultores habían clareado para plantar sus cultivos. Luego de haber obtenido los derechos de los ocupantes de la tierra, el ganadero completaba la limpieza de la misma, sembraba el pasto y cercaba la propiedad. Una vez que la tierra era transferida al ganadero, el agricultor se trasladaba más lejos dentro del bosque tropical para repetir el mismo ciclo de deforestación. Las políticas internacionales han sido también decisivas para la expansión del modelo industrial en el agro. Tal es el caso de los programas de ajuste estructural diseñados por los organismos multilaterales (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) a cuya aplicación se condiciona el otorgamiento de nuevos préstamos y moratorias sobre la deuda que agobia a los países empobrecidos del Sur. Los programas de ajuste estructural han fomentado la expansión de cultivos de exportación, acelerando directamente la tala de bosques para su uso agrícola o ganadero, como una receta para obtener divisas. Y muchas veces eso, como ya hemos visto, también ha implicado el desplazamiento de pequeños agricultores o agricultores de subsistencia, que han sido empujados a los bosques, donde practican la agricultura de roza y quema. Todo este engranaje va introduciendo, lenta o rápidamente, la idea que está en el corazón del modelo de desarrollo, de que las actividades válidas son las que se traducen en ganancias económicas a corto plazo. Las actividades que no generen directamente valores monetarios son poco estimadas en un contexto semejante, orientado al mercado. Para que ese tipo de sistema funcione son necesarias tres cosas que están a su vez íntimamente ligadas: producción en gran escala, producción en forma de monocultivo (sea vegetal o animal) y concentración de tierra y capital. Así, las formas de relacionarse con la tierra, el agua, las plantas, los animales, las semillas, se han “desacralizado” –por definir una forma de sentir propia de las culturas íntimamente ligadas a la naturaleza y los ciclos naturales- pasando a ser considerados meros "recursos" para la obtención de ganancias. Las formas de relacionamiento social de ese sistema también perpetúan la inequidad a través de modelos de tenencia de la tierra injustos, el desconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y tradicionales, un comercio internacional injusto que no contempla el verdadero valor de los productos y se aprovecha de prácticas de dominio monopólico y de modelos de consumo insustentables que constituyen una de las bases del comercio internacional. Para la ideología dominante ahora todo pasa a ser mercancía que deberá ser dada en tributo al nuevo dios del mercado globalizado, bien custodiado por los nuevos sacerdotes: empresas transnacionales, organismos multilaterales y elites locales en el poder. Artículo basado en información
obtenida de: “Marketing the Earth. The World Bank and Sustainable
Development”, FOE, Halifax Initiative, http://www.foe.org/res/pubs/pdf/marketingtheearth.pdf
; “Asuntos forestales. Deforestación: Bosques Tropicales
en Disminución, http://www.rcfa-cfan.org/spanish/s.issues.12-5.html
; “Deforestation of Tropical Rain Forests, Rain Forest Report
Card, BSRSI, http://www.bsrsi.msu.edu/rfrc/deforestation.html
- Palma aceitera y soja: dos cultivos comerciales paradigmáticos de la deforestación La deforestación de los bosques tropicales ha tenido lugar a razón de 10-16 millones de hectáreas por año durante las dos últimas décadas, y no da señales de disminuir. Ya ha desaparecido el 16% de la totalidad de la selva Amazónica y cada día se pierden otras 7.000 hectáreas de bosque –una superficie de 10 por 7 kilómetros. Las causas son complejas y a menudo están interrelacionadas, pero entre ellas juega un papel la agricultura comercial en gran escala. En años recientes, entre los cultivos de más rápida expansión en los trópicos han figurado la palma aceitera y la soja, plantados principalmente como monocultivos en gran escala destinados a la exportación. A nivel mundial, el área de palma aceitera aumentó en un 43% (10,7 millones de hectáreas) y el área de soja en un 26% (77,1 millones de hectáreas) durante el período 1990-2002. Las políticas gubernamentales han facilitado esta expansión que ha ocurrido principalmente en Indonesia y Malasia (en el caso de la palma aceitera), y en Argentina, EE.UU. y Brasil (en el caso de la soja). En Brasil, en 1940 había sólo 704 hectáreas de plantaciones de soja, cifra que para el año 2003 aumentó a 18 millones de hectáreas. El impacto más directo de este proceso ha sido la deforestación de aproximadamente 2 millones de hectáreas de bosque tropical en el caso de Indonesia ya en 1999, y la pérdida de vastas áreas de bosques en la región centro-oeste de Brasil para dar lugar a las plantaciones de palma aceitera y soja. Los plaguicidas y herbicidas inherentes a estos monocultivos terminan de exterminar los últimos vestigios de biodiversidad capaz de coexistir con las plantaciones, y disminuyen