Tailandia: comunidad denuncia las contradicciones de los proyectos "verdes"

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Nam Sap Kham Pa Lai Conservation Group
Grupo de Conservación Nam Sap Kham Pa Lai

Cada año, activistas de base, académicos, estudiantes y jóvenes de diferentes países del sudeste asiático se reúnen en un foro de intercambio durante la Semana Ambiental del Mekong y ASEAN (MAEW, por su sigla en inglés). El séptimo foro tuvo lugar en septiembre de 2025, con el tema “Verde Falso: de las mentiras verdes al poder de los pueblos”. (1) Entre quienes compartieron sus experiencias como afectadas y afectados por ‘mentiras verdes’ había representantes de la comunidad de Kham Pa Lai, en Tailandia, que también compartieron experiencias de su lucha contra este tipo de proyectos ‘verdes’.

Los habitantes de Kham Pa Lai se organizaron en los últimos diez años en el Grupo de Conservación Nam Sap Kham Pa Lai. Con organización y esfuerzo colectivos lograron frenar la primera de las ‘mentiras verdes’ que les afectó: un programa gubernamental de reforestación que amenazaba sus derechos territoriales. La oposición comunal al programa de reforestación fue fruto de su resistencia previa contra una mina de arenisca, que llevó a la cancelación de la licencia de la mina en parte de su comunidad. Más recientemente, Kham Pa Lai se ha enfrentado a una nueva amenaza ‘verde’: la instalación de un parque eólico por la empresa estatal de energía de Tailandia (EGAT). El parque eólico proyectado amenaza con destruir partes del bosque en su territorio.

Estas amenazas tienen una cronología clara: se hicieron sentir en la comunidad de Kham Pa Lai tras el golpe militar llevado a cabo en Tailandia en 2014. El régimen militar llegó con la propuesta de incrementar las ‘zonas verdes’ de Tailandia hasta llegar al 40% de la superficie del país. (2) Se fomentan energías supuestamente ‘renovables’ y ‘limpias’ a fin de permitir la expansión continua de industrias extractivas que reivindican la ‘neutralidad de carbono’ de sus operaciones o que son ‘respetuosas con el clima’. (3) En realidad generan impactos nocivos y de gran alcance en las comunidades.

Como dijo una persona portavoz del Grupo de Conservación Nam Sap Kham Pa Lai en la reunión de la MAEW: “Primero luchamos contra la minería, luego contra la reforestación y ahora contra el parque eólico, y estamos empezando a atar cabos. Quieren aumentar la cobertura forestal a nivel mundial, quieren multiplicar los bonos de carbono, así que esta política mundial de maquillaje verde también nos afecta. Está llegando al país y luego aquí a nuestra comunidad”.

La comunidad de Kham Pa Lai está ubicada en la provincia de Mukhadan, en el noreste de Tailandia, bañada por las aguas del río Mekong en la frontera con Laos. El territorio provee alimentos, agua y satisface las necesidades culturales y espirituales de la gente de Kham Pa Lai, cuyas familias han vivido en el territorio por muchas generaciones. La comunidad ha buscado que se le reconozcan legalmente sus derechos territoriales sobre esas tierras, pero esta es una demanda que las instituciones estatales han ignorado, lo que ha dado lugar a una situación de acaparamiento de tierras agenciada por el Estado, como en muchas otras zonas de Tailandia.  

“Nuestra historia no es solamente un relato de resistencia, es también de perseverancia y adaptación, y de serena determinación de proteger nuestro modo de vida, que está profundamente arraigado en el bosque”, explica la persona portavoz.

En la conversación que sigue a continuación, el Grupo de Conservación Nam Sap Kham Pa Lai habla de su lucha.

