El Bosque Andino Patagónico, en el suroeste argentino, volvió a arder. Entre diciembre de 2025 y marzo de 2026, se quemaron más de 77 mil hectáreas (1) en las provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Familias enteras vieron cómo las llamas rodeaban sus viviendas mientras intentaban salvar lo que podían: herramientas de trabajo, animales y recuerdos de toda una vida. Cientos de casas quedaron reducidas a chapas retorcidas y cimientos negros.
Esto se suma a los enormes daños causados por el fuego en el verano anterior, cuando se quemaron al menos 32.000 hectáreas (2), buena parte en zonas de interfase, entre el área rural y urbana. En la localidad chubutense de Epuyén, el fuego iniciado en una extensa zona de pinos exóticos consumió más de 70 casas durante el primer día, el 15 de enero de 2025. Entre quienes se acercaron a colaborar, había familias de Mallín Ahogado, 60 kilómetros al norte, quienes dos semanas después debieron suspender la ayuda y organizarse para atender otro enorme incendio en su territorio, desatado en un sector plagado de pino oregón. “El fuego avanzó a gran velocidad hacia nuestro paraje, ayudado por intensas ráfagas de viento, pero también a través de los pinares, más abundantes hacia el este, arrasando todo a su paso”, recuerda Darío Anden, vecino de la localidad. El siniestro causó la muerte de una persona y destruyó 370 construcciones, entre viviendas, galpones, cobertizos, chacras fruti-hortícolas y animales. Perduró casi dos meses y arrasó con cerca de 4.000 hectáreas (3).
Uno de los principales factores que recrudece año a año los incendios son los monocultivos de pinos, que se han transformado en una plaga en la Patagonia Argentina. Son altamente inflamables y lo peor es que el fuego hace germinar sus semillas. Así, cada incendio contribuye a su expansión (4). Además, absorben mucha agua del suelo. Numerosos relatos y estudios muestran que se han secado manantiales y que el caudal de ríos se ha reducido hasta más del 60 por ciento cuando la cuenca se llena de pinos (5).
Actualmente, según cifras oficiales, existen unas 116.000 hectáreas de monocultivos forestales en la Patagonia andina, de los cuales el 90 por ciento son pinos, la mayor parte de ellos concentrados en las provincias de Neuquén, Rio Negro y Chubut.(6) A las cuales debe agregarse la superficie de invasión, en algunos sectores luego de incendios, aun mayor que la de la plantación inicial.
Los monocultivos comenzaron a establecerse a partir de la década del ‘60, cuando el bosque comenzó a ser reemplazado por plantaciones exóticas de rápido crecimiento a través de planes forestales y subsidios promovidos por los gobiernos provinciales y nacional. En principio, con el propósito de disminuir la presión maderera sobre el bosque nativo; luego con la finalidad de alimentar a una futura industria de pasta de celulosa, y en las últimas décadas, por compromisos del estado en el mercado de carbono. Frecuentemente las plantaciones de pino han sido y son pretexto para la apropiación y privatización de tierras fiscales y expulsión de sus pobladores (7).
En este contexto, muchas plantaciones quedan abandonadas, sin control ni mantenimiento. Así, se propagan con mucha mayor rapidez que el bosque nativo y se convirten en un peligroso combustible.
Durante los incendios de 2021, Mirta Ñancunao, de la Comunidad Mapuche Las Huaytekas, en Río Negro, explicó lo que representan los pinos para su pueblo: “Quienes aún permanecemos en el territorio tenemos evidencias claras y experiencias asociadas a la imposición, subyugación, abusos, expropiación, desplazamientos forzados, procesos judiciales, modificación del hábitat, alteración de ecosistemas y fuentes de agua, pérdida de pasturas para animales, de la recolección de lawen [medicina mapuche], de frutas y leña” (8). En noviembre de ese año, el joven mapuche Elías Garay Cayicol, de 29 años, fue asesinado cuando participaba de una recuperación de territorio ancestral en la provincia de Río Negro. Por el crimen fueron condenados dos hombres vinculados al empresario forestal Rolando Rocco (9).
