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Boletín del WRM

 

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Número 97 - Agosto 2005
Indice - Opinion - Actividades industriales, bosques y salud - Impactos de las plantaciones sobre la salud


BOSQUES Y SALUD

La salud de los ecosistemas, nuestra salud

El bosque es cuna de diversidad, que es decir origen de vida. Cuando el bosque está sano, de él brota el agua, allí el aire se torna más puro y perfumado, de sus múltiples recursos es posible obtener abrigo, nos regala alimentos, el arte se expresa en la miríada de colores y matices que se despliegan y ocultan cíclicamente, y en medio de toda esa belleza y prodigalidad es posible sentir de alguna manera el amor que la naturaleza comparte con todos sus seres.

Nosotr@s, como individuos de la especie humana, también somos parte de ese ecosistema en la medida que estamos interrelacionados con él. Y no sólo los pueblos indígenas que habitan el bosque. También los habitantes de las ciudades, de los desiertos y las sierras dependemos de los bosques, del papel fundamental que cumplen en el planeta. Pero en algún momento de la historia comenzaron a darse procesos que nos fueron separando, que muchas veces fueron borrando de la memoria el eco de los sistemas. Y así, permitimos que la salud quedara fuera de nosotr@s...

Es por eso que hablar de la defensa de los bosques es hablar de salud. Pero también es pertinente definir de qué salud hablamos cuando hablamos de salud.

En muchos casos la salud se equipara a ausencia de enfermedad y la forma de lograrlo es en base a la atención médica y/o los medicamentos. Así, hablando del derecho a la salud, en general la referencia es al derecho a acceder a la medicina --la oficial y dominante-- y sus recursos. Los indicadores registran datos cuantitativos --cuántos médicos y hospitales hay por habitante, índices de nacimiento, mortalidad y estado nutricional, descripciones de la distribución de enfermedades infecciosas o crónicas-- para medir la salud de una población.

En la etapa neoliberal del capitalismo que estamos viviendo, la salud ha sido convertida --como tantas otras cosas-- en mercancía. Los laboratorios y la industria farmacéutica crecen a la sombra de las guerras, pero agitando la bandera de la paz y la salud asaltan los bosques y se apropian de las propiedades curativas de sus plantas y árboles, aprovechándose graciosamente --gratuitamente-- de los conocimientos acumulados por las comunidades a fuerza de ensayo y error, generación tras generación. Las bondades sanadoras de los productos del bosque, antes gratuitas, han sido patentadas, envasadas, etiquetadas y comercializadas por las empresas, a altos costos para los consumidores.

El concepto de salud de los pueblos originarios en general es dinámico y holístico. Para los matsigenkas amazónicos de la cuenca del río Urubamba, Perú, la salud es el estar sanos y sentirse bien, dentro de lo cual la salud física es tan solo uno de los elementos. Para ellos “estar sano” refleja aspectos de la vida que la ciencia occidental podría separar en biológico, ambiental, social y psicológico, y no sólo aspectos biomédicos. Afectados por el Proyecto de Gas de Camisea --un grupo de consorcios dedicados a la explotación y transporte de gas en la cuenca del río Urubamba (ver boletín Nº 62 del WRM)--, los matsigenkas relacionan el deterioro de su estado de salud con las nuevas ansiedades y conflictos sociales que han surgido con el “desarrollo” de la zona (los reiterados intentos desde principios de los años 80 de encontrar y explotar los hidrocarburos), los cambios sociales dramáticos que han ocurrido y el esfuerzo por mantener sus valores y formas de vida.