La creación del Grupo de Conservación

El Grupo de Conservación Nam Sap Kham Pa Lai se constituyó oficialmente en 2019, aunque nuestra lucha comenzó varios años antes.
Ya nos habíamos movilizado anteriormente contra un proyecto de minería propuesto, pero sin adoptar un nombre ni una estructura oficiales. Elegimos el nombre “Nam Sap”, que significa agua de manantial, porque en la zona amenazada hay un manantial natural que provee agua a la comunidad durante todo el año y es esencial para su supervivencia.

Cuando nos enteramos por primera vez del proyecto de exploración minera de arenisca en 2016, comenzamos a organizar la resistencia local ese mismo año. Surgida inicialmente como una alianza informal de pobladores comunes y corrientes, el grupo en su apogeo creció hasta incluir a casi 300 hogares.

Tras años de conflictos generados por el proyecto de minería y los planes extractivistas que le siguieron, el número de participantes en el grupo se redujo gradualmente a unas 60 familias –pero las y los que permanecimos nos mantuvimos unidos, movidos por un objetivo común.

Organizarnos como grupo nos dio fuerza y visibilidad. Cuando vamos a las oficinas del distrito o de la provincia, dejamos de sentirnos insignificantes o invisibles. El hecho de mantenernos unidos nos infundió coraje –y llevó a que los mandos se mostrarán más dispuestos a escucharnos.

La mina de arenisca

En 2016, la empresa Three Mothers Trading Company Limited presentó una solicitud de concesión para explotar 34 hectáreas de nuestro bosque comunal. Al año siguiente, el Consejo Municipal del subdistrito de Kham Pa Lai aprobó la propuesta presentada por la empresa tras una audiencia local y una evaluación de impacto ambiental (EIA).

Nos opusimos a esa decisión y presentamos petitorios a diversas agencias estatales –incluso viajamos hasta la capital, Bangkok, para pedir cuentas. Tras nuestra insistencia y campaña persistente, el consejo municipal revisó el asunto en 2020 y revocó su decisión, con 11 miembros votando en contra de la mina y tres que se abstuvieron.

Conseguir que se revocara esa decisión fue una conquista difícil de lograr. Citamos el artículo 7, párrafo 4, de la Ley de Minerales de 2017, que prohíbe la minería en cuencas hidrográficas o zonas de recarga de aguas subterráneas. Nuestros petitorios obligaron a las autoridades a reconocer que el proyecto minero era efectivamente violatorio de dicha ley –una pequeña victoria, pero significativa para nuestra lucha en defensa de la comunidad. (4)

No obstante, la amenaza persistía. Quienes respaldaban la mina buscaron formas de reactivar la concesión, mientras que nosotras y nosotros comenzamos a ejercer presión para que la zona se eliminara del mapa geológico nacional como zona rica en minerales. Temíamos que, en el futuro, otras empresas podrían solicitar licencias mineras mientras la zona siguiera catalogada como reserva mineral.

A largo plazo, nuestra pretensión era que esas tierras se categorizaran como bosque comunitario gestionado colectivamente, aunque nos preocupaba que catalogarlo así pudiese dar lugar más adelante a programas y proyectos de bonos de carbono, que una vez más volverían a excluir el control local del territorio.

Para nosotras y nosotros, el bosque tiene que seguir siendo un lugar donde la gente convive con la tierra y cuida de ella, no un lugar gestionado con fines de lucro.

El proyecto de reforestación

El siguiente desafío que enfrentamos vino de la mano de la Política de Restauración Forestal impuesta por el gobierno militar en 2014 mediante la Orden 64/2014. Los oficiales a cargo designaron y destinaron parte de las tierras de Kham Pa Lai para ‘reforestación’, alegando que el bosque estaba degradado. Pero era un bosque próspero en realidad, una despensa estacional para nuestras comunidades locales.

De abril a mayo, las primeras lluvias traen las flores de krachiew y setas u hongos comestibles hed phor. Entre mayo y agosto crecen las setas hed rongok, hed din y hed khai, brotes de bambú, escarabajos e innumerables plantas nutritivas. Es un sistema alimentario vivo, rico y autorrenovable, al que llamamos “el bosque alimenticio”.