El Pueblo Mapuche suele ser criminalizado por parte del Estado cada vez que suceden incendios (10). Este verano, mientras las llamas seguían activas, Ignacio Torres, el gobernador de Chubut, montó con sus colaboradores una campaña mediática que señalaba a comunidades Mapuche como responsables de los incendios. Organizaciones sociales, pobladores y referentes territoriales denunciaron rápidamente esas acusaciones sin pruebas (11). Acusaciones que buscaban, por un lado, criminalizar a las comunidades y su justa lucha por sus territorios ancestrales y, por otro, desviar el foco del debate sobre las verdaderas condiciones que favorecen los incendios: los monocultivos de pinos; la falta de políticas públicas para el manejo de las plantaciones exóticas y prevención del fuego; y el desfinanciamiento de las políticas de protección del bosque nativo (12). Todo ello en un contexto de crisis climática con sequías recurrentes.
A continuación, se presentan relatos de miembros de comunidades afectadas que muestran cómo, ante la escasa o nula asistencia por parte del gobierno, la organización comunitaria fue y es fundamental para enfrentar el fuego y sostener las tareas de reconstrucción. Los relatos fueron escritos por personas de pueblos cordilleranos de la provincia de Chubut, la más afectada por los últimos incendios, integrantes de asambleas vecinales y de una red de solidaridad que se fortalece día a día.
Puerto Patriada: el inicio y la propagación del incendio
Relato de Gabriel Verge
El 5 de enero de 2026, se inició un incendio forestal en la zona de Puerto Patriada, un espacio plagado de renovales de pinos ya incendiados años atrás. El fuego se propagó rápidamente por ambas laderas que enmarcan al lago Epuyén; arrasó miles de hectáreas de Bosque Andino Patagónico y decenas de casas de pobladores. En pocos días el incendio se extendió a las localidades vecinas de Epuyén, Lago Puelo, El Maitén y Cholila.
Pocos meses antes del incendio, a pesar del marco de sequía, de la extrema precariedad de las líneas de distribución de energía eléctrica y del descontrol de basura y pinos por todo el territorio, las autoridades locales otorgaron las habilitaciones a un numeroso grupo de complejos turísticos y campings en la localidad de El Hoyo que invadieron la costa del lago con sus construcciones. Entre ellas, cerca de 300 fogones que durante los festejos del año nuevo se mantuvieron prendidos en simultáneo y sin ningún tipo de control efectivo. El desmanejo era evidente y el desastre, solo cuestión de tiempo.
Si bien no se pudo comprobar cuál fue el motivo del inicio del incendio, el conjunto de situaciones previas sólo necesitó de una chispa para que se desencadenara el desastre. Los bomberos y brigadas locales se vieron superados por la magnitud del fuego y no lo pudieron contener. Los densos pinares rebrotados luego de incendios anteriores sirvieron de mecha para la rápida expansión del siniestro marcando en forma clara y precisa el camino del fuego que dejó una cicatriz en el paisaje y en los corazones.
Una vez desatado el incendio, quedó expuesto otro grave problema, la crisis hídrica: los gobiernos provincial y municipal habían ordenado realizar cortes en el suministro de agua de la población, varios de los parajes afectados por el incendio no tenían agua con que defender sus casas, simplemente porque no salía del grifo. Con las costas del río Epuyén privatizadas y bloqueadas por alambrados y portones que impedían el acceso a bomberos y brigadistas voluntarios para la recarga de agua, se demoró aún más la respuesta.
En ese momento de emergencia, cientos de vecinxs se autoevacuaron, otrxs se transformaron en brigadistas voluntarios organizados en redes solidarias de apoyo para intentar apagar el fuego y suplir la ausencia del estado.
En pocos días, el incendio iniciado en Puerto Patriada ya había avanzado. No sólo se quemaron pinos y los bosques nativos habitados por una numerosa biodiversidad - que incluye al huemul (Monumento Natural en peligro de extinción), los nidos de cóndor y el caburé grande. Además de casas, medios de producción y subsistencia, también se quemó la identidad de las personas, aquellos lugares donde se desarrollaba la vida cotidiana y otros sitios de valor histórico cultural único e irreemplazable como las pinturas rupestres.
El problema no termina con el fuego. La reconstrucción de las casas quemadas es sostenida en forma constante por el espíritu y las manos de las redes solidarias que no pueden esperar los tiempos de las promesas del gobierno, cuya asistencia y reparación es limitada, selectiva y discriminatoria.
