México: la mujer sufre doblemente los efectos de la apertura de los mercados

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Chiapas, al sur de México, es lugar de campesinos, mestizos e indígenas tzontales, tzontziles, choles, zoques, tojolabales. Allí se siembra plátano, cacao, caña, arroz. Cada familia tiene su milpa donde cultiva el maíz, y también siembra frijol para su subsistencia. A estas comunidades, que como muchas otras de Mesoamérica sienten que "nacimos entre las flores y el calor de los temascales; desde patojos nos aprendemos a caminar la montaña y a guardar el agua entre las piedras; rezamos a los cerros y hacemos fiesta con el cielo" --como decía la declaración final de la II Semana por la Diversidad Biológica y Cultural--, ha llegado la mercantilización y depredación de lo que para ellas ha sido su madre --la tierra-- y su hogar --los bosques. Para ellas el bosque es la vida. Es un lugar sagrado. De allí obtienen el fuego y el agua, la semilla, las medicinas, los elementos para construir sus casas.

La tala en gran escala que se come el bosque o las represas que por un lado lo ahogan y por el otro lo secan, hieren de muerte a las poblaciones de las comunidades. Por detrás están las empresas que ven al bosque como un recurso maderero a explotar para obtener grandes sumas de dinero que no reparten. O a los ríos como un recurso energético con el que lucrar, inundando lo que sea. Las comunidades quedan huérfanas de bosque, sin nada a cambio. En Chiapas se genera abundante energía eléctrica pero ésta no llega a las comunidades locales porque los servicios son muy caros.

La mujer, la encargada de buscar y proveer el agua, sufre estas depredaciones doblemente. Los arroyos donde antes obtenía agua en abundancia para el consumo y el uso doméstico, se van secando. Y hay que seguir consiguiendo agua para cocinar y lavar la ropa. En algunos casos las comunidades se organizan para buscar juntas algún pozo o nacimiento de agua desde donde instalan mangueras muy largas para hacerla llegar a la población. Pero en otros lugares la mujer debe ir caminando hasta bosques y arroyos o ríos que están cada vez más lejos, acarreando su cántaro o su ánfora para traer el agua.

A Chiapas ha llegado la apertura de los mercados y la liberalización del comercio en ancas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Ello ha significado una alteración de la vida económica de sociedades que antes se apoyaban en gran medida en el trueque. Ahora el dinero se ha vuelto imprescindible; los mercados se han inundado con los productos subsidiados del Norte y las comunidades deben vender a precio de regalo sus cultivos. "No hay precio justo", dice María Angelina, oriunda de San Cristóbal de las Casas. "El quilo de café se ha pagado hasta a dos pesos al campesino, cuando en las ciudades, ya procesado, cuesta cuarenta".

De allí a la emigración hay apenas un paso, que suele darlo el hombre. Cuando eso ocurre, la mujer queda a cargo del cuidado de la parcela y los niños, de las tareas de la casa, de proveer el agua y la leña, y muchas veces incluso de tener finalmente que conseguir también el dinero para cubrir otras necesidades, cuando el hombre no regresa, como ocurre muchas veces. Hay casos en que a través de la organización colectiva con grupos que trabajan con la mujer, logran desarrollar proyectos de cría de aves, hortalizas, fabricación de artesanías para su venta. Esto ocurre en un contexto social en que tradicionalmente la mujer ha estado en condiciones de inferioridad con respecto al hombre: no tiene poder de decisión, no puede estudiar, no tiene derecho a la tierra, no debe salir porque está destinada a las tareas de la casa.

Por otro lado, se cierne sobre las comunidades el peligro de la fractura total que significaría el Plan Puebla Panamá (PPP), con su megaproyecto de carreteras y represas atravesando toda América Central y profundizando el proceso de aculturación y desintegración familiar. Ya avanza la propaganda que anima a cambiar la siembra tradicional de maíz por palma africana, dejando a las comunidades cautivas de mercados que no regulan. Las maquilas --fábricas basadas en insumos importados utilizados para la producción de bienes para la exportación en condiciones laborales inseguras, precarias y mal pagas-- son otro corolario del PPP. En San Cristóbal de las Casas ya se instaló una en la que trabajan en su mayoría mujeres, de las cuales casi todas son indígenas.

Pero las mujeres no permanecen con los brazos caídos. Han tomado conciencia de su función social y han asumido la responsabilidad que les cabe. Es por eso que participaron en la Tercera Semana de la Diversidad Biológica y Cultural realizada del 17 al 20 de julio pasado en La Esperanza, Intibucá, Honduras, haciendo oír sus voces de denuncia y reclamo, incluso con humor e ironía. Están ganándose el espacio que deben ocupar para que otro mundo sea posible.

Artículo elaborado en base a información de: entrevista a María Angelina Miranda, Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ), correo electrónico: codimuj@yahoo.com.mx