Las mujeres son las principales afectadas por los monocultivos de árboles y también son clave en las luchas de resistencia contra este modelo depredador. Esto es lo que refuerza el testimonio de las dos mujeres, Choosri Uragit, de Tailandia, y Roze Lemos, de Brasil. Aunque sus contextos y continentes son diferentes, con monocultivos de palma aceitera o de eucalipto, las presiones que ellas y sus territorios sufren son bastante similares. Los caminos de resistencia que proponen también son afines.
Las dos mujeres con las que hablamos, como muchas otras, están en la primera línea de los movimientos que ocupan y recuperan las tierras apropiadas ilegalmente por las empresas, y que buscan garantizar que se utilicen como medio de vida y bienestar colectivo. Ambas forman parte de movimientos de personas campesinas sin tierra que luchan por la Reforma Agraria en sus países. En las tierras donde antes solo había una propiedad irregular y un monocultivo devastador, hoy viven decenas de familias agricultoras y producen una gran variedad de alimentos.
Hacer frente al avance de las plantaciones de palma aceitera, en Tailandia, o del eucalipto, en Brasil, significa confrontar la producción de commodities que sirven a poderosos intereses corporativos y económicos. Y cuando se es mujer, esta lucha adquiere aún más significado, ya que se trata, asimismo, de una lucha antipatriarcal. Como dejan claro los siguientes testimonios, esta lucha es contra un modelo del gran capital que impone el monocultivo y expulsa a las mujeres y los hombres del campo; un modelo que mercantiliza las semillas y destruye las semillas criollas, transmitidas de generación en generación, primordialmente por las mujeres; un modelo cuyos monocultivos destruyen la agricultura de subsistencia, una actividad realizada sobre todo por las mujeres; un modelo que impone en los territorios los megaproyectos que vienen del exterior y que, muchas veces, traen consigo un aumento de la población masculina, lo que incrementa los casos de abuso sexual, amenazando los cuerpos y las vidas de las mujeres de las comunidades. Es un modelo de uso de la tierra que contamina las aguas con agrotóxicos, afectando el sistema reproductivo de las mujeres y la salud de la comunidad. Un modelo que, cuando incorpora a las mujeres, generalmente lo hace por medio de trabajos precarios y peor remunerados.
Como dice Roze, la lucha “contra el monocultivo que concentra poder e ingresos en grandes empresas y en hombres terratenientes” es la misma lucha contra las “desigualdades históricas que afectan principalmente a las mujeres”. A continuación, compartimos sus testimonios.
Tailandia: las y los campesinos cumplen la función social en áreas ilegales de monocultivo de palma aceitera
Tailandia es el tercer mayor productor de aceite de palma del mundo. La región sur del país es la que concentra la mayor parte de las plantaciones industriales de palma aceitera. Fue en esta región que se fundó, en 2008, la Federación de campesinos del Sur de Tailandia (SPFT, por sus siglas en inglés). Desde entonces, esta organización de personas campesinas y trabajadoras sin tierra lucha por el derecho a la reforma agraria para la construcción de una sociedad justa; por los derechos comunitarios de gestionar la tierra y los recursos naturales; por el derecho del campesinado y trabajadores sin tierra a tener acceso a nuevos asentamientos comunitarios. (1)
La mayor parte de las personas campesinas perdieron sus tierras a manos de grandes empresas de palma aceitera o del caucho. Una parte significativa de ellas, ya sin tierra, pasó a trabajar como mano de obra barata para empresas de ese mismo sector. El movimiento comenzó a germinar cuando ese campesinado comenzó a ocupar tierras públicas que las empresas explotaban ilegalmente, sobre todo para plantaciones de palma aceitera. Esto se debe a que, en la década de 1970, como estrategia para combatir el comunismo, el gobierno de Tailandia otorgó concesiones de 30 años a empresas privadas para explotar vastas áreas de tierra pública. Sin embargo, pasado ese período, muchas empresas siguieron explotando las tierras ilegalmente. Fueron estas áreas las que ocuparon los campesinos sin tierra de la región. En ese momento, sufrieron una dura represión que desmovilizó al movimiento por un período de casi 8 años.
