La invasión forestal
Por Darío
Aranda
Publicado el 26
de Julio de 2009 en Página
12
Organizaciones
sociales advierten sobre los riesgos del monocultivo de árboles
para la industria de la celulosa y aserraderos: concentración
de tierras, pérdida de biodiversidad y desalojos campesinos
e indígenas. Algo parecido a lo que ocurrió con la
soja. Una legislación generosa incentiva su avance.
Verdes, prolijos
y en línea. Son como un ejército en formación.
El norte de Misiones está invadido por árboles que
parecen clonados, miles de hectáreas de pinos, el cultivo
más popular de la provincia, materia prima básica
para plantas de celulosa y aserraderos. Impulsada por los gobiernos
y el sector empresarial, la siembra masiva de árboles es
un fenómeno en crecimiento, pero con consecuencias silenciadas:
pérdida de biodiversidad y desalojo compulsivo de campesinos
e indígenas. “Es un avance como el de la soja, que
expulsa pobladores ancestrales, arrasa la vegetación nativa,
utiliza agrotóxicos y exprime territorios con el único
fin de obtener dinero. Es que las forestales no siembran bosques,
siembran monocultivo industrial”, sostiene el Consejo Asesor
Indígena (CAI), una de las organizaciones que se han declarado
en alerta por el avance forestal en la Patagonia, con conflictos
crecientes en Río Negro y Neuquén. En la última
década, la forestación intensiva duplicó su
producción y la superficie sembrada, al abrigo de una generosa
ley –aprobada durante el menemismo y prorrogada luego–
que otorga subsidios a las compañías, devolución
de IVA y exención de Ingresos Brutos, entre otras ventajas.
En definitiva, una industria de bajo perfil y alta rentabilidad.
Industria poderosa
Las estadísticas
de la Secretaría de Agricultura de Nación muestran
que en 1999, primer año de vigencia de ley forestal 25.080,
se extrajeron 4,7 millones de toneladas de “madera de bosque
implantado”. En 2006, el último registro disponible,
el tonelaje aumentó a 7,9 millón. Misiones es la provincia
maderera por excelencia, con el 59 por ciento, seguida de lejos
por Entre Ríos con el 11 por ciento, Buenos Aires y Corrientes
con el 8 por ciento. Río Negro y Neuquén son jugadores
menores, pero en ascenso. Neuquén extraía en 1999
sólo 22.000 toneladas. En 2006 ya lo triplicaba: 69.000 toneladas.
En cuanto al pino, la estrella forestal, Río Negro exhibe
un crecimiento notable: en el 2000 extraía seis mil toneladas.
En 2006 ya había duplicado la cifra: 13.000 toneladas. “Mesopotamia
y Patagonia son los polos productivos del país”, explican
desde la Asociación Forestal Argentina (AFOA), entidad que
reúne a las grandes y medianas empresas del sector.
La implantación
industrial de árboles tiene como fin, casi en su totalidad,
las fábricas de celulosa y los aserraderos. “En 2007
se exportó por mil millones de dólares”, detalla
el vocero de AFOA, Jorge Barros, y explica que el país cuenta
con 1,2 millón de hectáreas de monocultivo forestal,
de las cuales la mitad fue sembrada en la última década,
al abrigo de la 25.080. El objetivo, a diez años, es llegar
a los tres millones de hectáreas, 150 veces la superficie
de la Ciudad de Buenos Aires.
Consultado sobre
los efectos sociales de la avanzada forestal, Barros no dudó.
“En la Argentina no hay campesinos. La Argentina tiene pequeños
productores, pero no campesinos. Y hay muy pocos indígenas.
¿Conflictos? Pudo existir alguno puntual, pero son la excepción.”
Según la
Secretaría de Agricultura, en la Argentina habitan 220 mil
familias campesinas. El Instituto Nacional de Asuntos Indígenas
reconoce en la actualidad a 24 pueblos originarios.
Provincia modelo
Organizaciones
sociales, movimientos campesinos y pueblos originarios advertían
a fines de la década del ‘90 sobre el corrimiento de
la frontera agropecuaria, de la mano del monocultivo de soja, y
alertaban también sobre las consecuencias sociales, económicas
y sanitarias. Fueron sistemáticamente desoídos. Recién
el año pasado –conflicto por las retenciones mediante–,
el Gobierno reconoció el avance del monocultivo y sus efectos
nocivos. En la actualidad, alertan sobre el avance forestal.