En México, para los Mixes de Santo Domingo de Tepuxtepec, para los Zapotecos de San Juan Tabaá, para los Chatinos de Nopala, las energías de la naturaleza se entienden como influyentes y responsables en la salud del entorno y de la comunidad. En consecuencia, también de los individuos. Su cultura está profundamente relacionada con la naturaleza, entendida ésta como mundo natural y sobrenatural a la vez. Para ellos, el cerro es su vida; los árboles, hermanos; el bosque, un lugar a respetar; las flores y plantas, fuente de ayuda para sanar; el agua, la sangre que nutre sus campos; las rocas, protección y fuerza; el sol, el padre de la vida; la tierra, la madre que da lo que se necesita para vivir. Y alrededor de esas imágenes del entorno se encuentran todos los elementos espirituales heredados de sus antepasados y aprendidos de pequeños en el seno de la familia y de la comunidad. Cuando todo eso está en equilibrio, hay salud. Así lo ven.

Una de las definiciones de la Organización Mundial de la Salud dice: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Se trata de un concepto que significa un gran avance con respecto a la limitación que equipara la salud con el acceso a la atención médica. No obstante, cabe preguntarse qué Estado lleva a la práctica esta noción en sus políticas sanitarias. Y en la propia OMS, ¿hasta qué punto sus políticas y posiciones trasuntan una visión en que la ausencia de enfermedad esté inextricablemente unida a factores económicos, políticos y socio-culturales?

Por otro lado, la definición de la OMS ofrece un marco general de referencia que puede ser aceptable para muchas culturas, pero no abarca los hábitos específicos y las tradiciones de salud de las diversas culturas del planeta. El concepto de enfermedad mental, por ejemplo, varía. En muchos pueblos indígenas, la persona que escucha hablar a los espíritus es mirada con reverencia y convive con la comunidad. En la cultura occidental y urbana, en cambio, es calificada de esquizofrénica, medicada y tal vez recluida en un centro siquiátrico.

Los propios pueblos indígenas de distintas culturas, cuando se encuentran por primera vez, quedan asombrados porque comparten la misma cultura básica originaria, a pesar de que tengan grandes diferencias entre ellos. Y consideran que lo que los hace diferentes de la sociedad occidental dominante es una relación con la naturaleza en la cual no están fuera de ella sino que son parte integral, y la noción de que no puede haber un interés económico superior a la necesidad de preservar el ecosistema, porque la bonanza del presente no puede hacerse a costa de desolar el futuro.

En las sociedades occidentales o en sociedades que han sido invadidas e impregnadas de su visión dominante, el “desarrollismo” coloca al ser humano fuera de la Naturaleza e incluso contra ella, y los problemas de salud los aborda desde una ciencia fragmentada, que cada vez más secunda los intereses comerciales y ostenta una actitud de dominación.

Recuperar el pensamiento ecosistémico, pensar en función de la salud de los ecosistemas, permite comprender que la salud y la vida de las personas están relacionadas con la salud y la vida de todos los componentes del ecosistema: el suelo, el agua, la flora, la fauna, el aire y por supuesto, también el ser humano, con sus relaciones sociales, políticas, económicas y ambientales. Esa noción de interrelación produce una ética diferente a la del sistema dominante, una ética respetuosa de la vida. Y también una lógica que obliga a que el foco de atención de las políticas, las estrategias y los planes estén centrados en la salud de los ecosistemas.

Por Raquel Núñez, WRM, correo electrónico: raquelnu@wrm.org.uy, en base a información obtenida de: “Salud de los ecosistemas. Un pensamiento articulador”, Julio Monsalvo, http://www.altaalegremia.com.ar/; “La salud de los pueblos indígenas y el Proyecto de Gas de Camisea”, Informe para la AIDESEP, Dora Napolitano, Carolyn Stephens, http://www.lshtm.ac.uk/pehru/communities/camisea-salud.pdf; Medicine Keepers: Issues in Indigenous Health, Lori A. Colomeda y Eberhard R. Wenzel, http://www.ldb.org/indheal.htm


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Opulencia sin abundancia: los cazadores-recolectores, ¿un camino sensato a la salud?