Epuyén: la autoorganización comunitaria durante y después del fuego
Relato copilado por Aguayala (13)
Los medios aéreos desplegados por el estado y distintas brigadas de Bomberos fueron muy inferiores a los necesarios para contener todos los frentes por donde se extendió el fuego. Ante esta realidad se fueron organizando brigadas vecinales, también nutridas por brigadistas voluntarixs que llegaron desde otros puntos de país.
Estas son las palabras de Eliseo Juan Ignacio Avella, el Mago, un brigadista que vino desde Buenos Aires para apoyar el combate del fuego en la Patagonia Argentina: “La ternura y el amor es la mejor revolución que un autoconvocade pueda conocer, todo ese dolor de la naturaleza quemándose, esa impotencia convertida en valor, ese esfuerzo por subir un poco más la montaña para llegar al fuego y poder enfrentar ese mal que tanto nos hace, estamos en evolución de todo lo que nos angustia, por eso nuestras herramientas son una mochila de agua, una motosierra, un pulansky, un derky (herramientas especiales que usan los bomberos para cortar raíces o remover cenizas calientes o una azada)”. Y él sigue: “Enfrentamos miedos y dolores físicos por un bien en común, ver los bosques verdes y las comunidades viviendo del sustento que dan, nada nos detiene por que el amor siempre triunfa, es el mejor aliado para la esperanza, que muches pierden por cansancio. Pero hay seres de luz que vienen a darlo todo y luego regresan a sus pagos. Esos seres son brigadistas autoconvocades de todo el país y el mundo también. Gracias a todes por abrir esos corazones de humildad y humanidad”.
En la comunidad afectada en Epuyén, vecinos solidarios organizaron todas las áreas necesarias para sostener la catástrofe. Una institución educativa, facilitada durante el período de vacaciones, sirvió como centro operativo. Se dispusieron ‘Zonas de Alivio’, donde se ofrecían diferentes terapias holísticas (reiki, medicina china, masajes, curaciones) a los brigadistas cuando volvían al final de la jornada. Coordinando una red de colaboración de herbolarios, naturistas, huerteros, se recibían y preparaban medicinas herbales y diferentes productos para la atención primaria de quien lo necesitara.
La cocina solidaria, sostenida durante todo el 2025, continuó con la preparación de viandas para los diferentes frentes donde se combatía el fuego, así como para las mingas de reconstrucción que comenzaron una vez aplacado el fuego. Cabe destacar la ayuda solidaria que recibimos desde cerca y desde lejanas ciudades, con aportes económicos, ropa, herramientas y materiales de construcción. Y es de destacar la inmensa entrega de voluntarios de todo el país, que fueron alojados en el gimnasio municipal o recibidos sin costos en campings.
Muy importante fueron también los espacios de logística y coordinación de todas las áreas mencionadas, así como los espacios de aprovisionamiento y reparación de motosierras, de motobombas, de gestión y recepción de alimentos en la cocina, zona de recepción de donaciones para los damnificados.
Gracias a la fluida coordinación entre brigadistas voluntarios, bomberos, la Dirección provincial de Bosques, del Plan Nacional de Manejo del Fuego y otros organismos, no hubo que lamentar ninguna muerte ni herido.

El Maitén: “Sabemos que no estamos solos”
Relato de Aymara Bares, de Petü Mogeleiñ, radio comunitaria Mapuche
En El Maitén, en la provincia de Chubut, los incendios este año comenzaron temprano, pero la respuesta comunitaria fue más rápida que otros años, ¡aprendemos! El 8 de enero el fuego que venía de abrazar al Cerro Pirque consumiendo bosque y casas a su paso. El asedio duró semanas y dejó la mitad del camino en tonos marrones, negros y grises. En esos días se armaron paradas importantes en puntos estratégicos. La gente del pueblo de El Maitén nos organizamos para ir ayudar ya sea como brigadistas voluntarios o con viandas y recursos para quienes estaban poniendo el cuerpo. También hubo varios días de vigilar que el fuego no cruzara la ruta poniendo en riesgo el pueblo. Lamentablemente los corredores de pinos dan la posibilidad al fuego de propagarse.
Dice Cintia, una compañera que ha participado de las campañas de brigadistas voluntarixs: “Hace tiempo entendimos que tenemos que defender a la Ñuke Mapu (14). Por eso hacemos todos los cursos posibles durante el año, esperando el verano y el próximo incendio. Sabemos que no estamos solxs y que nunca es la última batalla contra el fuego. Sabemos que, con cada anuncio de lluvia, ya se organizan los relevos; sabemos que hay gente cocinando todo el día para sostenernos; sabemos que, en algún lugar del país, alguien hace dedo para llegar a ayudar.