Unas 16 hectáreas de esas tierras están cubiertas por bosque de montaña (pha khok), parte del cual es una zona de manantiales que provee agua durante todo el año y otra parte son tierras agropecuarias de uso mixto en los confines del bosque. Nuestras familias recogen allí leña, pastorean ganado y recolectan alimentos a diario; el bosque es sostén tanto de nuestros medios de vida como de nuestra cultura.

Cuando la campaña de ‘reforestación’ finalmente llegó a la comunidad, los mandos dispusieron que se despejaran los campos de las y los pobladores y, sin consultar a la comunidad, mandaron plantar árboles en las tierras destinadas a la campaña. Incluso presentaron cargos penales contra las y los pobladores que habían estado utilizando la tierra para hacer agricultura, sembrando cultivos en zonas de las que el gobierno se había apoderado reclamándolas como “bosque nacional”. Así es como las autoridades están tratando de apropiarse de las tierras de las comunidades. Para nosotres, fue como un hurto amparado por el Estado: usurparon nuestras tierras alegando falazmente que eran propiedad de empresas, mientras que a nosotras y nosotros los pobres nos desplazaron. En total, designaron cerca de 480 hectáreas para plantaciones de árboles, incluidas unas 112 hectáreas de tierras comunales de uso agropecuario y otras 11,2 hectáreas que se superponían con el área proyectada para la mina de arenisca.

En octubre de 2016 empezaron las acciones judiciales contra las y los pobladores acusados de uso ‘ilegal’ de tierras estatales; en 2018-2019 nos expulsaron de nuestras tierras, que fueron desmontadas y arrasadas para hacerles lugar a las plantaciones de árboles. Irónicamente, a sólo un mes de los primeros cargos contra miembros de la comunidad, se presentó una solicitud para hacer minería en el mismo sitio exactamente, confirmando así nuestra sospecha de que el bosque en realidad estaba siendo reclamado para hacer minería.

La zona proyectada para la mina se superpone con bosques y zonas de recarga de cuencas hidrográficas que sirven de sostén a las y los pobladores de más de tres aldeas y son utilizadas a nivel subdistrital cuando hay períodos de sequía.

La “causa no resuelta”

Al día de hoy, los cargos judiciales contra pobladores siguen clasificados como ‘causa no resuelta’ (kha-di haeng), es decir, casos en los que ‘no se ha identificado al culpable’. Unas 40 parcelas de 45 personas de nuestras aldeas siguen en disputa.

Como los mandos habían resuelto que esas tierras eran baldías y estaban deshabitadas, trazaron amplios círculos en los mapas y declararon que el uso comunitario de gran parte de esas zonas era ilegal. Algunas de nuestras familias perdieron parcelas enteras; otras perdieron la mitad.

Después de haber presentado petitorios durante años, una investigación provincial determinó que el operativo era ilegal. El Departamento Real de Bosques confirmó posteriormente que había habido errores: la mayor parte de las tierras se cultivaban desde mucho antes de 2014.

A la postre recuperamos nuestros campos y reanudamos nuestras labores agropecuarias, aunque perdimos casi cinco años de ingresos. En colaboración con P-Move, una red nacional de defensa del derecho a la tierra, seguimos haciendo presión para que la causa se archive y se indemnice debidamente a las y los damnificados. La investigación quedó suspendida, pero no se ha cerrado; ahora la causa está pendiente de examinación por el Consejo de Ministros.

Muchas generaciones de nuestras familias han vivido aquí. No somos forasteros. Nuestros padres y nuestras madres vivieron y murieron en estas tierras. No estamos equivocados, este es nuestro hogar.