En un intento por construir o recrear una visión holística de la salud en tanto situación de equilibrio de la cual pueda fluir la alegría de vivir, quizás sea oportuno reflexionar sobre formas de vivir diferentes, muy diferentes de la supuestamente avanzada vida occidental moderna: por ejemplo, la de la sociedad cazadora-recolectora.

La sociedad cazadora-recolectora consume menos energía por año y por persona que cualquier otro grupo de seres humanos. Sin embargo, si nos detenemos a examinarla, la sociedad opulenta original no era otra que la cazadora, en la que todos los deseos materiales de las personas se satisfacían fácilmente.

Existen dos caminos posibles hacia la opulencia: los deseos pueden “satisfacerse fácilmente” produciendo mucho o deseando poco.

La concepción que nos es familiar, basada en el concepto de economías de mercado, establece que los deseos de los seres humanos son enormes, por no decir infinitos, en tanto sus medios son limitados, aunque puede mejorárselos. Así, el desfasaje entre medios y fines puede reducirse mediante la productividad industrial, por lo menos hasta el punto en que los “bienes urgentes” abunden. Pero hay también un camino hacia la opulencia que establece que los deseos materiales de los seres humanos son finitos y escasos y los medios técnicos permanecen incambiados, aunque en general son adecuados. Al adoptar esta estrategia un pueblo puede disfrutar de una abundancia material sin igual, con un “nivel de vida” bajo desde el punto de vista occidental.

Tradicionalmente se considera que la situación de la sociedad cazadora es deprimente. Esta visión se remonta a la época en que Adam Smith escribía y probablemente también a una época anterior a cualquier escritura. Quizás se trate de uno de los primeros prejuicios neolíticos. Pero la mala opinión actual sobre la economía cazadora-recolectora no debe achacarse al etnocentrismo neolítico: la economía mercantil actual promueve las mismas conclusiones lúgubres sobre las condiciones de vida de la sociedad cazadora.

¿Es realmente paradójico afirmar que las economías cazadoras son opulentas, teniendo a la vista su absoluta falta de posesiones? Las sociedades capitalistas modernas, sin importar cuán ricas sean, se dedican a proponer la escasez. La insuficiencia de los medios económicos es el primer principio de los pueblos más ricos del mundo. Su sistema industrial-mercantil instituye la escasez, de una forma tal que no se compara a ninguna otra.

La escasez es la sentencia dictada por la economía capitalista. Y es precisamente desde esta posición que consideramos a la sociedad cazadora. Sin embargo la escasez no es una propiedad intrínseca de los medios técnicos. Es una relación entre los medios y los fines. Deberíamos considerar la posibilidad empírica de que la sociedad cazadora trabaja para su salud, un objetivo finito, y que el arco y la flecha son apropiados para ese fin.

Para la mayoría de las sociedades cazadoras, la opulencia sin abundancia no necesita discutirse mucho. Una pregunta más interesante es por qué se contentan con tan pocas posesiones, lo que para ellos es una política, una “cuestión de principios”, y no una desgracia. Pero ¿cuál es la razón de que las sociedades cazadoras tengan tan poco interés en los bienes materiales? ¿Será porque son esclavas de la búsqueda de alimentos, la cual “requiere la máxima cantidad de energía de una cantidad máxima de personas”, con lo que no disponen de tiempo ni fuerzas para procurarse otras comodidades? Por el contrario, según el testimonio de algunos etnógrafos la búsqueda de alimentos es tan afortunada que la mitad del tiempo la gente parece no saber qué hacer. Por otra parte, el movimiento es condición necesaria de ese éxito. En algunos casos hay más movimiento que en otros, pero siempre es suficiente para desvalorizar rápidamente las satisfacciones que brinda la propiedad. De los cazadores se dice, y con razón, que su riqueza es una carga. En sus condiciones de vida, los bienes pueden volverse “penosamente opresivos”.