La comunidad guaraní
Alecrín cuenta con 14.300 hectáreas. Está ubicada
en el municipio de San Pedro, 170 kilómetros al sur de Puerto
Iguazú. La empresa forestal Harriet ingresó en 2007
a territorio indígena, volteó bosque nativo, alambró,
contaminó el pozo de agua y arrasó la chacra de la
comunidad y hasta el cementerio. Tenía como objetivo talar
el bosque nativo y luego sembrar pinos.
Misiones creció
al abrigo de la actividad agropecuaria familiar (yerba mate, té
y tabaco). Había grandes plantaciones y se trabajaba para
un patrón, pero también subsistía el pequeño
colono que comercializaba su producción. Esa historia comenzó
a cambiar hace tres décadas por la desregulación en
la producción (las grandes empresas fijaron precios tan bajos
que los colonos no podían subsistir, perdieron sus chacras
y emigraron a los cordones urbanos) y, por otro lado, la provincia
mutó el perfil productivo, impulsó el turismo, la
energía hidroeléctrica (con las cuestionadas represas)
y los negocios forestales.
Misiones cuenta
con tres plantas de celulosa (Alto Paraná, Puerto Piray y
Papel Misionero). En los primeros eslabones de su cadena productiva,
cultivo de árboles y extracción, participan contratistas
que suelen hacer punta en el avance sobre tierras de familias rurales.
El resultado es la concentración de tierras por parte de
privados.
Según el
último Censo Nacional Agropecuario, en la provincia existen
27.000 explotaciones agropecuarias. Sólo 161 de ellas (el
0,6 por ciento del total) poseen el 44 por ciento de la tierra de
Misiones (917.000 hectáreas). En la última década
y en la zona de las pasteras (noroeste), descendió un 27
por ciento la cantidad de pequeñas chacras. “La producción
forestal artificial nos pone frente a un modelo de monocultivo y
concentración. Con su lógica de maximización
del beneficio en el menor plazo posible, el sector forestal no respeta
las normas de preservación, produce despoblación de
las zonas y exterminio de gran parte de los recursos naturales”,
afirma Raúl Gorriti, ingeniero agrónomo e integrante
de la Red de Agricultura Orgánica (RAOM).
Ilustrativo de
la concentración de tierras es el caso de la Papelera Alto
Paraná, propietaria del diez por ciento del suelo provincial,
233 mil hectáreas.
Patagonia forestal
La Empresa Forestal
Rionegrina (Emforsa) y la Corporación Forestal Neuquina (Corfone),
ambas compañías con participación mayoritaria
de los gobiernos provinciales, son las que encabezan el corrimiento
de la frontera forestal patagónica.
“Las forestaciones
con pinos no son bosques, son plantaciones industriales como lo
es la soja”, denuncia la comunidad mapuche José Manuel
Pichún, a quince kilómetros de El Bolsón, en
pleno conflicto con Emforsa. Pese a que la comunidad habita el lugar
desde fines del siglo XIX, la Dirección de Bosques de Río
Negro ingresó a territorio ancestral en 1987, alambró
y comenzó la siembra de pinos en 250 hectáreas comunitarias.
Le sucedieron decenas de reclamos administrativos que nunca obtuvieron
respuesta. La comunidad, que jamás abandonó el lugar,
siempre reivindicó su derecho sobre el territorio. En mayo
último, cuando un integrante de la comunidad extraía
leña, se reavivó el conflicto. Fue denunciado por
“robo” en su propia tierra.
“Cansados
de soportar tanto atropello e injusticia, la comunidad Pichún
decidió reafirmar la posesión que usurpa la empresa
forestal”, explicó la organización en un comunicado
el 18 de junio pasado. Se negaron a retirar sus animales y comenzaron
la construcción de una vivienda en el corazón del
pinar. Y fueron por más: ahora la comunidad exige que la
empresa estatal se retire definitivamente de sus hectáreas.
El Consejo Asesor
Indígena (CAI), donde participa la comunidad Pichún,
apuntó al fondo del asunto. “Sabemos que la plantación
de pinos, especies exóticas de estos lugares, está
fomentada por el Estado y los organismos financieros internacionales.
Otorgan subsidios y beneficios fiscales por hectárea plantada,
armando engranajes de especulación y extracción de
beneficios económicos de la naturaleza. No permitiremos que
nuestro territorio sea parte de ese control y saqueo.”
Convenios internacionales
de rango constitucional (el 169 de la OIT), la Constitución
Nacional y legislaciones provinciales son muy claras. Toda actividad
que se desarrolle en territorio indígena debe contar con
el visto bueno de las comunidades afectadas.