significativamente la posibilidad de restauración del hábitat. En Indonesia y Brasil, las compañías de palma aceitera y soja han estado relacionadas con incendios devastadores en los bosques, que sólo entre 1997 y 1998 destruyeron más de 11,7 millones de hectáreas de bosque y otros tipos de vegetación en Indonesia, y 3,3 millones de hectáreas de bosque y otros tipos de vegetación en el estado de Roraima, en el norte amazónico de Brasil. La soja es un cultivo muy apropiado para una producción basada en el uso intensivo de capital y en la siembra a gran escala. Los principales productos derivados de la soja son la harina de soja (la principal harina oleaginosa del mundo para ración animal) y el aceite de soja (el aceite vegetal de mayor consumo mundial). Sólo una pequeña parte de la cosecha mundial es procesada como porotos de soja enteros para consumo humano, principalmente en Asia. La producción de soja se ha desarrollado al impulso de una creciente demanda de ración para ganado en Europa, aunque últimamente también como consecuencia del crecimiento del mercado chino para la producción de aceite. Brasil es el segundo productor mundial (50 millones de toneladas o 26% de la producción en 2003), detrás de los EE.UU. (38%). Argentina, Paraguay y Bolivia tienen una participación en el mercado del 18%, 2% y 1% respectivamente. Otros grandes productores son China e India (8% y 2% respectivamente). La soja tradicionalmente se cultiva en las regiones templadas y subtropicales de todo el mundo, pero ahora se está expandiendo hacia regiones tropicales. La región amazónica está siendo directamente afectada, ya que se han desarrollado nuevas variedades tropicales de soja de alto rendimiento específicamente para la expansión del cultivo en esta región. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil, la tasa de pérdida anual de bosques en la Amazonia aumentó en un 40% en el año 2002, principalmente como resultado de la presión para reemplazar zonas de bosque por cultivos de soja y producción de ganado. Argentina adoptó la producción de soja transgénica. Se calcula que hasta 2003 la expansión del área plantada con soja se produjo a expensas de otros cultivos agrícolas; hoy, en cambio, el 75% del aumento del área de plantaciones de soja tiene lugar en las partes húmedas de la región del Chaco y el restante 25% en la Mata Atlántica de la Provincia de Misiones. En Bolivia, la soja se expandirá a expensas de zonas del Bosque (seco) Chiquitano, mientras que en Paraguay lo hará a costa de la Mata Atlántica. Aunque en Paraguay la soja transgénica es formalmente ilegal o está severamente restringida, está siendo plantada igualmente en forma creciente, un proceso que también ha ocurrido en el sur de Brasil. El comercio y la molienda de soja en los cuatro países sojeros de América del Sur son dominados por un reducido número de grandes compañías internacionales que manejan el comercio exterior de productos básicos: Archer Daniels Midland (ADM), Bunge, Cargill (las tres con base en los EE.UU. y con el control del 80% de la industria de molienda de soja en Europa), y Louis Dreyfus, de Francia. Aunque estas compañías habitualmente no invierten en el cultivo de soja como tal, su influencia en la expansión del sector es muy importante. Los plantadores de soja a veces dependen de estas compañías de comercio exterior para obtener semillas, créditos y otros insumos. Los accionistas financieros de las cuatro compañías de comercio y molienda antes mencionadas son ABN AMRO Bank (Países Bajos), Bank of America (EE.UU.), BNP Paribas (Francia), Citigroup (EE.UU.), Commerzbank (Alemania), Crédit Agricole (Francia), Crédit Lyonnais (Francia), Crédit Suisse (Suiza), Deutsche Bank (Alemania), HSBC Bank (Reino Unido), ING Bank (Países Bajos), IntesaBci (Italia), J.P. Morgan Chase & Co (EE.UU.), Rabobank (Países Bajos), Société Générale (Francia). La palma aceitera es originaria de África Central, donde su cultivo como producto básico es central para el sustento de millones de pequeños agricultores. Pero en cualquier otra parte del mundo se ha transformado en un gran negocio, y es cultivada principalmente en plantaciones de gran escala. El aceite de palma es un aceite vegetal derivado de la palma aceitera. Su consumo a nivel mundial es segundo entre los aceites comestibles (detrás del de soja), y tiene una gran variedad de usos –desde champú a papas fritas, pasando por comidas congeladas y cosméticos. Las plantaciones comerciales de palma aceitera se han expandido a través de los trópicos, teniendo mayor presencia en el sureste de Asia, particularmente Malasia, Indonesia y Papúa Nueva Guinea, donde constituyen la causa principal de destrucción de los bosques tropicales. Los índices de la industria muestran que casi la mitad (48 por ciento) de las plantaciones del sureste de Asia se han establecido en tierras de algún tipo de bosque primario o secundario. El uso del fuego para despejar las zonas de plantación también fue