La movilidad y la propiedad son una contradicción. Que la riqueza pronto se transforma en un obstáculo más que en algo bueno es obvio incluso para el forastero.

Los miembros de las sociedades cazadoras casi podríamos decir que son seres humanos “no económicos”. Por lo menos en lo que refiere a los bienes que no son de subsistencia, son el reverso de la caricatura clásica inmortalizada en la primera página de cualquier tratado sobre los Principios Generales de la Economía. Sus deseos son escasos y sus medios (en relación) abundantes. Por consiguiente están “comparativamente libres de presiones materiales”, no tienen “sentido de la posesión”, demuestran un “sentido de la propiedad no desarrollado”, son “completamente indiferentes a toda presión material” y manifiestan “falta de interés” en el desarrollo de sus herramientas tecnológicas.

Desde la perspectiva interna de la economía no parece acertado decir que las necesidades y los deseos son “restringidos” ni que la noción de riqueza es “limitada”. Tales expresiones implican de antemano un Ser Humano Económico y la lucha de las sociedades cazadoras contra lo peor de su propia naturaleza, que luego se somete finalmente gracias a un voto cultural de pobreza. Estas palabras implican la renuncia a una codicia que en realidad nunca existió, la supresión de deseos que jamás nacieron. Lo que ocurre no es que las sociedades cazadoras y recolectoras hayan reducido sus “impulsos” materialistas; simplemente, nunca hicieron de ellos una institución.

Puede argumentarse con seguridad que las sociedades cazadoras y recolectoras trabajan menos que nosotros. La búsqueda de alimentos, más que un trabajo forzado, es intermitente; se dispone de abundante tiempo libre y de más horas de sueño diurno por persona y por año que en cualquier otro tipo de sociedad.

Los pueblos más “primitivos” del mundo tienen pocas posesiones, pero no son pobres. La pobreza no significa una determinada cantidad escasa de bienes, ni es apenas una relación entre fines y medios: por sobre todo, es una relación entre las personas. La orientación económica de las sociedades cazadoras, libres de la obsesión del mercado por la escasez, tal vez se base con mayor coherencia en la abundancia que nuestras sociedades (occidentales).

Es muy posible que para tener una visión holística de la salud sea necesario explorar las bases mismas de nuestras sociedades, en busca no solamente de la salud sino de sociedades saludables. En este sentido, para muchos de quienes viven en las “opulentas” sociedades modernas, la libertad llana y simple respecto de toda necesidad puede ser un camino sensato hacia la salud.

Por Raquel Núñez, WRM, correo-e: raquelnu@wrm.org.uy. Basado en extractos y adaptaciones de: “The Original Affluent Society”, Marshall Sahlins, http://www.eco-action.org/dt/affluent.html


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Pincelazos de vivencias con la vida arbórea

“Se nos mostró que nuestra vida existe con la vida arbórea, que nuestro bienestar depende del bienestar de la vida vegetal...” es lo que leo una y otra vez en el “Mensaje al Mundo Occidental” enviado por la Confederación de las Seis Naciones Iroquesas, al noroeste del continente norteamericano, a las Naciones Unidas, 1977.

La lectura y las relecturas de este documento, al cual accedo gracias a la hoy desaparecida revista “Mutantia” de la Primavera 1987, me produce una y otra vez la sensación de encontrarme ante un mensaje revelador. Hoy quiero compartir algunas de las muchas vivencias que me han generado el tomar conciencia de que mi bienestar, mi salud, mi propia vida toda está en relación con la vida arbórea, con la vida de los bosques.

La morera del patio de mi casa: Me relaciono intensamente con esta morera que se levanta altísima a mis ojos en el patio de mi casa. Soy tan niño que aun no voy a la escuela y por lo tanto tengo toda esa potencialidad que tienen los niños “antes de ser llevados” para ser domesticados mediante esa llamada “educación formal”. Vivencio fascinantes aventuras. Le hablo a la morera y ella me contesta. A veces es ella quien me habla. Me sugiere ideas, me enseña los maravillosos mapas dibujados en sus hojas, me aconseja cómo hacer mi casita entre sus ramas con cajones que le pido a ese señor que vende verduras en un carrito tirado por una mulita que pasa por las calles de tierra del humilde barrio de esta gran ciudad donde vivo.