El proyecto de parque eólico

En noviembre de 2022, mientras sembrábamos yuca, en nuestros campos aparecieron marcadores rojos de señalización topográfica. En un primer momento pensamos que eso significaba que por fin iban a hacer la titulación prometida desde hace tanto tiempo, que reconocería el derecho de la comunidad a usar estas tierras, que es lo que ha estado pidiendo la comunidad desde hace muchos años. Meses después, sin embargo, nos enteramos de que esos marcadores eran para un proyecto de parque eólico.

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Red markers in the community field for a wind farm project.
Árboles dentro del territorio de la comunidad marcados para el proyecto de planta eólica.

Cuando la empresa convocó a una reunión en la Aldea 5, todos los miembros de la comunidad de Kham Pa Lai, jóvenes y adultos mayores por igual, nos unimos para exigirle a las autoridades municipales que rechazaran el proyecto. A pesar de nuestras protestas, las autoridades lo aprobaron, alegando que el Departamento Real de Bosques ya había dado su consentimiento. Nosotres respondimos bloqueando las vías de acceso y confrontando al personal de la empresa. Llamaron a la policía.

Los mandos municipales defendieron el proyecto, diciendo que traería “turismo y desarrollo”, y citaron como ejemplo otro parque eólico en Nikhom Bang Soi. Pero algunes de quienes visitamos esa zona vimos ruido, rayos y acceso restringido –no progreso ni ‘desarrollo’.

Contradicciones verdes e invasión de territorios 

Aunque la empresa solicitó autorización para la Aldea 5 solamente, su operativa realmente se extiende a las aldeas 6 y 13.

El Departamento Real de Bosques reconoció que se tendrían que talar y remover una gran cantidad de árboles, lo que constituiría una violación de la normativa gubernamental sobre la ubicación de aerogeneradores en bosques tupidos. Una investigación reveló irregularidades e informaciones posiblemente falsas sobre el estado y condición de los bosques. El proyecto se suspendió transitoriamente, pero aún no se lo ha cancelado.

La empresa, llamada 555 Green Energy Co., Ltd., justificó el proyecto presentándolo como parte del Modelo Económico Bio-Circular-Verde (BCG) de Tailandia, argumentando que es de energía ‘limpia’. Para nosotres, destruir 48 hectáreas de bosque fértil para construir 14 aerogeneradores y caminería que acabarían con nuestros campos de recolección, no es otra cosa que maquillaje verde. 

La empresa obtuvo permiso para utilizar por 30 años –desde 2023 hasta 2053— esas tierras que están dentro de una reserva forestal nacional. El proyecto invade las tierras de uso agropecuario de las y los pobladores y ha provocado conflictos en la comunidad. 


La energía eólica es buena, pero no cuando destruye comunidades. Un proyecto etiquetado como ‘verde’ pero que termina destruyendo un lugar que sirve de sostén de la vida de una comunidad, se convierte en una injusticia.

El valor del bosque

Calculamos lo que perderíamos, pensando solamente en términos monetarios y económicos. Cada temporada de setas, unas 300 personas recolectan hongos hed phor comestibles, por lo menos 3 toneladas al día, que valen 500 baht ($15 dólares estadounidenses) por kilo. Eso equivale a más de 1,5 millones de baht ($46 mil dólares estadounidenses) diarios en riquezas naturales. El bosque también provee setas hed rongok ($12 dólares estadounidenses/kg), hed din (entre $1,5 y 3 dólares estadounidenses/kg), raíces comestibles, brotes de bambú y pequeños animales, todo lo cual constituye la base de la soberanía alimentaria local.

La gente viene aquí a recolectar alimentos desde las provincias de Roi Et, Kalasin y Sakon Nakhon. El bosque es nuestro mercado compartido.

Los aerogeneradores o molinos de viento del parque eólico se instalarían a menos de un kilómetro de las casas, cerca del templo y el cementerio de la aldea. Hasta los monjes se han expresado en contra del proyecto, temiendo que el ruido constante de los aerogeneradores perturbe la santidad del lugar.