Parte de estos activistas volvieron a organizarse y fundaron la SPFT, un proceso que se mantiene firme, pese a las constantes amenazas de muerte e intimidaciones por parte de las empresas locales de plantación de palma aceitera. Entre 2010 y 2015, por ejemplo, cuatro activistas del movimiento fueron asesinados a balazos en el contexto de la lucha por la tierra. Las mujeres tienen una participación activa en la lucha por la tierra desde la SPFT, entre otras cosas, porque la garantía de la soberanía alimentaria está fuertemente vinculada al acceso de las mujeres a la tierra, ya que son ellas quienes garantizan la producción comunitaria de alimentos en tierras colectivas. Choosri Uragit es parte de esta construcción.
Choosri Uragit: las mujeres son la columna vertebral de nuestra resistencia
Mi nombre es Choosri Uragit, soy de Tailandia y hago parte de la Federación de Campesinas y Campesinos del Sur de Tailandia (SPFT). Fui agricultora sin tierras en una comunidad de la provincia de Nakhon Si Thammarat, en el sur de Tailandia. Y antes de eso también trabajé en una fábrica, pero a los 40 años regresé a mi comunidad para revivir las prácticas agrícolas tradicionales.
Nuestra gente depende desde hace mucho tiempo de la agricultura de pequeña escala para su sustento, ya que cultivamos arroz, legumbres y frutas, tanto para el consumo en nuestros hogares como para los mercados locales. Anteriormente, las tierras de cultivo solían compartirse o prestarse sin costo entre los pobladores. Sin embargo, a medida que la producción agrícola mejoró y el valor de la tierra se incrementó, también aumentaron los conflictos por la tierra. Por eso mucha gente se vio obligada a arrendar sus tierras o emigrar en busca de trabajo. Yo quería evitar esos conflictos, así que me sumé a la SPFT para luchar por nuestras propias tierras, y específicamente para recobrar una zona que había sido usada para una plantación de palma aceitera.

La lucha
Nuestra lucha comenzó cuando intentamos recuperar tierras de empresas cuyas concesiones habían caducado. Las plantaciones a gran escala, especialmente las de palma aceitera y caucho, han acaparado amplias zonas que antes eran tierras públicas o agrícolas. Esas plantaciones han acarreado múltiples impactos, incluida la pérdida de acceso a tierras de cultivo. Esto a su vez ha obligado a muchas familias a endeudarse o dedicarse a trabajos inseguros y aceptar empleos precarios. Las plantaciones también han provocado la degradación del medioambiente, incluso el agotamiento del suelo, la pérdida de biodiversidad y la contaminación del agua por el uso de sustancias químicas. Además, la influencia y la intimidación empresarial han generado división social, dificultando la unidad de las comunidades. Las comunidades han ocupado las tierras desde el momento en que se creó la SPFT hace 17 años, pero aún no se las han reconocido formalmente ni redistribuido entre ellas. Las grandes plantaciones siguen dominando el paisaje y moldeando las estructuras de poder locales.
Desafíos que enfrentan las mujeres en la lucha de ocupación de tierras
En las comunidades asociadas a la SPFT las mujeres enfrentan un mayor grado de vulnerabilidad debido a que las tierras que ocupamos son aún objeto de litigio. Además afrontan riesgos de seguridad constantes: cuando salen de la comunidad, las mujeres pueden sufrir acoso o intimidaciones, y por seguridad viajamos a menudo en grupo y llevamos registro de nuestros movimientos. La inseguridad económica es otra carga: sin derechos a la tierra formalmente reconocidos, las fuentes de ingreso de las mujeres siguen siendo endebles e inestables, y las familias dependen de trabajos asalariados precarios. Los riesgos para la salud también son persistentes, ya que muchas de las tierras en disputa están rodeadas por lo que fueron antiguamente plantaciones donde se usaron sustancias químicas que contaminaron el suelo y el agua. Y la carga de los cuidados es pesada: las mujeres asumen una doble carga de trabajo –mantienen sus hogares y participan a la vez en las labores agropecuarias.
