Malí: los bosques en la soberanía alimentaria

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Malí está recibiendo en estos días a más de 500 mujeres y hombres de un centenar de países de todo el mundo, que se reúnen en torno a “Nyeleni 2007: Foro por la Soberanía Alimentaria”. El objetivo del encuentro es poner en marcha un “movimiento internacional para lograr el reconocimiento verdadero del derecho a la soberanía alimentaria”, reafirmarlo y “precisar sus implicaciones económicas, sociales, ambientales y políticas”.

¿Qué se entiende por “soberanía alimentaria”? El concepto de soberanía alimentaria surge en 1996, cuando Vía Campesina lo expresa por primera vez en la Cumbre Mundial de la Alimentación realizada en Roma. En 2002, el Foro de ONG/OSC para la Soberanía Alimentaria define a la soberanía alimentaria como “el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pastoriles, laborales, de pesca, alimentarias y agrarias que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias exclusivas”.

Desde entonces el concepto ha continuado profundizándose en sucesivos encuentros, para conformar una alternativa a los modelos productivos impuestos por las políticas globalizadoras digitadas desde los organismos de poder (BM, FMI, OMC, etc.), que han consolidado el control de las grandes transnacionales sobre los alimentos, desde la semilla, siembra e insumos, hasta la distribución, procesamiento, venta y hábitos de consumo en todo el mundo.

La soberanía alimentaria pone su centro en la autonomía local, los mercados locales y la acción comunitaria e incorpora aspectos como la reforma agraria, el control territorial, los mercados locales, la biodiversidad, la autonomía, la cooperación, la deuda, la salud y muchos otros temas vinculados a la producción de alimentos.

Tal vez, entonces, el primer tema a subrayar es que la soberanía alimentaria es un proceso de resistencia popular y su conceptualización no solamente está inmersa en los movimientos sociales que impulsan esas luchas sino que permite que se aglutinen en torno a un acuerdo común de objetivos y acciones.

Es así que desde el campesinado el concepto se amplía para abarcar a los sin tierra, los pescadores tradicionales, los pastores, los pueblos indígenas… y la defensa de los bosques, que es también una cuestión de soberanía alimentaria.

Los productos no maderables del bosque han sido y continúan siendo un aporte fundamental para numerosas comunidades que habitan el bosque o bien viven en las cercanías pero recurren a él para su sustento. Allí encuentran miel, frutas, semillas, bellotas, raíces, tubérculos, insectos, animales silvestres, elementos todos que ofrecen una importante fuente adicional de nutrición. Pero no solamente eso, sino que también se sirven de las resinas, el rattan, el bambú, taninos, colorantes, hojas, paja, pieles, cueros, que sirven para el autoconsumo o para la venta con la cual conseguir ingresos que aseguren la adquisición de otros alimentos. El bosque también provee de plantas para forraje, de especial importancia para la producción de ganado vacuno, ovino, cabras, burros y camellos.

Los bosques también se ven amenazados y destruidos por los mismos procesos que amenazan a la agricultura campesina: el avance de los agronegocios y sus monocultivos en gran escala para la exportación -- desde la soja a los eucaliptos --; la destrucción de la biodiversidad con la imposición de los transgénicos; la matriz petrolera cuyo proceso de explotación envenena y destruye todo a su alrededor; el cercamiento de sitios de alta diversidad para el negocio del turismo o la bioprospección. En todos los casos se trata de escenarios que explotan o desplazan a comunidades enteras, despojándolas de sus formas de vida y cultura, sumiéndolas en la miseria. El modelo dominante conlleva un círculo de explotación, exterminio, exclusión. Cuando se destruye el bosque, se destruye un espacio de soberanía alimentaria.

No obstante, esto no ocurre sin su contrapartida. Desde la base, los campesinos, los pescadores tradicionales, los pastores y los pueblos indígenas, quienes han desarrollado y hecho posible los sistemas de producción que les aseguraron el sustento para sí y para quienes no estaban directamente en la producción, buscan abrir una brecha a procesos que se presentan como demoledores. Desde lo local, construyendo autonomía, retomando los principios de cooperación, integración y diálogo con la naturaleza que permitieron la construcción de sistemas agroecológicos biodiversos y la conservación dinámica de los ecosistemas, los movimientos populares se hacen dueños de su destino y enseñan al mundo que “¡Ya es tiempo de soberanía alimentaria!”