Instalado entre sus ramas estoy muy próximo a gorriones y colibríes. Las mariposas son mis amigas. Siento que la morera y yo vibramos juntos cuando abrazo su tronco y me aferro a sus ramas para trepar a las alturas y desde allí veo al mundo diferente.

Ya no soy tan niño. Me mudo a otra casa queriendo formar mi propio nido. Antes de irme miro a la morera. Nada nos decimos… sólo nos miramos.

Es una mañana de un día después de sucederse uno y otro almanaque. Casi el mediodía. Veo que sacan a la morera despedazada en varios trozos. Pregunto por qué la han matado. Me dicen que sus raíces levantaban los mosaicos de una galería. Se quiebra algo dentro mío y siento dolor, mucho dolor.

El Oeste Chaqueño: Estamos en el 76. El terrorismo de Estado se enseñorea con el poder de decidir la vida y la muerte de todas y de todos en Argentina. Tras una rápida consulta familiar decido no irme del país. En una especie de “exilio interno”, me traslado al Oeste del Chaco con parte de mi familia.

Comienzo a trabajar en una institución que desarrolla un proyecto con las comunidades del Pueblo Originario Toba-Qom. Recorro con jóvenes Qom los montes chaqueños de árboles nativos. Me impactan los bosques de algarrobos.

Descubro que los árboles tienen espíritu. Es un descubrimiento lento, suave. Un descubrimiento colosal que me enseña el compartir cotidiano con el Pueblo Qom. Me doy cuenta con asombro y felicidad que voy desaprehendiendo muchas cosas y aprehendo otras que pasan a ser las cosas más importantes y trascendentes para mi vida.

Percibo el “valor” del algarrobo. Digo el “valor” y no el “precio” del algarrobo. Esta diferenciación entre “valor” y “precio” es lo que me hace tomar conciencia entre los valores esenciales de las dos culturas que conviven en este escenario.

Una de ellas, la que domina, le pone “precio” a todo, obliga sutilmente a los miembros de la otra cultura, la Qom, la dominada, la que valoriza todo, justamente a destruir los bosques nativos, en especial los de algarrobo. Es que a esa madera le han puesto un “buen precio”. Se ha instalado un aserradero y una carpintería para fabricar muebles. Muebles que no son destinados a los hogares de las familias Qom sino a ser comercializados en la “gran ciudad”, en el marco de una concepción desarrollista y con el discurso de que “somos tan buenos que le damos trabajo a esa pobre gente”.

Siento dolor por esta imposición que veo y sufro y siento dolor por los algarrobos asesinados, un dolor como cuando vi a mi morera despedazada. Y así van tejiendo esta historia, mi historia, aprendiendo y desaprendiendo, de manera directa y muy fuerte, lo que es el amor a las plantas.

En el país de mis silencios interiores: Inicios de los años noventa…me hallo en el sur de Chile, en la Isla de los Ciervos. Propiedad privada de don Giorgio que vive en Italia y una vez por año visita la Isla. Don Giorgio quiere que esa Isla no se contamine. La provisión de agua a la vivienda, por ejemplo, se hace por gravedad. No se utiliza motores. Don Alonso y su hijo “Patito”, de 17 años, son los únicos habitantes.

Nos reciben muy cordialmente y nos llevan por senderos en donde los enormes árboles son columnas que sostienen una cúpula continua de ramas. De tanto en tanto esa cúpula viva se abre y el cielo nos regala sus variados matices infinidad de azules celestes, en tanto las hojas danzan con las luces y las sombras. Cascadas de árboles cohihues con sus intensísimos rojos, destellos de vida, iluminan este Templo de la Naturaleza. Flores de todos los colores que se asoman traviesas entre los musgos, entre las ramas y los troncos, desparraman sus perfumes y adornan este alegre santuario de la vida en todo su esplendor.