Las mujeres enfrentan desafíos tanto externos como internos. El acoso, la intimidación e incluso la intervención militar son algunas de las amenazas externas que afrontan, como en 2014, cuando nuestra comunidad fue rodeada por soldados que detuvieron a familias para someterlas a un llamado “ajuste de actitud”. También hay políticas y obstáculos legales, como las leyes de tierras que ahora permiten que las zonas que son objeto de reforma agraria se utilicen con fines industriales, por ejemplo, para proyectos energéticos. Estas barreras impiden que las comunidades ejerzan la propiedad de la tierra y las limitan a ser solamente partes en acuerdos de arrendamiento. Hay asimismo presiones sociales que son persistentes; las normas culturales imperantes desalientan a menudo a las mujeres a expresarse o a asumir cargos o funciones de liderazgo, a pesar que contribuimos significativamente a nuestras comunidades. Otro desafío es la inseguridad económica.
El papel de las mujeres en la lucha por la tierra
Las mujeres son la columna vertebral de nuestra resistencia. Nuestras funciones incluyen la defensa de la comunidad, que llevamos a cabo planificando y organizando medidas de seguridad y fomentando procesos colectivos de toma de decisiones para protegerla de amenazas externas; la promoción de la soberanía alimentaria, que logramos practicando la agroecología, haciendo huertas familiares y guardando y cuidando nuestras semillas para garantizar la alimentación de la comunidad sin depender de las cadenas de suministro del agronegocio; y la solidaridad y apoyo que brindamos compartiendo alimentos y recursos con otras comunidades asociadas a la federación, especialmente en momentos de crisis como la del COVID-19.
Las mujeres crean alternativas para la autodependencia
Las mujeres están liderando iniciativas para generar alternativas sustentables y autodependientes. La agroecología y la agricultura orgánica son parte fundamental de ese esfuerzo, ya que estas prácticas nos permiten producir legumbres, frutas y arroz para los hogares y las escuelas locales sin emplear productos químicos. Esto apuntala nuestra seguridad alimentaria. Otra de nuestras iniciativas es la restauración comunitaria de bosques para recuperar la biodiversidad; estamos replantando árboles autóctonos y generando espacios compartidos para la recolección de alimentos y plantas medicinales y la conservación de la biodiversidad. Las mujeres también contribuyen a la construcción y fortalecimiento de la economía local, por ejemplo, procesando alimentos a pequeña escala, y promoviendo mercados locales y cooperativas que retienen el dinero circulante y lo mantienen dentro de la comunidad. Las mujeres comparten sus conocimientos, formando a otras comunidades en el arte de seleccionar, guardar y cuidar sus semillas, y en la agroecología y las estrategias de autodefensa comunitaria. Estas alternativas no son solamente una forma de resistencia al saqueo y la dependencia de las grandes empresas –también fortalecen la independencia y la resiliencia de las comunidades.
Brasil: donde antes había eucalipto, hoy hay comida
Brasil es uno de los gigantes de la producción de celulosa y el segundo mayor productor mundial, detrás solamente de Estados Unidos. Una parte significativa de esta producción se concentra en el estado de Bahía, donde se instaló la empresa Veracel. Esta empresa opera en 203,7 mil hectáreas de tierra y, desde su fundación en 2005, ya ha producido al menos 21 millones de toneladas de celulosa. Hoy, es una joint venture (2) de la sueco-finlandesa Stora Enso y el gigante del sector Suzano Papel e Celulose. Esta última se presenta como el mayor fabricante de celulosa del mundo.
Una de las áreas utilizadas ilegalmente para la plantación de eucalipto por Veracel fue una finca de cerca de 1,3 mil hectáreas. Por tratarse de un área pública, en realidad no podía ser apropiada por una empresa privada. Y fue exactamente esa área la que Roze y sus compañeras y compañeros del Movimiento de Lucha por la Tierra (MLT) ocuparon en el año 2008 (3), fundando el asentamiento Baixa Verde. Desde entonces, 91 familias que viven allí luchan para que el Estado la reconozca como un área de reforma agraria, ya que transformaron aquel "desierto verde" ilegal en un territorio que tiene función social. Donde antes había eucalipto, ahora se produce comida desde la agricultura familiar.
