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87 - Octubre 2004 Muchas personas no saben que todavía
hay pueblos indígenas que viven en aislamiento voluntario,
algunos de los cuales han sido contactados y otros no, en particular
en los trópicos. En general la gente tampoco es consciente
de los impactos resultantes de los contactos, tanto libres como forzados,
de estos pueblos con el mundo exterior. Como forma de generar conciencia
sobre su difícil situación y concitar apoyo para estos
pueblos, hemos centrado el presente boletín sobre este tema,
en colaboración con el Forest Peoples Programme y otras organizaciones
y personas que trabajan para proteger los derechos de estos pueblos. |
| NUESTRA OPINION - El derecho de pueblos indígenas a vivir en aislamiento voluntario En un mundo caracterizado por la información, hay temas que han sido invisibilizados de tal manera, que la gran mayoría de la gente no sabe que existen. Tal es el caso de los pueblos indígenas que viven en aislamiento voluntario. La gente ni siquiera está al tanto de que algunos de esos pueblos aún no han sido contactados por la sociedad predominante y que en otros casos se resisten a integrarse a pesar –o a resultas- de haber sido contactados. A ese desconocimiento se agrega otro: que la propia existencia de esos pueblos se encuentra seriamente amenazada por el avance destructivo del "desarrollo". Las carreteras que penetran en el bosque para extraer madera, petróleo, minerales o para promover la colonización agrícola y ganadera, pueden ser catalogadas como las carreteras de la muerte para estos pueblos. Ellas les traen enfermedades desconocidas para las que sus cuerpos no están preparados, la destrucción del bosque que les provee del sustento, la contaminación de las aguas de las que beben, en las que se bañan y pescan, los enfrentamientos con quienes pretenden apropiarse de su territorio, la muerte de sus culturas milenarias. Para entender el problema, es necesario despojarnos de nuestras "verdades" y tratar de ponernos en su lugar. Todos nosotros vivimos en territorios con límites bien precisos. También ellos. Todos nosotros somos celosos custodios de nuestras fronteras frente a potenciales o reales agresiones externas. También ellos. Todos tenemos nuestro sentimiento de nacionalidad, con una lengua, una cultura y un conocimiento particulares. Ellos también. ¿Qué haríamos si un conjunto de extranjeros armados ingresara a nuestro territorio sin nuestra autorización? Lo mismo que ellos: resistir de todas las formas posibles, incluida la resistencia armada. Sin embargo, mientras a nosotros se nos consideraría "patriotas heroicos", a ellos se les cataloga de "salvajes". ¿Por qué? Porque somos nosotros quienes adjetivamos la resistencia. Es importante enfatizar que a esos pueblos nunca se les preguntó si querían ser brasileños, o ecuatorianos, o peruanos, o congoleños o cameruneses o indonesios o malayos. Simplemente cada gobierno (colonial o nacional) dibujó un mapa y determinó que todos los territorios incluidos dentro de sus fronteras "pertenecían" al país o colonia correspondiente. No importó que esos pueblos hubieran estado viviendo en esos territorios antes de la propia creación de los estados nacionales o de la colonización extranjera. Se los "nacionalizó" de hecho. Nuevamente la pregunta: ¿qué haríamos nosotros frente a una situación similar? ¿Aceptaríamos el cambio de nacionalidad impuesto o nos resistiríamos? Seguramente haríamos todo lo posible por seguir siendo lo que somos y queremos ser. La diferencia es que estos pueblos se encuentran en total inferioridad de condiciones para resistir el avance arrollador de la sociedad predominante. Es por ello que todos quienes creemos en la justicia tenemos la obligación de brindarles, de múltiples formas, el apoyo que necesitan –aunque no lo pidan- para la defensa de sus derechos y para detener el genocidio silencioso e invisible al que están expuestos. En ese sentido, lo primero que podemos hacer es informar al mundo acerca de su existencia, como paso inicial hacia el objetivo de sumar voluntades para la defensa de su derecho a vivir en sus territorios de la forma que ellos determinen, incluido el derecho a no integrarse a una sociedad a la que no desean pertenecer. Unido a lo anterior, debemos hacer todo lo posible para proteger sus territorios de invasiones externas vinculadas a actividades tales como el madereo, la minería, la explotación petrolera y la colonización. Ello implica en primer lugar el reconocimiento legal de sus derechos por parte del Estado y el estricto cumplimiento de las disposiciones legales frente a posibles invasiones no autorizadas. Y además implica que el Estado excluya explícitamente a esos territorios de sus programas de desarrollo. En realidad, no debería llamarnos la atención que haya pueblos que no quieran integrarse a una sociedad como la actual, que empuja a millones a la pobreza y al hambre y que destruye todo lo que toca (clima, bosques, praderas, humedales, suelos, aire). Estos pueblos no son ni pobres ni ignorantes. Son distintos y están mostrando una enorme sabiduría al querer mantener su aislamiento. En un mundo en el que tanta gente sueña con vivir en una isla tropical idílica, ellos están intentando algo muy parecido. Pero cada vez les resulta más difícil defenderse de la agresión externa. Ayudémosles a vivir en su propia isla hasta el día en que decidan por su propia voluntad, –si lo hacen- integrarse a la sociedad predominante. Ricardo Carrere Cuando los primeros conquistadores viajaron río abajo por el Amazonas en el siglo XVI, encontraron asentamientos populosos, cacicazgos jerárquicos y complejos sistemas agrícolas a lo largo del curso principal. Los “indios”, según reportaron, criaban tortugas en estanques de lagunas de agua dulce, tenían vastas provisiones de pescado seco, hacían sofisticada alfarería