La empresa Emforsa
no respondió las preguntas de este diario. Derivó
las consultas a la Dirección de Bosques, que tampoco respondió
los llamados.
En Neuquén,
la compañía Corfone planifica sembrar 3500 hectáreas
durante 2009 y tiene como meta –para el corto plazo–
llegar a las 10 mil hectáreas anuales. Desde la empresa no
respondieron los llamados de este diario, pero en declaraciones
a medios provinciales el presidente de Corfone y subsecretario de
Desarrollo Económico de la provincia, Javier Van Houtte,
explicó que apuestan a forestar 300 mil hectáreas
en toda la provincia.
La Sociedad Rural
de Neuquén es una aliada en esa cruzada. “La provincia
cuenta con 1,2 millón de hectáreas para la actividad.
Y cabe destacar que el 40 por ciento son tierras fiscales”,
festeja en una publicidad corporativa.
Lo que Sociedad
Rural y gobierno neuquino consideran tierras fiscales son, en gran
parte, parcelas de pequeños campesinos y comunidades indígenas.
En toda la zona se practica la ganadería trashumante, que
consiste en el desplazamiento de animales según la estación
del año. Durante los meses fríos (invernada) el ganado
permanece en las tierras bajas. En los períodos cálidos
(veranada) los animales son trasladados a las zonas de cerros, donde
los pastos son abundantes y sirven de buena alimentación.
El arreo de animales demanda días, hasta semanas, a cientos
de kilómetros de distancia. Los conflictos suelen producirse
en las zonas de veranada y en los caminos de arreo.
“Es parte
de una política para el despojo del territorio indígena”,
resume Relmú Ñamku, de la Confederación Mapuche
de Neuquén. La Mesa Campesina del Norte Neuquino amplía:
“Extender la superficie implantada fue uno de los ejes de
la campaña del actual gobernador, que proponía quintuplicar
la superficie forestada. En términos de espacio es una avanzada
directa con los campos de veranada de campesinos y mapuches”,
explica Diego Solana, integrante de la Mesa. El dirigente advierte
que Corfone ingresa a tierras de familias rurales “por las
buenas”, entrega materiales para el cierre de campos (postes,
alambres) a cambio de que le cedan temporalmente una porción
de tierras para forestación. “Una vez adentro, no la
abandona más, y comienza a avanzar. Estos ‘acuerdos’
se repiten en todo el norte provincial, y luego sobrevienen los
conflictos donde la empresa quiere echar las familias.”
Argentina, capital forestal
Las grandes empresas
del sector alaban las facilidades que el Gobierno otorga a la industria
forestal. Por esa sintonía entre el sector privado y estatal
no sorprendió que Buenos Aires sea, en octubre próximo,
la sede del XIII Congreso Forestal Mundial, el evento internacional
más importante del sector, organizado cada seis años
y clave para negocios a gran escala.
A pesar de las
críticas que recaen sobre la industria forestal –consecuencias
sociales y ambientales–, el Congreso Forestal Mundial cuenta
con el apoyo del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas
(INAI) y de Parques Nacionales. Las máximas autoridades del
evento internacional son Carlos Cheppi, secretario de Agricultura,
y Homero Bibilo-ni, el secretario de Ambiente de Nación.
Una ley
ventajosa
A lo largo de la
Cordillera se multiplican las asambleas ciudadanas que enfrentan
el desarrollo minero a gran escala, con denuncias de contaminación.
Luego de cinco años de movilización comenzaron a ganar
espacio en la agenda porteña y pusieron en evidencia una
infraestructura jurídica (Ley 24.196), aprobada durante el
gobierno de Carlos Menem, con enormes ventajas impositivas. De idéntica
manera, pero silenciada, las empresas forestales también
contaron con la bendición menemista: la Ley 25.080, de Inversiones
para bosques cultivados.
La ley beneficia
tanto a personas físicas como jurídicas, y subsidia
todos los pasos productivos: implantación, mantenimiento,
riego y cosecha. No deben pagar impuesto inmobiliario por las tierras
sembradas y están exentos del pago sobre ingresos brutos.
Cuenta con devolución del IVA y pueden amortizar el impuesto
a las ganancias.
El artículo
ocho es la envidia de cualquiera otra industria. Otorga “estabilidad
fiscal” por 30 años. “No se podrá incrementar
la carga tributaria”, explicita la ley.
