Por Silvia Ribeiro* Abril
2007
Una de las muestras más
claras de las lógicas perversas del capitalismo es el
empuje que desde gobiernos y trasnacionales se da a la producción
industrial de agrocombustibles, principalmente etanol y biodiesel.
La mayoría de los enunciados de esta campaña -mediática,
política y subsidiada con recursos públicos- son
falsos. Lo que sí es verdad es que el capitalismo aprovecha
los desastres que provoca para generar nuevos negocios. Y como
éstos generan nuevos desastres, entonces habrá
nuevos negocios.
Los agrocombustibles se
presentan como una alternativa ambientalmente amigable, frente
a los efectos del calentamiento global y el consecuente cambio
climático -que es un desastre auténtico y una
amenaza seria para los pueblos y los ecosistemas, principalmente
para campesinos, pescadores artesanales y pastores, es decir,
los que proveen al mundo de la mayor parte de los alimentos
y son al mismo tiempo los más desposeídos del
planeta.
Pero aunque existe debate
al respecto, las cifras de eficiencia de tales combustibles
no son halagüeñas. Según David Pimentel y
Tad Patzek, de la Universidad de Cornell y de California en
Berkeley, respectivamente, por cada unidad de energía
fósil usada en la producción de agrocombustibles,
el retorno es de 0.778 en el caso de metanol de maíz,
0.636 en el etanol de madera y 0.534 en biodiesel de soya. O
sea, el balance es negativo. En lugar de aliviar el problema
¡lo aumenta! Estos cálculos se basan en la cantidad
de insumos que son necesarios para la producción industrial
de agrocombustibles, incluyendo cultivo y procesamiento.
Por supuesto, quienes promueven
los agrocombustibles se han dedicado a denostar estos estudios,
pero aún en los cálculos alegres de otros investigadores,
la ganancia neta de energía no mejora considerablemente.
Pero ni en los estudios de Pimentel y Patzek ni de quienes los
critican se incluyen los altos costos ambientales y sociales,
producto de la erosión y contaminación de suelos,
el aumento de uso de agua -un recurso ya en crisis y disputa-,
la pérdida de biodiversidad por el avance de la frontera
agrícola sobre áreas naturales y ecosistemas únicos,
y la disputa de tierras que en lugar de producir alimentos se
usan para alimentar autos.
En el caso de Brasil, donde
la eficiencia del etanol producido a partir de caña de
azúcar aparenta dar mejores resultados, se oculta el
dato brutal, denunciado por Vía Campesina, el Grito de
los Excluidos y otros movimientos sociales de ese país,
de que la producción de caña de azúcar,
desde la Conquista se basa en trabajo esclavo, y ahora semiesclavo,
en condiciones humanas y laborales deplorables, a las que se
agrega la devastación ambiental producida por los grandes
monocultivos y las refinerías de etanol.
Sin embargo, Estados Unidos
y Europa han adoptado regulaciones para que se tenga que incluir
porcentajes de agrocombustibles en el consumo de sus automóviles
en el curso de la próxima década, teóricamente,
como contribución para disminuir las emisiones de bióxido
de carbono.
El G8 solicitó al
Banco Mundial que abriera créditos para apuntalar el
desarrollo de este tipo de cultivos en los países del
sur, lo cual ha hecho, así como también los bancos
regionales de desarrollo. De una primera ojeada podría
ser difícil entender por qué los países
industrializados del Norte global empujan este tipo de producción,
cuando los datos de su eficiencia son tan controvertidos, y
además no existen en esos países s tierras disponibles
para ello -o directamente, no las quieren utilizar y cuentan
con que el tercer mundo usará sus tierras para producir
los agrocombustibles que necesitan.
Un conjunto de razones explican
este "negocio redondo". Los inversores principales
son la gran industria automovilística y petrolera -las
mayores empresas del planeta-, junto a las trasnacionales que
controlan el monopolio de la distribución de cereales
y las que dominan el sector de semillas y agrotóxicos,
que son las que a su vez producen transgénicos.
Como explica el economista
Andrés Barreda, de la Universidad Nacional Autónoma
de México, la industria automovilística tiene
una sobreproducción anual. Existen cerca de mil millones
de vehículos en el planeta -con una población
de 6 mil 600 millones de personas. Se producen alrededor de
80 millones de nuevos autos cada año, pero el consumo
de los últimos años es algo más de 60 millones.
Esta poderosísima industria, que está entre las
más grandes del planeta y es la causante principal del
calentamiento global, ve ahora una oportunidad excelente de
aumentar sus ventas, sin detener el crecimiento de la industria
y con un argumento "ambiental". Con la obligatoriedad
de incorporar una mezcla de agrocombustibles en la gasolina
debido a las nuevas regulaciones -más con el hecho consumado
de la transformación progresiva de los proveedores- los
automóviles deberán ser necesariamente cambiados
por otros que se adapten a ello.
Con los porcentajes que
han decidido los gobiernos, los agrocombustibles no competirán
realmente con la gasolina, pero de todas formas las petroleras
están en el negocio para controlar también este
insumo, utilizando sus mismas redes y en connivencia con la
industria automotriz.
Por su parte, las grandes
cerealeras avizoran excelentes negocios, debido al aumento de
la producción y los subsidios para producir agrocombustibles:
ADM ya controla 30 por ciento del mercado de etanol en Estados
Unidos, mientras que Cargill y Bunge buscan consolidarse en
los mercados latinoamericanos. Las trasnacionales de semillas
y agrotóxicos, que son las mismas que nos han castigado
con los transgénicos, ya están ganando con el
nuevo impulso agrícola, pero, además, ellas sí
"reconocen" que actualmente los agrocombustibles no
son eficientes, y por están todas desarrollando cultivos
transgénicos que prometen serán más efectivos.
Aunque en el camino dejen de ser comestibles y provoquen desastres
de contaminación.
Muchos gobiernos del sur
avanzan en introducir legislaciones que posibiliten la conversión
a la producción y consumo de agrocombustibles -en muchos
casos subsidiados con préstamos que van a engrosar las
deudas externas y por tanto pagamos todos. Toma así nuevo
impulso la producción para exportación, en desmedro
de la producción agrícola diversificada de pequeña
escala y para la soberanía alimentaria.
Y todo esto, afirman los
contaminadores, es una solución ambientalmente amigable
* Silvia Ribeiro es
investigadora del Grupo ETC.