Caminamos en silencio. Un silencio que nos permite gozar de la sinfonía coral de cantos y arrullos de aves y de arroyos que se deslizan fecundando la tierra. Y el suelo me habla. El suelo está vivo. La elasticidad de ese suelo tapizado de musgos, de líquenes, de hojas, de pétalos, me invita a compartir sus vibraciones vitales. Intuyo que apenas estoy en los inicios de comprender el diálogo de los Pueblos Originarios con la Mamá Tierra. De repente me encuentro con dos enormes árboles, dos columnas formidables que comparten la misma raíz. Quedo absorto por algo que nunca he visto. Patito percibe que estoy anonadado. Con una sonrisa se acerca y me dice: “¿Ve?... ¡Comparten la misma raíz! Para mí, aquí bajo el suelo, todas las raíces se comparten…”

Y en el país de mis silencios interiores vuelvo a escuchar en mis cuerpos lo que me dijo “Patito”. Revivencio el impacto de sus palabras. Revivencio mis sentires de la solidaridad de la vida, los sentires de pertenencia, todas y todos los seres nos pertenecemos. Somos Naturaleza. Intersomos, bonita nueva palabra que me dice que soy en el otro, que soy en todo ser vivo.

La riqueza de la biodiversidad cultural me enseña a desaprender y a aprehender. La Vida me regala conocer diversas culturas de Pueblos Originarios. Descubro que todas tienen algo en común: se sienten pertenecer a la Naturaleza. Todas sienten esa pertenencia, todas… excepto la cultura occidental. Tomo conciencia de que nací y fui criado en una cultura con un paradigma antropocéntrico, y dicho más claramente, con un paradigma patriarcal que prioriza “al hombre” (al hombre macho) como el ser superior. De estas culturas aprehendo que el centro está en la vida, en toda forma de vida, que su paradigma es biocéntrico. En este paradigma centrado en la vida es en el cual hoy siento que estoy en el mundo.

El niño que era sabio dialogando con su morera fue llevado “a la escuela” y a muchas escuelas… sin embargo… siento que esa morera sabia ha tenido mucho que ver en que ese niño nunca dejó apagar la llama de la rebeldía, nunca lograron domesticarlo y así llegó con los poros bien abiertos para encontrarse con la sabiduría de los pueblos que siempre han estado aquí, que conviven, cooperan, con una ética de solidaridad.

Hoy sensopienso que soy Bosque y que mi salud, mi vida toda, es gracias a la vida arbórea.

Por Julio Monsalvo, correo electrónico: alta_alegremia@yahoo.com.ar


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Laos: entre las cacerolas --dieta y sustento de los indígenas Katu

Al igual que muchos otros Pueblos Indígenas, los Katu de Laos dependen de los bosques para su sustento. Los Katu de Laos viven en las montañas cubiertas de densos bosques de la cadena de Annamite, cerca de la frontera con Vietnam; practican la agricultura itinerante y obtienen de la caza y la recolección en el bosque gran parte de sus alimentos, fibras, medicinas y materiales de construcción. Es decir, obtenían hasta hace poco.

Un nuevo estudio sobre cuatro poblados Katu de la provincia de Sekong, en el sudeste de Laos, describe los impactos que tienen el deterioro ambiental y las restricciones a las formas tradicionales de sustento, sobre la dieta, la salud, la cultura y el sustento de los Katu.