una de las causas principales de los incendios que en 1997 devastaron los bosques indonesios y dejaron una nube de smog devastadora sobre toda la región. Las plantaciones de palma aceitera también han provocado un enorme sufrimiento humano y la destrucción de bosques de los que dependen las comunidades. En Indonesia, las plantaciones de palma aceitera están asociadas con el desalojo de pueblos de los bosques de sus territorios. Existe un desequilibrio de poder entre estas comunidades --que no tienen ningún derecho formal sobre sus tierras tradicionales-- y las compañías a las que el Gobierno otorga la libertad de convertir los bosques en plantaciones (ver “El amargo fruto de la palma aceitera”, en http://www.wrm.org.uy/plantaciones/material/palma.html ). De acuerdo con la FAO, la cobertura de bosque en Indonesia y Malasia disminuyó en 12 por ciento en la década de 1990. En el pasado, buena parte de la culpa de esta pérdida se atribuía a que las comunidades utilizaban la práctica denominada “de roza y quema” y a la explotación de los bosques por las compañías madereras para obtener madera para industria y para celulosa. El rol de las plantaciones de palma aceitera ha pasado relativamente desapercibido también porque las fuentes de la industria sostienen que sus operaciones involucran muy poca destrucción “directa” en los bosques ya que habitualmente las plantaciones de palma aceitera se ubican en áreas que ya han sido taladas previamente. Ciertamente, gran parte de las tierras de bosque que se talan para dar lugar a las plantaciones de palma aceitera han sido cortadas previamente y pueden ser consideradas como “degradadas”, y por tanto “de poco valor”, por quienes no son de la zona. Sin embargo, esta conclusión no toma en cuenta que esos bosques “degradados” suelen proporcionar todavía hábitat para un conjunto de especies, que son destruidas cuando se sustituye el bosque por la palma aceitera. La investigación ha demostrado que las plantaciones de palma aceitera pueden sostener sólo entre 0-20% de las especies de mamíferos, reptiles y aves que habitan en los bosques tropicales primarios. Aquellas especies que son capaces de sobrevivir no pueden encontrar fuentes de alimento en el nuevo entorno de la plantación y frecuentemente entran en conflicto con los humanos en las plantaciones y sus alrededores. Durante un tiempo después de talada una zona de bosque, trabajadores y habitantes de poblaciones aledañas se encuentran con elefantes, orangutanes, tigres, puerco espines y jabalíes salvajes expulsados de su hábitat. Los resultados a menudo son graves y a veces fatales. No debe subestimarse la importancia mundial de la destrucción de los bosques en términos de biodiversidad y cambio climático, pero son las comunidades locales las que inmediatamente sienten el impacto de su destrucción. Estas comunidades dependen de los bosques, cuyo manejo se realiza a menudo de acuerdo con las leyes tradicionales de la comunidad, para su subsistencia y el ingreso de dinero en efectivo, así como para la realización de sus prácticas culturales y religiosas. La deforestación trae aparejados cambios radicales en el estilo de vida de estas comunidades. Las economías de escala requieren que una plantación de palma aceitera tenga por lo menos 4.000 hectáreas de superficie de forma de poder operar de manera factible un molino de aceite crudo de palma que procese racimos de fruta fresca de las grandes plantaciones. En el sudeste de Asia, cada empresa palmicultora maneja en promedio una superficie de 10.000 a 25.000 hectáreas. Estas compañías son mayoritariamente parte de holdings agrícolas, con grandes plantaciones cuya extensión varía entre 100.000 y 600.000 hectáreas en distintas provincias y países. Además de Malasia, Indonesia y Papúa Nueva Guinea, hay proyectos de palma aceitera en muchos otros países, entre ellos Filipinas, Vietnam, Camboya, Tailandia, Birmania, India, Islas Salomón, Kenia, Tanzania, Congo, Camerún, Nigeria, Liberia, Guinea, Ghana, Costa de Marfil, Guyana, Brasil, Colombia, Ecuador, Nicaragua, Costa Rica y México. Las preocupaciones sobre los impactos sociales y ambientales de las plantaciones de soja y palma aceitera hoy están acentuadas porque se prevé un mayor crecimiento en ambos cultivos en esos y otros países. Artículo basado en información
obtenida de: “Oil Palm and Soy: The Expanding Threat to Forests”,
“Soy Expansion - Losing Forests to Fields”, WWF Forest Conversion
Initiative, julio 2003, http://www.wwf.ch/images/progneut/upload/WWF_OIL_PALM_AND_SOI.pdf
; “Accommodating Growth: Two scenarios for soybean production
growth”, Jan Maarten Dros, AIDEnvironment, noviembre 2003, http://www.wwf.ch/images/progneut/upload/1122_Soy_quick_scan_v6.pdf
; “Corporate actors in the South American soy production chain”,
Jan Willem van Gelder, Jan Maarten Dros, noviembre 2002, http://www.wwf.ch/images/progneut/upload/South%20American%20soybean |
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