Las mujeres invisibles se vuelven cada vez más visibles

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En su novela “El hombre invisible” el escritor H.G. Wells cuenta la historia de un científico que logra volverse invisible y de los problemas que ello le acarrea.

En la vida real, desde hace muchos años las mujeres vienen luchando contra los problemas que les significa la invisibilidad social a la que están sometidas, en la que gran parte de las tareas que realizan son igualmente invisibles y escasamente valoradas.

Si bien esa lucha es diaria, cada 8 de marzo -Día Internacional de la Mujer- se constituye en una buena oportunidad para darle una mayor visibilidad a esa lucha.

El Programa de Bosques y Biodiversidad de Amigos de la Tierra Internacional y el WRM quieren hacer un aporte en ese sentido, difundiendo información sobre uno de los temas quizá menos visibles: los impactos diferenciados que implican los monocultivos de árboles sobre las mujeres. 

En el presente boletín se detallan los hallazgos de tres estudios llevados a cabo conjuntamente por ambas organizaciones en realidades tan disímiles como las de Nigeria, Papua Nueva Guinea y Brasil. Sin embargo, los tres tienen como denominador común los impactos de tales plantaciones sobre las comunidades en general y sobre las mujeres en particular. 

Los testimonios recogidos no solo aportan información detallada sobre los impactos de los monocultivos de eucaliptos, palma aceitera y caucho, sino que muestran además algunos de los peores aspectos de las políticas de “desarrollo” impulsadas desde los gobiernos en beneficio de las corporaciones.

El punto de partida de tales políticas consiste en convencer a las comunidades de que son “pobres”. No importa que la comida que comen sea abundante, sana y nutritiva, ni que el agua que beben sea pura y cristalina, ni que los bosques les provean de una amplia gama de bienes y servicios. Son pobres porque no tienen dinero y solo podrán salir de la pobreza -y ser felices- cuando dispongan de dinero.

Entonces aparecen las empresas, bajo la protección de los estados y amparadas en marcos legales, prometiendo lo que se supone se necesita para dejar de ser pobres: empleos, dinero y desarrollo. No importa que muy pocas de esas promesas se cumplan. Lo que importa es que la gente les crea. Y en particular los hombres, que normalmente tienen más poder y que se contarán entre los pocos “beneficiados” con un empleo. Un empleo mal pago, peligroso, temporal, pero que permite acceder al dinero que se supone los sacará de la pobreza. 

La comunidad hasta entonces autosuficiente pasa a integrarse a una economía monetaria y a depender casi enteramente del dinero para satisfacer sus necesidades básicas; lo que significa depender de una empresa y pasar a ser “esclavos en su propia tierra”, como lo describe una mujer de Papua Nueva Guinea. Se vuelven –ahora sí- efectivamente pobres.

Para las mujeres, el establecimiento de las plantaciones no solo les implica mayores impactos que a los hombres, sino que además los cambios sociales que traen consigo las desempoderan aún más frente a los hombres en materia de toma de decisiones a nivel de la comunidad e incluso en el propio hogar.

Frente a esa situación, lo que se empieza a observar es que las mujeres comienzan a organizarse como tales y a llevar a cabo distintos tipos de acciones para revertir la situación en la que ellas y sus comunidades se encuentran inmersas. Según los casos, exigen que les devuelvan sus tierras, compensación por el daño causado, la restauración del bosque destruido, la suspensión de plantaciones, la erradicación de plantaciones existentes. Las acciones que llevan a cabo se corresponden con sus realidades sociales y políticas, pero en todos los caso conllevan riesgos, ya que las empresas cuentan con el apoyo del Estado, incluyendo su aparato represivo.

Paradójicamente, el desempoderamiento causado por el accionar de las empresas está empezando a convertirse en punto de partida de un nuevo empoderamiento de las mujeres. De ser parte invisible de la comunidad pasan a tener una voz propia que se escucha cada vez más fuerte.

A diferencia del personaje de Wells, las mujeres invisibles de las plantaciones están volviéndose –como muchas otras mujeres- cada vez más visibles. Y esto no es novela: es la vida real.

Programa de Bosques y Biodiversidad de Amigos de la Tierra Internacional

Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales