La raíz de la crisis climática que vivimos no está en la matriz energética, sino en la propia lógica de lo que se entiende por 'energía’. Aunque hoy resulte difícil de imaginar, la noción de energía no siempre existió. Se creó con un fin muy concreto: la acumulación de capital. Mientras sigamos naturalizando la ‘energía’ como un recurso esencial para la vida humana, nunca nos enfrentaremos a las verdaderas causas del colapso climático que estamos viviendo: un sistema social diseñado para concentrar riqueza.
Artículos del boletín
A continuación se presentan algunos fragmentos de conversaciones que sostuvimos con personas que, aunque viven en continentes diferentes, comparten una misma elección: vivir sin energía eléctrica. Ya sea en el archipiélago indonesio o en la Amazonía brasileña, estos testimonios demuestran que la electricidad no es un recurso esencial para la vida humana. Por el contrario, para esas personas, lo esencial es prescindir de ella.
La soberanía alimentaria no puede alcanzarse aislada de la soberanía energética. Nuestra visión de la energía honra los ritmos de la naturaleza, valora la sabiduría de las y los ancianos y restablece el equilibrio entre los seres humanos y la Tierra. Porque en las cosmovisiones tradicionales africanas, la energía no existe separada de la vida. La era de los combustibles fósiles rompió este equilibrio, disociando la energía de la ética y convirtiéndola en una mercancía que se compra y se vende.
“La gente tiene que pensar qué es lo que realmente quiere; no deben depositar su confianza únicamente en los programas o incentivos. Aquí no dependemos de la electricidad o la energía solar para el riego. Desde la época de nuestros ancestros, hemos contado con la lluvia y los ríos, y debemos reavivar esa conexión”, explica Sunita Paharia, habitante de las colinas de Rajmahal. En esta parte de la India, hay comunidades con una larga historia de resistencia contra la expropiación de sus territorios ancestrales, que están reconstruyendo su autonomía y su futuro.
Nuestra comunidad de Caisán, en Panamá, es prueba de que es posible enfrentar los impactos nocivos de un modelo de desarrollo hidroenergético excluyente. Con organización comunitaria, detuvimos la construcción de hidroeléctricas impulsadas por uno de los mayores proyectos de desarrollo e integración de América Latina, el Plan Puebla Panamá. Hoy, avanzamos en la construcción de un modelo energético justo y comunitario.
El Boletín 274 del WRM incluye un artículo sobre el trabajo de la Fundación Earthworm, titulado "ONGs al servicio del saqueo de los territorios: el caso de la Fundación Earthworm". En él se describe cómo las grandes empresas que provocan conflictos en los territorios donde operan se benefician de la cooperación con organizaciones como la Fundación Earthworm, mientras la violencia contra activistas comunitarios, los acaparamientos de tierras y las agresiones sexuales contra mujeres continúan.
¿Cómo reconstruir los lazos comunitarios y la “energía-alegría” de comunidades cuyos territorios han sido devastados por proyectos depredadores? El siguiente texto presenta la propuesta de la Clínica Ambiental, un proyecto que se creó para ayudar a sanar a comunidades campesinas e indígenas de la frontera entre Ecuador y Colombia, cuyos tejidos sociales fueron destruidos principalmente todo por proyectos de extracción petrolera.
En todo el Sur Global, las comunidades que oponen resistencia a que las grandes empresas controlen sus territorios no sólo se enfrentan a la violencia empresarial, sino a gases lacrimógenos, golpes y represión estatal. Poniendo en cuestión la interpretación errónea y codiciosa de que “toda la tierra le pertenece al Estado”, esgrimida por los gobiernos para proteger los intereses de las grandes empresas, las comunidades se mantienen firmes en la lucha por recuperar sus tierras ancestrales “porque es un lugar sagrado, es un lugar que le da sentido a nuestra existencia”.
Con el pretexto de la “mediación de conflictos” y del empoderamiento de comunidades, las acciones de ciertas ONGs corporativas hacen que las comunidades sigan sin tener acceso a sus tierras ni control sobre ellas, además de reforzar modelos de producción destructivos. Un ejemplo es la asociación de la Fundación Earthworm con el agronegocio de la palma aceitera en diversos países. Vea el artículo y la entrevista a continuación.
Las comunidades rurales de la provincia del Cabo Occidental de Sudáfrica, afectadas por el despojo histórico de tierras en muchos lugares, también sufren los múltiples impactos de vivir rodeadas de plantaciones industriales de árboles. En un intento por fortalecer su acceso a la tierra, estas comunidades se han movilizado en un foro apoyado por organizaciones de la sociedad civil, exigiendo participar en la toma de decisiones y en otros derechos comunitarios.
Varias empresas vienen ampliando las plantaciones de árboles en la Orinoquia colombiana, incrementando conflictos y violencia de larga data. “Esas empresas no son reforestadoras sino deforestadoras, porque han traído especies introducidas como el acacio, el eucalipto y el pino que no son del territorio, entonces están eliminando lo que es de aquí” - Líder indígena Sikuani
Una nueva ola de expansión de represas hidroeléctricas avanza por el Sur Global bajo el argumento de producir ‘energía limpia’, acelerar la ‘transición energética’ y promover una ‘economía baja en carbono’. El 14 de marzo, comunidades difundieron una declaración conjunta en la que denuncian las consecuencias de la destrucción que las grandes represas ya producen en el mundo entero, y rechazan la construcción de más represas, mientras afirman enérgicamente: ¡las grandes centrales hidroeléctricas no son energía limpia!