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Bosque
Amazónico:
10 años después de la Cumbre de la Tierrra
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BRASIL
En 1970 la Amazonía apenas había sufrido un retroceso de un 1% de su área original, pero ya en 1978 habían desaparecido 152.200 km2 de selva (3,8% del total de área de bosque). El proceso se acelera y 10 años más tarde, en 1988 la superficie deforestada abarca 377.500 km2 (9,4%) (Schwartzman 1998). Es interesante señalar que en la década de 1980 la tasa de deforestación alcanzó los niveles más altos, con un promedio del 0,54% anual (Brazilian Embassy 1996). A principios de los 90 dicha tasa llegó a disminuir al 0,30%, pero creció al 0,37% en 1991-92 y volvió a subir al 0,40% en el período 1992-94 (Brazilian Embassy 1996). En 1996 el área deforestada comprendía 517.100 km2 (12,9%) (Schwartzman 1998) y en el año 2000 casi el 15% del bosque amazónico había desaparecido (551.000 km2) (ENS 2001 y Le Monde 2001) Para tener una idea más clara de las áreas deforestadas anualmente en los años posteriores a la Cumbre de la Tierra, las siguientes cifras de deforestación anual resultan ilustrativas: Environmental Defense 1998
1994 1995 1996 8/1998-8/1999 8/1999-8/2000 En Brasil, el proceso de deforestación se ha iniciado históricamente con la construcción de una carretera. Quizá el caso más simbólico sea el de la Transamazónica, pero son ya muchas las carreteras construidas en la región, que la atraviesan en todas las direcciones. La construcción de una carretera constituye por un lado una causa directa de deforestación, ya que su construcción implica la apertura de cientos de kilómetros de bosque para dar lugar a la misma. Pero por otro lado es una causa indirecta de deforestación, puesto que constituye la condición necesaria para el ingreso de otros actores, que profundizan el proceso de deforestación. Normalmente, el primer actor que se beneficia de la carretera es el sector maderero, que obtiene concesiones de extracción selectiva de madera en amplias áreas del territorio. Su actividad requiere además la construcción de caminos secundarios para acceder a los árboles valiosos, cortarlos y extraer los troncos. Esa red vial ha permitido que la contribución de la zona amazónica a la producción maderera total del país haya aumentado de sólo un 14 % hasta un 85 % en las dos últimas décadas. Durante los últimos años, la Amazonía ha presenciado además el ingreso de transnacionales madereras orientadas a la exportación, entre las que se destacan (en los estados de Amazonas y Pará), las estadounidenses Nevada Manhattan, Janus International y Kiani, las malayas WTK y Jaya Tiasa, la alemana Westag & Getalit, la suiza Precious Woods y la japonesa Eidai. (Greenpeace) El madereo (llevado a cabo tanto en forma legal como predominantemente ilegal por empresas nacionales y extranjeras) provoca graves impactos sobre áreas extensas de bosque, aunque sin llegar a la deforestación. Sin embargo, genera las condiciones necesarias para que ésta se produzca. En efecto, la política del estado brasileño a partir de los 70 consistió en construir carreteras para abrir la Amazonía con dos objetivos diferentes pero vinculados: 1) Acceder a la explotación de los recursos naturales: madera, minerales, energía hidroeléctrica, combustible, suelo y 2) Impulsar la migración interna hacia la Amazonía como manera de desactivar las crecientes presiones sociales por la tierra en regiones predominantemente latifundistas (en Brasil, alrededor del 60% de la tierra agrícola está concentrada en sólo el 2% de los propietarios de tierras). La colonización se vuelve así una válvula de escape para evitar estallidos sociales. Es así que en octubre de 1970, el presidente Emílio Garrastazu Médici daba inicio, en plena dictadura militar, a un proceso de colonización que prometía entregar "tierra sin hombres para hombres sin tierra". Esa política racista (que desconocía a los pueblos indígenas) y machista dio lugar a una migración masiva hacia la Amazonía y al inicio de un proceso de deforestación que continúa al día de hoy. Ese proceso sigue un patrón que se puede esquematizar de la siguiente manera: el pequeño campesino ingresa (por las carreteras y caminos secundarios) a las áreas ya sometidas a tala comercial y corta los árboles que quedaron en pie. Luego quema el área y la dedica a cultivos de subsistencia y de renta. A los pocos años el suelo pierde su fertilidad y el campesino se desplaza a nuevas áreas donde realiza la misma actividad. Los suelos empobrecidos que van quedando atrás son apropiados (por las buenas o por las malas) por los ganaderos, que los destinan a pasturas para la cría de ganado, dando lugar a latifundios cada vez más grandes. El proceso en su conjunto genera condiciones ambientales que hacen posible los grandes incendios, que abren aún más áreas para la explotación agrícola y ganadera. En efecto, el área antes cubierta por bosque húmedo ahora pasa a estar compuesto por un bosque con un suelo más seco (como resultado de la corta selectiva de árboles, que permite la llegada de los rayos solares al suelo) y por la presencia de extensas áreas totalmente deforestadas y por ende mucho más secas. Ello explica el creciente papel que juegan los incendios en la deforestación de una región donde antes el fuego era casi imposible. La apertura de amplias áreas de bosque permite a su vez el desarrollo de monocultivos industriales agrícolas y forestales a gran escala, tales como la soja y los eucaliptos, que resultan en graves impactos ambientales (incluyendo deforestación, pérdida de biodiversidad, contaminación, escasez de agua) e impiden la regeneración del bosque. Las carreteras son también el camino de ingreso de otra serie de actores en busca de otros recursos naturales, en particular los minerales. Bajo la cubierta forestal se esconden recursos tales como bauxita (a partir de la cual se fabrica el aluminio), hierro (para producir acero), oro y otros. La explotación de esos recursos ha resultado tanto en deforestación como en degradación de bosques. En primer lugar, el área minera y sus alrededores son deforestados por la propia minería. Pero a la vez resultan en graves procesos de contaminación y sedimentación de las aguas que provocan procesos de degradación ambiental en amplias áreas boscosas. A su vez, algunas de esas actividades mineras requieren un enorme consumo de energía que se obtiene a expensas del bosque; en algunos casos, a través de la producción de carbón vegetal a partir de los árboles del bosque y en otros casos mediante la construcción de grandes represas hidroeléctricas cuyos embalses resultan en la destrucción de amplias áreas de bosque. Todo lo anterior es ya bien
conocido y se saben sus consecuencias. Sin embargo, el gobierno brasileño
insiste en profundizar el proceso, con el lanzamiento del Plan Avança
Brasil, que prevé la bituminización de caminos ya abiertos
pero sólo transitables durante la estación seca, tales
como los que unen a Porto Velho (Rondonia) con Manaus (Amazonas),
Cuiabá (Mato Grosso) y Santarem (Pará). En total, la
habilitación de unos 6.000 kilómetros de carreteras
que servirían de apoyo para relanzar la colonización
de la región y abrir más áreas al madereo comercial.
Las proyecciones científicas de este plan señalan que,
en el escenario más optimista, el mismo resultaría en
la destrucción del 28% del bosque amazónico brasileño,
mientras que en el escenario pesimista, la deforestación alcanzaría
el 48% (Le Monde 2001). El plan también implica la construcción
de aún más represas hidroeléctricas, la construcción
de hidrovías y de gasoductos. En resumen, más de la
misma medicina que ya ha mostrado sus destructivos impactos para alcanzar
el nunca alcanzado "desarrollo".
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