esmaltada, y tenían enormes tinajas, cada una de las cuales podía contener cien galones (380 litros). También notaron que estos pueblos tenían flotillas de canoas y comerciaban río arriba, adentrándose en los Andes, y río abajo hacia la desembocadura del gran río. Sus numerosos guerreros llevaban mazas de madera y gruesos escudos de cuero hechos de pieles de cocodrilos y manatíes. Detrás de los grandes asentamientos, advirtieron la existencia de “muchos y muy bien hechos caminos que se internaban tierra adentro”, algunos tan anchos que los compararon con los caminos reales en España. Estas historias fueron más tarde descartadas como exageraciones de quienes intentaban magnificar la importancia de sus “descubrimientos”, ya que desde el siglo XVIII las riberas del Amazonas han estado casi completamente despobladas. Durante el siglo XX los amazónicos arquetípicos fueron “tribus ocultas”, grupos de cazadores, recolectores y cultivadores nómades que vivían aislados en las nacientes de los ríos principales, evitando el contacto con la sociedad nacional. Con la perspectiva del tiempo transcurrido y los nuevos conocimientos aportados por la historia y la arqueología, hoy podemos ver que estas dos percepciones de la Amazonía están extraña y trágicamente relacionadas. La arqueología nos enseña actualmente que las tierras bajas de la Amazonía, aún en aquellas zonas de suelos pobres y aguas turbias como el alto Xingú, fueron de hecho alguna vez, zonas con asentamientos humanos importantes. El comercio regional y las sinergias dinámicas entre los pueblos amazónicos habían conducido a que el subcontinente estuviera densamente poblado por grupos ampliamente diferenciados pero interrelacionados, que se especializaban en habilidades locales y usaban sus ambientes específicos de maneras diversas y sutiles. La violenta arremetida de las sociedades occidentales puso fin a gran parte de esta complejidad. La guerra, la conquista, las misiones religiosas y el flagelo de las enfermedades del Viejo Mundo redujeron las poblaciones a menos de un décimo de los niveles precolombinos. La caza de esclavos, tanto por parte de los soldados europeos como por parte de otros grupos indígenas que comerciaban con el “oro rojo” (los “indios” esclavizados), a cambio de los productos de las industrias occidentales, terminó haciendo desaparecer la población remanente en el curso inferior del río. Las incursiones, la esclavitud y la competencia por oportunidades de comercio con los blancos, crearon un estado de gran confusión en las cabeceras del río. El mito del Amazonas vacío se hizo realidad, ya que los sobrevivientes se desplazaron tierra adentro y río arriba para evitar esta depredación. A fines del siglo XIX, los mercados de ultramar y los avances en la tecnología crearon nuevas posibilidades para la explotación. En particular, el descubrimiento del proceso de vulcanización, condujo al comercio global de un producto no maderero del bosque, el caucho, que ahora podía ser endurecido para el uso industrial. La onerosa tarea de extraer el látex, unida al comercio mundial, produjo fortunas para los empresarios dispuestos a penetrar en las cabeceras del río, esclavizar a las tribus locales y forzarlas a trabajar los grupos dispersos de árboles de caucho. El capital internacional llegó a raudales para aprovechar al máximo estas oportunidades. Decenas de miles de indígenas perecieron por la renovación de la esclavitud, el incendio de asentamientos, la muerte por inanición de los sobrevivientes, el trabajo forzado y las enfermedades. El proceso también llevó a que nuevas oleadas de pueblos indígenas sobrevivientes huyeran hacia zonas más profundas de los bosques, buscando perder contacto con un mundo cambiante que implicaba muerte y degradación cultural. Por supuesto, no todos los pueblos indígenas en las cabeceras del Amazonas son refugiados que escaparon de las brutalidades del contacto, pero, en general, se subestima el impacto que ha significado el mundo exterior incluso en las zonas más remotas. Para muchos pueblos indígenas del Amazonas y también de otras partes del mundo, la búsqueda del aislamiento ha sido una elección informada –la respuesta lógica de pueblos que se han dado cuenta de que el contacto con el mundo exterior les trae la ruina y no beneficios. La vida en los bosques sin el comercio puede tener sus privaciones, no solo porque la ausencia de artefactos de metal como las hachas, los machetes, anzuelos y recipientes de cocina hace que la subsistencia implique un trabajo más duro; sino también porque el comercio tradicional, el trueque y el intercambio entre pueblos indígenas eran también -en un tiempo- formas de hacer la vida más variada y rica. Pero es la elección de estos pueblos. Las sociedades industriales del siglo XXI están avanzando actualmente hacia los confines del Amazonas, donde estos pueblos indígenas viven en aislamiento voluntario, en busca de otros recursos para comerciarlos globalmente; esta vez no se trata de esclavos ni caucho, sino de madera, petróleo, gas y minerales. Si deploramos los horrores de la muerte y la destrucción que acompañaron ineluctablemente las incursiones previas en el Amazonas, ¿podemos demostrar ahora que la sociedad industrial moderna es más civilizada? ¿Podemos respetar la elección de otras sociedades de evitar el contacto y dejarlas en sus tierras natales sin perturbarlas hasta que, tal vez, en algún momento futuro decidan emprender la riesgosa aventura de contactar un mundo con el que –según les ha enseñado la amarga experiencia- no es seguro interactuar? Si no podemos, entonces es casi seguro que las generaciones futuras nos condenarán por la misma avaricia, indiferencia, egoísmo y codicia por las que hoy condenamos a los conquistadores y a los “barones del caucho”. Por: Marcus Colchester, Forest
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