Jutta Krahn, nutricionista del Departamento de Economía Alimentaria Mundial de la Universidad de Bonn, Alemania, pasó dos años documentando qué comen exactamente los Katu. Dos de los poblados que estudió, Ban Tham Deng y Ban Thong Kai, en el distrito de Kaleum, están rodeados de bosques. Los otros dos, Ban Kandon Mai y Ban Nongbong, en el distrito de Thateng, están cerca de carreteras en bosques muy degradados, pero con acceso a mercados y servicios públicos.

Krahn registró cerca de 700 plantas y animales que formaban parte de la dieta Katu tradicional. Su investigación demostró que a principios de los años 1960 los Katu comían una variedad de frutas, verduras y carne de animales silvestres que cubría sus necesidades nutricionales. Hoy los Katu comen más arroz pero menos carne de animales silvestres, raíces y tubérculos, y también menos “alimentos que llenan”, con alto contenido de almidón, como granos básicos y maíz.

Las técnicas tradicionales para preparar la comida y darle sabor están desapareciendo, lo que conlleva la reducción de nutrientes en los alimentos. Por ejemplo, explica Krahn, tradicionalmente los Katu cocinaban los animales pequeños y las aves moliendo la carne con todos los huesos y el cartílago en un tubo de bambú que se hace hervir a fuego lento. “Este tipo de carne picada contiene un montón de calcio y hierro. Si el mismo alimento se preparara de otra manera, los minerales no se absorberían tan fácilmente”.

Krahn encontró que la ingesta de hierro, cinc, calcio, vitaminas B, grasa y proteína de los Katu es menor que en el pasado. En todos los poblados que Krahn estudió hay niños que sufren de altos niveles de atrofia y debilidad, y muchos no llegan al peso apropiado. La introducción de la producción de arroz de aniego (inundado) no ha sustituido la pérdida de la producción de arroz de secano en las tierras de agricultura itinerante. El cultivo de frutas y verduras no ha sustituido la reducción de las cosechas de frutas y verduras silvestres.

La dieta de los Katu que viven en Ban Tham Deng y Ban Thong Kai es mejor que la de los que viven cerca de los mercados. “La ingesta de carne de animales silvestres y también de frutas y verduras es considerablemente más alta en las aldeas del bosque”, dice Krahn. “En los dos poblados más cercanos al mercado, Ban Nongbong y Ban Kandon Mai, había familias que solamente comían dos veces por día”.

Los Katu se están enfrentando a nuevos problemas sanitarios, entre los que se cuentan la malaria y la infección por lombrices, que según dicen son mucho peores que antes.

Krahn cree que es necesario investigar urgentemente los impactos de los bombardeos y las fumigaciones con exfoliantes de Estados Unidos durante la guerra contra Vietnam. Los aldeanos Katu le contaron que a comienzos de la guerra los peces se morían y flotaban boca arriba en los ríos. Le contaron acerca de anormalidades en su ganado y de madres cuyos hijos tenían defectos de nacimiento. El temor de Krahn es que “las dioxinas y los furanos persisten en el medio ambiente. Yo creo que todavía están presentes”.

En la provincia de Sekong el madereo no tiene control alguno, lo que plantea una amenaza para los bosques de los Katu. En 2002, según un informe de Charles Alton, consultor de la ONU, y Houmphan Rattanavong, del Consejo Nacional de Ciencias de Laos, llegó a Ban Tham Deng una empresa con un cúmulo de lo que parecían ser documentos oficiales y empezó con el madereo. Luego llegaron los madereros y empezaron a cortar los árboles de Aquilaria, muy valorados por su resina, que se utiliza para producir medicamentos, incienso y perfume. Entre 1999 y 2000 el ratán se cortó “casi al punto de la destrucción completa” en Ban Tham Deng, excriben Alton y Houmphan. En todos los casos, los pobladores de Ban Tham Deng no recibieron nada.

Krahn sugiere que en Laos se necesita un nuevo enfoque de las “estrategias de seguridad alimentaria”, uno que preste más atención a los aspectos culturales de la alimentación y la nutrición, así como al medio ambiente.