“Si toca llorar - porque la cabeza se empieza a romper de tanto humo, fuego, sueño y alerta o de tanto extrañar a la familia que espera -, siempre hay abrazos a disposición, en la mayoría de los casos de gente que recién conoces, pero que te mira y está en la misma frecuencia, en la misma lucha, con la misma idea de no aflojar hasta saber que lo dimos todo para defender las casas y los árboles nativos.
“¿Y lo que no se puede salvar? ¡Se reconstruye! Por estos lados se viene usando bastante el verbo ‘minguear’. Las mingas son la oportunidad de llevar esperanzas, de aunar fuerzas, de meter las manitos en el barro, de emocionarnos con cada avance, de festejar cada pino que se erradica y de que brote nuestra resiliencia. Porque somos Küme che (gente del bien), nosotrxs no quemamos el bosque, lo defendemos. Rume mañum (15)”.
Parque Nacional Los Alerces: los días del fuego
Relato de Nicolás Palacios, de Luan, Colectiva de Acción Fotográfica
El humo tarda en irse de la montaña. Incluso cuando las llamas se apagan, queda suspendido entre los cerros como una memoria reciente. Escena repetida: bosques ennegrecidos, troncos aún humeantes y vecinxs caminando entre cenizas calientes buscando puntos activos que puedan reavivar el incendio.
Durante días, brigadistas, bomberos, pobladores y brigadas autoconvocadas combatieron los diferentes frentes activos entre montañas escarpadas, viento cambiante y temperaturas altas. Desde el aire, helicópteros y aviones hidrantes descargaban agua sobre manchas de fuego que, desde el suelo, parecían interminables.

El incendio se movía rápido. En cuestión de horas podía descender por un cañadón, cruzar un camino y trepar nuevamente por la ladera opuesta. Para quienes estaban en el terreno, la jornada se medía en metros ganados o perdidos ante a un frente que nunca parecía detenerse del todo. Pero en muchos sectores el fuego encontró un aliado silencioso: los pinos. Los pinares arden con una intensidad feroz. Muchos brigadistas lo describen de manera simple: cuando el incendio entra en un pinar, se transforma.
Después de varias semanas, cuando el fuego finalmente se controló, el paisaje quedó en silencio. La montaña oscura, el olor persistente a madera quemada.
El incendio en el Parque Nacional Los Alerces, se inició por un rayo en una zona de difícil acceso. El Intendente -más ocupado en el desalojo de una comunidad Mapuche - , no aceptó la ayuda que le ofrecían bomberos de localidades vecinas. Esta demora hizo que el fuego se extendiera más allá de los límites del Parque. El fuego se propagó por semanas en muchas direcciones poniendo en riesgo localidades vecinas y quemando más de 26.000 hectáreas de bosque, llegando a encontrarse hacia el norte con el iniciado en Patriada. Solo el enorme trabajo de voluntarixs junto con los medios del estado impidieron más daños. La acción solidaria contrastó con la lenta respuesta del estado.
Días después de que se apagan las últimas brasas, comienzan a llegar vecinos, amigos y voluntarios. Camionetas cargadas con donaciones, herramientas compartidas, manos dispuestas a levantar paredes otra vez. En muchos casos, las casas vuelven a construirse de manera colectiva, en jornadas comunitarias donde cada persona aporta lo que puede. Algunos cortan madera, otros levantan estructuras, otros preparan comida para quienes trabajan durante todo el día. Entre mates, polvo y martillos, las casas empiezan a tomar forma. En la Comarca Andina, esa lógica tiene una tradición antigua: cuando alguien pierde todo, la organización comunitaria aparece.
En la cordillera patagónica, después del fuego siempre queda algo más que devastación, queda la memoria del desastre, pero también la obstinación de quienes vuelven a levantar su vida en el mismo lugar donde las llamas intentaron borrarla.
Desde Cholila: el verde huyendo del fuego en la pintura de Sara Miranda.

¡A despinificar!
