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Bosque Amazónico:
10 años después de la Cumbre de la Tierrra

 

ECUADOR

Indice:

  1. Introducción
  2. Bolivia
  3. Brasil
  4. Colombia
  5. Ecuador
  6. Guayana Francesa
  7. Guyana
  8. Perú
  9. Suriname
  10. Venezuela
  11. Conclusiones: Compromisos y realidad
  12. Anexos


Ecuador es uno de los países con mayor biodiversidad del continente y del mundo. Su territorio se divide en tres regiones (la costa, la sierra y el oriente) que totalizan una superficie de 283.560 km2 con una población de 12.411.000 habitantes (Guía del Mundo 2001).

En cuanto a la superficie cubierta por bosques, si bien no existen cifras confiables, la misma se estima en 12.405.000 hectáreas, de las que 9.931.000 hectáreas se localizan en la región oriental o Amazonía ecuatoriana (McKenzie 1994), abarcando un 45% del territorio nacional y un 1,6% del territorio amazónico (TCA 1992). Cifras que resultan muy relativas, dado que la deforestación y las degradación del bosque se ha venido acelerando desde esa fecha, sobre todo por la explotación de yacimientos petroleros, a la vez que han adquirido mayor impulso las plantaciones de monocultivos industriales.

Cinco provincias forman parte de la Amazonía ecuatoriana: Sucumbíos, Napo, Pastaza, Morona Santiago y Zamora Chinchipe. El proceso de deforestación se inicia en la década del 70 y a comienzos de la década de los 90, la tasa de deforestación nacional se estimaba en 100.000 - 300.000 hectáreas anuales (Stewart&Gibson 1995). En 1998 se habían deforestado 25.000 km2 (José Santamarta, 1999) y en la actualidad se estima que en la región de oriente ya se ha deforestado el 30% del bosque original (Sierra 1996), a una tasa anual del 2,4% (WRI 1994).

Entre las principales causas de deforestación se cuentan las siguientes:

La política agraria

Durante muchos años, el Estado ecuatoriano percibió a los bosques como tierras improductivas, a partir de lo cual llevó a cabo una activa y efectiva política de deforestación, con varios objetivos centrales: ampliar la frontera agrícola, desactivar presiones sociales generadas por la mala distribución de la tierra en las regiones agrícolas y desarrollar el sector exportador.

Este proceso se acelera a partir de la década del 60, cuando el gobierno implementa una reforma agraria que complementó con una política de colonización de las "tierras improductivas", es decir de los bosques. Cualquier propiedad que tuviera un 80 por ciento de bosques podía ser considerada "improductiva" y, por tanto, ser ocupada y expropiada. Este enfoque absurdo llevó a la tala innecesaria de amplias áreas boscosas para demostrar que la tierra estaba siendo utilizada. Tanto los propietarios -para evitar la invasión de su tierra o su expropiación- como los colonos -que debían demostrar que estaban utilizando la tierra- se vieron obligados por este sistema perverso a talar entre el 50 y el 80 por ciento del bosque existente en sus predios (McKenzie 1994).

La industria maderera

El Estado también ha apoyado el desarrollo de una industria maderera de tipo extractivo, cuyas operaciones ni siquiera han sido efectivamente controladas, lo cual ha dado lugar a importantes procesos de deforestación y degradación de bosques. Ya en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del siglo XX, los territorios amazónicos fueron objeto de la explotación cauchera por empresas angloperuanas, ecuatorianas y colombianas, que sometieron a los indígenas a formas serviles y esclavistas.

Las empresas han operado fuera de las áreas de concesiones, no han respetado los planes de manejo ni han reforestado, en tanto que los pagos al gobierno han sido más simbólicos que otra cosa. Para peor, pese a toda esa depredación, Ecuador es deficitario en materia de comercio exterior de productos forestales en una proporción de cuatro a uno entre importaciones y exportaciones (McKenzie 1994).

Un estudio llega a la conclusión de que la industria maderera es responsable del 7% al 33% de la deforestación en Ecuador durante la década del 80, en el mejor y en el peor de los casos respectivamente (Sierra 1996). Sin embargo, la industria maderera también debe ser responsabilizada de los efectos indirectos de sus acciones, en particular por la apertura de carreteras, reconocida internacionalmente como una de las causas más importantes de deforestación, vías de penetración a áreas boscosas hasta entonces protegidas por su difícil acceso.