"Mi punto de partida”, dice Krahn, “serían los distintos grupos étnicos, sus culturas alimentarias, culinarias y sus dietas. No hay información, y por eso tanto el gobierno como las organizaciones para el desarrollo se centran demasiado en la producción de alimentos, en especial el arroz de aniego. Yo diría que el gobierno y las organizaciones para el desarrollo podrían equilibrar esta situación facilitando más investigaciones y detallando los conceptos de seguridad alimentaria de los distintos grupos étnicos y diferentes localidades geográficas”.

Es importante considerar la calidad de los alimentos, así como la cantidad. Para Krahn, trabajar “entre las cacerolas” con las mujeres Katu, que son las responsables de la salud de sus familias, mejoraría los resultados en términos de optimización de la ingesta de nutrientes.

Por Chris Lang, correo electrónico: chrislang@t-online.de Para contactarse con Jutta Krahn, escribir a jukrahn@gmx.de El resumen de su informe sobre los Katu puede encontrarse en: http://www.wrm.org.uy/countries/Laos/Katu.html


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La II Asamblea Mundial de la Salud de los Pueblos

Del 17 al 23 de julio, en Cuenca, Ecuador, más de 1.300 participantes provenientes de 80 países de los cinco continentes se reunieron bajo la consigna “Las voces de la tierra nos convocan” para analizar los problemas de salud globales y trazar estrategias de promoción de salud para tod@s. La declaración final del evento identifica como causa principal del deterioro de las condiciones de salud de la mayoría de la población mundial a las políticas neoliberales que transfieren riqueza del Sur al Norte, de pobres a ricos y del sector público al privado. La privatización de los bienes públicos y el “libre comercio”, marco del neoliberalismo, cuentan con la Organización Mundial de Comercio (OMC) y las Instituciones Financieras Internacionales para controlar los factores que hacen a la salud. En un mundo donde prevalece el racismo, la opresión de la mujer, la exclusión social, la generación de pobreza, las guerras, el individualismo y la destrucción cada vez más intensa y acelerada del ambiente, no puede haber salud.

La vinculación de la salud con esos otros factores llevó a que en el evento se trazaran diversos ejes de discusión, como, entre otros, salud y ambiente, interculturalidad y salud, equidad y salud de la población, comercio y salud, salud en manos del pueblo. Dentro del espacio salud y ambiente, el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales (WRM) aportó a la vinculación de la salud con el cambio climático y la deforestación.

La II Asamblea Mundial de la Salud de los Pueblos convoca a los pueblos del mundo a movilizarse ante el asalto al derecho a la salud y a defenderlo a través de una movilización popular amplia, articulándose con las luchas por el derecho al agua, la defensa del ambiente, la soberanía alimentaria, la igualdad de género, por trabajo y vivienda dignas y una educación universal. A través de esas luchas de resistencia se plantea la visión de un mundo social y económicamente más justo en que prevalezca la paz; un mundo de respeto, en un contexto intercultural que incorpore distintos saberes, en que la gente celebre la vida, la naturaleza y la diversidad.

El WRM apoya esta convocatoria, que sigue la línea que lo llevó a trabajar en el Foro Social Mundial por la integración de los movimientos sociales que ya están construyendo otros mundos posibles, desde sí mismos y su soberanía, enlazados con otros.

En nuestra defensa de los bosques, en nuestra resistencia a las políticas públicas que atentan contra ellos (y nosotr@s), apostamos a esos espacios populares que están tomando los temas en sus manos: el manejo comunitario de bosques, a partir de la Iniciativa de Mumbai sobre los Bosques (ver boletín Nº 78 del WRM); el cambio climático, a partir del Grupo de Durban (ver boletín Nº89 del WRM); y la salud, a partir de la Asamblea Mundial de la Salud de los Pueblos.

Por Raquel Núñez, WRM, correo electrónico: raquelnu@wrm.org.uy

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