Reflexiones y fortaleza

Estas luchas superpuestas nos han fortalecido. De ser personas que antes no sabíamos nada sobre leyes ni políticas, hemos llegado a construir redes y alianzas, con P-Move, la EnLaw Foundation y jóvenes ambientalistas que ahora nos visitan para aprender de nosotras y nosotros.

Hemos descubierto que la unidad es nuestra mayor fortaleza: compartir la comida, noticias, y motivarnos mutuamente mantiene vivo nuestro espíritu.

Las mujeres se han convertido en nuestras principales portavoces: hablan en reuniones públicas mientras los hombres se quedan en casa para cuidar las parcelas y a las familias. Sus palabras serenas pero firmes suelen ser más poderosas que la rabia y el enojo. “Hablamos por nuestras madres, padres e hijes y nuestra comunidad”, dicen. “Porque si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?”.

Aferrarse a lo que importa

Los inversionistas y los promotores de los proyectos no viven aquí; no dependen de estas tierras. Su dinero divide a la comunidad –algunes lo aceptan, pero la mayoría lo rechaza. No pedimos indemnización, reclamamos el derecho a vivir con el bosque como lo hacían nuestras antepasadas y antepasados.

El manantial natural, que es el corazón de nuestro sustento, provee agua a dos aldeas todo el año e incluso para uso municipal. Si se procede a explotar la mina proyectada, esa agua y la vida que sostiene se perderán para siempre.

Nos han querido intimidar: visitas de agentes a los líderes y lideresas, sustracción de pancartas de protesta, vigilancia. Pero no hemos dejado que el miedo nos detenga. Seguimos resistiendo porque, como decimos: “Este es nuestro hogar”.

Mensaje a quienes viven en la ciudad: 

Ustedes comen en restaurantes y hoteles, nosotras y nosotros encontramos nuestra comida en el bosque.
Cuando florecen hongos, recolectamos los hongos comestibles.
Cuando germinan los brotes de bambú, recolectamos brotes de bambú.
Por favor piensen en nosotras y nosotros cuando hablen de crecimiento verde o energías limpias.
El bosque que ustedes llaman “tierra baldía” es nuestra cocina, nuestra fuente de agua, nuestra escuela.
Si lo cercan para instalar minas o parques eólicos o como fuentes de bonos de carbono, ¿de qué viviremos nosotras y nosotros?
Le pedimos al Estado que cancele estos proyectos y retire todos los cargos contra las y los pobladores.
Los inversionistas ya tienen miles de hectáreas; nosotras y nosotros sólo tenemos una o dos.
¿Por qué tenemos que ser siempre las y los más vulnerables quienes sufrimos las consecuencias?
La promesa electoral es que “primero está el pueblo”,
pero después de cada elección, los primeros siempre son los inversionistas.
Sabemos que estos proyectos no son verdaderamente verdes.
Cuando llegan los aerogeneradores, las aves desaparecen.
Cuando llegan las minas, las escuelas y los hogares se cubren de polvo.
Cuando se apoderan de los bosques en nombre de la restauración, las y los pobres perdemos todo.
Cada gobierno viene con un nuevo plan:
una mina, un parque eólico, y ahora la extracción de tierras raras,
y nosotras y nosotros permanecemos aquí, seguimos luchando, todavía con esperanza,
porque estas tierras son nuestra vida, y no renunciaremos a ellas.


Referencias:
    (1) MAEW 2025: The Fake Green
    (2) WRM, 2024. La ‘política climática’ de Tailandia basada en la compensación de emisiones: mayor caos e injusticia.
    (3) WRM, 2022.15 años de REDD: un mecanismo intrínsecamente corrupto.
    (4) The video reports that the Kham Pa Lai community submitted a petition about the mine to Mukdahan Province, and the governor’s decision to investigate ultimately led to their victory. 
El vídeo informa que la comunidad de Kham Pa Lai le presentó a la provincia de Mukdahan un petitorio sobre la mina, y que la decisión de investigar tomada por el gobernador finalmente les condujo a la victoria.