La industria petrolera

A inicios de la década de los años 20 se inicia la actividad petrolera, principalmente la exploración y a mediados de la década de los 60 comenzó el llamado boom petrolero, con el Estado como ente promotor y centralizador de todas las fases de la actividad petrolera. Esta actividad ha sido otro importante factor de deforestación y degradación de bosques. En el caso particular de la Amazonía, incluso las áreas protegidas están divididas en bloques petroleros y otorgadas en concesión para la explotación hidrocarburífera, intensificando aún más la colonización, lo cual agravó la situación de las tierras indígenas y ocasionó reacciones reivindicatorias para su mejor distribución. Hasta la actualidad no existe en la Constitución y en ningún otro cuerpo legal -salvo en algunas normas reglamentarias- el reconocimiento explícito de los derechos de los pueblos indígenas de la Amazonía, que les permita acceder a formas colectivas de dominio de los territorios ocupados por tradición.

La empresa Oleoductos de Crudos Pesados (OCP) recientemente obtuvo permiso del gobierno para construir un oleoducto que atraviesa el país de este a oeste, recorriendo las tres regiones geográficas que conforman su territorio, con el peligro de que la frontera petrolera se extienda a los territorios amazónicos del sur del país, todavía relativamente inalterados. Todo esto sin previa consulta a las comunidades afectadas ni estudio de impacto ambiental. Las consecuencias de la mala planificación de los oleoductos son ya conocidas en Ecuador. Tal es el caso del Oleoducto Transecuatoriano (SOTE), construido por Texaco hace 30 años, que ha colapsado varias veces, provocando muerte por quemadura de personas a lo largo del mismo, así como graves impactos ambientales en los cursos de agua.

La tala de bosques vinculada a esta actividad ocurre en distintos escenarios (Martínez 1994). Uno de ellos es la apertura de líneas sísmicas, (se abrieron 30.000 kilómetros de líneas sísmicas, lo que significó una deforestación de un millón de hectáreas de bosque tropical). Otro es la construcción de 500 kilómetros de carreteras (a la tala realizada para la propia carretera se sumó la colonización a cada uno de sus lados, lo que implicó un promedio de 12 kilómetros de intervención a cada lado de las carreteras). A esos se suma la construcción de plataformas petroleras (se talaron tres hectáreas por pozo, en un total de unos 400 pozos y se impactaron 15 hectáreas por pozo para extraer la madera requerida para cada plataforma. Y a la deforestación propiamente dicha se agrega la degradación del ecosistema en su conjunto, en particular resultante de derrames petroleros, vertimientos de agua de producción, de la quema del gas que se extrae junto al petróleo.

Los monocultivos industriales: cacao, banano, palmito y palma africana

Los monocultivos industriales han significado la sustitución total o parcial de los bosques nativos donde se han instalado y han agravado los problemas sociales a nivel regional. El cacao fue el principal monocultivo desarrollado a gran escala e implicó no sólo la sustitución de numerosos bosques, sino que además resultó en la concentración de tierras en manos de un pequeño número de familias.

A principios de los años 30, la estadounidense United Fruit inició la plantación del banano y su cultivo se extendió ampliamente, con el apoyo directo del Estado. Esto significó la destrucción de bosques, promocionada incluso por el Banco Nacional de Fomento, que otorgó créditos a pequeños y medianos productores, a condición de que cortaran el bosque y plantaran bananeros. Durante esa época se destruyeron los mejores bosques de Ecuador y la proporción de la superficie forestal del país disminuyó del 75 al 62 por ciento (McKenzie 1994).

Un caso algo más reciente está constituido por los monocultivos de palmito y palma aceitera. El cultivo comercial de palmito se inició en 1987 y desde entonces su expansión ha sido constante, convirtiéndose en un nuevo producto de exportación. La fiebre del palmito ha provocado la deforestación de amplias zonas de bosque de las provincias amazónicas de Napo, Sucumbíos, Morona Santiago y Pastaza. En la década del 80 algunas grandes empresas, vinculadas a capitales nacionales y extranjeros (franceses, belgas, alemanes), obtuvieron del gobierno tierras en el Oriente -muchas de las cuales pertenecientes a pueblos indígenas o a colonos- e implantaron allí extensos monocultivos de palma aceitera (llamada africana). La implantación de monocultivos de palma africana implica la deforestación total del terreno. Gran parte de estas plantaciones se instalaron en selva virgen, por lo que son un importante factor de deforestación. Las plantaciones constituyen un desierto biológico, puesto que el suelo está cubierto por muy escasas especies y sólo algunas pocas plantas logran instalarse en los troncos de las palmas. La variadísima flora y fauna local desaparece casi totalmente y los empresarios sólo favorecen la existencia de los insectos polinizadores, de gran importancia económica para la polinización de las flores y por ende de la producción de frutos. El drenaje del terreno elimina además otros hábitats y la erosión y el uso de agroquímicos (fertilizantes, plaguicidas, herbicidas) afecta la vida en los cursos de agua de la región.

 

 

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