En estos 17 años, han sucedido muchas cosas: desalojos, ataques a la comunidad, amenazas de muerte y procesos legales. Mientras Veracel, con sus apropiaciones ilegales de tierras, sigue impune y contando con todo tipo de protección por parte de las autoridades, el asentamiento Baixa Verde sigue esperando que el Estado lo reconozca oficialmente. Pero sus habitantes dejan claro que, pese a la ausencia de este reconocimiento legal, siguen adelante con su labor. Roze y las demás mujeres del asentamiento han sido fundamentales en este proceso y son conscientes de las presiones que este tipo de proyectos provocan, especialmente sobre ellas.
Roze Lemos: Las Mujeres Raíces de la Tierra mantienen viva la ancestralidad
Mi nombre es Roze Lemos, soy militante, madre y abuela. Mi comunidad se llama asentamiento Baixa Verde, somos agricultoras y agricultores rurales del Movimiento de Lucha por la Tierra (MLT), en Bahia. Soy defensora de los derechos, agente agroecológica, técnica en producción agropecuaria y mi formación proviene también del movimiento de lucha por la tierra. Coordino un grupo de mujeres agricultoras rurales llamado Mujeres Raíces de la Tierra.

Los impactos del monocultivo de eucalipto en la comunidad
Veracel es la principal acaparadora de tierras públicas en nuestro territorio y es muy indignante la omisión, o mejor dicho, la connivencia del Estado ante esta situación. El resultado es la proliferación de monocultivos de eucalipto en áreas públicas, lo que impacta mucho a las comunidades de la región.
El monocultivo de eucalipto afecta a nuestra comunidad de varias maneras: social, ambiental y económica. Económicamente, vemos una reducción en la producción de alimentos, porque las tierras están ocupadas por el eucalipto y hay menos espacio para la agricultura familiar de subsistencia. El eucalipto tiene una alta demanda de agua, lo que reduce la disponibilidad en manantiales, arroyos y acuíferos. Esto afecta nuestra agricultura familiar y al abastecimiento de agua de nuestra comunidad. Además, el eucalipto provoca el empobrecimiento del suelo: tenemos un suelo pobre, totalmente degradado.
La reducción de la biodiversidad también es significativa. Al reemplazar el eucalipto áreas de bosque nativo, se reduce considerablemente la fauna y la flora locales. El uso de agrotóxicos y fertilizantes químicos contamina nuestro suelo, ríos y manantiales, lo que deteriora la calidad del agua de nuestro río y la salud de nuestra comunidad.
Los impactos sociales se sienten con el desplazamiento de familias, que con frecuencia se ven obligadas a migrar hacia otras localidades. Empresas como la multinacional Veracel, que opera en nuestro territorio, compran las tierras para plantar, expulsan a la gente y dificultan la permanencia de los agricultores y las personas pobres que viven en esos territorios. Esto acaba llevando, entre otras cosas, a una pérdida de la identidad cultural. Como consecuencia, nuestra comunidad perdió sus tradiciones relacionadas con la diversificación agrícola y la tierra.
Y como la economía local se concentra en la comercialización del eucalipto, los pequeños agricultores obtienen pocos beneficios directos. Se generan pocos empleos, porque el monocultivo está mecanizado y casi no requiere mano de obra, a diferencia de la agricultura familiar diversificada, que involucra a más personas en su proceso de producción. Y sin mencionar los conflictos por la tierra: el avance del eucalipto genera disputas entre comunidades y empresas, como pasó en nuestra comunidad.
Es decir, el monocultivo de eucalipto puede generar beneficios económicos para las grandes empresas, pero para las comunidades rurales como la nuestra representa la pérdida del agua, la tierra, la biodiversidad y las oportunidades de una vida digna.
Impactos de estos monocultivos en la vida de las mujeres
En nuestra comunidad, la plantación de eucalipto tiene múltiples impactos y, cuando nos fijamos específicamente en las mujeres, estos impactos son aún más evidentes. Somos nosotras quienes estamos en la primera línea del cuidado de la familia, la alimentación y la vida comunitaria.
