Malasia: exportación de impactos sociales y ambientales del monocultivo de palma aceitera

Imagen
WRM default image

Malasia es el mayor productor y exportador de aceite de palma del mundo. Sin embargo, el desarrollo de ese sector no sólo no está beneficiando a las poblaciones locales, sino que las está perjudicando gravemente, en particular en el estado de Sarawak. Este cultivo, que genera enormes ganancias para algunas grandes empresas vinculadas al gobierno y a las élites locales, resulta sin embargo en graves impactos sociales y ambientales que afectan a la mayoría de la población, provocando conflictos sociales que casi siempre resultan en violaciones de los derechos humanos.

Las empresas madereras han estado destruyendo el bosque tropical mediante la tala indiscriminada, causándole daños irreparables. Sin embargo, su accionar fue sólo el prólogo de algo peor. En efecto, a medida que los recursos madereros fueron disminuyendo y que la demanda mundial de aceite de palma se incrementó, muchas compañías madereras han ido optando por las plantaciones de palma aceitera. Para las poblaciones locales, ello implica la apropiación definitiva de sus territorios tradicionales por parte de las empresas. Así nos lo explicó un poblador local: "Las empresas madereras destruyen nuestro bosque ... y se van. Las empresas plantadoras destruyen nuestro bosque ¡y se quedan!"

Gran parte de esas plantaciones se están instalando en territorios tradicionales indígenas, privando a las poblaciones locales de sus medios de vida y de sus recursos vitales. En Sarawak, el gobierno ha otorgado permisos a empresas plantadoras de palma aceitera en tierras que las poblaciones locales utilizan para sus cultivos, tales como arroz, árboles frutales, hortalizas, pimienta, etc., que constituyen la base de su alimentación. A ello se suma el hecho de que la destrucción de la selva implica la desaparición de una amplia gama de productos utilizados tradicionalmente por la población local. Privados de sus recursos, los pobladores locales son paulatinamente forzados a ceder todos sus derechos sobre las tierras y a convertirse en asalariados de las empresas, ocupando puestos de trabajo estacionales, con bajos salarios y con malas condiciones laborales.

La creciente ocupación de tierras por las empresas plantadoras de palma ha desencadenado una lucha desigual, donde las comunidades locales se resisten a la destrucción de la selva, al despojo de sus tierras y al desconocimiento de sus derechos tradicionales, siendo entonces víctimas de represiones y hostigamiento por parte de las fuerzas del gobierno que actúan en defensa de las empresas.

Las empresas plantadoras de palma y el gobierno son entonces responsables de la promoción de procesos de deforestación y de la violación de los derechos humanos de las poblaciones locales que pretenden conservar los bosques. Resulta importante denunciar esta situación, ya que muchas de esas mismas empresas se están expandiendo a otros países tropicales donde seguramente van a repetir el mismo patrón de comportamiento. Representantes del gobierno y de empresas de Malasia visitan países como Filipinas, India, Islas Salomón, Nigeria, Guyana, Indonesia, Papua Nueva Guinea, Honduras y muchos otros, promoviendo este sistema de monocultivos de palma. Nunca mencionan, por supuesto, los graves impactos sociales y ambientales que están generando en su propio país. Y eso es precisamente lo que la gente debe saber y preguntarse: ¿qué puede esperarse de empresas que en su propio país actúan en desmedro de las comunidades y de los ambientes locales? ¿Se comportarán mejor en países extranjeros? Parece muy poco probable. Es dable esperar que también allí actuarán en nombre del “desarrollo”, pero obtendrán su rentabilidad a costa de la destrucción del medio ambiente y de la utilización de mano de obra barata. Esa es la hipótesis con la que deberán manejarse las poblaciones locales de los países donde pretendan instalarse, hasta tanto no modifiquen su comportamiento en su propio país.