Se ha advertido desde temprano que subsidiar plantaciones de pinos en un horizonte de calentamiento global es sembrar futuras catástrofes, como las que estamos viviendo cada vez con más frecuencia. Estudios afirman que los incendios forestales en la Patagonia aumentarán sustancialmente durante la primera mitad del siglo XXI. Y han advertido a modo de hipótesis –que vemos cumplirse-, que la continua plantación de árboles no nativos inflamables aumentarán el alcance o la gravedad de los incendios extremos (16). Cada incendio genera más material combustible: donde había 1000 pinos por hectárea luego del incendio brotan 20.000 y hasta más de 100.000 (17).

Los pinos se propagan más allá de los límites de las plantaciones originales, hacia campos vecinos y banquinas. Tienen mayor velocidad de crecimiento que los árboles nativos tanto por su capacidad para extraer agua desde la profundidad del suelo, como por emitir substancias que inhiben su crecimiento. De esta manera los ahogan, invaden y van generando corredores de material altamente inflamable.
Un número creciente de personas va tomando conciencia sobre la necesidad de controlar esta invasión verde. Aquí y allá surgen las mingas (hasta más de 30 vecinos en algunos casos) para despinificar, sea con la mano, serruchos o motosierras o con un anillado que hacen que se sequen en pié. Las semillas de pino seguirán geminando hasta cuatro años después del fuego. Por lo que la tarea se deberá repetir en los años siguientes.
Lamentablemente, mientras se hace cada día más patente la degradación territorial que producen las plantaciones, el estado y el sector privado continúan promoviéndolas, incluso para transformar la región en exportadora de madera (18). Pero las mingas y la organización comunitaria siguen sembrando y construyendo otros mundos posibles.
Trabajo multiautores compilado por Aguayala, colectivo de investigación, difusión y acción sobre el agua -como bien común- en Abya Yala (19)
Referencias:
(1) Greenpeace, Incendios forestales en la región Andino Patagónica, febrero 2026;
(2) Greenpeace, Se cuadruplicó la superficie de bosques patagónicos afectada por incendios forestales, mayo 2025.
(3) Testimonio de Darío Anden, Mallín Ahogado, Río Negro. Marzo 2026
(4) Raffaele, E.; Franzese, J.; Ripa R.; Moreyra A.; Pissolito, Clara.; y Blackhall, M.; Una nueva degradación de la tierra en Patagonia: retroalimentación positiva entre fuego e invasión de pinos, 2018.
(5) Pizzolon, Lino; Hermosilla Rivera, Cristian; Richeri, Marina. Impacto hidrológico de las plantaciones de pinos en las nacientes del Río Chubut y sus posibles consecuencias en el valle inferior, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, 2022.
(6) Secretaría de Agricultura y Pesca de la Nación, Tablero de Plantaciones Forestales. Última actualización: diciembre de 2025
(7) Lara, Susana. La forestación como instrumento de despojo, 2011.
(8) Boletín WRM, Megapinería en la Patagonia Argentina: Invasión territorial, incendios y falta de agua, enero 2022.
(9) Agencia Tierra Viva, Condenaron a los asesinos del joven mapuche Elías Garay Cañicol, diciembre de 2022.
(10) Agencia Tierra Viva, Sin acciones concretas para combatir el fuego, el Gobierno responsabiliza al Pueblo Mapuche por los incendios, 13 de enero de 2026.
(11) Tiempo Argentino, Incendios en la Patagonia: denuncian que el Gobierno apela al racismo para evadir responsabilidades, 16 de enero de 2026.
(12) Agencia Tierra Viva, Milei y una Argentina sin protección de los bosques nativos, octubre de 2024.
(13) Colectivo de investigación, difusión y acción sobre el agua -como bien común- en Abya Yala, con especial referencia a la región andino-patagónica. Participan vecinxs, comunerxs Mapuche, docentes, científicxs, empleadxs o ex trabajadores del sector forestal, militantes de asambleas, comunicadorxs, artistas; con base en Esquel y la Comarca del Paralelo 42.
(14) Madre tierra en mapuzungun, la lengua Mapuche.
(15) Muchas gracias en mapuzungun, la lengua Mapuche
(16) Thomas T. Veblen; Andres Holz; Juan Paristsis; Estela Raffaele; Thomas Kitzberger y Melisa Blackhall. Adapting to global environmental change in Patagonia: What role for disturbance ecology?, 2011. Austral Ecology. 36:891-903.
(17) Idem 3
(18) Mesa Foresto Industrial, 2026.
(19) Idem 13