El artículo
17 de ley no utiliza la palabra subsidio. Prefiere el eufemismo
“apoyo económico no reintegrable” para explicar
que el Estado cubrirá, para las plantaciones de hasta 300
hectáreas, el 80 por ciento de los costos de implantación.
Para los campos de entre 300 y 500 hectáreas se cubrirá
el 20 por ciento.
La Asociación
Forestal Argentina (AFOA) participó, en la década
del ’90, en la redacción de la norma. “Tomamos
como referencia la ley minera”, admite Jorge Barros, vocero
de la entidad, aunque al instante toma distancia: “Nuestro
sector no tiene beneficios exagerados.” Dependiendo del producto,
las exportaciones forestales tienen retenciones de entre el cinco
y diez por ciento. Aunque desde AFOA solicitan su reducción
a la mitad.
Raúl Gorriti
milita junto a familias campesinas, integra la Red de Agricultura
Orgánica de Misiones (RAOM) y desde hace una década
estudia y denuncia el accionar forestal. En cuanto a la ley 25.080,
no tiene dudas. “Es un negocio redondo. Esta expoliación
de la naturaleza y los fondos públicos es la misma política
que favorece a las petroleras y las mineras”, denuncia.
Eduardo Stirneman,
del Colegio de Ingenieros Forestales de Misiones (Coiform), impulsa
la actividad y conoce la ley a la perfección. “El pequeño
y mediano productor no tiene grandes probabilidades de ser beneficiados
con la ley, sobre todo por la demora estatal en pagar los subsidios.
Al pequeño no le sirve”, afirma. Y señala quiénes
son los ganadores: “Los grandes productores”.
La ley 25.080 vencía
en enero de 2009, pero fue prorrogada por el Congreso en noviembre
pasado.
No son
bosques
“Las plantaciones
de árboles a gran escala se extienden en prácticamente
todos los países de la región. Ya sean para celulosa,
madera o combustible están implicando una serie de graves
impactos que afectan a las comunidades locales, tanto sociales y
ambientales, con uso de agrotóxicos y degradación
ambiental de suelo, agua, flora y fauna”, denuncia el Movimiento
Mundial por los Bosques Tropicales (WRM). En la misma línea,
en septiembre pasado, profesionales y estudiantes forestales de
29 países lanzaron una alerta mundial sobre el cultivo industrial.
“Los monocultivos de árboles no son bosques”,
advierte desde su título el llamado a tomar conciencia y
advierte sobre la pérdida de biodiversidad, alteración
del ciclo hidrológico (tanto agotamiento de fuentes de agua
como inundaciones y deslizamientos) y degradación de suelos.
Desde una definición
técnica, un bosque es un lugar diverso que presenta tres
estratos vegetales: uno en el que predominan los pastos, otro de
arbustos y un tercero con especies arbóreas. En el bosque
habitan muchas especies animales y de allí los hombres generan
soberanía alimentaria, abrigo, calefacción y medicinas.
“Eso no se encuentra en un monocultivo de pinos”, explican
desde la Mesa Campesina del Norte Neuquino.
“Comienzan
sembrando pinos en tierras muy degradadas, pero luego van avanzando
sobre otras, destinadas a la cría de animales o agricultura
familiar”, explica Diego Solana, de la Mesa Campesina, y se
suma al debate ambiental. “Hay arraigado un discurso que dice
que ‘el verde es vida’, y no es así. El monocultivo
forestal desaloja, empobrece la biodiversidad y no es complementario
con otras actividades, como la cría de ganado, característica
de la región. En resumen: es como el monocultivo de soja.”
La Patagonia es
el segundo polo forestal del país, pero aún no está
claro el destino final de su producción futura. Las organizaciones
sociales advierten dos posibles usos: futuras (y cuestionadas) plantas
de celulosa en la región y el negocio de los “bonos
verdes”, una suerte de “acciones ambientales de bolsa”
surgidas del Protocolo de Kyoto.
Jorge Barros, de
AFOA, explica que aún no existe desarrollo forestal en pos
de los bonos verdes, pero advierte que “puede haberlo”.
“Es factible, pero los actores protagónicos serían
las grandes empresas, con no menos de 5000 hectáreas comienza
a ser rentable”, señala.
El Grupo Benetton
sembró 6700 hectáreas en Chubut, en sólo cinco
años. Las petroleras hacen punta en Neuquén. Chevron
lleva sembradas 5.000 hectáreas. Repsol-YPF ya alcanzó
las 10.000 y avanzará con otras 5000 hectáreas antes
del 2011.