Por ejemplo: la reducción de la agricultura familiar debido al avance de los monocultivos, que ocupa tierras que podrían utilizarse para cultivar alimentos, afecta directamente a las mujeres. A menudo somos nosotras, las mujeres agricultoras, las responsables del cultivo de hortalizas, los patios productivos y las ferias locales. Esto también nos permite tener independencia económica. Por lo tanto, los monocultivos perjudican la autonomía de las mujeres al reducir las oportunidades de generar ingresos vinculados a la producción diversificada de alimentos, la artesanía y la recolección.
También están los impactos ambientales, como la escasez de agua. Esto afecta socialmente a las mujeres, porque aumenta nuestra carga de trabajo, ya que nos exige un mayor esfuerzo para asegurar la alimentación, el agua y el cuidado de la familia.
El monocultivo de eucalipto también provoca una erosión cultural: debilita los lazos comunitarios y el modo de vida campesino, del que nosotras somos las principales guardianas y transmisoras. La pérdida de biodiversidad también reduce el acceso a las hierbas medicinales y las plantas nativas, lo que impacta en los conocimientos tradicionales de las mujeres sobre los cuidados de salud de la familia y las prácticas culturales tradicionales.
Con respecto a la salud, el uso de agrotóxicos e insumos en el cultivo puede acarrear problemas de salud para nosotras y para los niños, especialmente en las actividades domésticas relacionadas con el agua y la alimentación.
En resumen, la plantación de eucaliptos no solo afecta el medio ambiente y la economía, sino que también nos afecta más a las mujeres, porque incide directamente en nuestras rutinas, nuestra autonomía, nuestra salud y nuestros conocimientos. Por todo esto, tenemos que construir la resistencia y organizarnos.
El papel de las mujeres en la resistencia
Cuando llegamos y ocupamos este territorio en el que hoy vivimos, comenzamos a sembrar entre los tocones de los eucaliptos. Luego fuimos perfeccionando la técnica, pero nuestra resistencia comenzó de esa manera. Muchas de nosotras, mujeres rurales, campesinas, fuimos protagonistas de la resistencia a la expansión del eucalipto, defendiendo los territorios, las semillas nativas, la agroecología y los modos de vida sostenibles. Al organizarnos, también fortalecemos la lucha por los derechos de género, ya que la monocultura concentra el poder y los ingresos en las grandes empresas y en los hombres terratenientes. Es decir, garantizamos que todas las personas tengan igualdad de derechos, oportunidades y trato, reconociendo las desigualdades históricas que afectan principalmente a las mujeres.
Las alternativas que crean las mujeres
Ante tantos problemas provocados por la presencia de la empresa Veracel y su plantación de eucaliptos, la alternativa que las mujeres del asentamiento Baixa Verde creamos fue organizar un grupo de resistencia llamado Mujeres Raíces de la Tierra. Trabajamos con tubérculos y raíces porque el cultivo de la yuca y otros tubérculos llegó con los indígenas y los quilombolas [comunidades rurales afrodescendientes]. Por lo tanto, lo que hacemos hoy en nuestra comunidad es mantener viva esta tradición ancestral, cultivando esos productos de forma agroecológica y saludable.
Hoy estamos construyendo dentro de la comunidad nuestro primer comedor-escuela como alternativa para aumentar los ingresos familiares y mejorar la alimentación. Así podremos enseñar agroecología y alimentación saludable a otras personas, hombres, mujeres y jóvenes del territorio que quieran sumarse a la lucha y la resistencia de las mujeres. Trabajamos con lo que se produce dentro de la comunidad, como hortalizas, patatas, calabaza; es decir, todo lo que se transforma en alimento. A partir de este trabajo, innovamos, construimos y nos fortalecemos como comunidad. Esta es, por lo tanto, una alternativa a los problemas que enfrentamos como consecuencia de los monocultivos de eucalipto.
Referencias
(1) Supatsak Pobsuk; Thailand Programme Officer; Focus on the Global South, 2019. Alternative Land Management in Thailand: A study of the Southern Peasants´ Federation of Tahiland (SPFT)
(2) Join venture es una asociación entre dos o más empresas que unen recursos, competencias o tecnologías para llevar a cabo un proyecto o empresa en común, compartiendo riesgos, ganancias y costos.
(3) Teia dos Povos, 2025. La lucha incesante del asentamiento Baixa Verde – MLT contra el monocultivo de eucalipto (en portugués)