Corporaciones,
agrocombustibles y transgénicos
por
Silvia Ribeiro* - Setiembre 2007
La
ola de los agrocombustibles sigue avanzando, no porque sea
buena para el ambiente ni aporte solución alguna al
cambio climático global - de hecho lo va a empeorar-
sino porque las industrias más poderosas del planeta
lo ven como una fuente de jugosas ganancias y encima consiguen
que muchos gobiernos las apoyen con leyes y subsidios.
Las
principales interesadas son las compañías de
automóviles (esperan que con el nuevo combustible la
gente se vea obligada a cambiar de carro), las petroleras
(controlan el sistema de distribución de combustibles),
las que controlan el comercio mundial de granos (ganarán
tanto con el aumento de la demanda de agrocombustibles, como
con el aumento de precio de los alimentos que deberán
competir con éstos) y las trasnacionales de transgénicos
agrícolas.
Otros
sectores que avizoran negocios con los combustibles agroindustriales
son las grandes trasnacionales forestales y de plantas de
celulosa (Stora Enso, Aracruz, Arauco, Botnia, Ence y otras),
que ahora producen para la industria del papel, pero que con
mínimos cambios tecnológicos se pueden convertir
en plantas de procesamiento de etanol. Igualmente, fabricantes
industriales de alimentos para engorde de pollos y ganado,
como Tyson Foods, han hecho alianzas con petroleras (en el
caso de Tyson con Conoco-Phillips) para la fabricación
de biodiesel a partir de grasa animal.
¿Por
qué el interés de las trasnacionales de transgénicos?
Para empezar, porque son prácticamente las mismas que
controlan la mayoría de la venta de todas las semillas
comerciales. Actualmente, todas las semillas transgénicas
que se plantan comercialmente en el mundo son controladas
por Monsanto (casi 90 por ciento), Syngenta, Dupont, Bayer,
Dow y Basf. Al mismo tiempo, las tres primeras, o sea Monsanto,
Syngenta y Dupont, tienen juntas 44 por ciento de la venta
de semillas patentadas en el mundo. Si consiguen consolidar
nuevos nichos de venta que "necesiten" sus semillas
patentadas, aumentarán sus ganancias y su control sobre
las semillas -llave de toda la cadena alimentaria humana y
animal- con el desembarco en otro sector clave: los combustibles.
Todas
las trasnacionales que controlan los transgénicos ya
tienen inversiones en investigación y desarrollo sobre
combustibles agroindustriales. La mayoría en cultivos
transgénicos con mayor contenido oleaginoso, de azúcar
o almidón, pero también en enzimas y bacterias
transgénicas, que serían incorporadas a los
cultivos o árboles, para acelerar el procesamiento
poscosecha.
Esas
transnacionales ya ganan mucho con la expansión de
los agrocombustibles, por ejemplo con el aumento devastador
del área de soja transgénica en el Cono Sur
y todo Brasil, y con el aumento de maíz transgénico
en Estados Unidos. Con la presentación de que serán
para agrocombustibles o en algunos casos combinando forraje
y combustibles, esperan introducir al mercado nuevas semillas
manipuladas genéticamente. Semillas que, por cierto,
no podrían lograr aprobación de las agencias
reguladoras si fueran para alimentación humana, introduciendo
así nuevos riesgos con la contaminación de cultivos
y granos usados para consumo humano.
Pero
sobre todo, este puñado de trasnacionales que domina
el mercado global de semillas, apunta a adueñarse de
más porciones del mercado ya existente, al tiempo que
expandirse a los agricultores chicos que actualmente usan
poco o nada de semillas comerciales, pero que con el anzuelo
de sembrar por contrato para la producción de agrocombustibles,
comenzarían a hacerlo.
Todo
esto está dando lugar a nuevas y poderosas alianzas
corporativas. Por ejemplo, Monsanto y Dow acaban de firmar
un acuerdo para crear semillas transgénicas de maíz
que combinarán en la misma planta la resistencia a
ocho herbicidas y además serán insecticidas.
Esto refleja en parte su reconocimiento de que las semillas
transgénicas generan resistencia a los herbicidas y
por tanto cada vez hay que usar más. Y si no son para
alimentación humana, se le podrán echar herbicidas
más tóxicos y en mayor cantidad. Monsanto también
se alió con Basf, con una inversión de mil 500
millones de dólares, para crear nuevos transgénicos
en maíz, soja, algodón y canola. Junto con Cargill
creó la empresa Renessen, dedicada a maíz y
soja transgénica para agrocombustibles y forraje. Para
Monsanto significa, además, avanzar en su monopolio,
intentando desplazar a
sus competidores más cercanos, Syngenta y DuPont, del
mercado de agrocombustibles.
Por
su parte, DuPont creó con Bunge (una de las cerealeras
más grandes del mundo), la compañía Treus
dedicada a híbridos de maíz y soja para agrocombustibles,
y también hizo alianza con British Petroleum (BP) para
producir etanol de trigo y biobutanol. Syngenta firmó
un acuerdo de colaboración de 10 años con Diversa
Corporation (biopirata de microorganismos de todo el mundo),
para desarrollar enzimas transgénicas para producir
etanol, a ser incorporadas directamente en las semillas o
en el procesamiento. Syngenta trabaja con productores de caña
de azúcar en Brasil en este sentido, y es la primera
de los gigantes de transgénicos, que solicitó
aprobación en Estados Unidos para un maíz con
una enzima especialmente diseñada para agrocombustibles.
El
paso siguiente en esta escalada de poner en riesgo los bienes
comunes de la humanidad y el planeta, para conseguir lucros
privados, es la biología sintética, que pretende
crear seres vivos construidos desde cero. Por ejemplo, Synthetic
Genomics, la compañía que creó el controvertido
genetista Craig Venter, trabaja en la creación de organismos
vivos totalmente artificiales para producir energía.
Junto
con los planes de las trasnacionales y los científicos
al servicio del lucro inescrupuloso, crece también
la conciencia y la resistencia a escala global. Por todo lo
que está en juego es, sin duda, una batalla dura.
*Investigadora del Grupo ETC
www.etcgroup.org/
www.etcblog.org